Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Donde dije digo, digo sopa

Blue

E s una verdad mundialmente conocida que, cuando llegas a casa después de un día de mierda, hay pocas cosas que puedan hacer que cambie.

Y, por suerte, yo cuento con una de ellas.

—¡Mamá! —grita cuando cruzo la puerta de casa de Maddie y de Carson—.

Por fin has venido, el abuelo dice que no puedo comer chocolate porque es demasiado tarde y me subiré por las paredes.

Lo que el abuelo no sabe es que una persona no puede subirse por las paredes, eso solo puede hacerlo Spiderman.

—Spiderman o cualquiera puesto de algo raro.

—¿Qué significa eso?

Vale, lo retiro, un día de mierda puede empeorar, sobre todo, si Noah se dedica a pronunciar ese tipo de cosas que luego tienes que explicar. Porque mi hija puede que tenga dificultades para leer, pero de lógica va sobrada.

—Significa que se pone ropa extraña o se maquilla en exceso, ya sabes…

—¿Cómo cuando el tío Noah se pone ese perfume que apesta porque cree que de esa forma Gillian va a darle más besos?

Ladeo la cabeza, de verdad, esta niña es la reina del cotarro.

—Oye, mi perfume…

—Exacto…, el perfume del tío Noah bien podría dejarnos a todos colocadísimos, de hecho, tal vez ese perfume sea tan hipnótico que Gillian ni siquiera sepa que sale con él.

—Lo señalo y me anoto un tanto cuando le veo el ceño fruncido, cuando se cruza de brazos y cuando se le borra la sonrisa de la cara.

Carson se carcajea al otro lado.

—Así aprenderás a no soltar depende de qué cosas delante de mi hija —susurro.

—Entonces, ¿puedo comerme el chocolate o no puedo?

—No, no puedes. Venga, Juniper, tenemos que irnos, mañana hay cole y todavía tienes que cenar.

—Ya he cenado. —Coloca los brazos detrás de la espalda y una de sus piernas se cruza por detrás de la otra. Ya sé lo que se avecina.

—¿Has vuelto a cenar para evitar comerte mi comida?

Noah niega. Maddie niega, y Carson asiente.

—¡Abuelo! —protesta ella al entender que se va a meter en un lío.

—No podemos decirle mentiras a mamá —le explica Carson.

Me agacho frente a ella y le golpeo con suavidad la nariz.

—Mamá te quiere a pesar de que tú odies su sopa.

—Odiar son palabras mayores —apostilla Maddie.

—No la odio, mamá, solo que prefiero la de la abuela —aclara lo obvio y, aunque Maddie no lo confirme, está más que encantada de que su nieta adore sus platos y también lo está de poder alimentarla a su antojo.

Lo que no explica es que, si Juniper le pide chocolate, ella no solo le compraría una tableta, sino que traería cien.

Sí, esta niña nos ha robado el corazón a todos.

—¿Qué será lo siguiente? —Me hago la ofendida solo para tirarle de la lengua—. ¿Preferir al tío Noah antes que a mí?

Juniper ladea la cabeza y me encanta porque ese gesto es muy mío y también muy de Diddy.

—Depende, ¿me dejarás comer chocolate a pesar de que me suba por las paredes?

—No respondas a eso si quieres seguir conservando cierta parte de tu anatomía. Una muy valiosa, ya puestos a especificar —le advierto alzando el dedo índice para increparlo.

—¿A qué parte te refieres, mamá?

—Eso, ¿a qué parte te refieres, Blue?

Saco el teléfono y escribo un mensaje en el grupo que tenemos toda la familia. El de la familia y Asher, porque ahora forma parte de ella.

Blue:

Tu polla peligra, Noah.

Al susodicho le vibra el teléfono y lo saca del bolsillo trasero del pantalón. La sonrisa se le amplía.

Xavier:

Perdón por preguntar, pero me falta contexto. ¿Alguien me lo explica? ¿Cassie?

Cassie:

No tengo ni la menor idea. Noah, ¿qué has hecho?

Noah:

En este berenjenal se ha metido ella solita.

Blue:

Si me conocéis bien, sabéis que Noah es un liante y que, si tengo que darle ciertas explicaciones a mi hija, me lo cargo.

Asher:

Estás bien jodido, Noah.

Noah:

Gracias por tus ánimos, Ash. Aun así, te quiero.

Xavier:

Puajjj.

Me desconecto del grupo y alzo la mirada.

—Mamá se refiere al cerebro, cosa que está más que claro que a Noah le falta.

Mi hija chasquea la lengua.

—Al menos no es un capullo. —Lo señala.

—No las tengo todas conmigo —contrataco—. Ahora tenemos que despedirnos, Juniper, venga —la animo y le revuelvo el pelo para que reparta abrazos entre todos los presentes.

Ella lo hace sin dudar, porque los adora. Siempre que veo cómo la tratan, y cómo se vuelcan con nosotras dos, me siento un poco más afortunada por dónde estoy y un poco menos triste por dónde debería estar.

Me acerco a Maddie y la abrazo yo también. Abro los brazos, y Carson se aproxima.

—Gracias por todo lo que hacéis por nosotras. Por cuidarla y por cuidarme.

—Hija… —susurra Maddie. Es increíble que me llame de esa forma cuando sabe que no compartimos lazos de sangre. Y, a pesar de eso, yo me siento mucho muchísimo más hija suya que de mis propios padres—. Nos encanta quedarnos con ella y también nos encanta saltarnos todas las normas.

—Excepto las del chocolate.

—Esa nunca —sentencia Carson, que alza la mano derecha y promete que seguirá siendo así.

—¿No hay abrazo para mí? —pregunta Noah, que tiene a mi hija en brazos.

—Creo que tengo alguno por aquí reservado —le confieso mientras me acerco sin dudar.

Nos abrazamos los tres y terminamos apretujando a Juniper entre nuestros cuerpos hasta que empieza a reírse y a patalear.

Debo admitir que sus carcajadas me dan la vida y que, cuando tengo un día malo, ella consigue que todo se solucione. Es mi persona vitamina.

Salimos de la casa de los padres de Cassie y nos dirigimos a mi coche.

Si es que a eso se le puede llamar así. Tiene tantos años como esos dos abuelos de ahí dentro y, aunque he pensado en deshacerme de él, me es imposible.

No porque mi economía no me lo permita, que también, sino porque lleva conmigo mucho tiempo y es el coche que me compré con mi primer sueldo.

Todavía recuerdo lo emocionada que me sentí cuando por fin pude conseguirlo, cuando por fin pude subirme en él y conducir por las calles de Vancouver.

En aquel momento Juniper no había nacido, ni siquiera estaba en mi mente quedarme embarazada.

Tampoco había conocido a Derek. Fue extraño.

No era un coche nuevo por aquel entonces y sigue sin serlo ahora, sin embargo, me lleva y me trae y hace su función como el más moderno del mercado.

—¿Estás lista? —pregunto.

—Claro, mamá. Siempre estoy lista.

Y arranco, dirigiéndonos a casa. Por fin a casa.