Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Para bien o para mal

Aaron

N unca es igual. Nunca es solo otro partido. Sin embargo, la presión siempre es la misma.

El estadio ruge con esa mezcla del frío, de las luces demasiado blancas y de la expectación que siempre me pone la piel de gallina y que saboreo a conciencia.

Soy el primero en pisar el hielo y las cuchillas muerden la superficie con ese crujido que me recuerda por qué sigo haciendo esto, por qué lo necesito: porque soy un adicto a esa sensación de euforia constante que me sacude cada vez que siento el hielo bajo los pies.

Doy dos vueltas para calentar mientras asimilo el ambiente y los busco entre el público hasta dar con ellos, con todos, siempre en el mismo lugar, con nuestros colores.

Cassie aplaude emocionada, y sonrío al darme cuenta de que esto también le gusta.

Me guiña un ojo, es un gesto fugaz, un gesto de cariño hasta que su mirada se cruza con la de mi hermano y entonces lo distingo a la perfección, ese amor, ese cariño, ese sentimiento que arrasa con todo a su paso.

—Soy un puto cabrón con suerte, ¿verdad?

Tiro de su casco hasta que nuestros ojos se encuentran.

—Lo eres y me alegra muchísimo.

Asiente y se acerca hasta donde está con su chica.

Es entonces cuando desvío la atención hasta dar con ella.

En la esquina donde empieza la grada baja, justo encima está la cafetería del estadio y allí distingo una figura conocida: Blue.

Con el delantal puesto y nuestro escudo en mitad del pecho, el pelo recogido en una trenza a medio hacer y esa sonrisa que nunca sé si está dirigida a alguien en particular o si me la regala a mí.

Joder. Me obligo a apartar la vista y mirar al frente.

Tengo un partido. Tengo un equipo. Tengo un hermano que confía en mis pases y un entrenador que necesita que esté al mil por mil.

Los Steel Wolves ya están sobre el hielo, cada uno ocupando sus posiciones y recuerdo todas esas jugadas que hemos memorizado y que anoche, mientras observaba a Juniper dormir, yo repasaba una y otra y otra vez, buscando resquicios, aperturas y errores que podamos convertir en oportunidades.

Uniformes oscuros. Miradas afiladas y la vibra de un equipo que no viene a hacer amigos.

Y, en el centro, rodando el stick en las manos como si no pesara en absoluto está Mason Nakamura.

Explosividad contenida. Una serpiente esperando a su presa para hincarle el diente y no soltarlo hasta acabar con él.

—Va a ser una noche larga —murmura Asher regresando a mi lado mientras nos colocamos para escuchar el himno.

Inspiro profundamente e intento no pensar en ella. Ni en su sonrisa. Ni en su mordacidad y lo mucho que me gusta eso. Me concento en lo demás, en todo lo demás. En las palabras de mi hermano, por ejemplo.

—Eso parece —le respondo sin apartar la vista de Nakamura.

—¿Preparado para bailar con la estrella de los Steel Wolves?

Asiento.

—¿Recuerdas nuestro lema?

Asher sonríe y cabecea afirmando tal y como he hecho yo segundos antes.

Esa sonrisa suya de hermano pequeño que parece gritar: «Tranquilo, yo cubro lo que haga falta».

Y lo hará. Lo sé. Tenemos esa conexión ridícula que no se entrena ni se ensaya.

La tenemos desde que me robó el stick por primera vez cuando tenía cuatro años.

El disco cae y el partido comienza.

El primer choque se asemeja a meter la cabeza en una tormenta.

Detroit juega rápido y exageradamente técnico.

Nakamura desaparece entre piernas y sticks dando muestras de que ha nacido para esto.

Tres veces creo tenerlo a tiro y tres veces se me escapa.

Escucho los resoplidos de varios compañeros de equipo y algunas palabras malsonantes de otros tantos.

El estadio ruge con cada robo y con cada pase que fallamos.

Me tenso al darme cuenta de que no podemos seguir jugando tal y como ellos esperan que lo hagamos.

Nos tienen justo donde quieren y eso me anima a tomar el control una vez más. A ir un paso más allá.

—Es una anguila —gruñe Asher pasando junto a mí cuando cambiamos líneas.

—Es nuestra puñetera cena —respondo.

Le saco una carcajada que se disipa mientras se aleja.

Volvemos al hielo. Esta vez, cambio la estrategia. No lo persigo, me limito a aguardar y sé que eso no se lo esperaban. Detroit no sabe jugar lento, Mason menos. Sin embargo, la paciencia es una de mis virtudes y en el juego es un arma muy valiosa.

El disco llega a mí en zona neutral, un pase bajo presión que controlo sin pensarlo. Mason viene directo hacia mí con los ojos llenos de rabia. Amaga. Lo sé. Lo anticipo. Lo huelo. Levanta el stick un segundo demasiado pronto y aprovecho ese instante microscópico para colarlo por debajo.

—¡Ash! —grito.

Mi hermano ya está volando por la banda. No hace falta ningún dato más porque estos somos nosotros: dos cuerpos que juegan como uno solo. Sabe dónde colocarse, sabe dónde quiere el disco incluso antes de pedirlo. Le envío un pase preciso, tenso. Perfecto.

Lo recibe. Se mete entre dos defensas como si los hubiera dibujado él. Amaga. Gira. Lanza.

El disco golpea la red, y el estadio explota. Música para mis oídos.

Me doy la vuelta y veo a Blue detrás del cristal de la cafetería, los ojos brillando, el puño levantado en un gesto mínimo, casi discreto y, no sé, tengo la sensación de que va dirigido a mí. No al equipo. Solo a mí.

—Ni de coña ha sido suerte. —Asher choca su casco contra el mío cuando volvemos al banquillo—. Esa asistencia ha sido una obra de arte, Aaron.

—No cantes victoria —murmuro—. Mira quién viene.

Nakamura se acerca al faceoff central con una expresión que bien podría congelar el agua hirviendo. Está enfadado. Perfecto. Un jugador mosqueado comete errores. Un capitán receloso los utiliza.

El segundo periodo es brutal. Patinamos como si nos fuera la vida en ello. Detroit juega sucio, ¿os sorprende? Porque nosotros ya contábamos con ello.

Al contrario que nuestro adversario, respondemos jugando solo como sabemos, siendo duros e implacables. Donahue grita desde el banquillo y enseña una pizarra blanca llena de rayas y cruces, me acerco para interpretarlas y repartir algunas órdenes nuevas.

—Seguid así, presionad, no dudéis. Recordad lo que hemos practicado estos días, Aaron.

Me incorporo de nuevo al juego, apenas tengo tiempo de entrar cuando recibo un golpe en las costillas que me arranca el aire, y mi hermano se come una carga que habría tumbado a cualquiera menos a él. Aun así, seguimos arriba.

Hasta que no lo estamos.

Mason consigue colarse entre nuestra segunda línea, ridículamente rápido, y empata el partido. El estadio entero gruñe, y yo con ellos de pura frustración.

—Déjamelo —me pide Asher antes del siguiente cambio, respirando por la boca mientras el sudor le cae por la sien—. Yo me encargo.

—No —niego—. Vamos los dos.

Y eso es lo que hacemos.

El hielo es una guerra silenciosa. La tensión se vuelve eléctrica y las miradas, afiladas.

Los patines cortan la pista. Me dedico a marcar a Nakamura cuerpo a cuerpo mientras Asher le roba el ángulo y le corta líneas.

Mason intenta un giro absurdo, de esos que solo él puede hacer, sin embargo, esta vez Ash y yo nos anticipamos.

Meto el stick a la vez que mi hermano barre el disco.

Y corremos. Los tres. Porque Nakamura no se rinde, pero nosotros tampoco.

Asher se abre a la derecha, yo mantengo la posición. Nakamura me cierra y busco un hueco que, por desgracia, no encuentro. Giro la cabeza hacia otro lado y tampoco lo hallo. Entonces lo escucho. Un golpe de stick en el hielo a mi derecha. Dos golpes. La señal acordada.

Confío, siempre lo hago, y lanzo. Un pase rasante, justo donde sé que debería estar Asher. Justo donde está.

Lo recibe, frena y gira en unas décimas de segundo sobre el filo de la cuchilla y lanza un disparo cruzado que pasa por encima del guante del portero del Detroit.

Y entra. El estadio se deshace en ruido. Yo vuelvo a buscarla tras el cristal de la cafetería. Blue está dando saltos, de hecho, a su lado está Sloane, que también nos anima. No es una sorpresa que ambas hayan congeniado.

Desvío la mirada y me encuentro con esos mismos ojos azules que tan familiares me son y tan diferentes a la vez, chocamos nuestros cascos.

Kai se acerca y nos damos un leve golpe de hombros, y Caleb patina hacia nosotros.

Cuando frena, corta el hielo y nos lanza una nube del mismo que cae a nuestros pies.

—Bien hecho, joder.

—¡Vamos, chicos! —grita Cassie desde la grada.

—No te flipes, esa chica de ahí es mía, Morrison —le advierte Ash.

Levanto la vista una vez más tras las palabras de Asher y veo a Blue apoyada en el cristal, mirándome. No al equipo. A mí.

Y, por alguna razón que no quiero analizar, ese simple gesto pesa más que los dos goles, más que la victoria, más que el ruido ensordecedor del estadio. Más que nada de lo que me rodea en este instante.

El partido continúa. Detroit aprieta. Nakamura lo intenta todo. Pero hoy no es su día, hoy es el nuestro. Y se lo demostramos con creces.

Ganamos tres a dos.

Cuando salgo del hielo, con los guantes aún puestos y el sudor pegándose a la camiseta, ella está justo al otro lado del pasillo, cargando una bandeja llena de vasos.

Y a pesar de que no pronuncia palabra alguna, aunque ninguno de los dos diga nada, no necesito mucho más que esto: que ella aquí, que su sonrisa sincera, su mirada llena de brillo y esa lengua que me enseña como si fuese una niña que está a punto de cometer alguna trastada.

Me acerco sin dudar, y aleja la bandeja cuando intento robar mi bebida.

—Pídela por favor, Maddox —susurra haciendo de las suyas.

Se pasea la lengua por los labios. Eso de ahí fuera no ha sido tan duro como las ganas que tengo de besarla y lo mucho que me cuesta contenerme.

Estoy bien jodido.

Llevo mucho tiempo bien jodido.

—Por favor —susurro.

Entonces me tiende el vaso y me guiña un ojo.

—Buen chico.

Sigue de largo y me quedo ahí, parado, sin ganas de beber, pero con mucha hambre.

Mucha mucha hambre.