Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Palomitas dulces

Blue

—M amá, ¿cuál de todos esos es Aaron? —pregunta mi hija. Esta es la tercera vez que lo hace porque siempre lo pierde de vista entre tanto jugador y tanta velocidad.

—Es el que lleva el número once en la espalda, cariño —le susurra Noah, que está sentado al otro lado del sofá.

Mi hija ha subido los pies sobre sus muslos, y Noah se dedica a acariciarle los dedos y a tirar de ellos amenazándola con quitárselos como si fuesen piezas de lego. Lo que la ha hecho reír.

—Es el más guapo de todos —suelto en voz alta.

—Y no es un capullo —me acompaña mi hija, que no me dirige la mirada porque está tan hipnotizada como lo estoy yo con la pantalla.

—Por supuesto que no lo es —corea Cassie—. Eso sí, Asher es mucho más guapo —contrataca.

Nos hemos reunido todos en mi apartamento. Carson y Maddie han decidido salir esta noche a cenar solo para mantener la llama del matrimonio prendido. Esa es la excusa que nos han dado, aunque Xavier lo que cree es que están hartos de nosotros y que no les viene mal un rato sin tanto alboroto cerca.

Así que, en vez de reunirnos para ver el partido en casa de los Caldwell, lo hemos hecho en la mía.

—Permíteme que lo ponga en duda.

—Ninguno de los dos es como una nevera por detrás —agrega mi hija poniéndose en pie.

Tiene la cara somnolienta, solo por la forma en la que se hace pequeños rizos con los mechones sé que está deseando meterse en la cama, que le lea un cuento y dormir plácidamente. Sin embargo y siguiendo la estela de su madre, estará aquí hasta que el cuerpo aguante.

Y hasta que no haya ningún cotilleo o conversación sobre la que rebatir o sacar alguna puntilla.

«Hija de tigre sale rayada».

—Eso es cierto. —Cassie le revuelve el pelo cuando la acoge entre sus brazos.

Mi mejor amiga me observa unos segundos antes de guiñarme un ojo. Se tensa cuando clava la mirada en el televisor solo para comprobar que Asher ha recibido un golpe por parte de uno de los laterales de los Calgary Avalanche.

Es el último partido que juegan esta semana fuera de casa y sé que necesitan ganar porque han perdido uno de ellos y empatado el otro, y no hay nada que lleve peor Asher que una derrota. Sí, le precede su reputación.

Me tenso cuando Aaron recibe otro empujón por intentar defender a su hermano. Las cámaras los enfocan y apenas escucho cómo narran la escena a pesar de que Xavier ha subido el volumen del televisor. Solo veo su cuerpo en el suelo y a Asher empujando a todo el que se le acerca.

—Joder —mascullo casi sin darme cuenta—. Dale su merecido, Maddox.

—¿A cuál de los dos te refieres? —pregunta Noah, que silba porque estas cosas le encantan.

Cuanto más contacto haya, más lo disfruta.

Puñetero tarado adorable.

En la pantalla vuelven a aparecer varios jugadores. No los distingo a todos, pero sí que busco al número once entre ellos. Se está levantando del suelo y está cargando contra el jugador que lo ha empujado. Ambos han soltado los sticks , y la grada ruge con fuerza.

—A Aaron —digo señalando el número once—. Dale caña, capitán.

Mi hija aplaude como si estuviera en la misma pista, saltando en el sofá con los rizos bailando a su alrededor.

—¡Eso es, Aaron! —grita, y yo no puedo evitar reírme por culpa de su entusiasmo.

—¿Crees que es educativo eso de que tu hija vea a un par de tipos darse hostias? —me increpa Xavier.

—Cállate —le pido sin apartar la mirada del televisor.

Me llevo un puñado de palomitas dulces a la boca y las mastico como un camionero. ¿Qué? No me juzguéis, son los nervios.

Noah alterna una mirada entre mi hija y yo. Se centra en Juniper, disfrutando de su energía contagiosa, y le da un ligero empujón en la espalda para que se siente de nuevo.

—Tranquila, campeona, que no es necesario que derribes el sofá —le dice, guiñándole un ojo.

Mientras tanto, en la pantalla, Aaron y el número cuarenta y tres de los Avalanche se empujan y forcejean, los cuerpos chocan con fuerza.

Apuesto lo que sea a que esos impactos tienen que doler, por muchas protecciones que lleven, deben de sentir algo.

Mi corazón se acelera y le aprieto la mano a Noah, que está sentado a mi lado, a la vez que contengo el aliento.

—Vamos, Maddox, muéstrales quién manda en la pista —susurro casi sin darme cuenta.

Noah se ríe, observando la sincronía entre nosotras.

—Madre e hija, mismo entusiasmo —asegura y me da un codazo en el brazo.

Cassie se acomoda a mi lado, con la pequeña aún abrazada a su cuello, y me revuelve el pelo de manera instintiva.

En la pantalla, Aaron finalmente derriba al jugador rival y se levanta con el pecho inflado, digno de un héroe de película. Yo me reclino en el sofá, intentando parecer imparcial, pero me descubro sonriendo como una tonta.

—No puedo con esos imbéciles —murmuro, y mi hija se apoya en mí, con los ojos brillantes de la emoción. El sueño se ha volatilizado.

Como mis bragas al ver a Aaron atacar de esa forma y defender a los suyos con garra.

«Lo estás haciendo bien, Blue».

—Yo tampoco, mamá —añade mi hija trayéndome de vuelta al presente y sacándome de esos pensamientos.

De la forma en la que me escuchó, de la rabia contenida que encerraban sus palabras, de la manera en la que me sentí acompañada, y no hablo de su presencia, que también, hablo de él con sus gestos, sus silencios cargados de significados y sus miradas llenas de comprensión y empatía.

Sí que es un buen chico, uno que vale la pena tener cerca.

El partido sigue, los golpes y empujones se suceden. Sin embargo, para nosotras ya no es solo un juego. Es el espectáculo de los Maddox en familia, con risas, comentarios agudos y un sofá lleno de pequeñas voces que no quieren perderse ni un segundo.

—Vale, ya me callo —agrego, levantando las manos, y salgo del salón en dirección a la cocina—, avisadme si alguien marca.

—Sobre todo si es Aaron el que lo hace, ¿verdad, Blue?

—Cállate, imbécil —le espeto a Noah, que ha sido el que ha soltado ese comentario mordaz—. Vamos, Juniper, es hora de irnos a la cama.

—Jo, mamá, quiero terminar de ver el partido y quiero ver a Aaron repartiendo leches.

—¿Repartiendo leches? —pregunto observando a todos los presentes.

Cassie y Xavier señalan a Noah, que, cómo no, se tapa la cara con un cojín.

—Eres chico muerto. —Lo señalo, y a él no parece importarle en absoluto mi amenaza.

Juniper se encarama a mi cuerpo y me dirijo a su habitación. Entrecierro la puerta y la acomodo en la cama. Sobre la pequeña mesilla de noche hay un cuento, la famosa historia del dragón que no era malo que le enseñó a Aaron hace ya bastantes días.

—Esta noche es tarde, ¿vale? Así que hoy te leo yo, y mañana lo volveremos a hacer juntas, ¿te parece?

Mi hija me sonríe y, cuando le veo la encía en la que ya empieza a haber una pequeña mancha blanca indicativo de que le está saliendo la paleta, me digo a mí misma que, pase lo que pase, todo vale la pena.

Por ella siempre lo hará. No importa si tengo que escalar montañas, trepar árboles enormes o recorrer distancias infinitas, por Juniper todo vale la pena.

Hasta cuando parece que el mundo se me viene encima, vale la pena.

—¿Sabes, mamá?

—Dime —respondo mientras busco la última página, esa en la que la princesa sigue observando tras las rejas al dragón que está cautivo al otro lado sin entender por qué está tan asustado.

—Aaron me gusta. Es divertido y baila bien. —Para Juniper, que baile genial ya es un motivo de peso—. Los puzles no se le dan tan bien como arreglar muñecos, pero la tía Cassie asegura que no podemos ser buenos en todo. Como tú, que no eres buena cocinando, aunque yo te quiero igual.

—¡Oye! —protesto fingiendo que me ha ofendido.

—Te quiero igual —repite para que entienda lo que de verdad importa en su confesión.

Y sí, eso es lo que de veras importa.

—La tía Cassie es muy sabia —rumia ella desde la puerta—. Toc-toc, ¿se puede?

—¡Cassie! —grita mi hija del todo emocionada, como si no hiciese un par de minutos que estaba entre sus brazos.

—Anda, ven. —Palmeo la cama por el otro lado, y ella toma asiento allí.

—Asher se está metiendo en líos, para variar. —Pone los ojos en blanco sin perder la sonrisa, lo que demuestra que no le molesta tanto como quiere hacerme parecer—. Aunque Aaron no se queda atrás. —Me guiña un ojo, y yo aparto la mirada.

—No empieces —le advierto.

—¿Yo?, ¿se puede saber qué he dicho?

—El problema no es lo que has dicho, es el retintín implícito en esa frase —matizo antes de centrar la atención en mi hija, que ha apretado su peluche recién operado por el capitán del equipo y se ha dormido. Dor. Mi. Do—. Y colorín colorado…

Diddy suelta una risilla y se levanta, colocándose el teléfono dentro de la cinturilla del pantalón.

—¿Quieres que hablemos de tu vecino buenorro ?

Dejo escapar el aire porque ciertamente sí que quiero hablar de él. Es más, hablar no es lo único que se me pasa por la cabeza, para ser mucho más precisos.

—¿Crees que es ilegal tirarse al capitán del equipo?

—¿Me estás pidiendo consejo legal o algo similar?

Me carcajeo mientras salgo de la habitación.

—Supongo que necesito el consejo de una amiga que se tiró al chico a su cargo.

—Nunca estuvo a mi cargo, al menos, no de la forma en la que tú lo insinúas.

—Yo no insinúo nada —me jacto fingiendo inocencia. Una que sabemos que no tengo en absoluto.

—Pues digamos que no es ilegal tirarse al capitán del equipo salvo que ese capitán no quiera que lo hagas, en cuyo caso, sí que sería ilegal. Ilegal y un delito.

—Eso me pone. Me pone cada vez más, ¿crees que me dará unos azotes si me porto mal? —tanteo.

Diddy se lleva las manos a la boca y se horroriza.

—Joder, Blue, ¿hablas en serio?

Me acerco mucho, demasiado, y susurro:

—Nunca en mi vida he hablado tan en serio.

—En ese caso, iré buscando un abogado —me responde mientras se encamina al salón—. Ah. —Se gira antes de sentarse al lado de Xavier—. Y quiero que me lo cuentes todo todo.

No sabe ella lo que me está pidiendo.

No, no lo sabe.