CAPÍTULO 15
Por más como esta
Blue
L o observo acercarse con la bolsa del equipo colgada en la espalda.
Tiene los mismos colores del uniforme y debo admitir que el azul, el negro y el amarillo le sientan de lujo al capitán del equipo, aunque, bajo mi punto de vista, el rojo es su color, sobre todo, cuando soy yo la que consigue que las mejillas se le enciendan.
¿Qué le vamos a hacer? Ser una chica mala es lo mío.
Me gusta la forma en la que Aaron me permite recuperar esa parte de mí que creía que se había esfumado.
Sé que es solo un juego, que es un tira y afloja que no nos lleva a ninguna parte, porque él es el capitán de los Wild Warriors, y yo soy una madre soltera que trabaja como camarera y que nunca está a la altura de las expectativas.
Si esto fuese una novela romántica, nosotros seríamos polos opuestos de manual.
Os debo confesar que me gusta mucho esto de observarlo a mi antojo cuando no se da cuenta de que lo estoy mirando, de que no sabe que siento su presencia y que sé que ha llegado porque la energía del espacio cambia.
Es tranquilo, cuidadoso y tiene un temple que se percibe a nuestro alrededor.
Tal vez por eso Juniper también se siente tan cómoda en su presencia, porque consigue que cualquier ambiente, por muy trastocado que esté, se apacigüe. Incluso a mí misma me pasa.
Desde aquí distingo su pelo alborotado, y los mechones no tienen un patrón exacto, es como si cada uno de ellos quisiese ir en una dirección distinta, seguir su propio camino y marcar sus propias directrices.
No es como Asher, que lleva el pelo siempre perfecto y el atuendo ideal; Aaron, por el contrario, es rebelde en ese sentido.
Y sé que en muchos otros aspectos, puede que rehúya de todas y cada una de mis provocaciones, pero sé, en el fondo sé, que solo se está conteniendo, y eso lo convierte todo en mucho más interesante.
Me encantará averiguar hasta qué punto Aaron Maddox se contiene y me excita saber lo que sucederá si dejase de hacerlo.
Trago con fuerza y aparto la mirada unos segundos porque no debería estar jugando a este juego.
Tengo normas. Cuando Juniper le explicó a Aaron hace unos días en casa que su madre tenía una serie de medidas que lleva a cabo sin dudar, no era mentira, sobre todo, porque son esas pautas las que han hecho que me proteja y que la salvaguarde todos estos años.
Y el capitán del equipo consigue que, en ocasiones, piense que son todas una soberana chorrada.
Y que los tíos no son todos tan capullos como parece.
Ya sé, ya sé, puedes decirme lo que piensas y puedes llevarme la contraria.
Generalizar es un asco y es eso lo que estoy haciendo, ahora bien, si me preguntas a mí, que soy a esa a la que han jodido y abandonado, es mejor pensar de esta manera que abrir tu corazón solo para que te lo arranquen de nuevo del pecho.
Las normas protegen, y eso me ha funcionado.
Dejo de pensar en ello cuando los ojos azules de Maddox se clavan en mi cuerpo.
Y no, chicas, no es sutil, no es una mirada de chico bueno, al menos, no de ese chico bueno que todas conocemos.
Es la de un depredador al que le encantaría hincarle el diente a su objetivo, y da la casualidad de que su presa soy yo.
—¿Te gusta lo que ves? —Es la tercera vez que le formulo la pregunta, y en todas y cada una de las anteriores ocasiones la ha esquivado.
Tengo claro que hoy no va a ser diferente. Tengo más claro que eso solo consigue que me guste todavía más este jueguecito.
Recorre cada centímetro de mí y sé que se está deleitando con mi figura.
No tengo inseguridades en ese sentido, que conste.
Es cierto que mi cuerpo ha cambiado, joder, he tenido una hija, una bebé de casi cuatro kilos que salió por mi vagina —sí, he dicho vagina—, y sobreviví a ello, aunque, siendo honesta, pensé que no lo haría.
Chasqueo la lengua al imaginar la cantidad de cosas que jamás pensé que conseguiría y, miradme, aquí estoy, como el puto ave fénix: resurgir o morir, ¿no?
—Blue…, ¿estás bien? —me pregunta obviando mi cuestión anterior, cosa que todos esperábamos, ¿no?
—Ahora sí. Has mejorado las vistas, está claro que estos pasillos son la mar de aburridos.
Deberíais ponerle algo de color, no sé, luces de neón o algo así.
Siempre pensé, cuando veía los partidos en casa —le explico situándome a su lado mientras él alza una ceja.
Obvio lo cerca que lo tengo y las ganas de tocarlo que me sacuden las entrañas.
Es guapo, ¿vale? Achaquémoslo a eso—, que en estos pasillos habría cosas divertidas.
—¿Divertidas? —inquiere. Su tono vuelve a ser jovial y eso me anima.
—Sí, ya sabes, un payaso haciendo malabares, un mimo gesticulando o un mago sacando un par de tías buenas en bragas de la chistera —ironizo y acompaño mis palabras con gestos—.
O, ¡mejor aún!, un stripper meneando el culo contra una barra de metal.
El típico desfase de los jugadores de hockey americano. ¡Viva la NHL! —grito.
La carcajada que emite me sacude, y así…, así se ve más joven de lo que es. Porque Aaron parece llevar siempre sobre sí un peso, una carga invisible y, en ocasiones, da la sensación de que esa carga lo aplasta.
Quizá por eso me siento tan cómoda con él desde que lo conocí, cuando Cassie nos presentó justo en este pasillo hace poco más de tres meses, porque él parecía tan jodido como lo estoy yo.
—Bueno… —Se alza de hombros—. Como has podido comprobar, no hay nada de eso, aunque si quieres puedo proponérselo al alto mando. No creo que me hagan demasiado caso, eso sí, por intentarlo que no quede.
—¿Al capitán?, ¿no? —Tiro de sarcasmo—. Vamos, Maddox. —Lo empujo con el hombro, tiene razón, es un poco más alto que Asher, de la misma forma en la que yo soy un poco más alta que Cassie—, yo haría cualquier cosa que me pidieses.
Alzo las cejas en repetidas ocasiones solo para que las mejillas se le sonrojen mucho más.
—Te gusta llevarme al límite, ¿verdad?
—Tanto como a ti, dirigir a ese equipo. —Señalo con el pulgar hacia atrás—. Y hablando de strippers …
—Ni de coña —me suelta.
—¿No hablas de esas cosas o no hablas de esas cosas conmigo?
—¿Te han dicho alguna vez que eres una mujer fuera de lo común?
Pues no, la verdad.
—¿Y? ¿No crees que es mejor vivir la vida de la forma en la que te apetezca? ¿Quién marca las líneas? ¿Y por qué esas líneas tienen que ser rectas? —contrataco.
—Lo dice la chica que tiene un montón de normas —susurra a mi lado.
—Te he escuchado —le advierto parándome frente a él e increpándolo, de paso—. Las normas ayudan. Protegen.
Aaron también frena sus pasos y la energía entre los dos vibra.
Es como una cuerda que nos une y tensa, tensa, tensa…
, hasta que sentimos que no podemos más.
Su mirada se clava en mis labios, y por una vez en la vida quiero que me bese.
No me importaría que lo hiciese, que diese un paso al frente y dejarme llevar.
¿Sabéis la cantidad de tiempo que hace que no tengo una cita?
Ya no hablemos de llegar a la siguiente base o al campo contrario o encajar un gol, para que nos entendamos.
—No, no esa clase de goles, porque ya a mí me encajaron uno—.
De lo que hablo es de que hace mucho tiempo que no hago nada por mí.
Y es Aaron Maddox la primera persona que me hace pensar en que todo podría ser posible.
—Lo entiendo —secunda mis palabras y por un instante las piernas me tambalean.
No intenta convencerme de lo contrario, no me tilda de chalada o de neurótica, tampoco me rebate que lo haga, se limita a razonar por qué lo hago y, si no lo comprende, al menos lo respeta.
—Eres un buen chico, Aaron. —Le doy un par de palmaditas en el pecho y bajo el jersey percibo sus músculos en tensión—. Un buen chico que está cachas. Deberías darle la receta a todos los demás porque… En fin…
—Si hiciese eso, me copiarían y casi que prefiero ser el único.
—Estás actuando como un chico arrogante.
—¿Y? ¿Vas a decirme que no me pega?
Joder, por supuesto que le pega, de hecho, eso solo eleva sus acciones en el mercado. En el mercado sexual, quiero decir. Y no soy del todo inmune a eso.
«Respira, Blue, es Aaron Maddox. Tú no juegas en su liga. Nunca lo harás».
—Veamos…
Doy un paso atrás con la intención de evaluar la situación y, por encima de todo, de marcar cierta distancia porque está más que claro que la Blue de hoy está en modo depredadora.
—¿Vas a darme un repaso? —me pregunta cayendo en la cuenta de lo que voy a hacer.
Sería estúpido por mi parte perder la oportunidad, ¿a que sí?
—Por supuesto, es evidente, alguien tiene que hacerlo, mucho más después de colgar la etiqueta, ¿no crees?
Aaron relaja la mandíbula y se echa hacia atrás también. Deja caer la bolsa a sus pies y posa para mí.
—Habrá que hacerlo bien —me reta.
No sabe con quién se está metiendo este chico.
Y es entonces cuando comienza la fiesta.
La de verdad. Ni siquiera necesita desnudarse para robarme el aire de los pulmones.
Se limita a juguetear con el bajo del jersey y a subirlo apenas unos centímetros, los suficientes para que se me seque la boca cuando deja al descubierto esa fina línea de vello que sé hacia dónde lleva.
No bajes la mirada.
No bajes la mirada.
Bajo la mirada.
—Bueno, parece estar todo en su lugar. Y también que podrías encargarte tú de ser el stripper si los altos mandos se prestan a llevar a cabo mi petición.
—¿Porque soy sumamente atractivo?
—¿Otra vez con la soberbia, Aaron?
Os lo dije, no siempre puede ser un buen chico y, además, la idea de que tenga ese demonio sobre su hombro izquierdo solo lo mejora.
Aaron recorta la distancia, de nuevo con la bolsa de deporte en la mano, hasta que se inclina un poco hacia mí.
No invade mi espacio, solo lo roza. Lo suficiente para que la piel se me erice y el cerebro me empiece a gritar: «¡Normas!
, ¡normas!, ¡normas!», mientras mi cuerpo aplaude como un idiota para no cumplir ni una.
—Solo lo mejor para mi amiga —susurra al final.
Esas últimas palabras me impactan como si me hubiesen lanzado un jarro de agua fría sobre la cabeza.
No es solo que seamos amigos, es que…, es que no puedo hacer esto. No puedo anteponer mis deseos a las responsabilidades.
—Buenas noches, Maddox —me despido marcando las distancias de nuevo.
Porque esa debería ser la primera norma y no debería dejar de repetírmela.
—¡Blue! —grita justo antes de que sitúe la mano en el pomo de la puerta trasera.
Me giro, por supuesto que lo hago.
—¿Sí, Aaron?
—Gracias por la taza.
Sonrío de medio lado y poco a poco recupero la compostura.
—De nada, capitán.
Abandono el Truenorth Ice Dome, como se suele decir, con el rabo entre las piernas y con una sensación agridulce invadiéndolo todo.