CAPÍTULO 23
¿Para qué quiero enemigas?
Blue
—E spera… Repite eso, por favor.
—Shhh —chisto a mi amiga porque ese tono…, ese tono delatador hará que todos empiecen a hacer preguntas y no es que me apetezca contarles que me corrí con los dedos, solo con los dedos, en un local hace unas veinticuatro horas.
—Es que… no me lo tengas en cuenta, estoy asimilando la información.
Y eso que le he dado la versión edulcorada porque es sábado noche, estamos en casa de los Caldwell y toda la familia al completo está pendiente de los movimientos de los demás.
—¿Y tú? ¿A dónde fuiste tú? —le pregunto increpándola.
—Ash y yo teníamos un asunto pendiente con una pared de ese local —me cuenta y desvía la mirada para buscar al extremo derecho, que le guiña un ojo desde el otro lado. Puaajjj. Son como dos caramelos de vainilla, sumamente edulcorados.
Quiero uno.
—¿Un asunto pendiente que pasa por quitarte las bragas?
—De hecho, ni siquiera me las puse. —Alza las cejas, me sujeta la mano y, ante mi estupefacción, me saca de la cocina y me lleva al lado opuesto de la casa. Este es el poder de los cotilleos, ni más ni menos.
—Que conste que estoy siendo mucho más benévola que tú, ¿vale? Porque yo —digo mientras me señalo— te lo estoy contando y tú —añado esta vez señalándola a ella—estuviste días evitándome.
—No fue así.
—Sí que lo fue. —Su mirada se dulcifica.
Ambas escuchamos la puerta de casa y estoy casi convencida de que es Aaron el que ha llegado.
Hoy me he asegurado de traer el coche porque desde anoche se ha mantenido distante, así que supongo que el arrepentimiento ha hecho acto de presencia o es que se ha dado cuenta de que no quería llegar tan lejos.
No lo odiaría por ello, al contrario, lo entiendo.
Soy madre, tengo muchas cargas, tengo demasiados problemas y no soy una chica cualquiera a la que conoces en un local, con la que te enrollas —si es que podemos llamar enrollarse a lo que pasó anoche— y, bueno, todas esas cosas que no es necesario que os explique sobre un chico como él que puede conseguir a la que quiera.
—Lo fue, pero en mi defensa diré que estaba tan sorprendida que tenía que asimilar lo que estaba sucediendo, ¿entiendes?
Me alzo de hombros y le regalo una mueca divertida.
—En mi defensa diré que me corrí en treinta segundos.
Treinta putos segundos de reloj. —Puede que de esta amistad que ambas compartimos, Diddy sea la comedida y yo la deslenguada, lo dejo claro por si no os habéis dado cuenta de ello en todo este tiempo.
Que ya os vale, porque mira que os he dado la turra.
—¿Y él?
Niego.
—Una vez… —Bajo la voz un poco más—. Una vez terminamos… —Y se chupó los dedos hasta la última gota—. Una vez terminamos se apartó de mí. Me temo que es eso a lo que comúnmente se le denomina «arrepentimiento».
—Bah. —Mi mejor amiga tira de mi cuerpo una vez más acercándome al suyo—. Aaron es buen tío, dudo que sea eso.
—No hemos… La cosa está rara, ¿vale? No he sabido nada de él en todo el día. No ha bajado a tomar café, tampoco a leerle a Juniper y no me ha escrito ningún mensaje.
—¿Blue? —me corta y no sé si agradecérselo con un beso de tornillo porque sueno como esa clase de chicas a las que el tío que les gusta las deja plantadas en su segunda cita. El rechazo sigue doliendo, lo hacía en la prehistoria y lo hace en la edad moderna.
Ya me entendéis.
—¿Qué?
—Suenas como una chica que está colgada de un chico —murmura llena de convicción.
Y digo «murmura» porque estoy casi segura de que lo hace porque gritarlo a los cuatro vientos no está contemplado a pesar de que eso sea justo lo que le apetece. Su sonrisa la delata.
Suelto un suspiro y me doy la vuelta para observar el salón, que está a un par de metros de donde nos encontramos nosotras, me sorprende que Xavier y Noah no estén agazapados tras el marco de la puerta intentando enterarse de los cotilleos de primera mano, porque en esta casa las cosas funcionan de esa forma y es por todos sabido que cuando alguien abandona la cocina es para compartir secretos. O para tirarnos de las orejas.
—Puede que me guste —admito.
—¿Qué? —ahora sí que ha gritado.
Me acerco y le coloco la mano sobre la boca.
—Shhh —la chisto y evito pensar en la manera en la que Aaron lo hizo conmigo anoche antes de conseguir que me corriese con los dedos. Solo con los dedos—. ¿Es que no lo ves?
Diddy se inclina hacia un lado y observa por ese hueco, me giro solo para comprobar que no está allí porque ese sería el colmo de los colmos.
—No, no lo veo. —Si es que…
—Hablo de forma figurada. Ya sabes, es alto, sexi, guapo, tiene rollazo y encima es el típico chico bueno al que me encantaría corromper.
—Pues sí que lo has corrompido si te ha hecho un dedo en un local frente a los ojos de todo el que estuviese dispuesto a interpretar la escena.
Lo siento, visto de esa manera, tiene un morbo que te cagas.
—Lo que no me gusta —contrataco y reconduzco la conversación— es el ahora.
—¿Ahora ahora?
—Joder, Diddy, céntrate.
—Es que Asher me ha robado la inteligencia a base de poll…
—¿Vas a terminar esa frase de veras?
—Abrazos —finaliza ella sonriendo, y la carcajada que suelto hace que un poco de tensión desaparezca.
—Joder, cuánto te quiero —le suelto estrechándola entre mis brazos.
—Yo también y, retomando el tema, es tan sencillo como hablar las cosas, dile lo que piensas.
Alzo una ceja.
—¿Quieres que lo asuste?, ¿es eso?
—Créeme, Blue, si ese chico no ha salido pitando cada vez que lo provocas con algún comentario de los tuyos, no habrá nada que lo haga huir despavorido.
Contemplo a mi amiga, y la convicción con la que suelta esa frase, y llego a la conclusión de que tiene razón y de que no soy yo la que se tiene que esconder o huir y tampoco él, porque somos dos adultos funcionales que tienen las cosas claras y que se han dejado llevar por un arrebato de pasión —¡y menudo arrebato de pasión! —.
—Vale. Haremos esto. Volveré ahí, tú mantendrás esa boca cerrada y no le contarás nada a nadie.
Actuaré como una mujer adulta que no se ha corrido y a la que le ha sabido a poco.
—Cassie abre los ojos—. ¿Qué? ¿Treinta segundos?
—Chasqueo los dedos frente a sus ojos para que entienda el concepto—.
Es normal que me supiese a poco. Volveremos ahí y actuaremos con normalidad.
—Con total normalidad —sentencia ella.
La sujeto de las manos y la arrastro hasta la cocina. Cuando entramos, Asher va a su encuentro y la abraza. Insisto, caramelos de vainilla.
Cómo no, Aaron está de espaldas a mí y lo recorro a mi antojo porque es imposible no hacerlo, es como pedirle a un imán que no se sienta atraído por un metal cuando lo tiene a dos centímetros de distancia.
Cuando se da la vuelta, se queda perplejo unos segundos, no sé, ¿qué esperaba?, ¿no encontrarme aquí?
—Hola, capitán —pronuncio y la punta de las orejas se le tiñen de ese tono rojizo que me fascina.
De verdad, ¿puede alguien explicarme cómo es posible que anoche ese mismo chico estuviese jugando con mis bragas y ahora esté…
comiéndome con los ojos?—. ¿Ves algo que te guste?
—le suelto acercándome y colocándome a su lado, con el culo apoyado en la encimera.
—Blue, no lo distraigas, tiene que cortar pan para la cena —me advierte Maddie no muy lejos de aquí.
—¿Estofado? —La reina de la compostura deberían llamarme.
—Por supuesto —sentencia Maddie, que está dándole los últimos toques a su plato.
—Y la próxima semana costillas —menciona Carson.
—¡Bien! —grita mi hija.
Juniper, con tal de que no le sirvan ensalada, es la niña más feliz del mundo.
—Vale, vale —me defiendo alzando las manos y separándome de Aaron.
Ocupo mi asiento habitual, al lado de Noah y de mi hija, mientras observo cómo todos dan vueltas y llevan a cabo sus tareas.
Yo, por el contrario, solo tengo ojos para él.
Se ríe por alguna broma que le hace Asher y también recibe alguna que otra palmada por parte de Carson.
Hablan de hockey , de los siguientes partidos y de la estrategia que van a llevar a cabo.
—Por cierto, Xavier —intervengo—. ¿Puedes pasarte mañana por la cafetería del estadio?
—¿Es ese el famoso favor que tengo que hacerte?
Aaron se da la vuelta y una de sus cejas se alza inquisitiva. Me temo que está malinterpretando las cosas.
—Sí —asiento a la vez que sonrío malvada.
¿Qué? Nadie me ha pedido que me porte bien, ¿a que no?
—Hecho.
Ocupamos los asientos, Maddie nos sirve y, justo cuando voy a darle el primer bocado, me suena el teléfono.
Lo saco y lo ojeo por si fuese algo de trabajo. Este mes voy pillada de pasta.
Capitán Buenorro:
Veo algo que me gusta. Y veo algo que sabe todavía mejor.
Alzo la vista y me atraganto cuando lo pillo observándome con fijeza. El azul de su mirada se ha oscurecido como el cielo antes de una tormenta.
Joder con Aaron, qué calladito se lo tenía.