CAPÍTULO 21
Miradas que abrasan, palabras que desgarran
Aaron
S i fuese un puto cabrón con suerte, en este instante, esa chica a la que estoy acariciando estaría pensando en dejar que recorriese todo su cuerpo, que venerase cada curva, que devorase cada centímetro de su piel con la misma calma que mi pulgar se desliza por su tobillo.
Si fuese un puto cabrón con suerte, esta estampa se repetiría cada día de mi vida. Es agradable estar aquí y es mucho más agradable que Blue me esté observando de esa manera. Con cariño, con deseo, con miedo. Y sé por qué…
—Vamos a leerlo, pero esta vez a mi manera —le propongo a Juniper.
Mis palabras causan el efecto deseado en madre e hija porque ambas me observan interesadas. Una con la inseguridad de cuál será mi siguiente paso y la otra con las expectativas por las nubes ante un reto, la novedad. Lo que desconoces.
Lo formulo con calma, con tranquilidad y sin grandilocuencia, como si leer un cuento fuese lo más normal del mundo.
Porque, de hecho, lo es y debería serlo siempre.
Juniper clava los ojos en mí con esa mezcla peligrosa de ilusión y miedo que reconozco al instante, es la misma mirada que tienen los jugadores jóvenes antes de su primer cara a cara.
Blue, a un lado, apenas se tensa. No pronuncia palabra alguna, sin embargo, la conozco lo suficiente como para saber que está preparada para intervenir si hiciese falta.
Para proteger a su hija. Porque es una madre increíble.
Me siento de nuevo en el suelo, apoyo la espalda en el respaldo del sofá y doy un par de palmadas suaves en el espacio libre que hay a mi lado.
—Ven, peque, desde aquí se ve mejor.
No la presiono. No la llamo dos veces. Aguardo y le permito que sea ella la que elija si está preparada o si le apetece compartirlo conmigo.
Juniper se acerca despacio y se sienta a mi lado, con el libro apoyado entre los dos. Lo abro con cuidado, un gesto que forma parte del juego. Blue se coloca justo enfrente de nosotros, con las piernas recogidas y sujetas por sus brazos.
Le regalo una media sonrisa para infundirle tranquilidad, y ella me la devuelve sin dudar.
—Vale —empezamos—. Norma número uno. —Blue alza una ceja y, ¡Dios mío!
, está tan guapa que me roba el aliento.
Carraspeo y me centro, si no, va a ser imposible hacerlo bien—.
Comenzaré a leer, ¿vale? —le pregunto para hacerla partícipe en todo momento, para que entienda que es ella la que decide, y yo haré lo que me pida—.
Tú solo eliges cuándo quieres ayudarme. Aunque sea una palabra.
O una letra. Y debes saber que no sucede absolutamente nada si no quieres hacerlo.
Los hombros se le relajan un poco tras mis palabras y los de Blue también.
Paso el dedo por la primera ilustración antes de leer una sola línea.
—¿Qué ves aquí?
—Un dragón —responde ella, rápida—. Y una chica.
—¿Da miedo o mola? —pregunto.
—Mola —responde llena de convicción. Sí que mola, sí, ellas dos lo hacen.
—Entonces estamos a salvo —sentencio, arrancándole una sonrisa.
Empiezo a leer despacio, vocalizando más de lo habitual, sin exagerar, sin resultar forzado.
Mi dedo acompaña las frases sin intención de corregirla, sino para que el texto no se le escape y mantener la atención puesta en la línea por la que vamos.
Cuando llego a una palabra un poco más larga, paro.
—Esta palabra es un poco pillina —le advierto—. ¿Quieres que la lea yo o la leemos en equipo?
Juniper parece dudar unos segundos, hasta que alza la mirada y observa a su madre y su sonrisa. Asiente tras eso. Si Blue me sonriese de esa forma, yo también haría cualquier cosa por ella. Quemar el mundo. Navegar los siete mares. Rendirle pleitesía.
—En equipo —asegura.
—Perfecto. Tú dime solo con qué sonido empieza.
Se inclina hacia adelante, frunce el ceño.
—Con… d.
—¡Exacto! —celebro en voz baja—. Dragón. D de dragón. D de… —Hago una pausa dramática—. De de desastre si no sigo leyendo.
Se ríe. Una risa clara, sin tensión.
Seguimos así. Sin prisas. A veces lee una sílaba. A veces solo señala una letra que reconoce. Y, cuando se equivoca, no pasa nada. Cambio la voz del personaje, exagero algún sonido, hago algunos ruidos ridículos para mantener la tensión y la acción de la historia.
—Eso no vale —protesta ella cuando me tiro teatralmente hacia un lado—. Te has caído aposta.
—Por supuesto. Los profesionales también hacemos trampas —confieso—. De hecho, deberías saber que en el hockey lo hacemos demasiadas veces, somos un poco peliculeros.
—¿No os dais golpes de verdad?
Medito sobre ello, alzo la vista una vez más y la clavo en Blue.
—Alguno que otro, eso sí, solo para defender nuestro honor.
Centro mi atención una vez más en la pequeñaja. Desde el sofá, siento la mirada de Blue clavada en nosotros. No necesito verla para saber que está asimilando un poco la escena.
«No debería hacer esto sola».
No, joder, por supuesto que no debería.
—¿Quieres que paremos o prefieres que continuemos un poco más? —le pregunto a Juniper al terminar la página—. Aquí mandas tú, eres la capitana del equipo —le cuento.
Ella observa el dibujo y luego el texto. Creo que le intriga lo que pueda pasar a continuación y a mí también.
—Una más.
Asiento.
—Una más.
Mientras leo, pienso que, si fuese un puto cabrón con suerte, esta escena se repetiría muchas veces.
Que no hay nada de heroico en esto, nada de lo que presumir.
Solo estar. Adaptarme. Escuchar. Darle tiempo.
Cambiar las normas para que gane confianza en sí misma y borrar un poco las marcas que dejan los demás en ella.
Cuando cerramos el libro, Juniper apoya la cabeza en mi brazo.
—Mañana seguimos —agrega sin preguntar.
—Mañana seguimos.
Blue se incorpora y se acerca observándonos desde arriba.
Sus ojos brillan de una forma que no tiene nada que ver con el deseo.
Y en ese momento entiendo que leer despacio, señalar letras, celebrar intentos y no errores, no es solo una forma de ayudarla a leer.
Es una forma de decirle que no hay prisa, que no está rota, que aprender a su manera también está bien.
—Venga, peque, ya hemos leído, es hora de que nos vayamos a la cama.
—¿Y Aaron?
—Aaron se irá a la suya.
—Pero ¿volverás mañana? —Esta vez se dirige a mí.
—Volveré mañana.
Juniper da un salto y se dirige hacia el baño, decidida. Blue alterna la mirada entre la habitación por la que se ha colado la pequeña y el espacio que ocupo en el suelo.
—¿Quieres quedarte y cenar algo?
—¿Sopa? —Le robo una sonrisa y me anoto un tanto por ello.
—Más quisieras…
—Estaré aquí —le prometo.
Escucho sus pisadas, relajadas y confiadas, cuando se adentra en el pasillo y, tras eso, los susurros en el lavabo mientras hablan.
Es una estampa normal, sencilla y, a su vez, diferente a la que yo he vivido a lo largo de mi vida.
Y del todo distinta a la que haya podido vivir Ash.
Mi madre siempre estuvo presente en mi vida y mi padre también.
Sin embargo, no compartíamos ese tipo de relación, era algo más frío y distante, algo menos fraternal y cariñoso.
Es como si nuestra relación se basase en logros y no en errores, aprendizaje y en desafíos que afrontar como un equipo.
Me paseo por el salón de su casa y observo los pequeños detalles porque sé que en todos y cada uno de ellos hay sentimientos.
En las fotografías de Juniper con un diente de león en la mano en medio de un campo lleno de ellos.
En las imágenes de las Navidades en las que ambas compartían jerséis a juego.
En fotos de los Caldwell junto a ellas. Todo recuerdos relativamente recientes que demuestran que la familia, su familia, la ha elegido ella.
No la ha dictado un grupo sanguíneo, tampoco un registro civil, ha sido su elección y solo suya.
—Esta fue la última excursión que hicimos.
—Blue alarga la mano y saca una polaroid que estaba apoyada en una pila de cuentos infantiles—.
A Juniper se le había caído su primer diente y estaba aterrorizada porque pensaba que no volvería a salirle.
Le prometí que lo haría de la misma manera en la que el sol sale cada mañana, aunque no lo veamos en el horizonte —me explica.
Yo asiento fascinado por la capacidad que tiene de embriagarme con tan solo su presencia. No hablemos de sus palabras y de su tono dulce. Es maravilloso cómo habla de ella e inquietante lo que despierta en mí.
Sí, estoy oficialmente bien jodido.
Jodido y loco por ella.
Una combinación destructiva.
—¿Y esta?
—Ah. —Se ríe—. Esa fue de hace algunos meses.
Xavier se había empeñado en hacer tortitas caseras.
No pudimos comer, no sé qué coño hizo, pero me alegro de que alguien cocine todavía peor que yo.
Había mucha harina. —De hecho, la foto es prácticamente ellos cubiertos de blanco—.
Es todo lo que pudimos hacer con ella, jugar.
Me río y la acompaño hasta la cocina, donde tomo asiento mientras abre la nevera.
—Puedo ofrecerte un par de bocadillos de carne de ternera con ensalada y salsa casera de Maddie.
—¿Moriré envenenado?
—Tendrás que correr el riesgo.
Por ella lo correría sin dudar.
Asiento a modo de respuesta y me levanto, me lavo las manos y la ayudo a preparar la cena.
—Oye, Aaron…
—¿Sí?
—¿Tendré que hacerle un bocadillo solo para tu culazo o crees que con el tuyo se alimentará?
La empujo con la cadera mientras se ríe a carcajadas.
Me encanta la forma en la que es capaz de romper la tensión porque, sin saberlo, lo único que consigue es que me enganche mucho más.
Puñetera Blue Langley, cómo me gusta, joder, cómo me gusta.