Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Las cosas del querer

Aaron

O tra noche en el Slam Dunk Deli, porque esa es nuestra costumbre desde que soy capitán.

No somos solo un puñado de jugadores que tienen un fin y que ansían ganar, somos un equipo, un grupo de amigos, personas que compartiendo momentos se convierten en algo más, y ese vínculo es importante porque une.

Más de lo que pensáis.

Asher tenía razón. Cuando di un paso al frente y decidí abandonar los Wild Warriors hace poco más de tres meses, lo hice a sabiendas de que iba a perder mucho.

Demasiado, quizá, y que ese paso, que para algunos no significaría nada o que simplemente sería la oportunidad para crecer y ser la estrella en otro equipo, para mí acabaría siendo una pérdida. Y mi hermano era consciente de ello.

El teléfono vibra dentro del bolsillo de mi pantalón y lo saco solo para comprobar que no es Blue, que no me necesita. Es mi padre. Otra vez.

—Esta es la quinta llamada —le susurro a Caleb, que ocupa el asiento derecho.

A mi izquierda está Ben, en silencio. A veces me pregunto por qué acude cuando la mayor parte de las veces permanece callado, se limita a sonreír y asentir. Poco más.

—Deberías cogerlo y enfrentarte a eso de una vez, ¿no crees? Evitarlo no soluciona las cosas —me recomienda.

—No lo evito. —Alza una ceja, escéptico—. Lo evito —concluyo justo antes de chasquear la lengua.

—¿Sabe eso Ash?

Llevo la vista hacia el frente, donde mi hermano está bromeando con Kai y con Cassie, porque puede que ella ya no trabaje para nosotros, pero se ha convertido en una más del equipo.

A ninguno nos importa que esté aquí porque, además, nos da la oportunidad de meternos con Asher cuando lo reprende por algo y el chico malo baja la mirada como si le hubiese caído la bronca del siglo.

Ni en mis mejores sueños pensé que pudiese ver esto. Y me alegra.

—Sí, claro, lo sabe. No tenemos secretos y no pienso joderlo todo de nuevo.

—Tienes que dejar de castigarte de una vez.

Niego en repetidas ocasiones y extiendo la mano hasta que sujeto mi botella de agua y me la llevo a los labios. De pronto tengo sed.

—No supe protegerlo como se merecía, Caleb —concedo. Aparta la mirada porque él también tiene esa sensación, carga con esa culpa a su espalda—. ¿Y tú?, ¿cómo estás tú?, ¿y Jackie?

Imita mi gesto y va a por su botella de agua.

Caleb es uno de mis mejores amigos, no solo porque tenemos un carácter muy similar.

Ambos somos un tanto reservados, discretos y bastante tímidos a pesar de lo que se pueda pensar de nosotros.

Hace años que compartimos una amistad: lo que ha unido el hockey que no lo separe lo que sea que tenga que separarnos.

—No contesta a mis llamadas y tampoco abre la puerta cuando intento visitarla. Es… La he perdido por completo, Aaron —me explica.

—No digas eso, tú la quieres, Cal…

—¿Y de qué me vale eso si no he sabido demostrárselo?

Caleb suelta el aire con fuerza, como si llevara horas reteniéndolo.

No es un tipo dramático, nunca lo ha sido, pero lo que le está pasando lo tiene completamente desarmado.

Y no puedo culparlo. Conozco esa sensación.

La de perder algo sin darte cuenta hasta que es demasiado tarde.

O la de casi perderlo todo por no ser valiente.

—Estábamos viviendo juntos, Aaron —admite en voz baja, lo suficiente para que solo yo pueda escucharlo entre el ruido del local, me giro solo para comprobar que los chicos siguen a lo suyo, solo me encuentro con la mirada de Ash que asiente entendiendo que esta conversación es íntima y personal—.

Compartíamos techo, cama, compartíamos todo menos una vida.

¿Y sabes qué? Llegó un punto en el que ella y yo nos convertimos en compañeros de piso.

No en una pareja, no en amigos ni confidentes, sino en dos personas que pagaban un alquiler a medias y ya.

Sé que le cuesta decirlo porque la etiqueta pesa: «compañeros de piso». Es lo contrario a lo que él siempre ha querido con Jackie. Lo observo de reojo y descubro que le tiemblan los dedos alrededor de la botella.

—Y no fue de un día para otro. Fue lento, joder. Tan lento que no me di cuenta. Entre los entrenamientos, los viajes, el intentar mantenerme entero para no decepcionar a nadie, dejé de verla. O quizá dejé de mirarla como se merecía que lo hiciese.

—Caleb… —susurro, sin saber muy bien cómo llegar hasta él. Solo tendiéndole una mano o un hombro, porque eso es lo que hacemos los amigos. Lo que hacemos nosotros.

—Jackie me decía que me echaba de menos, aun estando a un metro de distancia.

Y yo la escuchaba, claro que la escuchaba…

Siempre pensaba que podríamos arreglarlo en otro momento.

Tal vez más adelante. Que todo iría a mejor, que todo se alinearía en un tiempo.

—Sonríe sin humor y eso me rompe un poco el corazón porque Cal es una de las mejores personas que conozco y Jackie también lo es—. La buena racha nunca llegó.

Me meto los dedos entre los mechones de pelo, desordenándolos, incómodo por el nudo que le aprieta la garganta. No es mío, pero se me instala igual, como si lo fuera. Quizá porque lo que le ocurre a Caleb es un espejo de millones de cosas que no quiero enfrentar.

—¿Quieres contármelo? —pregunto al final y sé que sabe de qué hablo, a qué me refiero.

—Tenía algo preparado. —Se ríe con amargura—.

Un plan simple, solo un par de horas para los dos.

Una cena, nada especial, bueno, para nosotros sí.

Era una forma de recordarle que todavía estaba ahí.

Hubo un entrenamiento extra. —Suspira resignado—.

Y luego una reunión. Y después estaba tan cansado que solo quería ducharme y dormir.

—Me observa de lado con la derrota bailándole en los ojos—. Cuando llegué, ella ya no estaba.

—¿Sin más?

—Sin más. —Caleb traga saliva—. Me dejó una nota en la mesa: «Te quiero, Cal, pero ya no puedo más».

Me quedo helado. Sabía que se habían separado porque Caleb lleva unas cuantas semanas apático, distante, y cuando he querido preguntarle simplemente evitaba el tema.

No sé qué añadir ni cómo consolarlo. No sé cómo arreglarlo. Solo sé que Jackie no es de las que tiran la toalla con facilidad y también sé que nadie aguanta sintiéndose invisible durante demasiado tiempo.

—Eso no significa que no podáis arreglarlo —murmuro—. Te quiere. Lo sabes, te lo ha dicho.

—¿Y si no es suficiente? ¿Y si yo no lo soy? —replica él. Su voz suena rota, derrotada—. No abre la puerta. No contesta. No me dirige una sola palabra. Y no la culpo. Porque echo la vista atrás y creo que también me encerré en mí mismo.

Se recuesta en el asiento y cierra los ojos un segundo, como si las luces del local fueran demasiado intensas para lo que lleva dentro.

—La echo de menos —admite finalmente, y esa frase le sale tan desnuda que me golpea a mí también—.

Echo de menos mi casa, sí, pero, sobre todo, echo de menos mi casa con ella.

Su risa, su forma de enfadarse, sus calcetines tirados por todas partes.

Echo de menos que me pregunte si he comido.

Echo de menos que me espere despierta solo para darme un beso antes de dormir.

—Sacude la cabeza rememorando cada escena—.

Y lo peor es que no sé si ella también siente esa ausencia como un vacío o si está mejor sin mí.

No tengo respuestas. Ojalá las tuviera. Lo único que puedo hacer por él es esto: estar sentado a su lado, escucharlo, aconsejarlo e infundirle ánimos.

—Cal… —empiezo.

—No me digas que todo se arreglará —interrumpe con una media sonrisa cansada—. No necesito esperanzas vacías. Solo sé que no quiero perderla de verdad, ¿sabes? Ni tampoco quiero presionarla. Ya lo hice bastante cuando esperaba que aguantara todo sin que yo moviera un solo dedo.

Su sinceridad lo desarma. Y a mí también.

Al final, solo le apoyo la mano en el hombro. Un gesto pequeño y lleno de firmeza.

—No estás solo —le digo—. Vamos a pensar en cómo hacerlo bien esta vez.

Caleb asiente sin mirarme, tragándose la emoción y creyéndose mi consejo. Y, justo cuando creo que vuelve a cerrarse sobre sí mismo, lo escucho murmurar…

—Ojalá pueda demostrarle que todavía sé elegirla.