CAPÍTULO 20
Dramatizando
Blue
—¿H as visto el partido?
Aaron acaba de cruzar el umbral de la puerta de mi casa, todavía con la bolsa de deporte colgada del hombro y el pelo revuelto como si viniese de jugar a hockey o de participar en una maratón sexual.
Niego en repetidas ocasiones.
—He visto el culo del capitán del equipo de hockey . ¿Te referías a eso? Porque sí, me ha mantenido pegada a la pantalla. Demasiado pegada a la pantalla.
Aaron parece inmune a mi comentario y a la mordacidad que va implícita en él porque se adentra en casa moviéndose con absoluta familiaridad. Y, para mi asombro, a mí también me parece de lo más natural que lo haga.
—Eres incorregible —suelta a la vez que se pone de rodillas para recibir a mi hija, que, nada más verlo, ha corrido en su dirección por el minúsculo pasillo—. ¿Qué estabas haciendo, pequeñaja? —le pregunta.
Obvio el latido que se salta mi corazón cuando la estrecha entre sus brazos y el siguiente latido cuando alza la vista y me guiña un ojo con picardía. Aaron viene buscando guerra y eso es lo que va a encontrar. Chasqueo la lengua a la vez que me aproximo a ellos.
—¿Hay espacio para una más? —pregunto.
Ambos me hacen hueco y, cuando me envuelve entre sus cálidos brazos, todo el mundo a mi alrededor parece eclosionar.
Huele a espuma de afeitar y a ese maldito jabón caro que se niega a admitir que compra, pero que sabemos que lo hace y de tres en tres.
Apuesto a que tiene alguna suscripción recurrente o algo por el estilo.
—Mmmm. —Extiendo la mano y le pellizco una nalga—. ¿Crees que me firmará un autógrafo? —le pregunto.
—¿Yo?
—Tu culo —confieso—. Apuesto a que tiene una larga lista de citas que concertar. ¿Cómo lo haces?, ¿tomas tus propios batidos de proteínas?, ¿tienes una secretaria para ti solo?
—¿Estás manteniendo una conversación con…?
—Shhhh —lo chisto—. Deja a los mayores hablar.
Aaron me empuja, y caigo al suelo. No me lastima, pero Maridramas es mi segundo nombre.
—Eso ha dolido.
—Lo siento —se disculpa sonrojándose.
—Puedes pedirle perdón si quieres. —Y me señalo el culo a la vez que se lo enseño, lo que provoca que Aaron aparte la mirada.
No sé si es vergüenza o un rechazo en toda regla.
—Mamá solo está metiéndose contigo. No le hagas caso, Aaron. Y sí que ha visto el partido. Lo hemos visto juntas. De hecho, hemos visto todos los partidos, yo más, porque mamá tuvo que trabajar varias noches la semana pasada. El tío Xavier y el tío Noah no se los perdieron. Creo que son muy fans.
—¿Y tú no? —le pregunta dándole un pequeño golpe en la nariz.
Mis hormonas están montándose una fiesta muy loca ahí dentro.
—Yo solo soy fan si ganáis. Si perdéis no tanto.
Aaron suelta una carcajada a pesar de la brutal sinceridad por parte de mi hija.
—Nunca me había dolido mi ego tanto como hoy. —Mi vecino aparta la vista y me observa a mí.
Pasea los ojos por mi cara, mi cuello y se detiene en algunas zonas que hacen que todo mi cuerpo entre en tensión. En tensión de la buena, para que nos entendamos.
No puedo negar que me gusta, sobre todo, cuando me mira así: con anhelo y necesidad.
Vale. Lo admito. Estaba un poco —muy poco— de coña cuando le pregunté a Diddy cómo de mala idea era tirarse al capitán del equipo, y chicas, creedme cuando os digo que he valorado los pros y los contras.
Sin embargo, cuando lo tengo delante de mí, con esa pose, esa sonrisa que rompe esquemas y cuando me deleito en la forma en la que cuida a mi pequeña, los contras dejan de existir para solo ver pros en negrita y en mayúsculas.
Me pregunto cómo será: ¿romántico?, ¿tierno?
, ¿será de esos que hacen la cucharita al terminar?
No tiene pinta de huir a la primera de cambio.
No, apuesto a que es de los que se quedan y charlan de temas banales o de los que comparten contigo una bolsa de patatas fritas con sabor a cebolla tras haberse dado una ducha.
—¿Me estás escuchando?
Por supuesto que no.
—Claro que sí —afirmo completamente convencida porque la actitud dice mucho, chicas.
—Te he traído algo —rumia él agachándose de nuevo para colocarse a la altura de Juniper—. Espero que no te moleste. —Ese comentario va dirigido a mí.
Me arrodillo junto a ellos y me sujeto las rodillas con las piernas mientras le extiende un pequeño sobre violeta con estrellas blancas.
—Lo vi en el escaparate de una tienda y pensé en ti —le explica a mi hija, que está rasgando el papel, emocionada.
Cuando lo abre, lanzando el papel en cualquier dirección, sus ojos chisporrotean de emoción.
—¡Un cuento nuevo!
En la portada hay una chica subida en un dragón blanco.
—Por lo que sé, no es una damisela en apuros, es una villana principesca.
Ladeo la cabeza al recordar esa conversación. Hace apenas unas semanas que hablamos de ello, no ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, tengo la sensación de que hubiese transcurrido una eternidad.
—Entonces, ¡como yo! —grita mi hija emocionada.
Se incorpora y da pequeños saltos en el mismo sitio.
—Juniper, ¿no te has olvidado de algo? —le pregunto ocultando esa pequeña grieta por la que este chico se cuela poco a poco.
Los detalles, lo que de verdad importa en esta vida son los detalles.
—Ah, sí… ¿Puedes leerlo conmigo? —le pregunta colocando su pierna derecha tras la pierna izquierda. Me encanta ese gesto de ella, esa inocencia implícita.
Me atraganto ante su desparpajo porque, definitivamente, no es a eso a lo que me refería.
—Hablaba de darle las gracias a Aaron porque pensó en ti y porque tuvo el detalle de comprarte un libro.
El capitán de los Wild Warriors me coloca una mano sobre el muslo desnudo —¡alerta! He dicho desnudo— y siento la calidez de la palma en esa zona como si me estuviese recorriendo el cuerpo al completo. Ay, Dios, ojalá fuese así.
Cuando se percata del gesto, la aparta de inmediato.
—El rojo —le susurro para que me entienda y para que comprenda a lo que me refiero. Lo que hace que se ponga mucho más colorado.
—No ha sido nada, no te preocupes. —Sus palabras se dirigen a Juniper, aunque su mirada sigue clavada en mí.
—Aun así…
—Gracias, Aaron. —Cede por fin mi hija entendiendo a lo que me refiero.
Y, sin previo aviso, lo estrecha contra su minúscula figura. Sus pequeños brazos se colocan alrededor de su cuello y sus mejillas se unen la una a la otra. La estampa es…, me roba el aliento.
No sé en qué momento exacto sucede, pero algo dentro de mí se remueve.
Quizá es por la forma en la que Aaron se queda quieto solo pegado a ella, como si temiera romper la conexión.
O por la manera en la que cierra los ojos apenas un segundo, apoyando la mejilla en el pelo de Juniper con una delicadeza que no encaja con su tamaño ni con la imagen de tipo recto y firme que proyecta sobre el hielo.
O es todo mucho más sencillo que eso y es la suma de cada pequeño detalle.
—Gracias a ti, peque —murmura él, bajito, reservando ese agradecimiento solo para ellos dos.
—Ahora vamos a leerlo juntos —le pide ella y esa calma se convierte en tormenta porque con Juniper la lectura tiene que ser divertida, captar su atención es de vital importancia. Así que me incorporo para evitar el instante de tensión.
—¿Y si cenamos?
La mano de Aaron se coloca de nuevo en mis piernas, esta vez, en la parte baja de mi pantorrilla, y siento cómo su pulgar se desliza con cadencia por mi piel. Es una caricia furtiva y, a su vez, es puro fuego.
Permanezco quieta, conteniendo la respiración, temiendo que cualquier movimiento pudiera romper el hechizo, evitando a toda costa que eso suceda. Pienso en lo fácil que sería apartarme y en lo imposible que me resulta hacerlo.
Dejo que la sensación me atraviese y me prometo que no pasa nada, que solo es una caricia. Pero en el fondo sé que me estoy engañando. Porque hay sensaciones que no se olvidan. Porque hay personas que, sin saberlo, empiezan a importar demasiado.
Y, mientras su pulgar sigue ese lento vaivén, me pregunto si estoy preparada para todo lo que Aaron Maddox despierta en mí y si él estará preparado para todo lo que quiero hacerle.