EPÍLOGO 2 - MERCY
Unos gritos en la puerta anuncian el regreso de Steel, Bones y Emma.
Stone llega a la puerta primero, más rápido de lo que lo he visto nunca. El resto salimos detrás de él: una ola de cuero, alivio y pánico apenas contenido.
Steel ya ha aparcado, Bones y Emma detrás de él. Antes de que Bones se detenga del todo, Emma salta del asiento trasero. Se arranca el casco.
Es diminuta —metro sesenta con zapatillas—, con el pelo oscuro de Stone recogido en un moño despeinado, ojos que han visto de todo. Vaqueros sucios y rotos en la rodilla, un rasguño en la mejilla, pero está entera. Está aquí.
Stone la alcanza en tres zancadas, la estrecha contra su pecho con tanta fuerza que a ella se le escapa el aire. Le tiemblan los hombros. Aparto la mirada. Ver a Stone derrumbarse es demasiado.
—Estoy bien, papá —dice Emma, con la voz amortiguada contra el chaleco de él—. Estoy bien.
—Más te vale —se le quiebra la voz—. Más te vale.
Se quedan así. Stone aferrado a su hija como si nunca fuera a soltarla, Emma dejándose.
Ella se aparta, se seca los ojos. Lee la abraza con fuerza.
—Nos tenías preocupados, hermanita.
Emma se vuelve hacia Bones, que está apoyado en su moto con los brazos cruzados, como si acabara de volver de hacer la compra y no de lo que quiera que haya pasado de verdad.
—Tú —dice Emma, y antes de que nadie pueda reaccionar, le suelta un puñetazo en el brazo.
Bones ni se inmuta. Solo sonríe.
—De nada, cisne.
—No me llames «cisne» —le golpea de nuevo, más fuerte esta vez—. Prometiste que dejarías de hacer eso.
—¿Hacer qué?
—¡Rastrearme sin decírmelo! —está a medio camino entre furiosa y aliviada—. ¿Dónde coño está esta vez, Bones? Destrozaron mi móvil y lo tiraron en el aeropuerto.
La sonrisa de Bones se torna avergonzada. Murmura:
—Omóplato.
La cara de Emma se pone roja como un tomate.
—¿¡ME PUSISTE UN PUTO RASTREADOR EN EL CUERPO SIN MI CONSENTIMIENTO!?
El aparcamiento queda en silencio absoluto.
—Era por tu seguridad...
—¿¡MI SEGURIDAD!? —se abalanza sobre él y Steel la agarra por la cintura—. ¡ME PUSISTE UN CHIP GPS EN EL CUERPO!
—Técnicamente está entre el omóplato y...
—¡ME DA IGUAL LA UBICACIÓN TÉCNICA! —forcejea contra Steel, que la sujeta con expresión resignada—. ¿Cuándo lo hiciste siquiera...? Oh, DIOS MÍO. El año pasado. Cuando «casualmente» estabas en la ciudad y ese «bicho» gigante me picó.
Bones tiene la decencia de parecer algo incómodo.
—Dejaste de ponerte el collar...
—¡Porque se rompió el cierre! —se libera y avanza hacia Bones, que sigue sin moverse de su moto—. ¿Me estás diciendo que ese collar también era un rastreador?
Bones cambia el peso de un pie a otro, calculando si la honestidad o la evasiva lo sacarán de esta con vida. Opta por la honestidad.
—Puede.
El chillido de Emma podría romper cristales.
—¿¡PUEDE!?
—Tenía una batería de cinco años, y te encantaba ese collar...
—¡ME ENCANTABA PORQUE PENSÉ QUE MI...! —se detiene de golpe, respira hondo para calmarse—. Pensé que era un regalo con cariño de un amigo. No tenía ni idea de que lo usabas para vigilarme.
Se le descompone el rostro, y algo se me retuerce en el pecho. No es solo enfado, es dolor. Traición. Esto va más allá de un rastreador entre ellos. Aquí hay historia.
—Emma —dice Bones, y su voz se ha suavizado como nunca se la había oído—. No es lo que piensas.
—Entonces, ¿cómo es? —se le quiebra la voz—. Porque a mí me parece que llevas años espiándome. Tratándome como... como un activo más en vez de como una persona.
—Te mantuve con vida.
—¿¡A QUÉ PRECIO!? —se vuelve hacia él—. ¿Tienes idea de lo espeluznante que es esto? De lo que supone como violación...
—Sé perfectamente cómo queda...
—¿¡EN SERIO!? Porque parece que eres un psicópata controlador que lleva años acosándome.
—Te equivocas. Parece un hombre que sabe lo peligroso que es este mundo y te mantiene a salvo —replica Bones—. Lo cual, por cierto, ha funcionado de puta madre esta noche, ¿no?
Eso los frena en seco. Por un momento, solo se miran: Emma con la respiración agitada, Bones completamente inmóvil.
—No es eso —dice al fin, pero le tiembla la voz.
—Es exactamente eso —Bones se aparta de su moto, y el movimiento lo deja cara a cara con ella—. Te secuestraron profesionales. Destrozaron tu móvil. Nadie sabía dónde estabas. Pero yo sí. Te encontré. Y si no lo hubiera hecho...
—¡Si no lo hubieras hecho, me las habría apañado yo sola!
—Claro. Porque tenías la situación controladísima.
—¡Tenía un PLAN!
—¿Qué plan? ¿Escapar a base de piruetas de tres tíos armados?
—Eso es... tú eres...
Se le traba la lengua y de repente gira hacia la entrada del club.
—No puedo con esto. Ni siquiera puedo mirarte.
Sale disparada hacia la entrada y Bones la sigue.
—Emma, espera...
—¡NO! ¡Nada de esperar! ¡Nada de hablar! ¡Se acabó!
Abre la puerta de un tirón.
—¡SIETE AÑOS, BONES! ¡Llevas SIETE PUTOS AÑOS rastreándome!
—Más bien seis y medio...
—¡AH, BUENO, ESO LO HACE MUCHO MEJOR!
Desaparecen dentro y sus voces resuenan.
—Por eso siempre «aparecías por casualidad», ¿verdad?
La voz de Emma llega a través de la puerta abierta.
—¿La cafetería de la calle 52? ¿La tienda de al lado de mi apartamento? ¿Ese restaurante de Brooklyn al que no había ido nunca?
—Estaba vigilándote...
—¡ME ESTABAS ACOSANDO!
Algo se estrella.
Stone se mueve hacia la puerta, pero Tank lo agarra del brazo.
—Dale un minuto, jefe.
—Acaban de secuestrarla...
—Y lo está asimilando —dice Maggie—. Deja que se desahogue.
Entramos todos en fila y encontramos a Emma yendo de un lado a otro al pie de las escaleras mientras Bones permanece con los brazos cruzados, como si le estuviera echando la bronca un tornado muy pequeño y muy cabreado.
—¿Sabes qué es lo peor?
Emma se vuelve hacia él.
—Cada vez que te «encontraba», yo pensaba...
Se interrumpe y niega con la cabeza.
—Da igual.
—¿Pensabas qué?
—¡NADA! ¡No importa!
—Emma...
—¿Mi apartamento sigue aquí? Necesito alejarme de ti antes de cometer un asesinato.
—Arriba —dice Stone—. Pero, Emma, no es...
—Ya sé dónde está, papá. Solo llevo viviendo aquí toda la vida.
Sube las escaleras como una tromba.
Bones hace ademán de seguirla, pero la mano de Stone le cae en el hombro.
—Bones.
La voz de Stone es calmada. Peligrosamente calmada.
—¿Hay algo entre tú y mi hija?
Bones se queda inmóvil. Durante un largo momento, no responde, solo mira fijamente las escaleras por donde Emma desapareció. Todos en la sala contienen la respiración.
—He hecho lo que me pediste —dice Bones por fin, con voz deliberadamente neutra—. Vigilarla.
—Eso no es lo que...
—¿QUIÉN COÑO ESTÁ VIVIENDO EN MI APARTAMENTO?
El grito de Emma corta la tensión, y Bones aprovecha la oportunidad para subir las escaleras corriendo tras ella.
Cash hace una mueca a mi lado.
—Ah. Eso.
—¡HAY ROPA EN MI ARMARIO! ¡EL CHAMPÚ DE OTRO EN MI DUCHA!
Más estruendos desde arriba.
—¿ESO ES... ES UNA MAQUINILLA DE HOMbrE?
La voz de Bones baja flotando por las escaleras.
—Técnicamente, el apartamento nunca fue tuyo. Dijiste que no querías quedarte con un montón de moteros sudorosos... palabras textuales.
Hago una mueca. Eso fue posiblemente lo peor que podría haber dicho.
—¡TÉCNICAMENTE PUEDES IRTE A LA MIERDA!
—Emma...
—¡NO! ¡Acaban de secuestrarme, me entero de que mi amigo de más confianza me ha estado rastreando como a un animal salvaje, y ahora hay alguien viviendo en mi sitio!
Se le quiebra la voz.
—Solo... necesito que una cosa esté como la dejé. ¡Solo UNA cosa que siga siendo mía!
El dolor en bruto de su voz me oprime el pecho. Cash me aprieta la mano.
La voz de Bones se suaviza.
—Todo lo tuyo es tuyo, Emma. Tu espacio, tu vida, tus decisiones... nunca quise quitarte nada de eso.
—Entonces, ¿por qué siento que ya lo hiciste?
Silencio.
—¡Porque nunca pides ayuda hasta que es demasiado tarde! Porque me paso la vida cruzando el país para salvarte el culo de tus propias malas decisiones.
—Entonces deja de salvarme. ¡Ni siquiera necesito tu ayuda!
—¡La necesitaste esta noche!
—¡Una vez! ¡Necesité ayuda UNA VEZ en siete años!
—¡Necesitaste mi ayuda en Las Vegas! ¡Necesitaste mi ayuda cuando ese director cabrón intentó acorralarte en el camerino! ¡Necesitaste mi ayuda cuando tu supuesta compañera de piso te robó el dinero del alquiler y eras demasiado orgullosa para llamar a Stone!
—Eso fue diferente...
—¿Cómo? ¿CÓMO ES DIFERENTE?
La voz de Bones sube hasta igualar la de ella.
—Siempre, Emma. Cada vez que estás herida, o asustada, o metida en un lío, o simplemente jodidamente sola... ¿a quién llamas?
Observo el rostro de Stone mientras la pregunta de Bones flota en el aire.
Tiene la mandíbula apretada, los ojos clavados en las escaleras como si intentara contenerse para no subir corriendo a separarlos.
La mano de Maggie le busca el brazo, un recordatorio silencioso de que deje que esto siga su curso.
—A ti —dice Emma por fin, con voz apenas audible—. Siempre te llamo a ti.
Más silencio. Entonces Bones habla, y su voz ha perdido todo el filo.
—Exacto. A mí. No a tu padre. No a Lee. A mí. Porque incluso de niños, sabías que yo era la única persona en la que podías confiar para aparecer. Sin juzgarte. Sin preguntas. Simplemente ahí.
Se le quiebra un poco la voz.
—Así que sí, te rastreé. Y sí, debería habértelo dicho. Pero no te atrevas a quedarte ahí parada diciéndome que te quité algo cuando lo único que he hecho siempre es aparecer cuando me necesitabas.
El silencio que sigue es sofocante. Miro a Stone, que aprieta la mandíbula como si masticara cristal. Lee parece listo para subir él mismo. Cash me pega contra su costado.
Maggie habla primero.
—Eso es una pelea de enamorados como la copa de un pino.
—Estás hablando de mi hermana pequeña —escupe Lee.
—Y de mi hija —añade Stone.
—Por favor —se burla Maggie—. Es una mujer de veintiocho años que pasó una década bailando profesionalmente en Nueva York. No es ninguna florecilla delicada.
—Acaba de ser secuestrada —contraataca Lee.
—Y está arriba plantándole cara a un hombre que le saca treinta centímetros y cuarenta kilos —señala Maggie—. Creo que se las está apañando bastante bien.