Marcando las normas (Wild Warriors 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El cuarteto solitario

Aaron

U n segundo.

O, mejor, dos.

Estoy intentando asimilar sus últimas palabras y buscar la forma de responder sin parecer un memo.

Claro que quiero. Joder, es evidente que quiero, ¿la habéis visto?

Porque yo llevo más de tres meses compartiendo cenas con ella y con la familia de Cassie, intercambiando bromas, algunas pullas y empujones, buscándola con la mirada y fantaseando…

¿Qué cojones estoy diciendo? Es mi amiga, es la madre de Juniper, es la cuñada de mi hermano y es intocable.

A pesar de todo, lo haría, joder si lo haría.

—Por supuesto que no —respondo al fin.

Porque casi que prefiero tenerla para mí solo.

—Lo suponía. Chicos, volvemos a ser tres —sentencia ella sin perder el buen humor que la caracteriza.

—Dejadla en paz —intercede Diddy y se acerca a Blue para apretarla contra sus brazos—. No le duraríais ni para un tentempié.

Blue les sonríe condescendiente, y sé que sería de esa forma, y no, no es porque haya pensado en ella. No de esa manera. Por supuesto que no de esa manera.

Doy un paso al frente con la intención de marcharme, porque ya me siento bastante ridículo con este tipo de pensamientos rondándome por la cabeza como para que se me note. Y sé que mi hermano en ese tipo de cosas es un artista. Y en otras tantas, si ya lo conocéis.

—Recordad lo que os he dicho —sentencio retomando la actitud de capitán del equipo con la mente fría y centrada en el próximo partido—.

Nada de desfases, mañana jugamos y os quiero focalizados en la victoria.

Estamos a nada y menos de clasificarnos en los playoff , y ese es nuestro principal objetivo.

—Sí, señor —responde Kai y me regala un saludo militar que no le devuelvo.

Qué payasos son y cómo los adoro. Ellos, todos, son el motivo principal por el que no dejé los Wild Warriors cuando las cosas se pusieron feas de verdad hace poco más de tres meses.

Mi hermano ha sufrido muchísimo, y yo no he sabido estar a la altura de las circunstancias.

He sido un cobarde de mierda por no haber cogido el toro por los cuernos antes y, aunque sé que Asher no me odia por ello, yo lo hago por los dos.

—¡Oye! —grita Blue, que se acerca corriendo—. ¿Vas a casa?

Se coloca a mi lado. Es una chica guapísima, joder, ese pelo negro azabache con esas ligeras sombras azuladas solo acentúan su belleza.

Sin embargo, lo mejor, lo que más me gusta de ella, es que siempre tiene una sonrisa que regalar, un comentario mordaz que dedicarte y que, a pesar de todo lo mal que puedan ir las cosas, se enfrenta a la vida con entereza.

No, no es que me haya contado demasiado, pero sé leer entre líneas y sé interpretar ciertas preguntas y respuestas que se hacen en las cenas de los sábados en casa de los Caldwell, esas a las que acudo porque han conseguido en poco tiempo que me sienta uno más.

Nada tienen que ver con las reuniones familiares de los Maddox donde todo es opulencia y falsedad.

He tardado mucho en darme cuenta.

—Claro. Necesito una ducha —rumio en voz alta.

Blue recorta la distancia y me olfatea.

—Ufff. —Mueve las manos frente a la nariz—. Sí que necesitas una ducha. Das asco.

—Gracias, tus piropos son los mejores del mundo. No necesitas mejorar en absoluto.

—Lo sé —sentencia riéndose, y un leve escalofrío me recorre la espalda cuando enreda su brazo en el mío.

Le sale tan natural que todavía me pilla desprevenido. Me encanta que sea una mujer de contacto.

—Y yo que pensaba que olía mal.

—No es para tanto. Cuando cambias pañales de una niña pequeña que se caga encima a todas horas, un poco de sudor se convierte en una minucia.

—Gracias por ser tan escatológicamente gráfica.

—De nada. Cuando quieras podemos hablar de los vómitos.

—Paso. —La empujo con la cadera, y Blue se ríe de nuevo.

Madre mía, lo mucho que me gusta esa risa.

Es oficial. Yo no quería ser un memo, y ya me veis, el primero de la lista o eso parece.

—¿Quieres que te lleve?

—¿Por favor? Es que Juniper no tardará nada en llegar del cole y todavía tengo que prepararle algo de almorzar, algo que sea comestible y que no haga que me amenace con denunciarme por ser la peor madre del mundo.

Y tengo turno esta tarde en Tide&Toast porque, ya sabes, tuve que cambiarlo para poder estar aquí hoy, en la entrevista.

Gillian me hizo el favor, y no quiero llegar tarde.

—¿Y qué tal hoy con Sloane?, parece buena chica.

—Todo lo que se rumorea de ella es real. No es que mi jefe en el Tide&Toast sea un capullo, porque no lo es. —Hace una breve pausa y frena sus pasos justo antes de llegar al ascensor—. Me acabo de dar cuenta de que no tengo ningún jefe capullo, oye, estoy en racha, ¿a que sí?

Asiento solo para confirmarle sus palabras.

—Es genial trabajar en un buen ambiente.

—Claro. Y ahora seremos compis.

—¿Compis? ¿Qué tienes?, ¿siete años?

—Casi. —Tira de mi cuerpo para que siga caminando—. Veintinueve. ¿Y tú?, ¿setenta?

—¿Qué dices? —Me río.

—Siempre tan recto, siempre tan cabal, siempre tan meticulosamente ordenado… Das asco, y esta vez no podrás sacarlo con una ducha ni con un jabón tan caro como todo mi armario.

—Mi jabón no es tan caro —contrataco y dejo a un lado el hecho de que me vea como un chico tan responsable y estirado. Porque no lo soy.

Quizá un poco.

Apenas.

—¿No me digas?

—Puedo enseñártelo cuando quieras —la reto—. Es de los normales, ya sabes.

—De los normales que usan los chicos con pasta.

Niego, porque Blue es imposible, de veras, la doy como caso perdido.

—No tengo tanta pasta —recalco la última palabra—. Lo normal.

—Qué injusta es la vida, no entiendo por qué no se me puede dar bien jugar al hockey .

No es tan complicado. —Le abro la puerta del coche, y ella se sube sin dudar.

Doy la vuelta y me sitúo frente al volante—.

Solo tienes que saber mover el stick , meter el disco en la portería, aguantar algunos golpes, dar otros tantos e insultar al árbitro.

En esto último tendría matrícula de honor.

—Por supuesto que sí.

—Y en repartir golpes. Yo nací para ser boxeadora. Lo que sucede es que tengo una hija y no quiero terminar en la cárcel.

—¿Te han dicho alguna vez que estás chalada? —Mi comentario no parece ofenderla en absoluto. A ese nivel de confianza hemos llegado, sí.

—Noah, esta mañana, por mensaje.

—Es un capullo —suelto.

—Sí, un capullo adorable —me explica y, a pesar de todo, siento el cariño que va implícito en sus palabras, incluso cuando esas mismas son insultos. ¿Qué? También se puede insultar con amor. Si no, que se lo pregunten a Art. O a Asher.

—Y deberías tener cuidado y evitar dirigirte a él de esa forma. Puede que esté loco por ti y por tu hermano, cómo no. —Pone los ojos en blanco, ese gesto es tan tan ella que no os imagináis—. Pero es un tipo duro.

—Yo también soy un tipo duro. —Mueve la cabeza negando—. ¿Qué? Lo machacaría.

—¿No me digas? Si eres como un osito de peluche. —¿Qué cojones? ¿Es así como me ve?—. Eres como Bolita.

—¿Se puede saber quién es Bolita?

—Es un gato, un gato que ya la ha palmado. El de los vecinos de los Caldwell. Estaba más en casa de Maddie y Carson que en su propia casa. Es probable que tenga algo que ver el hecho de que lo alimentaban mucho mejor.

—Que conste —intervengo— que me gustan los gatos y que podría cenármelos si quisiera. Porque soy fuerte como un león.

—Uhhh, me temo que alguien tiene el orgullo herido.

Por supuesto que sí.

—Ni de coña.

Blue me coloca una mano sobre el muslo, y me tenso bajo su contacto. Aparto la mirada, a riesgo de que podamos estrellarnos contra algo. Lo siento, no puedo perderme este momento. No puedo.

Marchando una de memo en tres, dos, uno…

—Entonces… —Carraspeo, y ella rompe el contacto—. ¿Conseguiste el trabajo?

Se endereza mientras aparco en la plaza de garaje del edificio en el que vivo desde no hace mucho.

—¿Lo dudabas? Ay, Aaron, yo siempre consigo lo que quiero, parece mentira que no lo sepas.

Baja del coche y avanza unos pasos, se cruza de brazos y me anima a que me ponga las pilas. Esta chica es de armas tomar, a ver quién le niega cualquier cosa que pida.

—Ya voy, ya voy. —Saco la bolsa del entrenamiento, y avanzamos hacia el ascensor.

—Subiré esta noche a llevarte sopa, cuando vuelva de mi turno.

—Clavo la vista en ella unos segundos y evito a toda costa detenerme en sus labios.

«Joder, Aaron, estás fatal»—. Y no me mires así, no está tan mal.

Además, te ayudaré a colocar algunas de esas cajas que llevan semanas adornando la entrada. Es una oferta irrechazable —me explica.

Cabeceo afirmando porque poco más puedo añadir.

—Yo pongo la cerveza y el partido.

Blue me sonríe y, cuando se baja en su planta, por fin respiro. Esta mujer va a acabar conmigo y ni siquiera es consciente de ello.