CAPÍTULO 22
Un Daikiri
Blue
E sta noche Juniper se ha quedado con Maddie y Carson para que Diddy y yo tengamos una noche de chicas.
Ni siquiera me acuerdo de lo que significa eso.
Allá por la Prehistoria, cuando podía salir a mi antojo, apuesto a que se llevaban otro tipo de cosas, yo qué sé: hombreras, permanentes que quemaban hasta la raíz del pelo, cardados y tanta laca que la capa de ozono sigue sufriendo las consecuencias.
Así que, sí, me he puesto un vestido incómodo, pero sexi.
Me he pintado los labios, me he aplicado rímel y me he negado a llevar tacones porque la de los zapatos altos es mi amiga y la de la comodidad soy yo.
Y aquí estamos, en un local de mala muerte en el que Kai y Evan están bailando con mi mejor amiga mientras Asher Maddox tiene los nudillos tan blancos que vamos a tener que acabar en urgencias.
—Tranquilo, chaval, esa chica de ahí es tuya y solo tuya.
—Más les vale, joder —gruñe a mi lado.
Se lleva una botella de agua a los labios, y me levanto con la intención de hacerle entender a mi amiga que, si no regresa con el cromañón de su novio, es probable que acabemos en el hospital acompañando a dos chicos jóvenes que no han hecho nada malo.
—¡Blue! —grita mi amiga al verme—. Ven, ven a bailar con ellos, no sabes lo bien que lo hacen.
—Todo, cielo, nosotros lo hacemos todo bien.
—Ya me he cansado. —Mucho había tardado ese chico en intervenir.
Y yo que había llegado para advertirle que era mejor que se mantuviese un poco alejada de esos dos y resulta que no me ha dado tiempo.
Observo cómo mi amiga se marcha de la mano de Asher a la vez que mueve los dedos para despedirse. Se pierden entre la multitud y me juego lo que sea a que el extremo derecho de los Wild Warriors va a explicarle cómo de suya es.
Suerte que tienen algunas, joder.
Me despido de los chicos y regreso hasta la mesa en la que estábamos sentados antes de que alguien nos la quite.
—¡No te vayas, Blue!
—¡Baila con nosotros! —me ruega Kai. Ese chico en unos años va a ser el terror de las nenas.
—Parece que tenéis alguna que otra chica por ahí deseosa de ocupar su puesto. —Señalo con el pulgar hacia donde se ha ido mi amiga y a su vez muevo la cabeza para que entienda hacia dónde quiero que miren.
Cómo no, lo pillan al vuelo y giran la cabeza hasta que se encuentran con tres jovencitas más que predispuestas a hacer lo que ellos quieran.
Cosa que tampoco me sorprende en absoluto.
De vuelta, recibo algún que otro empujón accidental y unos dedos se sitúan en mi cintura cuando estoy a punto de caerme de bruces al suelo.
Me giro con la intención de agradecer su caballerosidad, y el chico me sonríe con calidez.
Le devuelvo el gesto por pura educación e intento apartarme. Me lo permite y me tiende la mano.
—Ethan —se presenta.
Tengo dos opciones. La primera es comportarme como una imbécil, darme la vuelta y fingir que no lo he escuchado y que tampoco me ha tocado. La segunda pasa por ser educada, presentarme y no tildarlo de capullo a la primera de cambio porque generalizar es caca, ¿verdad?
—Blue. —Como es evidente, elijo la segunda opción.
—¿Te apetece que tomemos algo? Yo invito.
Observo la mesa vacía y la comodidad que me provoca estar allí, analizar todo e interactuar cero con chicos desconocidos.
—Te lo agradezco, Ethan, pero me duelen los pies.
Frunce el ceño y su sonrisa dibuja una mueca de lo más tristona.
En otras circunstancias, esas en las que se llevaban las hombreras, habría caído de rodillas ante un chico tan guapo como él.
Sin embargo, la imagen del chico guapo que pasa por mi cabeza en momentos como este nada tiene que ver con los ojos marrones, el pelo largo y los labios sonrosados de este desconocido y todo con el capitán del equipo que le ha leído toda la semana a mi hija.
Toda la jodida semana.
Una tortura para mis sentidos. Y para mis ovarios.
Me alejo sin más dilación y ocupo la esquina en la que Asher estaba sentado hace un rato. Lo siento por él, que no se hubiese marchado.
Saco el teléfono solo para comprobar que no hay ningún mensaje de los padres de Diddy y, si lo hay, que sea para confirmarme que todo está bien.
Abro la imagen que me han adjuntado y encuentro a mi pequeña tumbada en el sofá, con los pies sobre Carson y con un dedo enredado en un mechón de pelo.
Esa imagen fue de hace una hora, así que ya debe de estar durmiendo.
Les contesto y les envío muchos besos. Por supuesto, no responden, así que guardo una vez más el teléfono en la chaqueta.
—Esto es para ti, lo envía el chico de allí —me cuenta una camarera que deja frente a mí una copa de un tono rosa monísimo, con el borde a rebosar de azúcar y una sombrilla verde que sobresale de un lado.
Alzo la vista, y Ethan se aproxima, como si el haberme pagado una copa le diese derecho a acercarse sin ser invitado.
Voy a tener que ponerme borde. Y no os va a gustar cuando lo haga porque a mí, de hecho, no me gusta ni un pelo.
—Pensaba que estabas acompañada, sin embargo, he visto que estabas sola y…
—No está sola. —La voz retumba en el espacio y desdibuja el sonido de la música, el movimiento de los focos por la sala y hasta el latido de mi corazón pierde el ritmo para adaptarse a él.
Es justo el tono autoritario lo que me hace alzar la mirada para encontrarme con la figura imponente del capitán de los Wild Warriors.
Ese tono bien podría derretir los polos y volverlos a helar—. Está conmigo —añade.
Ethan tiene la decencia de hacerse a un lado, lo que provoca que Aaron aproveche ese espacio para tomar asiento a mi derecha y no solo eso, sino también para acomodar mi cuerpo al suyo y para posar una mano sobre mi muslo desnudo.
No es la primera vez que lo hace, de hecho, es la segunda y, sin embargo, lo percibo de una forma bien distinta. Más dominante, más territorial, más yo siendo suya.
—¿Todo bien? —me pregunta trayéndome de regreso al presente.
Sus ojos refulgen bajo los focos del local y su mirada me recorre despacio, evaluando algo que solo él es capaz de percibir. Asiento, a pesar de que no estoy segura de que mis piernas cooperen si intento ponerme de pie. Probablemente acabaría de nuevo dándome de bruces contra el suelo.
—Todo bien —le aseguro.
Los dedos ascienden por mi muslo y no le tiembla el pulso cuando los cuela bajo el dobladillo de la falda. Contengo la respiración cuando eso sucede porque… ¡Joder!, ¿alguien puede explicarme qué coño está pasando? Y, por encima de todo, si estoy soñando, no me despertéis.
Sus manos son tan cálidas como siempre y su piel es suave, segura, como si cada gesto estuviera medido al milímetro para no asustarme y, aun así, prenderme fuego.
Cuando sus dedos tocan el borde de mis bragas, estoy casi convencida de que voy a colapsar.
Giro la cabeza, intentando interiorizar lo que sucede.
No hay rastro de ese chico juguetón, el hombre que tengo a mi lado tiene una actitud decidida y una mirada desafiante.
Ethan es el foco de su atención, aunque no lo observa como a un rival cualquiera, sino como a una molestia que está a punto de ser resuelta.
Hay algo primitivo en la forma en la que Aaron se coloca a mi lado, en cómo su cuerpo me cubre sin esconderme, marcando territorio y haciéndome temblar en el proceso.
Aaron me observa de lado y las comisuras de los labios se le alzan más cuando su dedo índice se aventura todavía con más destreza. Sabe con exactitud a dónde quiere llegar, y yo soy más que consciente de hasta dónde quiero que llegue.
Gira la cabeza de nuevo y la clava en el chico que sigue de pie frente a nosotros. Puede que se haya quedado tan prendado como lo estoy yo del magnetismo que desprende mi vecino.
—Ah, ¿todavía estás aquí?
La pregunta le pilla tan desprevenido como me pilla a mí misma. Su dedo no deja de moverse, y yo no dejo de excitarme por su maldita culpa.
Joder con el puñetero chico bueno.
«A ver, Blue, ¿no es esto lo que querías?».
—Yo… —Ethan balbucea antes de bajar la vista y sacar sus propias conclusiones. Se marcha sin mirar atrás.
Se acabó la peli porno para el chico.
Me llevo la bebida a los labios y saboreo el dulzor de la misma, cuando la aparto, Aaron pasea el dedo de la mano que tiene libre por el borde y se lleva parte del azúcar a los labios.
Me muero por probar la bebida directamente de ellos.
Sin embargo, me quedo quieta porque me da pánico moverme y que se asuste, que se aleje, que sus dedos dejen de rozar el encaje de mi ropa interior y de provocarme esa necesidad que solo acrecienta el ansia que siento por él.
—Yo… —Intento arrancar una frase coherente. Y en eso queda, en un mero intento, cuando su dedo índice se coloca sobre mi clítoris.
Sé que la prenda sigue interponiéndose entre su piel y la mía y, ya ves, estoy tan cachonda como si tuviese las piernas abiertas y me estuviese tocando a su antojo.
—Shhhh —me chista.
No aparta la mirada de la mía ni un solo segundo, al contrario, parece decidido a memorizar cada pequeño detalle.
La forma en la que mi boca se abre cuando aprieta su dedo, cuando la tela me araña a pesar de la humedad, cuando se pasea la lengua por los labios y la mía sale en busca de lo que sea que pueda darle.
—Joder, Blue —ruge acercando su cara al hueco que hay entre mi cuello y mi hombro.
Me muerde cuando siente mis temblores.
A la vista de todos somos una pareja normal que se hace arrumacos. A la mía, somos un par de pervertidos que están llevándose al límite. O que él me lleva al límite, y yo estoy al borde del precipicio.
—Aaron… —jadeo.
Muevo las caderas de forma frenética contra su mano y entonces me aparta las bragas y me toca. Por fin piel con piel.
El orgasmo llega sin previo aviso, dispuesto a revolucionarme, a hacerme levitar. En medio de un local, con sus compañeros cerca de nosotros, con mi mejor amiga haciendo algo parecido a esto. Y, por si fuera poco, con el chico que me alborota siendo el dueño y señor de mis convulsiones.
—Dime, Blue, ¿hay alguna norma para esto? —me provoca no solo con su mirada, sino con sus palabras, con esa sonrisa arrogante que me muestra a mí y solo a mí y que me gusta tanto.
Pienso en alguna frase ingeniosa que responderle, porque la mordacidad es lo mío. De hecho, la tengo en la punta de la lengua hasta que saca los dedos, se los lleva a los labios y los saborea.
—Primera norma… Los chicos buenos las matamos callando.
Oficialmente, he descendido al infierno. No molestar, por favor.