CAPÍTULO 5
El caos en forma de vida
Blue
L lego tarde.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
—Llego tarde, joder. —Corro por el pasillo mientras me pongo la zapatilla que estaba buscando y que resulta que no es la que necesito, porque esta es azul y la otra es negra, Necesito la puta zapatilla negra.
¿Me está dando un ataque de pánico?, ¿es esto lo que se siente cuando la vas a espichar?
¿No hay flores, luces estrambóticas y un pasillo de gente que corea tu nombre como si fueses a recibir el galardón de tu vida? Porque, ojo, morirte tiene que ser así, si vas a entrar por la puerta que sea a lo grande, ¿no?
—¿Dónde está la zapatilla? Y, ya puestos, ¿dónde está Cassie?
—Seguro que con Asher.
Como me haya dejado plantada por algo sexual, la puerta de ella va a ser tan pequeña que tendré que meterla a trozos.
Blue:
¿Se puede saber dónde estás?
Pasan unos minutos en los que me da tiempo de encontrar la zapatilla. La voz insidiosa de Xavier resuena en mi mente, y estoy segura de que me repetiría unos cinco millones de veces que nada de esto sucedería si fuese más ordenada.
La encuentro bajo la cama. ¿Me puede explicar alguien cómo ha acabado ahí?
—¡Chúpate esa, Xavier imaginario!
Cassie:
En un atasco. Ha habido un accidente. Tardaré un poco.
Blue:
No tengo tiempo, llego tarde.
Cassie:
Juro que salí a la hora indicada. Antes incluso. Vancouver está en mi contra. Y, ya puestos, en la tuya.
Blue:
Tú sí que sabes encontrar al culpable.
Sonrío, porque es mi amiga y porque lo intenta.
Sé que ha tenido que salir antes del trabajo para poder quedarse con Juniper hasta que yo vuelva del cáterin de esta noche y sé que ella no tiene culpa de que haya tráfico.
Odio comportarme como una lunática, pero no puedo perder el trabajo.
No ahora que confío en que las cosas van a empezar a irnos bien.
¿Qué digo bien? Van a irnos tan tan guais que hasta el destino va a sentir envidia de nosotras.
Escucho el timbre de la puerta no una, sino dos veces, y asomo la cabeza por el dintel solo para comprobar que Juniper está tan sumida en su mundo que ni siquiera se ha percatado de que llaman.
—¡Oye! ¿Puedes abrir? —Silencio absoluto—. ¿Juniper? —Gira la cabeza y por fin capto su atención—. ¿Puedes abrir? —insisto.
Se levanta, camina descalza hasta la puerta y escucho cómo pregunta antes de hacerlo. Bien, esta vez lo ha hecho bien. Al menos se ha acordado de la norma básica: no abrir si no reconoces la voz.
—¡Es Aaron, mamá!
Todavía me estoy poniendo la zapatilla, de hecho, todavía estoy dando pequeños saltos mientras me pongo la zapatilla cuando lo veo al fondo del pasillo. Mi fondo del pasillo es de poco más de un metro, su fondo del pasillo es como tres kilómetros en subida. Para que nos entendamos.
—No te rías de mí —le advierto cuando observo cómo me mira y no solo eso, el brillo de descaro en sus ojos.
Hablaba en serio cuando dije que debajo de esa capa de chico bueno se esconde un chico no tan dulce y remilgado como aparenta ser.
—No pensaba hacerlo. —Chasqueo la lengua—. Pensaba disimularlo.
Me lo temía.
Me acerco sin pensármelo dos veces y lo sujeto por la camiseta como buena madre trabajadora y desquiciada que soy, todo a la vez. Madredoraciada .
Lo voy a patentar.
—El destino quiere echarme un cabo en forma de vecino. — Buenorro .
—¿Perdona?
—¿Qué planes tienes para un miércoles por la noche antes de un partido importante? —tanteo mientras regreso sobre mis pasos hasta mi habitación.
He cumplido mi primer cometido, que es ponerme los vaqueros y las zapatillas, ya solo me falta encontrar la camiseta negra con el logo de la empresa de cáterin para la que trabajo de forma puntual algunas noches a la semana.
Me pagan bien, me tratan bien y me viene bien. A eso yo lo llamo las tres B.
Salvo cuando mi mejor amiga se ve metida en medio de un atasco y no puede hacer de niñera.
—Estoy seguro de que me vas a proponer algo.
Alzo la barbilla y paseo la mirada con todo el descaro que me cabe en el cuerpo por el suyo. Aaron se percata de mis intenciones y un rubor se le extiende por las mejillas. ¿Quién me iba a decir que me lo iba a hacer pasar tan bien?
—Por supuesto que sí. Una oferta irrechazable, una de esas que hará que una noche normal se convierta en una excepcional, con una mujer única e irremplazable, que, por suerte para ti, hará que el resto de ellas no le lleguen a la suela del zapato.
—¿Estás…? —Carraspea sin entender a lo que me refiero. No ha pillado la broma aunque, en fin, no voy a engañaros si os confieso que he pensado en ser yo misma esa chica—. ¿Quieres decir…?
Decido no alargar más la espera, en resumen, porque no tengo tiempo y me lanzo a por su camiseta una vez más. Madredoraciada en acción.
—¿Puedes quedarte con Juniper, Aaron? Porfa, porfa, porfa… Tengo que trabajar, no lo tenía en mente, pero me han llamado porque ha faltado una compañera y me lo han propuesto, y no puedo negarme porque, ya sabes…
—Necesitas la pasta —termina por mí.
Qué triste que este chico me conozca por mis penurias y no por mis virtudes.
—¡Exacto! ¿Puedes? Diddy está en un atasco, vendrá en un rato y…
—Blue… —me corta porque ya no estoy en modo madre trabajadora y desquiciada, he subido de nivel y estoy eufórica como si me hubiese tomado tres cócteles caducados o setas alucinógenas.
O un cóctel de setas alucinógenas caducadas—.
No tengo nada mejor que hacer, así que llámala, o mejor la llamo yo, y me quedaré con la pequeña hasta que vuelvas.
Le comería todos los morros solo por lo que acaba de soltar.
—Gracias. —Me lanzo y le doy un beso en la mejilla, porque lo de los labios mola, pero no quiero acojonarlo. Y no quiero complicarme la vida.
»Hay teléfonos de urgencias pegados en la nevera, ya sabes, esas personas a las que acudes cuando no tienes ni idea de lo que hacer con una niña de seis años. Cosa que entendería que te sucediese.
—Blue…
—Y tendré el teléfono encima e intentaré estar pendiente…
—Blue…
—Y te lo agradezco tanto que no te haces una idea.
Me sujeta por la cintura y ese leve contacto hace que la boca se me cierre y deje de emitir sonido alguno.
Salvo por el jadeo que escondo con una tos seca y para nada fingida —para nada, además— porque me está rodeando la cintura y, chicas, hace años que no hay nadie que me haga eso.
Nadie que no sea mi niña, y solo cuando quiere que le dé chocolate para subirse por las paredes después.
Y hablando de eso…
—Nada de chocolate. Salvo que quieras que se convierta en un monstruo, y no hay teléfono de emergencia para eso, créeme, lo he buscado.
Se separa de mí, y siento el vacío de su contacto de inmediato. Y lo echo de menos. Y no me gusta echarlo de menos, así que hago eso que mejor se me da.
—Nada de strippers , Maddox.
Las cejas se le alzan porque no esperaba esa última advertencia.
Le doy golpecitos con el dedo índice sobre el pecho.
—Odiaría tener que perderme el espectáculo, ya sabes…
Paseo de nuevo la mirada por su cuerpo y me deleito en la forma en la que ese chándal le marca los muslos firmes que tiene o en cómo la camiseta se le ajusta a los bíceps y esos antebrazos…, ¿por qué tengo que fijarme en sus antebrazos?
«Bueno, porque tal vez con ellos te empotre contra una pared. Cualquier pared sería válida».
Esto es culpa de Cassie porque no me cuenta sus fantasías con Asher y tengo que inventármelas solo para sacarle los colores.
—¿Porque tendrías que limpiar lo que ensucie y está más que claro que te encanta limpiar y ordenar?
—¿Me estás llamando cochina? —lo increpo.
Da un paso hacia atrás, avergonzado.
—No, no. —Se lleva la mano a la nuca, del todo abochornado—. No quería decir eso, perdona, solo estaba…
—Que sí… —Salto hacia adelante y le doy otro beso en la mejilla—. Relájate, Maddox, solo te estaba tomando el pelo.
Expulsa el aire que parece haber estado conteniendo y me sonríe.
—Joder, Blue, es que eres…
—¿Increíble?, ¿maravillosa?, ¿sumamente guapa y sexi?
—Nunca sé por dónde vas a salir…
Me doy pequeños golpes sobre los labios porque es bastante acertado que es de esa forma. Algo que Derek odiaba, la punta del iceberg, para ser exactos. Con él no podía ser yo misma porque siempre me corregía.
No digas esas cosas. No hagas esas cosas. No seas todas esas cosas.
Joder.
—Pues gracias, supongo.
—¿Me estás dando las gracias por explicarte que me descolocas?
Asiento y me alejo en dirección a la puerta. No solo le doy las gracias por eso, sino por dejar que sea así sin corregirme por ello, aunque eso no se lo digo.
—Ah, Aaron…
—¿Sí?
—Nada de strippers , pero siempre puedes enviarme fotos. Sin ropa mejor.
Le guiño un ojo y salgo por la puerta riéndome por la cara de estupefacción que ha puesto. Tendría que haber inmortalizado ese instante. Tendría que haberlo hecho porque ahora no estaría imaginándomelo desnudo.
Pues sí, todo bien, Blue, todo muy bien.