CAPÍTULO 26
Un, dos, tres, el escondite inglés
Aaron
S ubo los escalones de dos en dos hasta entrar en la cafetería del Truenorth Ice Dome. El día ha sido demasiado duro, demasiado largo y en exceso extenuante. Apenas terminamos el entrenamiento, me fui directo a la ducha porque sabía que Blue estaba por aquí y me apetecía verla.
Cuando llego, atino a distinguir un puñado de luces encendidas y muchas de ellas apagadas.
La localizo al fondo, con la cabeza apoyada sobre la barra y el pelo suelto le cae sobre la misma, tapándole el rostro, y el corazón se me salta un puñetero latido al pensar que pueda estar llorando.
Hasta que alza la cabeza, me mira con esos ojos llenos de desafío y entonces grita:
—¡Espero que te hayas escondido bien porque no tendré piedad contigo cuando te encuentre!
—Me guiña un ojo, sale de detrás de la barra y comienza a moverse dando pasos bastante poco naturales.
Lanza grandes zancadas y cada una de las pisadas hace mucho más ruido que la anterior—.
¿Estarás… aquí? —Mueve una silla, y una risilla sale de debajo de una mesa.
Juniper ha colocado la mochila del cole justo delante de ella, sonrío porque menuda barrera protectora esa.
Me acerco y dejo caer mi bolsa de deporte para echarle una mano. Estoy más que convencido de que Blue sabe dónde está su hija. Sin embargo, finge desconocerlo para no restarle emoción al juego. Decidme que no es increíble.
—¿O aquí? —grita saltando hasta colocarse a la altura de una planta y asustarla de paso. Sí, tal y como has leído, ha asustado a una planta.
Me acerco hasta la barra y disfruto de la manera en que madre e hija comparten un rato de juego inocente.
—Mmmm, me parece que no lo estoy haciendo nada nada bien —explica Blue dando a entender que está abatida por lo mal que se le da el juego.
Juniper suelta una risilla y se tapa la boca con la mano.
—Te estoy escuchando.
Me llevo el dedo índice a los labios y le hago una seña para que guarde silencio. Ella asiente y se arrebuja todavía más, recogiendo las piernas y estrechándolas contra el cuerpo, es la misma posición que usa su madre. Solo que con su madre mis pensamientos son bien distintos.
«No puedo sacármela de la puta cabeza».
Sigo disfrutando de la escena y de cómo Blue se acerca hasta donde se encuentra su hija.
Da rodeos sin hacer el menor gesto de descubrirla.
Juniper, como buena jugadora que es, se mueve para ocultarse como puede.
Rueda las mochilas y las cambia de posición.
Su madre no es sorda, sin embargo, hace la vista gorda y acrecienta la emoción de la pequeñaja.
Hasta que una de las sillas se cae, y ya no puede disimular más.
Camina con decisión hasta situarse al lado de la pequeña, que aprovecha la coyuntura para salir de debajo de la mesa y correr en mi dirección hasta lanzarse a mis brazos. Me envuelve la barriga con sus manos, y yo le revuelvo el pelo tan negro como el de su madre.
—Ey, pequeña, ¿me has echado de menos o qué?
Asiente con la mejilla pegada a mí.
Blue se acerca, le hace muchas cosquillas, y Juniper se revuelve hasta tirarse al suelo.
—Ahora tengo que contar yo, y vosotros dos os escondéis. Y no vale ponérmelo fácil, mamá, nada de esconderte detrás de la cortina. Lo ha hecho dos veces, Aaron —me cuenta—. Dos veces. —Y me enseña dos dedos—. En el mismo lugar.
—Es que tengo una imaginación muy mala —se defiende Blue.
Alzo una ceja, no me lo creo en absoluto.
—Venga, voy a contar dos veces hasta veinte, y tenéis que esconderos. No vale hacer trampas y nada de cortinas —nos advierte.
—A ver quién tiene el valor de llevarle la contraria a esa niña de seis años —explica Blue mientras la observa alejarse hasta la pared del fondo, justo donde se encuentran varios marcos en los que hay colgadas camisetas de los Wild Warriors de temporadas anteriores.
—Yo te garantizo que no —añado.
—Uno. —Pausa—. Dos. —Pausa—. Tres…
Juniper comienza a contar despacio, y me doy la vuelta en busca del escondite perfecto. Intento que mis pasos sean lo más delicados posible para no darle pistas y entonces encuentro el lugar idóneo.
La despensa de la cafetería no es ni más ni menos que una habitación estrecha y alargada, llena de estanterías metálicas ancladas a las paredes de arriba abajo.
Hay cajas de cartón apiladas con etiquetas escritas a rotulador negro, sacos grandes de café apoyados en el suelo y filas ordenadas de vasos de cartón, tapas de plástico y servilletas envueltas en paquetes transparentes.
En una balda baja descansan botellas de sirope —vainilla, caramelo y chocolate— y tarros de cacao y canela, y más arriba se amontonan paquetes de galletas, magdalenas industriales y bolsas de azúcar blanca y azúcar moreno.
Huele a café molido, a cartón y a ese sabor dulzón característico del lugar.
Me cuelo dentro con cuidado, entrecierro la puerta despacio y me pego a la pared, conteniendo la respiración y sonriendo como un crío, convencido de que es el mejor escondite que podría haber elegido.
La puerta no tarda en abrirse de nuevo y por ella se cuela la chica que me roba el aliento.
Ni siquiera sé si sabe que hemos coincidido y que ambos estamos aquí.
El primer pensamiento que me sacude es que me encantaría que así fuese y que hubiese decidido compartir conmigo un espacio tan minúsculo.
Ya sé, ya sé, es un gran pensamiento y, ya veis, si yo fuese un puto cabrón con suerte, ella lo convertiría en realidad.
—Blue. —Gira la cabeza hacia mí y tiene los ojos brillantes de emoción.
No veo la sorpresa reflejada en su rostro, así que me regodeo en que ya sabía que yo estaba aquí y no le importa en absoluto que así sea.
Me guiña un ojo por encima del hombro y se pega mucho más a la estantería.
—No podemos hacer nada de ruido. —Señala hacia afuera y la veo tan emocionada que es imposible no contagiarme con su gesto.
Mi mirada recorre no solo el espacio, sino a la chica que con su mera presencia lo eclipsa todo. No hay nada más dulce en estas cuatro paredes que ella.
Escuchamos a Juniper contar. Todavía va por el diez, no sé si se ha equivocado y ha comenzado de nuevo o si ya va por la segunda vuelta. Me va tan rápido el corazón que apenas puedo escuchar nada que no sea el latido acelerado del mismo.
—Shhh —me chista de nuevo justo antes de apretarse más contra la estantería para chocar con la bolsa de café y caer contra mi pecho.
Lo que me sorprende es que no hace por retirarse, al contrario, se apoya contra mi cuerpo y siento cada parte del suyo en contacto con el mío.
Y me sabe a poco.
Me sabe tan a poco como mis dedos dentro de ella.
Como su sabor en mi lengua.
Su puñetero sabor en mi lengua.
Contengo la respiración cuando el culo de Blue se pega contra mi entrepierna.
«Respira, Aaron, respira, joder».
Utilizo la misma técnica de hace semanas, cuando me preguntó si lo que me sucedía es que estaba caliente. Porque mi polla dura dentro del pantalón es respuesta más que suficiente para esa pregunta. Lo fue en su día y lo es ahora.
«Cuenta hasta mil».
Ovejas trasquiladas.
Uñas contra una pizarra.
El stick de Caleb pegado con cinta sudada y amarillenta.
Caleb desnudo.
Mi hermano desnudo.
Vale, ya está, la cosa se está calmando.
Hasta que Blue vuelve a apretar el culo contra mi polla. Joder, no, la cosa no se calma ni de coña.
«¿Lo está haciendo aposta o qué?».
Todas mis reservas de portarme bien saltan por los aires, como lo hicieron hace ya algunas noches en aquel local cuando el gilipollas de turno quería ligarse a Blue. Lo que me faltaba. Nadie pone los ojos sobre Blue. Nadie que no sea yo.
Pierdo por completo la paciencia cuando vuelve a restregarse. Y, creedme, soy el chico más paciente del mundo, pero, como todo en esta vida, tiene un límite. Y mi límite es esta pequeña arpía haciendo de las suyas. Y, joder, lo bien que hace de las suyas.
La manera en la que me mira cuando pego su cuerpo a la estantería me dice que no quiere que pare. Que quiere que continúe con esto, sea lo que sea esto.
Y por nada del mundo le quitaría las manos de encima a Blue ahora que se las he puesto.
—¿Una imaginación mala? ¿Acaso te has olvidado de todas las veces que me has hecho sonrojar por culpa de tus comentarios mordaces? —Rompo el silencio y lo rompo aún más cuando acerco la boca de nuevo a la curva de su cuello y la muerdo.
Se desliza por mi entrepierna y la pego con más fuerza contra la estantería. No me planteo si puede dejarle marca porque quiero que las lleve y que todas y cada una de ellas sean por mi culpa. Como una cicatriz de guerra, una que grite a los cuatro vientos que es mía, joder.
—¿Acaso te has olvidado tú de lo guapo que te pones cuando te saco los colores? —Me la devuelve y me estremezco.
Quiero tirarla al suelo, subirle esa falda que lleva y enterrarle la cara en el coño hasta que grite mi nombre. Una y otra y otra vez.
Y quiero hacerlo ya.
Desvío la mirada y escucho los últimos números de la pequeña. Va a empezar a buscarnos y lo hará en breve.
Dejo caer mi brazo y lo deslizo por el suyo, memorizando el tacto de su piel para cuando tenga que masturbarme en la soledad de mi casa, esta misma noche, desde que cruce el umbral de la puerta.
Me quedo fascinado por la forma en la que su cuerpo responde al mío, por la manera en la que se estremece y por los escalofríos que la sacuden ante ese mero contacto.
Tiene los ojos muy muy abiertos y la boca, esa boca por la que suelta todas esas cosas que no hacen más que perturbarme…, esa boca es para mí.
Enredo los dedos en su cabello negro y se lo peino despacio, deleitándome en la forma en la que sus mechones se mezclan con mi piel y en lo bien que combinan.
Me encantaría que ese pelo cubriese mi almohada.
Cubriese mi pecho. Me encantaría sujetar esa melena mientras le embisto la boca y le provoco arcadas.
Suelto un jadeo ante tal pensamiento.
—¿A qué esperas, chico bueno?
Cómo no, ni siquiera puedo tomarme mi tiempo, uno que ya sé que no tenemos, así que sacudo la cabeza y, cuando la miro a los ojos, sé que estoy perdido, en el mejor sentido de la palabra.
Me lanzo a por sus labios sin dudar y, cuando Blue gime en mi boca, cuando la abre para mí, cuando su lengua y la mía entran en contacto, cuando su pierna izquierda sube y me aprieta contra ella, sé que estoy acabado.
Nada ni nadie podría superar la electricidad que me recorre, la sacudida de mi cuerpo y la necesidad pura que se enrosca alrededor de nosotros.
Es esto.
Esto es lo que implica besar a Blue: quedarte del todo destruido cuando sus labios dejen de poseer los tuyos.
Sus labios encajan con los míos, exactos, inevitables, después de tanto tiempo rozándose en sueños que no compartíamos.
El mundo se reduce a ese punto exacto en el que respiramos el mismo aire, a la presión justa de su boca respondiendo, a ese temblor leve que me atraviesa cuando se aferra a mí como si también tuviera miedo de soltarse.
Y es eso lo que pasa. Sus manos se agarran a mi camiseta y la aprieta alrededor de la tela, arrugándola a su paso.
Preguntadme si me importa lo más mínimo, tal vez esa sea su forma de marcarme como suyo.
—Joder —jadeo contra sus labios antes de apoderarme de nuevo de ellos.
—Ni se te ocurra parar —me exige. Esto tampoco podría ser de otra manera.
Presiono la polla contra su abdomen, y suelta un jadeo.
—Shhh, recuerda que no puedes hacer nada de ruido.
—Eres malvado.
Cabeceo negando.
—Todavía no sabes cuánto.
Muevo la lengua contra la suya, explorando su boca. Mis manos vuelven a tener vida propia, enredo una en su melena a la vez que cuelo la lengua mucho más adentro de ella, como quisiera hacer con mi miembro. Le agarro un pecho y le aprieto el pezón. Duro. Listo para mí.
—Estás deseando esto, ¿verdad?
Me muevo sobre ella, y cabecea asintiendo. Baja la mano y la coloca encima del prominente bulto. No hay forma de esconder eso. Tampoco quiero hacerlo.
—Llevo deseándolo mucho tiempo —murmura y se lame los labios en un gesto que delata con exactitud lo que quisiese hacer con mi polla: lamerla de arriba abajo. La aprieta y palpita en sus dedos.
El calor se me extiende por la ingle mientras su lengua marca el ritmo, tomando el control.
Es Blue, joder, ¿qué coño esperabas? Ni siquiera cuela los dedos bajo la tela, no me toca del todo.
Yo me restriego contra ella y podría correrme en los pantalones solo con eso, ¿qué otra cosa podría hacer?
Si esto es todo lo que pudiese darme, si esto es todo lo que tuviese de ella, me valdría.
—¿Estáis aquí?
Tiro del pelo de mi vecina y acerco su cara a la mía, lo hago antes de que nos encuentren, antes de que tengamos que separarnos.
—Estás preciosa con los labios hinchados por mis besos, Blue. Pero ¿sabes cómo puedes estar todavía más guapa?
Le tiembla la barbilla antes de responder.
—¿Cómo? —Ya sabemos que le van los desafíos.
—Atragantándote con mi polla.
Le suelto el pelo y me aparto.
—¡Os he encontrado! ¡Qué tontos! ¡Os habéis escondido juntos! Y eso que os dije que no me lo pusieseis fácil… —canturrea Juniper justo antes de reírse.
Me quedo plantado justo bajo el marco de la puerta e inspiro profundo antes de salir tras ella mientras Blue se queda en la despensa, recuperando el aliento.
Puede que ella esté acostumbrada a salir victoriosa en cualquier batalla, pero yo estoy dispuesto a ganar la guerra.