Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Toc-toc. ¿Quién es?

Aaron

—E mpuja, cariño… ¡Empuja! —Escucho cuando cuelo parte de la cabeza por la rendija que Blue ha dejado entreabierta.

No sé si lo ha hecho aposta o no, lo que sí sé es que no he podido evitar acercarme mientras descendía por las escaleras con la intención de pasar por delante solo para comprobar si estaban en casa y regresar a la mía con el rabo entre las piernas.

No, ese rabo no, aunque también.

Sí, esa es la clase de chistes malos por los que podría morir apaleado, no me lo tengáis en cuenta.

—¿Así, mamá?

—Así —insiste mi vecina.

Vale. Lo siento. Culpable de todo cargo o, lo que es lo mismo, culpable de empujar la puerta y meter la cabeza cada vez más, seguido del resto del cuerpo, dentro del apartamento.

Todo está desordenado y no es que a estas alturas me sorprenda porque conozco a Blue lo suficiente como para saber que es un desastre en muchos sentidos, pero, en lo referente a la niña, es la mejor.

—Casi casi ha entrado. Casi, Juniper.

Cuando las localizo en el salón veo cómo Blue da pequeños saltitos, y Juniper sonríe con tanta fuerza que le veo parte de las encías y diría que hasta de las amígdalas.

No me siento para nada culpable por ser un pervertido que observa a su vecina a hurtadillas mientras lleva puestos unos pantalones de pijama cortos y una camiseta de tirantes finos. Solo una puta camiseta de tirantes finos. Entended a lo que me refiero.

Carraspeo y, gracias a mi poca inteligencia, ya sabemos hacia dónde se ha ido la sangre. Ambas me localizan como el tontorrón de turno en el que me he convertido.

—Hola —saludo.

Puestos a ser un imbécil, al menos educado, ¿no?

—¿Qué haces ahí? —pregunta Blue y sonríe, saca pecho y la muy listilla me está pinchando.

«No bajes la vista, campeón. No te la comas con los ojos, campeón. No hagas el paleto, campeón».

Justo todo eso es lo que hago, para mi vergüenza y su regocijo.

—¿Ves algo que te guste? —pregunta.

No es la primera vez que me formula esa pregunta y tampoco es la primera vez que me sonrojo ante su descaro.

Suelto una risilla nerviosa, sin embargo, no respondo. Obvio que no lo hago porque la respuesta es evidente —¡y tanto que sí!— que sería afirmativa.

Me gusta todo, ¿lo entiendes?

Vaya galán de pacotilla.

—¿Qué hacéis? —Camino hacia donde ambas se encuentran, y Juniper baja la vista hasta señalar mis zapatos.

—Nada de eso aquí —apunta la pequeñaja.

Las observo y están descalzas, descalzas, y Blue medio desnuda o lo suficiente para que mi mente perturbada la imagine de rodillas, suplicando por mi polla…

—Apuesto a que tu color favorito es el rojo, Maddox.

—¿Por? —No entiendo este cambio de tema, pero se lo agradezco.

Blue se acerca un par de pasos, me coloca una mano sobre el hombro, y que me tiembla hasta la raya del pelo es una explicación bastante acertada, para que nos entendamos.

—Porque estás siempre sonrojado. O caliente… ¿Estás caliente y es eso lo que te pasa?

Respira.

Cuenta hasta mil.

Ovejas trasquiladas.

Uñas contra una pizarra.

El stick de Caleb pegado con cinta sudada y amarillenta.

Caleb desnudo.

Mi hermano desnudo.

La cosa mejora por momentos.

—¿Te lo estás pensando?, ¿es eso, Aaron?

Lo que me gustaría bajarle los humos a esta chica, joder.

—Es el azul —respondo recuperando la compostura—. ¿Y el tuyo?

—El rosa —responde sin dudar.

Y el colmo de los colmos es que piense que no hay nada más cierto que eso porque así son sus labios y me juego lo que sea a que también lo son sus pezones.

—Te pega.

—Ay, cariño, por supuesto, porque conmigo combina todo.

Juniper suelta una risilla, y vuelvo a la realidad de golpe. Me quito las zapatillas y me dejo caer de rodillas al lado de la pequeñaja para prestarle atención a sus explicaciones.

—Estamos haciendo un puzle de quinientas piezas. Mamá me lo compró la semana pasada porque me encantan los puzles. Y también me gustan mucho los libros —me explica.

—Pues tal vez puedas enseñarme algunos de tus favoritos después de terminar con este puzle, ¿qué te parece?

—¿Te gustaría terminarlo con nosotras? Aunque debes saber que mamá no está haciendo nada.

—¡Oye! —protesta Blue—. Soy la mejor dando ánimos.

—Es la mejor solo en eso —admite la pequeña sin pudor alguno.

—Eso debe de doler.

—No te creas —continúa—, llevo peor lo de la sopa. Para los rompecabezas siempre he sido nula, admitirlo es el primer paso.

—Mamá tiene muchas normas —me cuenta Juniper.

—Ah, ¿sí?

—Claro. Por ejemplo, siempre hay que recoger después de jugar.

—Esa norma es lógica, aunque no viniendo de ella. —La señalo y, en esta ocasión, me gano un golpe en el costado.

—No dar golpes —añade la pequeña al darse cuenta de la jugada de su madre—. Porque mamá asegura que se hace más daño con la inteligencia que con el puño.

—Eso es cierto.

—Pero tú das muchos puñetazos. ¡Y Asher! —Juniper se incorpora y se coloca las manos en la cintura. Ese gesto me recuerda tanto a Cassie que me saca una sonrisa de inmediato—. Asher sí que se mete en líos.

—Es su segundo nombre. De pequeño ya lo hacía.

—Así que tú eras el chico bueno —replica Blue y sé que es una broma, pero es inevitable sentir ese regusto amargo que me dejan sus palabras.

—Supongo. —Me alzo de hombros.

Blue se sitúa a mi lado, también apoyada sobre las rodillas y con las piernas bajo el culo. No debería estar comiéndomela con los ojos y, en fin, aquí estamos.

—Créeme, corromper a los buenos es más divertido. —Acompaña esas palabras con un guiño de ojo.

—En ese caso, yo soy el mejor —suelto sin pensar y de inmediato me arrepiento de mis palabras porque…, porque sigue siendo ella y porque no puedo evitar lo que siento cuando la tengo cerca y es mucho peor cuando no la tengo al lado.

Blue se ríe bajito, ese sonido que me arranca media vida cada vez.

—Eso está por ver, Maddox —murmura y vuelve al puzle como si no acabara de soltarme una bomba en forma de provocación.

Y esa es Blue, la que es capaz de darte una de cal y una de arena.

Y todas y cada una de esas versiones me encantan.

Juniper, ajena a la combustión espontánea que provoca su madre en mi persona, levanta una pieza con forma de esquina.

—Esta va aquí. Mamá asegura que siempre hay que empezar por los bordes, aunque luego se salta sus propias normas —la acusa, tan seria que parece una miniárbitra.

Esta niña es capaz de lo que se proponga. De convencer a un sediento de no beber, sí.

—Eso no es verdad —protesta Blue, pero no tiene ni una pizca de convicción. De hecho, tiene una pieza en la mano que claramente no encaja donde insiste en colocarla.

Es un desastre. Un desastre maravilloso.

—Blue, esa pieza pertenece al cielo —señalo—. Estás intentando unirla con un árbol.

—Creatividad, cariño. Se llama creatividad visual. —Y sonríe, esa sonrisa que me desarma y desmonta y vuelta a empezar.

Trago saliva.

No pensar en sexo. No ser un pervertido. No comérmela con los ojos.

La pieza que sostiene me roza los dedos cuando se acerca demasiado para enseñármela. Huele a jabón de vainilla y a desastre de proporciones épicas.

Estoy perdido.

—Aaron… —me llama Juniper, dándome un pequeño tirón de la camiseta para recuperarme del trance—. ¿Por qué suspiras?

Porque tu madre es un problema con piernas. Porque mi cerebro va por libre. Porque el universo se ríe de mí cada vez que entro en esta casa y me acerco a ella.

—Estoy pensando —respondo neutral o al menos lo intento.

Blue arquea una ceja que debería ser registrada como arma de destrucción masiva.

—¿En qué?

Cierra la boca, Aaron. Cierra la…

—En esponjas de gimnasio —improviso. Qué vergüenza—. Ya sabes. Que huelen fatal. Tan mal que deberían prohibirse por ley.

Blue parpadea. Luego sonríe de forma lenta, perezosa, como si acabara de descubrir algo divertido.

—¿Seguro que eso es en lo que estabas pensando?

—Por supuesto —miento mientras busco una pieza cualquiera para fingir concentración—. Absolutamente. De hecho, estaba justo recordando esa vez que Caleb dejó la suya en el vestuario y casi me desmayo en medio del baño.

Juniper se tapa la nariz de forma teatral.

—Puaj. Qué asco.

Blue me mira, ladeando la cabeza.

—Tu cara asegura que no estabas pensando en esponjas. —Su voz baja un poco—. Tu cuello también. Está rojo.

Genial. Perfecto. Me encantaría evaporarme.

—Mamá —interviene Juniper, y agradezco que me salve del ahogamiento por metedura de pata—, ¿le puedo enseñar a Aaron mi libro favorito cuando terminemos?

Blue me examina un segundo más, está claro que disfruta de mi tormento. Entonces ladea la cabeza, observa a su hija y cambia el chip.

—Claro que sí, Juniper. Aunque, espera, necesito que respondas una pregunta muy importante. —Me observa de arriba abajo, desafiante.

—¡Yo se la hago! ¡Yo se la hago! —grita la pequeñaja poniéndose en pie, emocionada.

—Adelante —la animo. A ambas, ya puestos.

—¿Estás preparado para entrar en el club literario más exigente del mundo?

Suelto una risilla. Blue se cruza de brazos, y Juniper aguarda. Todavía no le ha salido la paleta y está la mar de graciosa sin ella.

—Puedo intentarlo —respondo con solemnidad.

De hecho, me llevo la mano al pecho y todo.

—No vale con intentarlo —asevera Juniper con autoridad—. Tienes que hacerlo muy bien. Y no puedes reírte de los dibujos. Ni de mí —añade.

Blue tuerce el gesto y la conversación de anoche regresa con fuerza.

—Prometo no reírme de nada —aseguro lleno de convicción.

—Nosotras tampoco nos reiremos de ti.

Juniper extiende la mano, y ladeo la cabeza intentando procesar lo que quiere que haga. Blue la coloca encima, haciendo una pequeña montaña, y entonces dos pares de ojos negros se clavan en mí. No dudo. Ni un poco siquiera.

—Ahora formas parte de nuestro grupo selecto y tenemos unas normas que cumplir —me recuerda Juniper.

—Recibido —añado.

Me coloco a su lado para seguir el puzle, hombro con hombro, demasiado cerca para estar tranquilo y demasiado lejos para calmar mis ganas.

—Pues venga —dice Blue, tocándome la rodilla con la suya sin necesidad ninguna—. Empecemos por los bordes. O por el cielo. Depende de si quieres seguir mis normas o marcar las tuyas propias.

Y ahí estoy otra vez, perdido en ellas, queriendo ser bueno y deseando que Blue me corrompa.