CAPÍTULO 9
Estado civil: capullo
Blue
—E stás convirtiendo esto de acompañarme a casa en una tradición, Maddox. ¿Hay algo que no me estás contando?, ¿algo sobre lo mucho que te gusta pasar tiempo conmigo, por ejemplo?
Aaron aprieta las manos alrededor del volante y es esa toda la respuesta que obtengo de él.
Vale, es oficial, ha visto partes de mí que no estaba preparado para conocer.
Y ahora es cuando llega la hora de cagarse encima, como suelen hacer todas las personas que me rodean, sobre todo, cuando se dan cuenta de las responsabilidades que cargo, de que soy humana y siento y padezco como todos los demás.
Blue no es solo una simple cara bonita —una muy bonita, ya puestos— que sonríe y tiene respuestas mordaces para dar y regalar.
Así que, sí, la vida me ha empujado a esconder esa parte más humana en lo más profundo de mi ser porque…
, porque estoy cansada de perder a todo el mundo y sentirme sola.
Y batallar sola. Blue contra el mundo, o eso dicen.
—O tal vez estás decepcionado porque nos sentamos muy lejos en la cena. Si es eso, tranquilo, Aaron, que sigues siendo mi favorito.
Carraspea y vuelve a apretar las manos.
—¿Tu favorito? —interviene Juniper. Se inclina hacia adelante todo lo que le permite el cinturón y alterna la mirada entre Aaron y yo—.
¿Él tampoco es un capullo? —suelta sin más.
Con una naturalidad pasmosa, que conste en acta.
Y me la comería a besos por romper el momento incómodo que se ha establecido.
La inocencia de los niños, nada como eso.
—No lo sé, todavía lo estoy decidiendo, ¿tú qué crees? —respondo llena de condescendencia.
Nada, ni un gesto.
—Pues veamos… —Hace una pausa y analiza la situación. Esa es mi pequeña lianta—. Es guapo, mamá. No tiene esas cosas que le cubren la piel a Asher, pero sí que tiene el mismo color de ojos. Y es tan alto como él.
—De hecho —interviene Aaron por primera vez—. Lo soy más.
Guauuu. Si habla y todo.
—Lo es más —repite mi hija dándole la razón. Sonrío porque sí que lo es—. Y es guapo. —Esto… dejémoslo en pausa por ahora.
—Eso también lo soy más —intercede y es la primera vez desde que les conté todo, desde que regresó a la mesa y guardó silencio dando pequeños bocados a su cena, que su tono vuelve a ser un poco más amigable y menos impersonal—. Mucho más diría yo.
—La chulería me pone —añado.
«Vaya, Blue, tú sí que sabes romper la barrera del espacio tiempo sexapil. En eso, matrícula, maja».
—¿Qué te pone? —pregunta mi hija y caigo en la cuenta de que este tipo de comentarios no tienen cabida en esta conversación.
Al final tendré que castigarme, sin embargo, me gusta tanto que Aaron vuelva a ser él mismo que…, en fin, no puedo evitarlo.
—Es una forma de hablar, ya sabes, una frase hecha.
—Ahh, como cuando dices: «La vida es dura, pero yo lo soy más».
—Eso es —admito sin dudar, porque es un buen ejemplo. Uno cojonudo, de hecho.
—O cuando me cuentas que te cae bien la gente si esa gente soy yo y los demás no tanto.
—¡Sí!
—O cuando me aseguras que no eres una mandona, sino que tienes ideas mejores y más rápidas que yo.
Ya no me está haciendo tanta gracia.
—O cuando…
—Nos ha quedado claro —la interrumpo antes de que continúe.
—No, no, déjala, me lo estaba pasando en grande —interviene Aaron, que mete el coche en el garaje y se acerca a su plaza.
—Mamá no se enfada, solo proyecta sus emociones y lanza dardos con la mirada.
Me cruzo de brazos porque aquí hay dos que se lo están pasando en grande a mi costa.
—Oye, Juniper, ¿seguro que quieres que mañana montemos ese puzle en el suelo del salón? Porque empieza a peligrar —le advierto.
Aaron dirige la vista hacia mí y niega en repetidas ocasiones.
—Así que eres de esas a las que les encanta sacarle los colores a los demás, pero resulta que no te gusta que se metan contigo, ¿ehh?
—¿Eso que escucho es una provocación? —tanteo abriendo la puerta para ayudar a Juniper a quitarse el cinturón y bajar del coche—. Porque yo soy la reina en ese juego, no puedes hacer nada contra mí.
—Eso ya lo has dejado más que claro —asegura él, que aparta la vista con rapidez de… ¿Estaba observándome el pecho? Es decir, ¿me estaba mirando las lolas?
—¿Ves algo que te guste? —lo pincho, y las puntas de las orejas se le ponen de un color rojo muy cute .
Blue, uno. Aaron, cero.
—Entonces, mamá, ¿Aaron es un capullo o no lo es? Porque todavía no me queda claro. A mí me gusta, me cae bien, le arregló el ojo a mi peluche. —Hace un puchero—. Es un buen cirujano. ¿Por qué decidiste ser jugador de hockey y no arreglador de peluches?
Juniper da la vuelta y se acerca hasta donde se encuentra el capitán del equipo, que le tiende la mano a mi hija y, ante mi estupefacción, ella la sujeta como si ese gesto lo llevase a cabo todos los días y a todas horas.
Permitidme que me quede unos segundos en trance porque…
, porque es bonito ver el vínculo que establecen y es probable que se me haya metido una pestaña en el ojo, joder.
—Es una larga historia.
—No tengo mucho tiempo porque es tarde y mamá seguro que me obliga a lavarme los dientes y meterme en la cama desde que cruce la puerta de casa, pero tenemos algunos pisos para que me hagas un resumen. ¿Eres capaz?
Sonrío orgullosa, porque puede que Juniper tenga dificultades para leer, sin embargo, os garantizo que es buena en comprensión y en dejar a cuadros a todos los presentes. Incluida a mí misma. Porque así es como me siento por diversos motivos.
El teléfono de Aaron suena en el bolsillo de su pantalón de chándal. Lo saca, lo mira, frunce el ceño y bloquea de nuevo la pantalla antes de guardarlo donde estaba. Camino a unos pasos, marcando distancia, aunque no tanta como para no escuchar su conversación.
—Lo tuve claro desde siempre, quizá fuese un poco mayor que tú, no lo recuerdo con certeza. Lo que tenía claro es que, cuando fuese mayor, quería jugar en un equipo.
—¿En un equipo con un lobo? —insiste mi hija, porque es como yo, cuando quiere información no para hasta que la obtiene.
Aaron se ríe y niega. Las manos siguen unidas y ni siquiera la suelta cuando toca el botón del ascensor.
—No se me había pasado por la cabeza en qué equipo iba a querer jugar, solo que quería ser jugador de hockey —explica para que ella lo entienda.
Lo de la pestaña se está quedando ciertamente corto.
—Admítelo, Aaron, lo que querías era ser el chico guapo por el que todas las conejitas del stick suspirasen. —Que conste en acta que no le costaría nada que así fuese. De hecho, me sorprende que no lo sea.
¿Es un piropo? Por supuesto que sí. Al César lo que es del César, ¿no?
Para mi sorpresa, él suelta una risilla. Una que, por cierto, me descoloca.
—¿En esas conejitas estarías tú incluida?
Doy un par de pasos atrás y choco contra la pared del ascensor, cosa que agradezco porque trastabillar…, pues no está contemplado.
—¿Eso ha sido…? —¿Aaron Maddox sabe coquetear siquiera?
Estupefacta, perpleja, atónita, pasmada… Y puedo seguir si queréis, que soy como la Wikipedia de los adjetivos para definir mi shock .
—Aaron… —Mi hija le tira de la manga de la chaqueta, y él aparta la vista de mi persona, cosa que agradezco porque… tengo que recuperarme de este instante, por favor y gracias—. Entonces, ¿cómo sabes lo que quieres ser de mayor?
El sonido del ascensor al llegar a mi planta resuena en la estancia y las puertas se abren. Juniper lo arrastra fuera porque para ella esto es importante y me alegra que Aaron no haya buscado cualquier excusa para salir pitando de allí.
—Simplemente lo sabes. No tiene por qué ser ahora, peque…
—Joder, joder, joder, joder—. Llegará el día en el que lo sepas.
Puede que quieras ser catadora de helados, susurradora de cabras —añade, y mi hija arruga el ceño ante esta opción y, tras eso, suelta un «puaajj» que secundo sin dudar—, probadora de colchones, abrazadora profesional o inspectora de toboganes.
Madre mía, este hombre puede conseguir que los ovarios se pongan a dar palmadas dentro de mi cuerpo. Hablo en serio.
—Mamá, ¿tú crees que puedo ser catadora de helados?, ¿de helados de chocolate? ¿Puedo ser catadora de helados de chocolate que se sube por las paredes?
Mi gesto se dulcifica y me acerco a ella para responder. Sin embargo, cuando estoy a punto, es Aaron el que le revuelve el pelo y atrae su atención una vez más.
—Si me preguntas a mí, al capullo de tu vecino, diría que puedes ser lo que quieras ser.
—¿Y mamá? —Me señala.
Nunca le he hablado de por qué trabajo en una cafetería, por qué me dedico a la hostelería, por qué tengo tantos empleos que me faltan horas, y es este instante en el que me doy cuenta de que mi hija crece y no es necesario que lo verbalice porque empieza a entenderlo todo.
Dulcifico una vez más el gesto, me arrodillo y me sitúo frente a ella.
—Yo tengo la mejor profesión del mundo.
—¿Camarera? —inquiere mi hija sin entenderlo.
—Madre —responde Aaron por mí.
Booom.
Y así, señoras y señores, es como suena un corazón que implosiona.
Y es ese jugador de hockey el que lo ha conseguido.
Estado civil: bien jodida.