Marcado en piedra MERCY
52%

MERCY

Los espasmos me despiertan primero. Luego ese sonido bajo y desesperado, casi un gemido. Cash está retorcido entre las sábanas a mi lado, el rostro contorsionado bajo la luz pálida.

—No. Por favor. No quiero... —Su voz suena débil, asustada. Nada que ver con el hombre seguro que me sostuvo en la bañera hace unas horas.

—Cash. —Le toco el hombro con suavidad—. Cariño, despierta.

Se aparta bruscamente de mi mano, todavía atrapado en la pesadilla.

—He dicho que no. No quiero...

Contengo el aliento. Conozco ese tono, ese tipo de súplica.

Incluso me he oído a mí misma emitir sonidos así.

En pesadillas donde Gabriel está de pie sobre mí y yo intento explicar, intento defenderme, sabiendo que no importará porque él ya ha decidido cuál es la verdad.

Pero nunca pensé que oiría a Cash así: este hombre grande y protector que me hace sentir invencible, reducido a un niño asustado rogándole a alguien que pare. Se me rompe el corazón.

—Cash, soy yo. Soy Mercy. Estás a salvo. —Mantengo la voz suave pero firme—. Estás en la sede del club. Estás a salvo.

Abre los ojos de golpe, salvajes y desorientados.

Por un momento parece no reconocerme, con todo el cuerpo en tensión, listo para luchar o huir.

Tiene los puños apretados contra los ojos como si intentara arrancarse el sueño.

No lo toco de nuevo, todavía no. Sé por experiencia dolorosa que el contacto directo puede hacer que despertar sea aún más cruel.

Me muevo para que pueda verme mientras vuelve en sí.

Los músculos de la mandíbula se le tensan con fuerza, la respiración jadeante entre dientes apretados.

Por un segundo, parece que preferiría morir antes que mirarme.

—¿Mercy? —Se le quiebra la voz.

—Sí, cariño. Solo ha sido una pesadilla.

Se frota la cara con las manos, respirando con dificultad.

—Joder. Lo siento. No quería...

Se queda paralizado. El bulto bajo las sábanas es evidente, y cuando baja la mirada y se da cuenta, todo su cuerpo retrocede como si la vergüenza irradiara desprecio hacia sí mismo.

—Estoy bien. Vuelve a dormir.

No lo hago. Me abrazo las rodillas, creando distancia para que no pueda confundir esto con lástima o repulsión.

—Nunca tienes que disculparte conmigo —digo, con voz suave pero que no admite réplica.

Su respiración no se calma. Ni siquiera puede mirar hacia mí.

Las sábanas están apartadas de una patada y su piel brilla; el tatuaje del hombro se tensa mientras intenta controlarse.

Hay una extraña violencia en la intensidad de sus temblores.

Lo entiendo más de lo que quisiera: el cuerpo volviéndose contra uno mismo, obligándote a revivir algo una y otra vez hasta que no eres más que un nervio en carne viva con forma humana.

—¿Quieres hablar? —ofrezco.

—No —murmura con la voz estrangulada—. Solo... joder.

Lo observo, veo cómo se le tensan los músculos bajo la vergüenza.

No es la pesadilla lo que lo sacude, sino la vulnerabilidad que viene después, la incapacidad de ocultar lo que lo desencadenó.

Intenta darse la vuelta para alejarse. Lo detengo antes de que pueda escapar, con la palma plana contra su pecho, sin empujar, solo anclándolo.

—Cash. —Convierto mi voz en un ancla, real y calmada—. Sabes que no me asusto fácilmente, ¿verdad?

No dice nada, con la mandíbula tensa, mirando fijamente un punto en el techo como si pudiera tragárselo entero.

—Pase lo que pase, sea lo que sea ese sueño... no me importa. No me voy a ir a ninguna parte. Y mucho menos porque hayas tenido una mala noche.

No responde, y durante un rato está bien así.

Quizá lo único que necesita es que sea testigo sin intentar arreglarlo.

No soy la única que necesita protección.

Cash ha pasado meses siendo mi fortaleza, mi escudo, el muro entre Gabriel y yo.

¿Pero ahora mismo? Me necesita a mí para ser la suya.

Así que me quedo en silencio con él. Le hago compañía.

Pero entonces su respiración se vuelve extraña, y me doy cuenta de que es lo otro lo que le molesta.

El bulto evidente bajo la sábana, las secuelas del sueño todavía latiendo en su cuerpo.

No me burlo de él ni hago ninguna broma, no esta vez. Solo le cojo la muñeca y le llevo la mano a mi pecho, sobre el corazón, sosteniéndola allí para que tenga prueba de que estoy serena, de que soy real y de que no tengo ni pizca de miedo.

Se le entrecorta la respiración. Entonces se incorpora de golpe, agarrándome la mandíbula con ambas manos, besándome como quien bebe agua después de una semana en el desierto: desesperado, brutal, como si lo único que lo mantuviera vivo fuera ahogarse en mí.

No me aparto. Lo acepto todo, cada segundo que magulla, cada roce de sus dientes, cada sabor salado de lágrimas.

Le tiemblan las manos con tanta fuerza que siento las vibraciones en el cráneo.

—Lo siento —murmura, pero las palabras salen rotas, aplastadas contra mi boca—. Dios, Mercy, lo siento muchísimo.

Lo beso con más fuerza, negándome a dejarle pedir perdón por algo que no puede controlar.

Quiero arrancarle la vergüenza de la piel, desnudarlo hasta que no sea más que terminaciones nerviosas y necesidad.

Su sabor es sal y sudor, y me llena la boca de un hambre que ya ni siquiera es sexual, solo elemental.

—No lo sientas —digo, mordiéndole el labio inferior, tirando de él hasta que jadea—. ¿Me oyes? Nunca te disculpes por sobrevivir. No conmigo.

Me agarra la cara como si necesitara prueba de que soy real, y por primera vez desde que lo conozco, la máscara de Cash ha desaparecido.

Cada defensa. Cada muro que ha construido para impedir que el mundo vea lo que hay debajo.

Ahora solo estamos nosotros, los dos destrozados y despiertos, aferrándonos el uno al otro como si soltarnos significara morir.

Lo empujo hacia atrás, me subo a su regazo, lo monto a horcajadas y me apoyo con las manos a cada lado de su cara.

Sigue intentando decir algo, pero lo corto con otro beso, tragándome cada protesta.

Su polla está dura como el acero contra mí, tensa, furiosa, como si fuera la única parte de él que sobrevivió intacta al sueño.

Me froto contra él, despacio, ajustándome hasta que la fricción es insoportable.

Se estremece, con las manos aferrándose a mi cintura tan fuerte que sé que mañana tendré moretones.

—Joder, Mercy —dice, y ahora su voz es más animal que humana—. Qué bien se siente. Pero no tienes que…

—Quiero hacerlo —lo interrumpo—. Déjame ahuyentar a los demonios. Déjame ser en quien te refugias.

Porque así es el amor cuando has sobrevivido.

No son grandes gestos ni palabras bonitas, sino esto: estar presente cuando alguien se desmorona.

Acompañar su trauma sin intentar arreglarlo.

Ofrecer placer como antídoto al dolor, no porque debas, sino porque quieres que recuerde que es más que lo que le hicieron.

—¿Puedo hacer eso por ti? —susurro, y él asiente, embiste hacia arriba contra mí y deja escapar un gemido.

Le beso la mandíbula, la sal de nuestras lágrimas se mezcla mientras deslizo la lengua hasta su garganta, su clavícula, el tatuaje que dice MUERTO POR DENTRO en un arco sobre su corazón.

Lo muerdo, chupo hasta dejar una marca, y todo su cuerpo se arquea.

Sus manos encuentran mi pelo, se anclan mientras bajo por su pecho, depositando besos con la boca abierta en cada cicatriz, cada moretón, cada recuerdo con el que su cerebro intentó torturarlo en la oscuridad.

No le quito los ojos de la cara mientras bajo.

—¿Está bien esto?

—Mercy. Joder. Yo…

—Está bien si quieres decir que no. Solo pensé que quizá preferirías pensar en mí en lugar de…

—Quiero —dice.

Sus manos se cierran en puños sobre la sábana, luego en mi pelo.

—Es todo lo que quiero. Lo único que quiero.

Así que le muestro lo que significa volver a uno mismo, ser remodelado por otro tipo de hambre.

Me tomo mi tiempo, voy bajando con besos por su pecho tatuado mientras dejo que mis uñas recorran suavemente el fino rastro de vello hasta su ombligo.

Tiembla en silencio, todo su cuerpo tan tenso que temo que se rompa si me muevo demasiado rápido, pero también si voy demasiado lento.

Cuando por fin aparto las sábanas y dejo su polla al descubierto, se sacude como si mi contacto fuera lo primero que le ha hecho sentir bien.

No me ando con juegos. No me entretengo.

Simplemente le rodeo con la mano y me inclino, lo lamo de arriba abajo y luego me lo meto en la boca tan profundo como puedo.

Cash emite un sonido que nunca le había oído, un gemido destrozado, sin tono, puro animal.

Sus manos se aferran a mis hombros, aprietan demasiado fuerte, como si no confiara en sí mismo para soltarme.

No me importa si me deja moretones. Quiero que lo haga.

Quiero ser la prueba, grabada en las células de su cuerpo, de que nada de su pasado puede tocarlo cuando está conmigo.

—Joder, ángel —dice con voz ronca, tan grave que es casi infrasonido—. No tienes que… oh, joder, es increíble…

Emito un murmullo con él en la boca, lento y constante, y gime como si se estuviera muriendo. Quiero ser tan buena en esto como él lo es destrozándome. Quiero borrar cada recuerdo de mierda solo con el calor de mi boca.

Se deshace rápido. Más rápido de lo que esperaba. Quizá sea la pesadilla, quizá el agotamiento, pero apenas dura un minuto antes de que su cuerpo se tense por completo, las manos clavadas en mi nuca mientras jadea un único y roto «Joder», y se derrama en pulsos calientes y salados sobre mi lengua.

Trago sin apartar los ojos de su cara. Parece que sufre, o quizá solo está en estado de shock. No sé de qué otra forma ayudarlo, así que me arrastro de vuelta a su lado y me acurruco contra él, con los dedos apoyados suavemente sobre su corazón acelerado.

Durante un buen rato, no dice nada. Solo se queda ahí, respirando, procesando.