MERCY #2
En algún momento, las chicas del club logran controlar a las gemelas diciéndoles que pueden ayudar a envolver regalos en la habitación de al lado, y de repente volvemos a quedarnos solo los adultos.
—Pobre Steel —digo una vez que los niños están fuera del alcance del oído—. Fairy Floss va a quedarse, ¿verdad?
—Desde luego —confirma Ginger—. Para la cena, todo el club lo sabrá.
Steel gime, desplomándose en la silla.
—Me costó tanto conseguir un nombre molón.
—Podría ser peor —ofrece Ginger—. Hubo una época en que todos llamaban a Nitro «Chillón» durante seis meses.
—Sí, pero él todavía era un crío, ¿no? —dice Steel—. Apenas le habían bajado los huevos.
—Y aquí tenemos a Steel, ya todo un adulto y demasiado blandito para su propio bien —bromea Poppy.
La puerta se abre y Maggie entra cargando una caja que traquetea con cada paso.
—¿Por qué está Tank fuera intentando reparar un Papá Noel hinchable que parece haber pasado por la explosión de un laboratorio de metanfetamina?
—Porque no tiene gusto —dice Ginger de inmediato.
Maggie deja la caja sobre la mesa con un resoplido y me echa un vistazo.
—Me han dicho que has tenido una mañana difícil.
Las noticias vuelan en el MC.
—Estoy bien.
—Claro que sí. Eres dura de pelar bajo toda esa belleza.
Empieza a sacar adornos, cada uno envuelto en papel de seda.
—Además, ese ex tuyo es puro ladrido. Los hombres como él siempre lo son.
—No conoces a Gabriel —digo en voz baja.
—No hace falta. He conocido a una docena de Gabrieles.
Maggie desenvuelve una delicada moto de cristal.
—Maniáticos del control que creen que una placa o una cuenta bancaria los convierte en Dios. Todos son iguales por dentro: niños asustados que nunca aprendieron a encajar el rechazo.
Cuelga la moto de cristal en el árbol enorme, con el mismo cuidado que tendrías con un recién nacido o un corazón roto.
—Mantente alerta. Mantén a tu gente cerca. Nunca dejes que un hombre así te arruine el día. Si vuelve a husmear por aquí, descubrirá que no es el único que sabe morder.
Quiero creerlo. Y quizás por primera vez, de verdad lo creo.
Gabriel no se ha vuelto menos peligroso de repente, pero ya no estoy sola.
Durante años, fui solo yo contra él, intentando sortear sus cambios de humor, anticipar sus reacciones, ser lo bastante aceptable para no provocar lo que fuera que se hubiera convencido de que yo había hecho mal.
¿Pero ahora? Es más fácil. Aquí estoy rodeada de la risa de Ginger y de la incapacidad crónica de Steel para decirles que no a los niños. Hasta el kitsch navideño me reconforta, cómo las bolas y las luces brillan sin importar lo raro o roto que esté el mundo.
Duck entra cargando una maraña enorme de luces que en su día debieron de ser varias cadenas separadas.
—Señoras. Steel.
—Ahora es Algodón de Azúcar —le informa Ginger encantada.
Duck se detiene, mira la expresión de sufrimiento de Steel y se encoge de hombros.
—Tiene sentido. El chaval es más blando que el algodón de azúcar.
Deja caer las luces al suelo.
—Maggie, ¿dónde pongo el belén?
—En la misma esquina de siempre —dice sin levantar la vista.
—Ahora ahí está la mesa de billar.
—Pues mueve la mesa de billar.
—Pero...
—Robert Alan Mallory, no discutas conmigo sobre la decoración navideña si no quieres dormir en el garaje hasta Año Nuevo.
Duck se retira sabiamente a mover la mesa de billar. Steel hace amago de levantarse para ayudar, pero Maggie lo señala con el dedo.
—Tú te quedas. Alguien tiene que desenredar esas luces, y tú tienes paciencia para eso.
—¿Por qué tengo la sensación de que me están castigando por algo? —murmura Steel, pero se pone a trabajar en el enredo descomunal.
—Porque así es —dice Ginger—. Por ser demasiado majo. Es inquietante. Somos moteros, no trabajadores sociales.
—Algunos podemos ser las dos cosas —dice Poppy mientras ajusta la manta de Rose—. La labor social es importante.
—Labor social —se burla Ginger—. ¿Así llamamos ahora a que Steel dé clases en la escuela dominical?
Casi se me cae el adorno que tengo en la mano.
—¿Steel da clases en la escuela dominical?
Steel se pone colorado.
—Solo es dos veces al mes. Mi madre me pidió que echara una mano.
—Su madre dirige el programa infantil en la Primera Iglesia Metodista —explica Poppy—. Steel se presenta con su chaleco y les enseña a los niños de preescolar quién era Moisés.
—¿Con tu chaleco? —Intento imaginármelo.
—Me lo quito para dar clase —protesta Steel—. No soy un salvaje.
—Eso es discutible —dice Ginger, aunque está sonriendo—. Pero es bastante tierno verlo hacer manualidades con niños de cinco años.
—¿Lo has visto?
—Todas —admite Maggie—. La primera vez pensamos que era broma. Pero resulta que se le dan bien.
—Los niños no son complicados —dice Steel, todavía peleándose con las luces—. Solo quieren que alguien los escuche y juegue con ellos. Los adultos son los que lo complican todo.
Hay algo profundo en esa sencillez, y vuelvo a pensar en Gabriel. En cómo lo complicaba todo: cada comida era una negociación, cada conjunto una declaración de intenciones, cada palabra cargada de significados ocultos.
—Otra vez le estás dando demasiadas vueltas —observa Poppy.
—Perdona. Estoy procesando.
Sacudo la cabeza, buscando las palabras.
—Mi ex convirtió mi vida en un teatro en el que nunca sabía qué versión de mí quería ese día. ¿Pero aquí? Nadie finge ser lo que no es.
—Es que no podemos permitirnos fingir —dice Maggie con sencillez—. La vida es demasiado corta y demasiado dura para malgastar energía siendo quien no eres.
—Creo que aún estoy aprendiéndolo.
—Lo conseguirás —dice Poppy con dulzura—. Ya vas por la mitad.
—Y mientras averiguas la otra mitad, recuerda que ahora estás aquí —dice Maggie—. Estás a salvo. Tienes una sala llena de gente que se pelearía por ti sin dudarlo.
—Y un aspirante que básicamente es un oso de peluche gigante —añade Ginger.
—No soy un oso de peluche —protesta Steel—. Soy intimidante.
—Eres Algodón de Azúcar —decimos todas a la vez, y hasta Steel esboza una sonrisa.
La puerta se abre otra vez y Duck vuelve con Tank y otros dos aspirantes, todos cargando piezas de un belén... pero de temática motera.
—¿Dónde iba esto?
—Mi respuesta no ha cambiado en los últimos cinco minutos —dice Maggie.
—Mujer, esa esquina tiene—
—¿No moviste la mesa de billar?
—Mack está jugando en ella.
—Entonces puede ayudarte a moverla —dice Maggie con calma—. El belén va en esa esquina. Fin de la discusión.
Duck murmura algo sobre «dictadores festivos», pero empieza a montar el belén donde le han indicado.
—Cada año —me dice Maggie—. La misma discusión, la misma esquina, todo igual. Cualquiera diría que después de veinte años habría aprendido.
—Veinte años es mucho tiempo —digo.
—Pasa volando cuando eres feliz. —Echa un vistazo hacia donde Duck está discutiendo con Tank sobre dónde colocar cada pastor de cuero—. Aunque sean unos idiotas, si es tu idiota, funciona.
Pienso en Cash tirando el casco, en la rabia en sus ojos cuando Gabriel me llamó puta, en cómo me trajo aquí enseguida, donde estaría a salvo y acompañada.
—Sí —susurro—. Empiezo a entenderlo.
El caos navideño continúa a mi alrededor: Steel sigue peleándose con las luces mientras los prospectos montan el belén mal al menos tres veces, Ginger y Maggie dirigen a todos como generales, Poppy le canta bajito a Rose.
Es un desorden ruidoso que no tiene nada que ver con la rígida perfección que exigía mi antigua vida.
Es maravilloso.