CAPÍTULO 25
Misión Xavier
Blue
U na nueva semana.
Una nueva semana llena de oportunidades.
¿Quién dijo que no se puede ser positivo a pesar de no haber dormido demasiado?
Me coloco el delantal con el logo de los Wild Warriors en el centro del pecho mientras me acerco hasta la mesa que ya hay ocupada.
En ella se encuentra un chico que apenas aparta la vista de la entrada, ni siquiera me dedica una mísera mirada cuando le pregunto qué quiere tomar o cuando me responde que un café.
Pienso escupir en él, que lo sepáis.
Es coña.
O no.
El caso es que me pongo manos a la obra y, mientras el señor simpático se toma su desayuno, yo me limito a recoger, ordenar, comprobar existencias, preparar el Excel en el que anotamos las cosas que se terminan y actualizamos el inventario e imaginar una vez más los dedos de Aaron entre mis piernas.
Y no necesariamente lo hago en ese orden.
—¡Bu!
Doy un salto cuando Xavier se coloca al otro lado de la barra. Observo el reloj y sonrío al comprobar que llega antes de tiempo.
—¿Te aburrías en casa?
Xavier pone los ojos en blanco, y le preparo un café bien cargado y amargo, como su humor.
—Gillian ha dormido en casa. Me temo que esos dos están recuperando el tiempo perdido y me temo mucho más que las paredes no son lo suficientemente gruesas como para no escuchar los ruiditos que hacen. Joder, que mi hermano parece un orangután.
Me acerco, me coloco las manos bajo la barbilla y pestañeo interesada.
—Cuéntame más.
—Qué asco, eres una pervertida —me acusa. Con toda la intención del mundo, ya puestos.
—¿Te das cuenta ahora?, ¿después de tantos años? —Acerco una mano y le doy un par de palmadas en la mejilla, sutiles, no vayamos a exagerar—. Te tenía por alguien mucho más inteligente.
—Estás tarada.
—¿Te repito el comentario anterior? Puedo grabarlo en audio y reenviártelo cada vez que llegues a una conclusión tarde. —Alzo las cejas solo para sacarlo de sus casillas.
De veras, Xavier es encantador, pero tiene paciencia cero. A ver, chicas, que cada uno es como es y tenemos que quererlo así. Paciencia cero y sobreprotector mil.
—¡Hola! ¿Qué me he perdido?
Mi amiga se sitúa al otro lado de su hermano y la butaca gira con ella, cierra los ojos y casi que la escucho gritar «yupiiii» en el proceso.
¿Qué? La edad es solo un número y la actitud con la que enfrentarse al día a día es lo que cuenta. Ya os lo dije, una semana llena de oportunidades, aunque esas pasen por girar en una butaca en la cafetería de un estadio.
—¿Tú no trabajas hoy o qué? —le suelta Xavier, que parece ser todo simpatía.
—Bebe más café. Tengo la ligera sensación de que no has ahogado al gruñón interior con esa bebida —le aconsejo.
Diddy suelta una risilla ante la mordacidad de mi comentario, y Xavier, para no variar, frunce el ceño y me hace una peineta.
—Eres todo modales.
—Y tú eres toda ironía.
Saco el teléfono y le grabo la nota de voz prometida. Cuando se la hago llegar, me envía una nueva peineta.
Nos carcajeamos.
—Tengo la mañana libre porque los chicos tenían unos reconocimientos médicos. Ya sabes, esa rutina.
Xavier asiente, y recuerdo que Aaron dijo algo de eso la semana pasada.
—Creo que por aquí hay un plan similar. ¿Podré estar presente?
—Tú lo que quieres es quitarle la ropa a Aaron —murmura mi amiga, y yo asiento con efusividad porque negarlo sería como tapar el sol con una mano: imposible y utópico.
—¿De verdad tengo que estar presente en este tipo de conversaciones en las que vais a mencionar cosas sucias de otros tíos?, ¿me has hecho venir para eso?
—Siempre podemos decir cosas sucias sobre ti —suelto—.
Como por ejemplo… —Medito mirando la moldura del techo.
No me había dado cuenta de que tiene paneles blancos, lisos, con focos empotrados que lanzan una luz cálida y constante—.
Por ejemplo calcetines sudados, camisetas con manchas de salsa de tomate y habitaciones con olor a pedos.
—¿Se puede saber qué clase de ejemplos son esos? —Cassie se parte de la risa, eso sí, debo admitir que, por la cara que pone Xavier, a él no le hace tanta gracia.
—Solo te estaba tomando el pelo, Xavier. No puedes ser tan serio, tienes que tomarte la vida con filosofía.
—Claro, poner la otra mejilla cuando te den una hostia, ¿no?
—Eso sería de gilipollas —razona Diddy.
A Dios doy gracias de que sea ella la que me apoya un poco.
—¿Quién es gilipollas?
Y por fin ha llegado.
Mi jefa, nueva amiga y posible coartada se acerca con esa actitud distendida que la acompaña siempre. Diddy se pone en pie para saludarla. Todavía recuerdo el día de mi entrevista y cómo mi mejor amiga solo repetía una y otra y otra vez como una autómata lo que Sloane decía.
—No hagas esa clase de preguntas —bromeo y señalo el asiento al lado de Xavier.
El problema es que no llega a sentarse porque el chico solitario y borde de antes ya la ha sujetado por el brazo. Ni siquiera nos da tiempo a reaccionar y a ella tampoco.
—Sloane.
Tengo la boca abierta y la confusión que siento se asemeja a la de todos los presentes.
—Richard. —Mi cabeza es como una lavadora o como una olla en plena ebullición. Estoy intentando razonar quién es este chico—. ¿Qué haces tú aquí?
—Quería hablar contigo —agrega y entonces nos dirige a todos y cada uno de los presentes una mirada de advertencia.
Vale, de inmediato me pongo en alerta porque sé que ella también lo está. Lo percibo. Llamadlo intuición femenina o simplemente intuición.
—Tú y yo no tenemos nada que hablar —le responde ella muy seria, dando un paso atrás.
Me muevo con la intención de salir de detrás de la barra y hacer lo que haga falta por ayudarla. Sin embargo, Xavier se pone en pie, se coloca al lado de Sloane y la sujeta por la cintura.
Estupefacción: ese es el adjetivo que mejor me define. Es más, me temo que no soy la única porque Cassie suelta un gemido y no «uno de esos gemidos», lo dejo claro para que nos entendamos.
—¿Quién es? —pregunta Xavier.
Sloane se tensa unos segundos hasta que entiende que ese habría sido el salvavidas al que agarrarse si se hubiese caído de un crucero o de un pequeño barquito, lo mismo da que da lo mismo.
—Es… —titubea a su lado— es mi exmarido —responde por fin.
Y todas las bombillas se encienden de golpe.
¿Podría haberlo organizado mejor? Pues es evidente, porque estaba más que claro que, antes de vernos metidos de lleno en algo así, tenía la intención de presentarlos, de explicarle a Xavier cuál era el favor que tenía que hacerme y, de paso, contarle a Sloane que la idea que se me había ocurrido pasaba por buscarle un novio de pega.
Bueno, imagino que cuando se cuenta que la vida es una ruleta rusa se refieren a este tipo de cosas, ¿no?
—Ah —suelta Xavier como si le importara lo mismo que haber pisado una boñiga en una granja con las botas de otro—. Encantado. —Y el muy cabrón le tiende la mano para presentarse.
A sus pies, Xavier. Me pongo a sus pies.
Sloane sigue perpleja, no se lo reprocho porque me temo que estamos todos igual. Incluido el famoso Richard, alias Don Simpático, que no parece nada contento con el giro de los acontecimientos.
Tuviste tu oportunidad, chato, la vida es así. Llegan trenes, otros parten y algunos solo quieren atropellarte porque no das la talla. Tú estás en el último grupo.
—No nos habías hablado de él —intervengo apuntando en dirección al exmarido—. Supongo que Xavier es tan majo que es imposible quitárselo de la cabeza.
Bueno, bueno, bueno…, cómo me gusta esta parte del juego.
Sloane no se tensa, ni siquiera niega con la cabeza, solo sonríe con suficiencia y asiente.
—No hay mucho que hablar, Richard. Ya lo sabes, tú tienes que ir por tu lado, y yo —añade señalando a Xavier mientras se recuesta en su pecho como si ese fuese su lugar favorito del mundo y lo hiciese cada noche.
He visto yo cuerdas de violín menos tensas que mi amiga fingiendo con un chico que no conoce— por el mío.
Xavier le besa la coronilla, y Diddy está al borde del colapso. Tampoco la culpo por ello.
Richard se marcha gruñendo.
—¡Oye! —grito—. ¡Que no me has pagado el café! —No se gira el muy capullo.
—A este invita la casa —suelta mi jefa.
Xavier baja poco a poco los brazos y se aleja un paso. Solo uno. Todavía siguen demasiado cerca. Es entonces cuando alza la mano y le sonríe. Y, amigas, no es una sonrisa cualquiera, es una disfrutona.
—Soy Xavier. Hermano de Cassie y amigo de Blue.
Sloane repasa su cuerpo de arriba abajo sin inmutarse. Extiende la suya al encuentro de la de mi amigo.
—Sloane, exmujer de ese, amiga de ella. —Me apunta con el dedo—. Y en proceso de ella —indica observando a Cassie.
—Pues parece que voy a ser tu novio falso, ¿no?
—Ya lo veremos —le responde justo antes de sentarse a su lado.
Y, como dato informativo, lo hace cerca, muy muy cerca.