Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Compartiendo momentos

Blue

J uniper se adelanta y toca el timbre del piso de Aaron.

Es el único de esta planta, es una suerte que no tenga que compartir espacio con vecinos ruidosos que cantan o bailan o gritan.

Como yo. Sí, señaladme porque esa vecina que monta escándalos tiene nombre y apellidos y en este mismo instante está a punto de cruzar en pijama la puerta de un tiarrón de mucho cuidado.

—Hola, Aaron —saluda mi hija restándole importancia al atuendo que lleva el capitán de los Wild Warriors, cosa que una servidora no puede hacer, evidentemente, porque está guapo hasta decir basta.

—¿Qué hay de nuevo, Juniper? —Se agacha, y mi pequeña le da un abrazo sin dudar.

Me encanta y horroriza a partes iguales que ambos se lleven tan bien, sobre todo, porque hace que mis bragas tiemblen.

Y eso es caca. Malo. Puajj.

Y esas cosas que hacen que me espanten mis propios pensamientos marranos.

—Yo bien, gracias —suelto con condescendencia. Se me da de lujo eso de romper la tensión soltando chorradas que no vienen a cuento.

—Iba a preguntarte ahora. —Por supuesto, cómo no, Aaron Maddox se preocupa por todos, incluida yo.

—Yo bien, gracias —respondo de nuevo y le guiño un ojo con descaro.

Vale. Quizá sea hora de que sentemos unas bases, solo por si todavía no me conoces lo suficiente.

Me encanta buscarle las cosquillas a este chico que hay frente a mí, que pasea la mirada de forma alternativa entre mi hija y el peluche que trae bajo el brazo y también le dedica un poco de atención al libro que hemos subido.

Es el tipo de tío que en circunstancias normales, esas en las que no soy una madre que en miles de ocasiones siente que no llega a todo, intentaría liarse con él. Es guapo, buena persona, atento, cariñoso y tiene un físico… Joder con el físico que se gasta. Decir que es guapo es quedarse corta.

Y tú dirás: «Entonces, Blue, ¿por qué no te lanzas a la yugular y hacéis cochinadas sin tino?». Pues por un motivo de peso, es un buen amigo, y yo…, yo creo que desde lo de Derek simplemente me he quedado inservible para cualquier hombre, sobre todo, para los buenos como Aaron.

No quiero hacerle daño y, por encima de todo, me aterra que me lo hagan a mí y a Juniper…

, a Juniper todavía más. Y así, chicas, es como os explico que estoy jodida en muchos sentidos porque empezar sabiendo qué heridas hay que suturar es un buen comienzo para esta relación que tú y yo vamos a fraguar.

—Venga, Juniper, parece que Aaron tiene claro que tenemos que operar a ese pequeño.

Señalo su peluche favorito, no se separa de él ni para ir al lavabo. No sabéis lo mucho que me cuesta que lo deje en casa cuando va al cole.

—Es una cirugía de lo más importante, Juniper, hay que tomárselo la mar de en serio.

—¿Verdad? Estoy de acuerdo. —Lo empuja hacia él—. Confío en que puedas ser el cirujano o tendré que despedirte.

Aaron abre los ojos, presa de la sorpresa, y yo sonrío con suficiencia.

—¿Qué?

—Es probable que le haya contado que tú sabes coser y que harás el injerto de su ojo.

—No, de probable nada, mamá me ha garantizado que puedes hacerlo mejor que ella.

—Por supuesto que puedo hacerlo mejor que ella. —Vaya, si se ha picado y todo.

—Demuéstralo —lo reto apoyando el cuerpo en una pila de cajas que casi casi roza el techo.

Aaron alza una ceja y se adentra en su piso.

Juniper y yo chocamos nuestras manos porque ambas hemos conseguido algo: la pequeñaja, que alguien que sí sepa coser le arregle el peluche, y yo, evitar tener que romperle el corazón a mi hija, porque puede que el botón, en vez de en un ojo, acabase, no sé, convirtiéndose en un testículo de madera o algo mucho peor.

—Somos las mejores.

—Os estoy escuchando.

A mi pequeña se le escapa una risilla mientras avanza hasta lanzarse en el sofá.

Rezo para que esta vez no me diga que es mejor que el que tenemos en casa porque todos sabemos que los muebles de Aaron son más modernos, más cómodos y más confortables que los míos.

No es una queja, es un hecho constatado.

Dejo a Juniper en el salón y recorro el pasillo. El piso es mucho más grande que el mío —otro hecho constatado—, eso sí, la distribución es la misma.

—Oye, Aaron, ¿por qué te mudaste a este edificio? Todavía no lo entiendo.

Me apoyo en el marco de la puerta y me cruzo de brazos y piernas. Alza la vista y por un segundo tengo la sensación de que va a recorrer mi cuerpo, ese que está envuelto en un pijama que ha visto días mejores, y que va a suspirar porque soy algo así como inalcanzable para él. Y no al revés, claro.

La fantasía se disipa como la bruma tras la tormenta porque aparta la mirada en busca de aguja e hilo. No entiendo cómo es posible que tenga esa clase de cosas en esta casa y sea tan previsor, yo apenas tengo la nevera llena de lácteos y no descarto que algunos estén caducados.

Así de desastre soy.

—No tiene una razón, es una buena oferta. Estoy cerca del estadio, lejos de mis padres…

—Ese es un argumento de peso —suelto sin más y me acerco hasta arrodillarme justo frente a él—. Yo lo sujeto —hablo del peluche.

—Gracias. —Me lo tiende mientras trastea con las herramientas de sutura peluchil —. Y sí, es un argumento de peso, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado en estos meses. O en estos años —explica.

—Son unos imbéciles.

Aaron asiente.

—Y yo también lo fui.

Aparto la vista de sus manos y elevo la mirada. No la retira y eso me gusta, que sea uno de esos chicos que es capaz de admitir que ha cometido un error y que quiera enmendarlo y, sobre todo, no salir huyendo.

—Un poco capullo sí que fuiste.

—Me encanta cuando te pones condescendiente.

—Asúmelo, Maddox, te encanta todo de mí.

Se le escapa una risilla y niega en repetidas ocasiones.

—Estás loquísima —agrega.

—Gracias —murmuro—. Para futuras citas deberías saber que como piropo se queda muy corto. Puedo darte instrucciones de lo que les gusta a las mujeres. De verdad, Aaron, no entiendo cómo no tienes una trayectoria de citas de esas que las noticias no dejan de mencionar.

—¿Quién dice que no las tengo? Quizá solo sea discreto.

Le golpeo la frente con el muñeco. Por el lado que no hay botones, que conste.

—Asher lo cuenta todo —me sincero.

—Mi hermano es un cotilla de mucho cuidado.

—Es culpa de Noah, que le sonsaca información.

Aaron suspira y asiente, me temo que es un gesto cargado de resignación.

—No hay nadie que me interese, Blue, es tan sencillo como eso.

Tan sencillo y tan complejo y, si no, que me lo digan a mí.

—Ya…, ¿tú también crees que las chicas son todas unas capullas?

No esconde la carcajada que le sale de forma innata.

—No es eso —repite negando en repetidas ocasiones—. Es que simplemente no hay nadie.

—Así que eres de esos que necesita una lista de pros y contras para enamorarse.

Alza los hombros.

—No entiendo por qué tienes tanta curiosidad.

Yo tampoco lo entiendo, ya puestos.

—Solo intento saber qué pasa por esa cabecita hermética que tienes. Las noticias no hablan demasiado y, créeme, soy la reina de los noticiarios y los programas basura. Conocía la reputación de tu hermano mejor que Diddy, y ella era su niñera.

—Te daría una paliza si la llamases así frente a ella.

—Siempre puedes defenderme. —Le guiño un ojo, y se ruboriza un poco. Es tan tierno, tan mono, tan achuchable…—. Anda, vamos a operar a este chaval antes de que Juniper venga en nuestra búsqueda y nos lance alguna de sus amenazas.

—¿A quién saldrá esa niña? No me lo explico.

Sonrío con amplitud porque ese es el mayor piropo que puede dedicarme alguien.

—¿Ves? Ese sí que ha funcionado. —Me cuadro y saco pecho como buena madre orgullosa que soy—. Y ahora mueve esos dedos, a ver qué sabes hacer con ellos.

Le sonrío con obscenidad, y Aaron aparta la mirada. Sí, este es mi deporte favorito, hacerlo sonrojar es un reto personal, y no hay nada que me guste más que los retos.