Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Blue

Las hormonas revolucionadas

—Y  este es de una princesa que se enamora del dragón malvado, solo que…

No te lo vas a creer —susurra bajando la voz mientras le explica a Aaron otro cuento más.

Yo me he alejado unos pasos. Mi vecino lleva en casa unas cuantas horas, más de lo habitual, y me siento extrañamente cómoda con él merodeando por aquí—.

El dragón no era malo, solo estaba enfadado con el mundo porque lo habían castigado por algo que no había hecho.

Aaron se lleva las manos a la boca ahogando un gemido, como si viviese el cuento desde la perspectiva de un niño de seis años.

No puedo evitar sentir esa ternura infinita cuando veo cómo le pregunta a Juniper cómo encontró ese cuento, cuántas veces lo ha leído y si ella preferiría ser la princesa de la historia o la villana.

—La villana principesca —le responde.

Suelto una carcajada desde la cocina mientras troceo algo de verdura.

Aaron alza la vista y me mira unos segundos de más.

Me encantaría saber lo que piensa y me encantaría saber si está tan cómodo como parece o es solo para no hacerle daño a mi hija.

Lo valoraría igual, que conste, el gesto es lo que cuenta, la intención en sí.

—Yo cuando era pequeño leía mucho. A Asher no le gustaba, así que yo era el encargado de contarle los cuentos antes de dormir, a veces lo hacía a través de la pared.

—¿A través de la pared?

Aaron asiente y el cuchillo queda a medio camino de un brócoli cuando escucho su respuesta. Esta puta sopa tiene que salirme bien algún día.

—Mi padre nos castigaba a menudo. A Asher sobre todo, y no nos dejaba estar juntos.

Nos separaba a cada uno en una habitación, así que me acercaba a la pared que daba a la habitación de mi hermano y leía.

No sé si me escuchaba o no lo hacía, sin embargo, me gustaba pensar que sí, que ese pequeño gesto nos anclaba al presente y nos mantenía unidos de alguna forma.

—Tu padre sí que es un capullo.

—¡Juniper! —grito desde la cocina—. Pídele disculpas.

—¿Por qué, mamá? Tú siempre aseguras que los tíos son todos unos capullos, y está claro que el padre de Aaron lo es. No se pueden decir mentiras, ¿recuerdas? Es otra de sus normas —aventura y lo hace en voz baja compartiendo otro secreto con él.

—No te preocupes, tienes razón, sí que lo es.

—Deberías decírselo —le propone mi hija, que no sabe en lo que se está metiendo.

Dejo el cuchillo sobre la encimera, me enjuago las manos y me acerco hasta acuclillarme frente a ella.

—¿Qué es lo que dice mamá sobre opinar sobre la vida de los demás sin saber lo que cada uno siente al respecto?

—Jo, otra norma ridícula —se queja—. Si quiero ser villana principesca, tengo que ser malvada y adorable a la vez. Además… —asevera llegando a la conclusión por sí misma—, Aaron necesita mis consejos.

—Ah, ¿sí? —pregunto estupefacta.

—Claro, porque somos amigos. Tú aconsejas a la tía Cassie, a Noah y a Xavier, alguien tendrá que darle consejos a Aaron sobre lo que es mejor para él, ¿a que sí? —le pregunta a mi vecino ignorándome por completo. Y, para ser sinceros, dejándome un poco patidifusa en el proceso.

—Claro que sí, necesito muchos consejos. Tengo una vida muy ajetreada y soy de lo más indeciso.

—Ah, ¿sí? —repito una vez más esta vez formulando la pregunta a otra persona bien distinta.

Juniper aplaude emocionada, y Aaron solo me guiña un ojo.

—Una vida muy ajetreada y de lo más indeciso —repito y paladeo las palabras—. ¿Y en qué consiste todo eso si puede saberse? —Me tiro al suelo y cruzo las piernas.

Aaron parpadea en un par de ocasiones y aparta la mirada cuando alzo una ceja.

—No lo sé, pero apuesto a que Juniper necesita alguien a quien aconsejar. De hecho, yo puedo ofrecerte consejos a ti también —me indica sin perder el buen humor.

Se echa hacia atrás en el sofá y es inevitable que lo observe. Sus muslos firmes y anchos llenan los pantalones de chándal que lleva puestos. ¿Y esos brazos? No es necesario que repita lo que pienso sobre ellos, ¿verdad? Y no hablemos de su pecho o de sus pies…, ¿desde cuándo me fijo en los pies?

Sacudo la cabeza y aparto esa clase de pensamientos.

—¿Y si los consejos fuesen sobre chicos? —tanteo—. ¿Estarías dispuesto a dármelos? —Traga saliva y se le marca mucho más la nuez. Me carcajeo al interpretar su gesto de horror, le ha salido innato—. Eres adorable, Aaron Maddox.

Me incorporo de un salto y regreso sobre mis pasos a la cocina. Escucho varias pisadas detrás, pero no me giro, ignoro por completo la forma en la que su presencia llena todo el espacio y lo asfixiante que se vuelve cuando se sitúa a mi lado.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta apoyando su cuerpo en la encimera.

No alzo la mirada porque, de veras, no quiero parecer la clase de chica que suspira por su vecino. De hecho, no tengo siquiera tiempo para plantearme ese tipo de cosas.

—Oye… —Paro unos segundos—. Gracias por esto, ¿vale? Por lo que has hecho, por aguantar a Junip…

—Blue… —me corta antes de que continúe.

—Juniper. Y con respecto a lo de ayer… —prosigo ahora que he cogido carrerilla.

—Blue…

—No era mi intención incomo…

—Blue… —Coloca una mano firme sobre mis labios y por un instante valoro lo que sucedería si la mordiese. No con rabia o inquina, sino de forma juguetona—. No supone nada para mí. Estaba en casa, solo, no estaba haciendo nada y me lo estoy pasando genial.

—Ah, ¿ fi ? —He sonado exactamente como crees: como la típica chica que quiere que la respuesta que dé sea afirmativa. Y también ha sonado de esa forma porque sus dedos siguen en mi boca.

¡Alerta! Sigue tapándome la boca.

—Por favor, ¿puede haber algo mejor que un día de puzles con dos chicas que no tienen ni idea de seguir un orden preciso a la hora de armarlo?

Desvío la mirada y ojeo el pequeño espacio. El puzle sigue sin estar montado del todo, porque mi hija no tuvo la suficiente paciencia como para acabarlo antes de querer enseñarle los libros a Aaron, y ¿quién soy yo para decirle que no lo hiciese con lo mucho que me gusta improvisar?

Alzo la mirada clavando la mía en la suya.

Son tan diferentes; la de él tan clara, con esos matices que le proporcionan esa calidez y parecen tan llenos de esperanza, y la mía tan oscura, tan sombría, como si hubiese echado una capa encima para que nadie supiese ahondar en las cosas que guardan bajo ella.

—No lo sé, me encantaría saber si piensas lo mismo después de comerte mi famosa sopa.

—Ahhh —ironiza él—. Seguro que no es para tanto.

Ladeo la cabeza.

—Se ve que los comentarios sobre ella no han cruzado la ciudad o no estarías diciendo eso. —Lo señalo con un brócoli, sí, el mismo de antes.

—Créeme, lo ha hecho.

—Entonces es que no valoras lo suficiente tu vida.

Aaron suelta una carcajada que atrae la atención de mi pequeña.

—¡Vamos a bailar, Aaron! —grita ella a unos pasos de nosotros.

—Esa reputación sí que la precede —ironiza él, sin embargo y contra todo pronóstico, se marcha hacia donde se encuentra mi hija y la sujeta entre sus brazos.

No parece pesarle nada cuando la alza, tampoco cuando ella echa la cabeza hacia atrás, dan vueltas y el pelo de Juniper se mueve en todas las direcciones, y no solo porque no estén siguiendo el ritmo, sino porque marcan el suyo propio.

—¡No hay normas sobre bailar en el salón! —grita Juniper perdida en la locura—. ¡Qué suerte tengo!

Aaron me mira unos segundos y me guiña de nuevo un ojo como si él hubiese llegado a esa conclusión por sí mismo. Resulta que a mí sí que me precede mi reputación.

—¡Ven! —grita Juniper—. Mamá, deja la sopa y ven. Si nadie se la va a querer comer y terminaremos pidiendo pizza .

Tranquilas, no me ha destrozado el ego maternal ni nada por el estilo.

Suelto el cuchillo, me enjuago de nuevo las manos y me acerco.

Mi hija extiende los brazos y se encarama a mi cuerpo como un pequeño koala.

Cosa que me encanta. Y entonces me muevo con ella.

Aaron se hace a un lado, entendiendo que él no entra dentro de ese momento tan íntimo.

Juniper me guiña un ojo, y yo se lo guiño a ella.

—Vamos, campeón, ven aquí, tienes a dos chicas fabulosas deseando que bailes con ellas. Dos, nada más y nada menos. No seas tímido. No te vamos a morder —le suelto, y las mejillas de Aaron se encienden una vez más—. O puede que sí —remato la frase, y mi hija se carcajea.

—No puedes morderlo porque no eres carnívora, mamá.

—Oh, cariño, créeme, soy carnívora, sobre todo si lo que hay para comer me apetece mucho.

Extiendo la mano, y Aaron la sujeta sin dudar. Es cálida, suave, electrizante, y alzo la vista con rapidez cuando noto esa sensación extenderse sin control por todo mi ser. No sé si ahogo el jadeo o lo suelto sin pudor alguno.

Juniper se baja y cambia la música.

—Como la que le gusta a los abuelos. Ahora tenéis que bailar pegados.

No sé si mi hija es la más inteligente del mundo o la más inocente.

Aaron me sujeta por la cintura y me aprieta contra él.

—Ya sabía yo que estabas deseando ponerme las manos encima, capitán.

Suelta una risilla ronca, una que promete cosas indecentes, o tal vez sea mi imaginación la que va por sí sola y viaja sin dudar.

«Es Aaron, Blue. No puedes encariñarte mucho de él porque, al final, todos se marchan, todos te abandonan, y volvéis a estar solas».

—Soy un caballero —susurra y su tono promete todo lo contrario.

—Un chico bueno —matizo para que ambos nos entendamos y, de nuevo, ahí está ese gesto que hace que el ceño se le frunza, quizá no le gusta ese apelativo. Puede que esté metiendo la pata.

Me empuja con suavidad, y me muevo por inercia cuando me da una vuelta y luego otra y otra con la música de fondo entremezclada con los aplausos de mi hija.

Me giro siguiendo su impulso y dejo que me lleve. Una vuelta. Otra. El salón se convierte en un carrusel torpe y cálido. Juniper aplaude como si fuéramos los finalistas de su concurso de baile favorito.

Aaron me detiene con firmeza justo cuando acaba la canción. Su respiración roza la mía, está demasiado cerca como para pensar con claridad.

—Buenas noches, Blue —susurra alejándose y marcando una distancia que no me gusta nada.

Su despedida me pilla tan desprevenida que me tambaleo.

O quizá sea por las vueltas.

Seguro que es por las vueltas.

—¿Tienes miedo a mi sopa?, ¿es eso, Maddox?

Rompo la tensión con una broma porque es lo que mejor se me da hacer.

—Tengo miedo de mí —sentencia dando un paso atrás.

Se me congela la sonrisa. No del todo, pero sí lo justo para que las mejillas se me tensen, tengo la sensación de que alguien ha tirado del hilo equivocado. ¿Miedo de él?, ¿es un asesino en serie o qué?

—Buenas noches, peque —le susurra a mi hija, que se lanza a sus brazos sin dudar.

—¿Vas a venir mañana? ¡Porfa! Tenemos que terminar el puzle —insiste ella.

Aaron alza la vista, y yo asiento sonriendo de nuevo.

—Formas parte del club más exigente del mundo, ¿recuerdas?

Él solo asiente y, sin más, sale de la estancia. El sonido de la puerta me eriza el vello de la nuca, aun así, trago con fuerza y lo hago a un lado.

Como he aprendido.

Como he memorizado.

Como he interiorizado.