CAPÍTULO 8
De cuando la vida te atropella
Blue
—Q uien tiene buen día no puede tener una buena noche.
Si no tuviese un poco de paciencia, gracias a Juniper y los seis años que lleva tirando de una cuerda que en un principio pensaba que era muy muy fina y ha resultado ser la más elástica del mundo, le estaría cruzando la cara a Xavier por lo que acaba de soltar.
—Uhhh, problemas en el paraíso.
Le hago una peineta a ambos mellizos mientras avanzo sin dedicarles ni una sola palabra.
Maddie y Carson están en la cocina bailando, y mi hija, que ha entrado sin dudar y ha corrido en su dirección, está apoyada en la mesa dando palmadas al son de la música. Solo por esto, por cosas así, todo vale la pena.
—Llevan así un rato —me cuenta Noah, que se coloca en el otro lado del dintel, con las piernas y los brazos cruzados. Apuesto a que a él también le resulta precioso este instante.
—Déjalos, al menos ellos son felices.
—Lo de «problemas en el paraíso»…
—¿Quieres una muerte lenta o rápida? —le pregunto.
—Ninguna de las dos —se defiende Noah—. Tengo mil y un planes con Gillian y necesito estar vivo para llevarlos a cabo —me explica.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —tantea Xavier, que se ha acercado hasta situarse al lado de su hermano.
Niego en un par de ocasiones, suspiro y avanzo algunos pasos para abrazar a los padres de Cassie y, de paso, agradecerles que se hayan quedado con la niña hoy y que la hayan recogido en el cole para poder trabajar.
Llevo una semana de turnos interminables, una semana en la que no he parado de encadenar un trabajo con otro y estoy llegando a un punto en el que el agotamiento empieza a ser real. Hay épocas en las que lo llevo bien, aunque la realidad es que no es tan sencillo como parece.
La vida nunca lo es, ¿no?
—Solo necesito una noche de sueño reparador, una noche de paz, una noche para mí y solo para mí.
Cassie me rodea por la cintura cuando termino esas palabras. Sé que es ella por su característico olor a cítricos. Ni siquiera la he oído llegar.
—¿Quieres contármelo? —me pregunta dando a entender que ha escuchado lo que he expuesto.
Asher y Aaron se cuelan también en la cocina. El capitán de los Wild Warriors me regala una sonrisa taimada y se ruboriza un pelín cuando lo hace, como si estuviese mal. Yo me limito a mover los dedos y a sonreírle con suficiencia. Me pone de buen humor lo tímido que es.
—¿Blue? —Cassie chasquea los dedos frente a mis ojos.
—No quiero hablar de esto con Juniper por aquí —sentencio y la señalo.
Está a un par de pasos, siguiendo las indicaciones de Carson sobre cómo ayudarle con las costillas y cómo esparcir por encima de ellas su famosa salsa de chile. La que asegura que no pica en absoluto y vaya que si lo hace.
Cassie inspira y alterna una mirada entre Asher y yo.
—¿Qué? ¿Ahora os comunicáis por pensamientos o algo así? —pregunto cuando se marcha hacia donde está mi hija, se remanga la camisa y se pone manos a la obra junto a ella. Él sí que sabe distraerla.
—Le tiene tan absorbido el cerebro que es incapaz de pensar por sí mismo —suelta Xavier, que toma asiento en otra silla, no muy lejos de donde me encuentro yo.
—Calla. —Cassie le da una colleja.
—Auuu. Joder, es coña.
—La colleja también lo es. —Le regala una sonrisa de ser la menos culpable del mundo que no se cree ni por asomo. Yo tampoco.
Aaron ocupa el asiento que hay a mi derecha y palmea la silla para que me siente a su lado. Le sale tan natural y es un gesto tan sencillo y cotidiano que por un instante todos guardan silencio sin entender si es que hay algo que ha cambiado.
Niego y lo hago porque me veo en el deber de hacerlo.
Ya lo que me faltaba es echar más leña al fuego.
En otras circunstancias me metería con él, le soltaría alguna pulla sobre si no prefiere que me siente en su regazo e incluso pasearía un dedo por su pecho, dejando marca, a ser posible.
Pero hoy no es el día y no me acompaña mi humor.
—¿Quieres contarnos lo que pasa?
Se forma un corrillo de cotillas. Xavier, Noah, Cassie, Aaron y yo nos echamos hacia adelante en la mesa, nos acercamos tanto que se entremezclan las voces y nuestras manos, las de todos, casi se rozan. De hecho, la de Aaron sí que toca la mía. Y, sin querer pensar demasiado en ello, me reconforta.
Y, en otras circunstancias, tendría pensamientos impuros con ella.
—La profesora de Juniper me ha citado en el cole el lunes.
Suficiente información.
—¿Por qué? —pregunta Aaron. Me giro hacia él y lo observo unos instantes de más. Tiene unos ojos tan azules que eclipsarían cualquier cielo despejado y, por si eso fuese poco, sus labios van en sintonía—. Es que… —se disculpa y eso me enternece un poco—. No lo entiendo.
Mi mejor amiga cruza una mirada conmigo, me está preguntando si de verdad quiero compartir esa información con él, porque, bueno…, es el recién llegado, ¿no?
Asiento para que entienda que no me importa, un gesto apenas perceptible para todos que Cassie sí que sabe interpretar porque hemos compartido mucho, muchas cosas en muchos años, así que ese lenguaje que tiene con Asher ha formado parte de nosotras desde siempre.
—Juniper es disléxica, Aaron —le explico.
Abre la boca y, en última instancia, la cierra. No tiene ni idea de lo que significa, no el término en sí, sino la situación, y no lo culpo, que conste, no lo hago.
Coloco una mano sobre la suya y el gesto me sale innato, nos hemos convertido en buenos amigos, ahora también en vecinos y, para colmo, nos vemos bastante en el estadio, imagino que debe de estar preguntándose el motivo por el que no he compartido nada de esto con él antes.
—No es algo de lo que hable mucho. No porque me avergüence de ello ni de ella.
—Me refiero a Juniper—. Sino porque es un peso invisible que aplasta, sobre todo, cuando pasan estas cosas, cuando tengo reuniones en el colegio en las que dejan entrever que no saben cómo ayudar a mi hija o esos días en los que mi pequeña llega mal a casa.
Porque se ríen de ella, porque se burlan o porque se siente menos que los demás. Sobre todo, cuando sucede esto último.
—¿Por qué? No es diferente.
—Sí que lo es —lo contradigo—. Y ella lo sabe. La intentamos ayudar a gestionarlo. Hago lo que puedo con los medios que tengo.
—Por eso trabajas tanto —rumia él.
Cassie y yo nos observamos una vez más, y yo me limito a asentir otra vez.
—Entre otras cosas.
Con un padre ausente, una madre que intenta que su hija no note esas carencias y la vida, que no es poco.
—Blue la lleva a un equipo multidisciplinar, un equipo especializado. Lo bueno es que se ha detectado con tiempo y se puede hacer mucho —explica Xavier desde el otro lado de la mesa—. Y Juniper se lo toma como un juego.
—La detección temprana es un factor clave para poder ponernos manos a la obra. Practicamos en casa y en el cole hacen lo que pueden con los medios disponibles.
Aaron tiene todos sus sentidos puestos en mi explicación.
—Y, si el colegio es consciente de ello…, ¿por qué pones esa cara ante una reunión?
—Porque que estén al tanto no quiere decir que sea un camino de rosas. A veces las cosas se complican, y Juniper se viene abajo. O se encierra en sí misma cuando los demás se burlan de ella porque no lee de forma correcta, porque va más lenta y porque tiene otro ritmo. Son niños…
—Son unos pequeños cabronazos —suelta Noah sin tapujos.
Alzo los hombros, no es que los esté justificando, pero sí que lo hago un poco.
—Son niños —insisto repitiendo mis últimas palabras.
Aaron alza la mirada y parece encontrar algo interesante en el techo, hasta que, de pronto, la aparta y observa a Asher, que sigue entretenido con mi hija, enseñándole cómo hacer una trenza con una masa de hojaldre.
—¿Qué pasa?
Aaron juega con la cabeza y, en esta ocasión, intercambia un gesto con mi amiga. Cassie niega, y Aaron carraspea, se incorpora y se marcha hacia donde se encuentra su hermano.
—¿Y ese cambio?
—Cosas del pasado, ya sabes…
—De su familia —convengo yo cayendo en la cuenta de lo poco que sé sobre Prescott Maddox en particular y de los Maddox en general.
Tal vez haya muchas heridas ahí sin sanar y de pronto lo observo con otros ojos y lo imagino de pequeño, perdido, sin saber cómo enfrentarse a esas cosas. Porque la vida no es de color de rosa para nadie. Ni siquiera para el capitán del equipo.
Xavier y Noah extienden la mano y la colocan sobre la mía.
—Si tenemos que cargarnos a algún renacuajo, no me temblará el pulso —suelta Noah.
—Nada de amenazas de muerte…
—Pero…
—He dicho —repite Cassie— que nada de amenazas de muerte.
—Secundo la moción —añado.
—Cómo fastidian la diversión estas dos, ¿ehhh? —Nos señala Noah—. Y me sorprende de ti, Blue…
—Son niños —insisto para que se entienda.
Porque de veras que lo son, a pesar de que estén haciéndole daño a mi pequeña. Solo tengo que enseñarla a protegerse, como lo hago yo. Como he aprendido yo.