Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

A que no te sorprende

Aaron

—J oder, Aaron, ¿se puede saber dónde coño tienes la cabeza? ¡Estamos aquí! —grita Caleb llamando mi atención desde su posición, está colocado justo donde ensayamos y a punto de darme el pase que cambiará todo, ¿y qué hago yo?

«Deberías saber que yo no llevo nada».

Hace dos días que regresamos a Vancouver y este es nuestro primer partido en casa.

El primero desde que Blue me contó parte de su pasado, el primero desde que se abrió una especie de brecha entre nosotros.

Hasta ahora hemos jugado con distintos enfoques: hemos sido dos personas que se buscan las cosquillas o una de ella que las busca y el otro recula —¿adivináis quién es quién?

—. Hemos sido compañeros de puzles, cirujanos y, por lo que parece, hemos avanzado en eso de contarnos confidencias.

Arrancamos con el tema de Juniper y también me ha hablado de su familia, y es una sensación deliciosa y a la vez reconfortante que me vea como ese chico con el que puede juguetear y también sincerarse. Ser ella misma.

—¿Me estás escuchando?

Giro la cabeza y me centro de nuevo en la pista y en nuestros rivales.

«Vamos, Aaron, ya sé que estás desesperado por ir a verla. Por llevarla a casa o por llevarla a tu puta cama y enterrar la cabeza entre sus piernas, sin embargo, este no es momento para fantasear con tu vecina sexi».

«Claro, como si fuese tan fácil».

Gruño de pura frustración. Sé que no está trabajando porque me pasé por la cafetería antes de bajar al estadio.

Sloane estaba allí con Kayra, la otra chica que hace varios turnos.

Si a Sloane le resultó extraño o no que me viese entrar y recular al darme cuenta de que Blue no se encontraba en la sala, no dijo nada.

Nada más allá de su ceja alzada, que no es poco.

Patino para recuperar mi posición y escucho a lo lejos los gritos de Donahue, que nos pide que nos reubiquemos y que no les dejemos espacio desde el que colarse. Julien Dufresne es el defensa de los Polar Vipers y es un rival temible dentro y fuera del campo.

—Maldita sea —gruño cuando me pisa los talones de nuevo.

Julien no necesita mirarme para saber dónde estoy, es así de cabronazo.

Es de esos defensas que juegan con el cuerpo antes que con el stick , que te empujan a pensar un segundo de más y te roban medio metro justo cuando más lo necesitas.

Me cierra el ángulo hacia la banda y me obliga a soltar el disco antes de tiempo.

Tal y como Donahue predijo en el entrenamiento, como Asher y yo lo vaticinamos en el avión de regreso a Vancouver hace dos días.

—¡Atrás, Aaron! —Escucho a Miles desde la línea azul.

Retrocedo, respiro hondo y bajo el ritmo.

Eso siempre funciona conmigo: analizar, ordenar, volver al plan inicial.

El problema es que hoy el plan se me mezcla con una cafetería vacía, con una chica a la que llamé hace dos noches porque me moría de ganas de estar con ella y con una voz al otro lado del teléfono explicándome cómo era parte de su vida. Parte de su pasado.

El disco vuelve a mí tras un rebote torpe. Ben ha detenido el primer disparo de los Vipers con ese gesto casi aburrido que pone cuando está en su noche de mascarilla y pepino o lo que cojones haga en su casa para concentrase. Control. Siempre control.

—¡Ahora! —pronuncia Caleb, firme, a mi izquierda.

Levanto la cabeza. Veo a Kai abierto, bailando con el stick como si el hielo fuese suyo. Asher entra con velocidad por la derecha, demasiado rápido, demasiado directo. Mi hermano es la personificación del caos en la tierra, y lo adoro por ello.

Alzo la vista hacia el palco. Sé que nuestro padre está allí y también sé que está respetando las distancias porque, si no lo hace, ambos nos marcharemos y tendrá muchas explicaciones que dar.

Unas que no le gustarán en absoluto. Asher sigue mi mirada y le sonríe con suficiencia.

Yo también lo hago. Y todo vuelve a empezar, lo hace de una forma frenética, de esas que consiguen que la sangre me ruja en las venas. Como también lo hace Blue.

Dufresne duda solo un instante, y eso es más que suficiente para mí.

Amago el pase a Kai y deslizo el disco hacia atrás, justo donde Caleb ha avanzado un paso desde la línea azul.

El disparo me sale potente, limpio, bajo, buscando el hueco perfecto para dar donde más duele.

El disco rebota en una pierna, se eleva apenas unos centímetros, y Asher lo caza en el aire con un reflejo que resulta casi obsceno.

El golpe seco del disco contra la red hace estallar el pabellón. Y nos anotamos un puto tanto. Uno que necesitamos.

Alzo la cabeza buscando el marcador. Vamos ganando. Dirijo la mirada hacia la cámara y le guiño un ojo cuando me enfoca.

—Vaya con mi hermanito… Si sabe ganarse al público y todo. —Lo empujo con el hombro contra el plexiglás—. O quizá no sea al público en general y solo vaya dirigido a alguien en concreto, ¿es eso, Aaron?

—Cierra la boca —escupo.

Mi hermano se carcajea porque sabe que no hay nada de rabia en mis palabras y todo de broma en ellas.

Asher levanta el puño, provocador, y se gira hacia mí con esa sonrisa suya que dice demasiado sin abrir la boca siquiera. Kai se nos echa encima, gritando algo sobre repetirlo para las cámaras. Caleb me da un golpe en el casco, fuerte.

—Así sí —me suelta—. Joder.

Asiento, todavía con el corazón acelerado. No por el gol, sino por la sensación de haber vuelto. De estar donde tengo que estar. De querer estar donde quiero estar.

El marcador se enciende y el ruido me atraviesa el pecho. Giro la cabeza al banquillo, y Donahue asiente una sola vez. Aprobación más que suficiente.

Cuando volvemos al face-off , me coloco en el círculo y fijo la vista en el hielo un segundo más de lo habitual.

Respiro hondo. El ruido del pabellón se convierte en un zumbido lejano, casi constante, como cuando alguien baja el volumen del mundo para dejarme pensar.

—Aaron —murmura Kai a mi izquierda—. Buen pase.

—Cierra más el segundo palo —le respondo sin desviar la atención de lo que me atañe—. Van a aprender de sus errores y a corregirlos. No nos van a dar tregua.

Asiente. Siempre lo hace. Kai puede parecer puro espectáculo. Sin embargo, cuando toca ponerse serio, lee el juego tan bien como cualquiera.

—Y nosotros tampoco a ellos —replica lleno de vehemencia.

Adoro a este muchacho a pesar de que quiera ligarse a mi chica.

El árbitro deja caer el disco de nuevo, gano el saque y tiro hacia atrás para pasársela a Miles. Los Vipers reaccionan rápido; Dufresne vuelve a taladrarme con la mirada, y yo se la devuelvo porque no me da miedo. Lo leo, lo tengo claro, se acabaron las tonterías, ahora jugamos de verdad.

Avanzamos en bloque. Segunda oleada. La grada sigue rugiendo, pero ya no escucho nombres ni cánticos ni mi número coreado, tampoco el de Asher o cómo gritan por «Terremoto Maddox».

Solo siento el sonido de los patines cortando el hielo y el golpe seco del disco contra los sticks mientras me dejo llevar y hago lo que tanto me gusta.

Asher recibe en la banda derecha y, como era de esperar, no frena. Nunca lo hace. Dos rivales se le echan encima, y yo entro por el centro, arrastrando a un tercero conmigo.

—¡Aquí! —le grito.

No necesito comprobar sus indicaciones. Tenemos esa clase de conexión dentro y fuera de la pista.

El pase llega igual, raso y con mala intención.

Controlo y disparo rápido, buscando el hueco entre el defensa y el poste.

El portero de los Vipers detiene el tiro con la rodilla y el rebote sale muerto frente a la portería.

Kai no llega por apenas unos centímetros.

—¡Mierda! —escupo, ya girando para replegarme.

Caleb y Miles cierran atrás con una precisión quirúrgica. El stick bien alineado, el cuerpo bien colocado y la mente fría. Así se ganan los partidos.

El contraataque de los Vipers es rápido y letal. Uno de sus extremos se cuela por nuestra derecha y lanza desde el círculo. Ben bloquea el disparo con el guante y se queda con el disco atrapado en él, sin dar opción a una segunda jugada.

El silbato suena y el juego se detiene. Me acerco a la portería y le doy un golpe suave en el casco.

—Esa ha sido buena.

—Normal, soy el mejor —responde Ben a la vez que las comisuras de los labios se le alzan.

Suelto una carcajada mientras me dirijo hacia el banquillo, allí está el entrenador, que aprovecha el parón para ajustar las líneas. Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y dejo que el aire frío me despeje la cabeza.

Pienso en Blue. En que quizá esté viendo el partido desde algún sitio. En que tal vez esté sirviendo cafés sin mirar la pantalla o preparando sopa. En que, pase lo que pase, después, cuando termine el partido, voy a querer oír su voz.

—Eh —dice Asher, chocando su hombro contra el mío—. No te me vayas otra vez.

Lo observo. Tiene los ojos encendidos, la adrenalina todavía disparada.

—No pienso irme —le respondo—. Ni un segundo.

Asher sonríe, satisfecho, y se ajusta el casco.

Volvemos al hielo. El marcador aún tiene mucho tiempo por delante, y los Vipers no tienen intención de rendirse con facilidad, pero algo ha cambiado.

Lo percibo en la forma en que patinamos, en cómo el disco circula, en la certeza silenciosa de que, mientras mantengamos esto, somos difíciles de parar.

Me coloco de nuevo en el centro, alzo la vista y aguardo el siguiente pase.

Esta vez, no hay dudas. Esta vez, juego con la cabeza clara y el corazón justo donde tiene que estar.

En el hockey y en la chica que voy a visitar después.