MERCY #2
He pasado tanto tiempo sin confiar en nadie. Quizá esa sea la prueba ahora: aprender a confiar cuando más importa. Dios, qué difícil es.
Josie entra en el aparcamiento del club; el prospecto de guardia nos hace señas para que pasemos. Cuando salimos del coche, Steel ya se ha bajado de la moto y sujeta la puerta. Nos mete dentro a toda prisa y luego se apostilla junto a la ventana, todo él un centinela.
Dentro, la sala principal está en silencio absoluto: sin música, sin risas, ni siquiera las discusiones habituales de madrugada sobre quién debe la cerveza.
Me dirijo a la cocina, ignorando las miradas críticas de los que merodean por la mesa.
Me sirvo otra taza de café y no protesto cuando Kya añade un chorro de whisky «para los nervios».
Se sirve uno solo para asegurarse, y nos sentamos a la maltratada mesa de la cocina, fingiendo que la cafeína y un chorrito de licor podrían bastar para mantener el pánico a raya.
Josie recorre el perímetro de la habitación con el teléfono pegado a la oreja mientras hace llamadas.
Su voz de abogada es pura precisión y amenaza, lo bastante afilada como para cortar la burocracia municipal si quisiera.
Mantengo medio oído en su conversación mientras el resto de mí se esfuerza por captar cualquier sonido de la puerta principal, de la familia que tomé prestada lanzándose a la oscuridad tras mi hombre.
Kya me observa por encima de su taza de café.
—¿Estás aguantando? —dice, inclinándose sobre la mesa para apretarme el brazo.
Josie termina su tercera llamada y se vuelve hacia nosotras con la boca convertida en una línea fina.
—La jueza Martínez no está nada contenta de que la despierten a las dos de la mañana.
Se me cae el alma a los pies.
—¿Eso significa que no va a...?
—Pero —continúa Josie— cuando le expliqué que Gabriel ha pasado a secuestro y agresión, accedió a tramitar una orden de emergencia.
Ahora mismo va camino de su despacho para firmar el decreto.
Dado que Gabriel está usando su placa y tu matrimonio para aterrorizarte, está dispuesta a retrotraerlo al lunes, cuando presentamos la demanda.
Consulta el teléfono.
—El secretario del juzgado quedará con ella allí. Deberíamos tener confirmación en menos de una hora.
—¿Eso es siquiera legal? —murmura Kya.
—Es irregular —admite Josie—. Pero los jueces tienen amplia discreción en casos de abuso policial y peligro inminente. Gabriel ha cruzado una línea esta noche. Martínez quiere eliminar cualquier pretensión legal que él crea tener sobre Mercy.
Esperamos en tenso silencio. Miro fijamente mi taza de café, recordando la vajilla de porcelana que Gabriel insistió en incluir en nuestra lista de bodas.
Royal Albert, modelo Old Country Roses. Rompí una taza de té una vez, y me obligó a quedarme de pie en la esquina del comedor sujetando los pedazos con los puños cerrados durante una hora.
«Para que recuerdes tener más cuidado con las cosas bonitas».
Pasan veinte minutos. Kya rellena nuestras tazas, solo whisky esta vez. Ninguna de las dos lo toca.
Pienso en el puesto de profesora que rechacé porque exigía comprobaciones de antecedentes que Gabriel habría rastreado.
El apartamento con jardín que no pude alquilar porque el casero quería referencias, y no tenía a nadie en quien confiara para responder por mí sin conducir a Gabriel directo a mi puerta.
Veinticinco minutos. Steel se remueve junto a la ventana, mira el móvil, vuelve a vigilar.
Todas las cosas normales que no podía hacer porque huir significaba permanecer invisible. Cada decisión medida por el riesgo de que él me encontrara.
Treinta minutos. Levanto la taza y doy un trago largo que me quema.
Pero también... esa primera vez que me comí una pizza entera yo sola sin que nadie contara las porciones.
El tatuaje que me hice a las dos de la madrugada simplemente porque me dio la gana.
La noche que bailé en Devil's hasta que me salieron ampollas en los pies y nadie me dijo que estaba haciendo el ridículo.
Cash.
Treinta y cinco...
El móvil de Josie vibra.
Todas nos quedamos paralizadas. Mira la pantalla sin que le cambie la expresión. Luego abre el mensaje y recorre con los ojos lo que pone.
—Está hecho.
Se le ilumina la cara con una sonrisa.
No puedo respirar.
—¿Qué?
—El decreto está firmado y registrado. Mercy...
Me mira y le cambia el tono.
—Estás oficialmente divorciada.
Las palabras no tienen sentido. Son solo sonidos flotando en el aire.
—Estoy...
Se me quiebra la voz. La habitación se inclina.
—¿Soy libre?
—Eres libre, Merc —dice Kya con suavidad, y me tiende los brazos.
Libre.
Trece meses huyendo. Mirando por encima del hombro. Sobresaltándome con cada llamada inesperada. Con el nombre de Gabriel cerniéndose sobre todo como una nube de tormenta. Siendo Mercedes incluso cuando intentaba ser Mercy.
Se acabó.
El sollozo que me sale no suena humano. Los brazos de Kya me rodean mientras me derrumbo contra ella, temblando entera. Lloro tan fuerte que no puedo respirar... años de miedo, de control, de menosprecio que se desbordan de golpe.
—Se acabó —jadeo contra el hombro de Kya—. De verdad se acabó.
—Se acabó —confirma, abrazándome fuerte.
Pero incluso mientras el alivio me inunda, el terror le pisa los talones. Porque soy libre, pero Cash sigue ahí fuera. Sigue con Gabriel. Sigue...
El rugido de las motos lo atraviesa todo.