Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 16
28%

CAPÍTULO 16

El rabo entre las piernas

Aaron

N i siquiera el segundo café del día me ha aliviado.

Tampoco lo hizo mi mano anoche, dentro de la ducha ni, tras eso, en la cama o hace un rato antes de levantarme y empezar a preparar la maleta.

Lo que me convierte, de forma oficial, en un puñetero salido, cosa que admito sin andarme por las ramas.

Y la culpa de ello la tiene Blue Langley.

Hoy volamos hasta Minneapolis para enfrentarnos a los Frost Titans, y aquí, entre tú y yo, no estoy para nada concentrado. Ni siquiera gracias a las tres pajas que me he hecho.

Por supuesto que no, joder.

Gruño de pura frustración mientras me acerco a la ventana del apartamento en el que vivo desde hace poco más de un mes.

Las vistas de Vancouver son menos impactantes de lo que se espera de esta zona.

Sin embargo, hay algo de lo más fascinante en poder sentirte uno más de la ciudad, en algo tan sencillo como contemplar el deambular de las personas que quizá llegan tarde a trabajar y el sonido distante de bocinas.

Me pregunto si alguna de esas caras apuradas sabe lo ridículo que puedo parecer, apoyado contra el cristal, imaginando a Blue moviéndose entre gente que ni sospecha de su existencia o, peor aún, imaginando a mi vecina buscándome entre la multitud, con esa sonrisa que consigue que me tiemblen las piernas y que ceden cada vez que la tengo al lado.

Cierro los ojos un segundo, intentando ordenar esos pensamientos que llevan demasiado tiempo rebelándose contra mí mismo.

La imagen de sus ojos clavados en mí todavía me quema y lo hace aún más la sensación de ella observándome como si de verdad quisiera…

, como si me desease una ínfima parte de lo que yo la deseo a ella.

El impacto de su mirada cuando se dio cuenta de que estábamos cruzando una línea me sacude y, a pesar de todo, me quedé allí plantado observando la forma en la que se marchaba, la manera en que sus caderas se balanceaban con la polla tan dura dentro de mis pantalones que por un segundo pensé en aliviarme allí mismo, sin importarme qué o quién pudiese verme.

Hasta que me sonó el teléfono dentro del bolsillo y me percaté de que era otra llamada de mi padre. Otra que no respondí, porque no me siento preparado para escuchar excusas de mierda de una persona que no se merece nada de mí. Nada que no sea indiferencia.

Suspiro, intentando concentrarme en algo más mundano, como el itinerario del vuelo o la estrategia para vencer a los Frost Titans que Donahue ha establecido.

Sin embargo, cada palabra que leo en la pantalla de mi teléfono se mezcla con el eco de su risa y el calor que desprendía su cuerpo. «Maldita sea, Blue».

Me froto las sienes en un vano intento de sacarla de mi mente cuando, a estas alturas de la película, ya debería saber que lo he intentado en infinidad de ocasiones y siempre he obtenido el mismo resultado.

Me giro hacia la maleta abierta y suspiro otra vez, resignado.

Hoy voy a tener que fingir concentración y disciplina, porque nadie puede notar que el hombre que lidera a los Wild Warriors está a un paso de perder la cabeza por una mujer que juega con su autocontrol como si fuera un chicle de mascar.

La puerta de casa suena y por un segundo pienso que me lo he imaginado.

Me acerco con cautela, ni siquiera sé por qué actúo de esa forma, tal vez me he masturbado tanto que he perdido el raciocinio que me caracteriza.

Suelto una risilla ridícula al pensar en que eso sea posible, sin siquiera llegar a ponerle nombre a la situación.

Porque Blue Langley se ha convertido en una obsesión y el primer paso es admitirlo.

Y por si no tuviese suficiente con imaginarla, con haber saboreado su cuerpo mientras mi mano me daba un poco de alivio, la chica que me roba el aliento y la cordura está justo frente a mí con otro de esos pijamas tan ridículamente cortos que, señoras y señores, es probable que tenga que ir a por la cuarta paja del día.

Todo bien, Aaron, todo bien.

—Buenos días —suelta y su tono me provoca un escalofrío.

Es neutral, no hay rastro de la chica que ayer huyó de mi lado, tampoco de la que me dejó embobado o de la que me sorprendió comprándome una taza porque le recordaba a mí. La Blue que hay tras la puerta es la misma chica con la que hablo, comparto risas y bailes en el salón.

Lo peor de todo es que cualquiera de esas versiones, la alocada y la comedida, la provocadora y la sensata, me gusta.

Mucho.

Bajo la vista hasta posarla sobre sus labios y me resultan mejor desayuno que este café. Que este segundo café.

—Buenos días —anuncio fingiendo que no estoy deseando abalanzarme sobre ella—. ¿Todo bien? —pregunto una vez más. Permitidme que dude un poco—. ¿Juniper está bien?

Blue ladea la cabeza, desconcertada ante mi pregunta o poco habituada a que se preocupen por ellas.

Un ardor me sacude la columna al entender que es probable que eso sea lo que sucede.

«No debería hacer esto sola».

Ladea la cabeza y me escruta, tengo la ligera sospecha de que busca en mi interior, de que intenta averiguar qué tipo de pensamientos son los que se me pasan por la mente.

Si ella supiese que la fachada puede que pertenezca a la de un chico bueno, pero ¿el interior?

, el interior está ligado al mismísimo demonio.

—¡Claro! —canturrea a la vez que se cuela en mi casa.

No es la primera vez que está aquí, ni siquiera es la primera vez que se pasea por ella y analiza todo. Tampoco la que me suelta que…

—Odio que esté todo siempre tan ordenado, Aaron, pareces Robocop.

Exacto, es justo lo que iba a contaros.

Suelto una risa mientras me encamino hacia la cocina.

—¿Café?

—Para eso he venido, entre otras cosas…

Me giro con la esperanza de que «otras cosas» haga alusión a algo sucio y pervertido, porque puede que el deseo sexual me tenga absorbido el cerebro, pero en mi fuero interno he pensado en varias opciones, y todas ellas la mar de obscenas.

Entonces me percato de que en sus manos hay una taza. Mi taza.

—Te la dejaste ayer en el estadio —me explica.

—Yo…, ehhh… —tartamudeo.

¿De verdad, Aaron? ¿Podrías ser más patético que eso?, ¿no?, ¿seguro?

—Pareces un poco decepcionado, ¿qué esperabas?

—Alza una ceja y me veo venir su siguiente comentario.

Blue es como un tsunami tras un terremoto: difícil de predecir y un completo desastre cuando entra en acción—.

¿Qué esperabas? —repite la frase remarcando todas y cada una de las sílabas de la misma.

Me tiembla el mentón de las ganas que tengo de explicarle lo que deseaba, joder.

Doy un paso atrás antes de girarme y establecer una distancia prudencial. No, lo asumo desde ya, no va a ser suficiente con masturbarme una vez más, a este paso, se me va a quedar en carne viva.

—Gracias —le digo antes de sujetar mi taza y entregarle la suya.

Sus dedos y los míos se rozan y, por su mirada y la sonrisilla pérfida que la acompaña, sé que lo está disfrutando demasiado. Lo que ella no llega a comprender es que, en el juego, el verdadero vencedor no es el que anota el primer tanto, es el que gana el partido.

—Eso ya me lo has dicho, justo ayer. Justo anoche —sentencia.

Sus largas pestañas se mueven a la vez que sus labios se posan sobre la taza.

Trago con fuerza mientras bebe, cierra los ojos y gime—.

El mejor café es el primero de la mañana, como el sexo —añade separando la taza y la deja sobre la encimera.

Ni siquiera escucho la forma en la que la cerámica impacta con el mármol, me quedo petrificado interiorizando ese comentario. Otro más que sumar a la larga lista de provocaciones de Blue.

Carraspeo y sé que está disfrutando de la forma en la que me ruborizo. Es que con ella no se puede, juro que lo intento, sin embargo, siempre va un paso por delante de mí.

—¿Qué tal en el cole ayer? —No me he olvidado del tema, ni por asomo lo he hecho, solo he querido dejar que pase el tiempo y… quizá he pensado que, si ella quería hablar de ello, yo estaría más que dispuesto a hacerlo sin dudar.

Suspira y cierra los ojos.

—Mal. —Clara y concisa: esa es mi vecina.

—¿Quieres que hablemos de ello o prefieres que siga siendo el foco de tus burlas?

—No me hagas elegir entre eso, Maddox, porque no tengo dudas de cuál sería mi elección.

—Siempre puedes contármelo y, luego, meterte conmigo.

Me sonríe con calidez y me estremezco solo por eso. Puto pringado de mierda.

Apuesto a que Asher se reiría de mí sin dudar. Caleb sería un poco más benévolo.

—Juniper… —comienza, con cuidado, entiendo que nada de esto es sencillo para ella y, a pesar de todo, es valiente por querer contarlo.

Contármelo—. Me dijeron cosas horribles en la reunión.

La profesora la trata como si fuera torpe, incapaz, lenta, y todo esto a pesar de que ellos saben que tiene dislexia.

Lo saben, Aaron. Lo saben y, aun así, me dijeron cosas horribles.

Me quedo sin palabras un segundo, lo cual es raro, porque por norma general tengo alguna respuesta que dar. Me limito a apretar la taza con fuerza y siento que me hierve la sangre en las venas.

—¿Torpe, incapaz y lenta? —repito, incrédulo, más para mí que para ella.

Blue asiente, apartando la mirada, dolida y ofendida. No es para menos.

—Sí. El resumen es que no avanza, que no se esfuerza lo suficiente, que no trabajamos lo suficiente, que debería comportarse mejor, como si su frustración fuese un ente ajeno a una niña que se siente desplazada porque sus compañeros progresan y ella no lo hace al mismo ritmo.

—Se aparta un mechón de la cara, y me limito a observar cada movimiento y a entender que es más un acto reflejo que un gesto natural—.

Todo eso me lo explicaron mientras yo me limitaba a asentir y escuchaba sin más.

Por un instante parecía que no fuese yo misma la que estaba allí, que era una mera espectadora y no la madre de Juniper. Fue horrible. Y agotador, Aaron.

Gruño, cruzándome de brazos, incapaz de observar otra cosa que no sea su rostro y de pensar en la rabia que me consume.

¿Cómo es posible que emitan esa clase de juicios de valor sin entender lo que siente la persona que los recibe?

, ¿sin tener en cuenta el daño que causan con esas palabras?

, ¿dónde queda la empatía y la profesionalidad?

Cada palabra de Blue me hace querer ponerme en pie, llamar al colegio y, bueno, hacer algo que seguramente sería muy poco de «capitán intachable» y todo de un «chico de moralidad cuestionable».

—¿Y qué hiciste? —pregunto, intentando no sonar como un idiota enfadado ni como un tío que quiere quemar el mundo por ellas.

—¿Qué voy a hacer? Escuchar, tomar nota, asentir como una gilipollas y salir de allí sin más.

Sin saber si estaba viviendo en una realidad paralela en la que todo son obstáculos en el camino.

¿Por qué todo tiene que ser siempre tan difícil, Aaron?

, ¿por qué no puede ser un camino de rosas?

Una línea recta de esas. Ya sé que dije que no me iban, sin embargo, a veces lo necesito.

La observo y por un instante me golpea lo fuerte que es. Y, aun así…, aun así, siento que quiero protegerlas a las dos. Que quiero que nadie jamás las haga sentir como ayer.

—Lo estás haciendo bien, Blue —añado y por mi parte soy todo honestidad.

Es una tía fuerte, valiente. Nunca jamás había conocido a alguien con tanta fortaleza como la que tiene Blue.

Y lo hace sola. Lucha con uñas y dientes sola.

Es ella contra el mundo y, por un segundo, pienso que me gustaría evitarle esta situación, al menos me gustaría asegurarme de que tenga a alguien que reme cuando a ella le fallen las fuerzas—.

No hay nadie que aguante tanto y que siga en pie como tú —pronuncio, y no puedo evitar que se me escape un poco de admiración en cada una de las palabras—.

Si alguien va a abrirse camino entre todas esas espinas, esa eres tú.

La veo apartar la vista un segundo y sé que entiende la sinceridad detrás de mis palabras. No es un piropo bonito ni una frase hecha. Es una promesa sin adornos, tan simple como real.

Por un instante, la habitación se queda en silencio.

Solo ella, yo y un café que parece haberse enfriado demasiado rápido.

Y, aun así, por un segundo, tengo la sensación de que sus hombros se relajan, que soportan una pizca menos de peso, y que su mirada se vuelve un poco menos sobria.

Porque, a veces, basta con que alguien vea tu fuerza y te recuerde que no tienes que cargar con todo sola y, si eso es lo que tengo que hacer de aquí en adelante cada uno de mis días, no me temblará el pulso, no con ella.

Blue extiende una mano y encuentra la mía al otro lado. Me vuelco en esa caricia como si fuese el tesoro más preciado que he recibido nunca.

—Gracias por escucharme —añade. Su tono es bajo y está lleno de ternura. Es tranquilo y fuerte, como lo es ella misma—. Eres un buen chico.

—Un placer, chica mala.

Mi vecina se levanta, enjuaga ambas tazas y las mete en el lavavajillas bajo mi atento escrutinio. Es probable que vaya a llegar tarde al estadio y es probable que Donahue me eche la bronca por ello. Cosa que en este instante no me puede importar menos.

—Ah, Aaron… —susurra ya llegando a la puerta.

—¿Sí?

—Solo he subido porque sé que te vas de viaje hoy y… —titubea— me apetecía pasar tiempo contigo y despedirme. —Joder—. No voy a tener con quién meterme esta semana. —Me guiña un ojo y se marcha, balanceando las caderas de esa forma tan suya que me hace parecer un puto pervertido.

En fin, cada uno es lo que es, ¿no?

Y puede que ella sea de otro mundo.