EPÍLOGO 1 - CASH
En los días posteriores al arresto de Gabriel, el club entró en modo fiestas. Ginger decidió que teníamos que tirar la casa por la ventana este año, y ahora el lugar parece que la Navidad hubiera vomitado por todas partes.
Y digo por todas partes.
La barbacoa navideña anual es este fin de semana, y Emma, la hija de Stone, viene a casa como invitada de honor.
Maggie tiene a Duck subido en una escalera colgando luces.
Ginger dirige a los prospectos que cargan cajas de decoraciones.
Tank lucha con el nuevo Santa Claus inflable del jardín: una monstruosidad de seis metros que sostiene dos cervezas y vomita espumillón sobre un letrero parpadeante del Polo Norte.
Kya y Lee cuelgan luces en la entrada, amenazando con electrocutarse mutuamente dos veces por hora.
Dentro, la energía es salvaje y contagiosa.
Nadie lo admite, pero todos estamos en shock por lo rápido que todo estalló en libertad.
Especialmente Mercy, que está sentada a mi lado, con el portátil entre nosotros mientras miramos casas.
Es una mierda normal y doméstica que me aprieta el pecho de una forma rara pero buena.
—Esta tiene tres habitaciones —dice Mercy—. Garaje con espacio de sobra para dos motos. Y mira, tiene jardín.
—¿Para qué? ¿Vamos a tener un perro?
—Quizás —sonríe—. O simplemente un sitio donde puedas currar con las motos sin que Duck se queje de que le ocupas espacio en el taller.
—A Duck le encanta que esté en el taller. Así tiene a alguien a quien mangonear.
—A Duck lo que le encanta es quejarse. No es lo mismo.
Tiene razón. Siempre tiene razón en estas cosas.
La casa es perfecta: pequeña pero no demasiado, a unos diez minutos del club. Lo bastante cerca para cuando haga falta, lo bastante lejos para tener nuestro propio espacio.
Nuestro propio espacio. Todavía me estoy haciendo a la idea.
—¿De verdad quieres hacer esto? —pregunto—. ¿Comprar una casa? ¿Echar raíces?
—¿Contigo? —cierra el portátil y se gira para mirarme—. Sí. De verdad que sí.
La beso porque puedo. Porque es mía y yo soy suyo y Gabriel se pudre en una celda esperando juicio. Porque por primera vez en mi vida, el futuro parece algo que deseo en lugar de algo que aguantar.
Antes de conocer a Mercy, apenas podía pensar más allá del día siguiente. El futuro era una amenaza sin forma, algo que me tragaría entero y me dejaría solo y consumido, como siempre.
Ahora miro tipos de interés de hipotecas y me pregunto si deberíamos tener un perro.
El cambio es casi aterrador. No aterrador como la violencia, sino aterrador como pisar suelo firme cuando te has pasado la vida esperando que se agriete.
Mercy habla de colores de pintura, y me doy cuenta de que esto es real.
No es una fantasía de la que vaya a despertar.
No es algo que me vayan a arrebatar en cuanto crea en ello.
Ese niño de la calle que nadie quería por fin tiene un futuro.
Poppy aparece desde la cocina, con la pequeña Rose atada al pecho. Parece cansada pero feliz, con el pelo recogido en un moño desaliñado, en pantalones de chándal y una de las camisetas de Axel.
—No me puedo creer que me lo perdiera —dice, dejándose caer en el sofá junto a nosotros—. El gran enfrentamiento. El arresto de Gabriel. Todo.
—Tienes una bebé —le recuerda Mercy—. Estás perdonada.
—Aun así. Quería verle la cara cuando Morrison le puso las esposas —Poppy ajusta a Rose—.
Pero no me voy a perder la Navidad. Ni el Año Nuevo.
Axel me prometió que vamos a ir a todas las fiestas, a todas las reuniones.
Llevo semanas encerrada en casa. Necesito interacción adulta que no gire en torno a horarios de tomas.
—Rose tiene unos tres meses —señalo.
—Tres meses y dos semanas. No es que lleve la cuenta —sonríe—. Pero en serio, voy a ir a todo. Decorar galletas, villancicos...
—¿Vamos a cantar villancicos? —miro a Mercy horrorizado.
—Pues sí —está intentando no reírse—. Es una nueva tradición del club. Vamos a ir por el barrio repartiendo espíritu navideño.
—Yo no reparto espíritu navideño.
—Pues ahora sí. Vas a llevar un jersey hortera y todo.
—Ni de coña.
—Ojo con el vocabulario —dice Andi, aunque sus hijos están demasiado ocupados enterrando a Steel, o como ellos lo llaman, Fairy Floss, en el papel de regalo del año pasado como para oírme.
Steel emerge de la avalancha de papel con cara de resignación.
—¿Una ayudita?
—No —dice Bones desde su sitio junto a la ventana. Lleva una hora pegado al móvil, mirándolo cada pocos minutos—. Te metiste en ese lío tú solito.
—Tienen dos años y medio. Me tendieron una emboscada.
—Tendrías que haber sido más rápido.
Abby aparece al lado de Steel con espumillón en la mano.
—¿Otra vez?
—No. Nada de espumillón. Parezco un...
Ella se lo tira en la cabeza de todos modos. Adam se acerca dando tumbos para ayudar, muerto de risa.
—¡Fairy Floss bonito!
—Me rindo —Steel se sienta, resignado a su destino como árbol de Navidad humano—. Esta es mi vida ahora.
Mercy se ríe tan fuerte que le saltan las lágrimas.
—Hazle una foto. Esto es perfecto.
Lo hago porque tiene razón. Steel cubierto de espumillón, con cara de mártir mientras los críos celebran su victoria, es exactamente el tipo de mierda que hay que documentar.
—Voy a por café —dice Poppy, todavía riéndose mientras se levanta—. ¿Alguien quiere?
—Yo —dice Mercy, y la sigue para echarle una mano.
Las veo marcharse. Dos mujeres que se han convertido en hermanas en lo que de verdad importa.
—Pareces feliz —observa Bones, dejando el móvil.
—Lo soy.
—Bien. Te lo mereces.
Lo dice como si fuera un hecho. Como si me lo hubiera ganado de alguna manera.
Quizás lo haya hecho. Quizás sobrevivir a toda esa mierda, elegir no convertirme en ella, luchar por algo mejor... quizás eso cuenta. Quizás el MC tenía razón: tu pasado no define tu valor. Tus decisiones sí.
—¿Y tú? Pareces tenso.
—Solo espero a que aterrice el avión de la princesa. Stone me arrancará las pelotas si llego tarde a recoger a Emma.
La hija de Stone es una leyenda del club —dependiendo de quién cuente la historia— y su vuelta a casa por Navidad ha mantenido a Stone en tensión incluso antes del enfrentamiento con Summit.
Pero hay algo más en Bones, una tensión extra, como si estuviera sujetando una granada e intentando que no veamos que ya ha quitado la anilla.
—¿Seguro que eso es todo?
Bones no se pone nervioso, no mira el reloj cada dos por tres. Está impaciente por algo.
—Todo va bien —sonríe Bones—. Solo disfruto de este raro momento de paz. El club funciona de maravilla. Summit anda en apuros. La peor persona del mundo está entre rejas por las fiestas. Es como si el universo nos estuviera haciendo un regalo anticipado.
—¿Seguro que es solo eso? Pareces emocionado o algo.
Se encoge de hombros.
—¿Cómo van las costillas? —Hace un gesto hacia mi cara, que por fin empieza a parecer humana otra vez.
La hinchazón ha bajado, los moratones se van desvaneciendo hacia el amarillo verdoso.
—Mejor. Aunque todavía no puedo estornudar sin querer morirme.
—Dale otra semana.
Duck grita:
—Que alguien coja este extremo antes de que se me caiga todo.
Tank corre hacia él, casi tropieza con Adam, recupera el equilibrio.
—Ya lo tengo.
—Cuidado, bestia. Estas son las luces buenas de Maggie.
—¿Hay luces buenas?
—Ni idea. Maggie las llama así. Para mí, todas son iguales.
Maggie aparece como si la hubieran invocado.
—Robert Alan Mallory, no son iguales. Estas son LED con temporizador y...
—¡Lo siento! —Duck levanta las manos—. Son luces preciosas. Las mejores. Valen cada céntimo.
—Y que lo digas.
Maggie se aleja, satisfecha.
Tank le sonríe a Duck.
—Calzonazos.
—No te haces una idea.
Pero Duck está sonriendo.
Esto es una familia de verdad. No la sangre. No la obligación. Solo gente que está ahí. Que cuelga luces de Navidad y cuida de los hijos de los demás y celebra cuando pasa algo bueno, y a veces incluso cuando no.
Stone sale de su despacho.
—Bones, ¿Steel y tú estáis listos para salir?
Bones se levanta de un salto.
—El vuelo de Emma aterriza en dos horas. Deberíamos irnos ya para evitar el tráfico.
—Bien. Mantenme informado.
—Hecho.
Stone lleva días obsesionado con que todo sea perfecto para la visita de Emma. Hace años que no tiene la Navidad libre porque siempre está bailando El Cascanueces, y ella no ha parado de mandar mensajes sobre galletas, decoraciones y la barbacoa. Así que él dice que sí a todo.
—Dile que conseguimos el Santa hinchable —dice Tank—. El que parece borracho.
—No pienso decirle a mi hija que tenemos un Santa borracho —dice Stone, pero está sonriendo.
—¿Por qué no? Le encanta la decoración del jardín.
—Le encantaba cuando tenía doce años. Ahora tiene veintiocho.
—Casi veintinueve —añade Maggie.
Tank murmura algo sobre que nunca se es demasiado viejo para disfrutar de la Navidad, y Stone niega con la cabeza, sonriendo mientras vuelve a su despacho.
Cuando Bones y Steel se van, veo a Mercy y Poppy volver con café. Mercy se ríe de algo que ha dicho Poppy, con la cara iluminada, y mi pecho hace eso otra vez. Esa presión que antes me asustaba pero que ahora me sabe a hogar.
Me pasa una taza, me besa la sien.
—¿Estás bien?
—Sí. Pensando.
—¿En qué?
—En la suerte que tengo.
Su mirada se suaviza. Se acomoda en el sofá a mi lado, acurrucándose contra mi costado bueno.
—Vas a hacerme llorar, y acabo de arreglarme el rímel.
—No llores. Guárdatelo para cuando estemos solos y pueda aprovecharme de tu vulnerabilidad emocional.
Me da un golpe en el pecho.
—Eres terrible.
—Te encanta.
—Por desgracia.
Pero está sonriendo.
Rose empieza a quejarse, y Poppy la mece.
—Alguien tiene hambre. Será mejor que...
—Ve —dice Mercy—. Aquí nos apañamos.