MERCY
De vuelta en la sede del club, la sala principal parece el escenario de una explosión navideña: cajas apiladas de cualquier manera, espumillón escapándose ya de los contenedores, y Tank luchando con un Santa inflable montado en una moto.
—¡Esa cosa no va a entrar! —grita Ginger desde el otro lado de la sala, donde dirige el caos como un sargento de instrucción—. ¡Me da igual que Duck lo haya comprado para Emma, es aterrador!
—¡Es festivo! —protesta Tank, con la cabeza del Santa atascada en el marco de la puerta.
Cash me guía hacia las mujeres con la mano firmemente apoyada en mi espalda.
Poppy está en el sofá con Rose dormida contra su pecho, mientras varias chicas del club sacan decoraciones de cajas polvorientas.
Los gemelos de Andi están «ayudando» sacando espumillón más rápido de lo que nadie puede colgarlo, y Adam va tambaleándose por ahí con una tira de luces colgada de los hombros.
—Ginger —llama Cash—. Necesito que mantengas a Mercy cerca un rato.
Ginger me echa un vistazo y su expresión pasa de juguetona a protectora.
—¿Qué ha pasado?
—Gabriel se presentó en la oficina de la abogada —dice Cash en voz baja—. Con refuerzos.
—Ese hijo de... —Ginger se contiene, mirando a los niños antes de volverse hacia una de las chicas del club—. ¿Podéis llevaros a los niños un rato? Dejadnos un momento a las mujeres para hablar.
La chica recoge a los gemelos con soltura, sobornándolos con la promesa de galletas en la cocina. Adam chilla y corre tras ellos arrastrando las luces. En cuanto se han ido todos, Ginger se vuelve hacia nosotros.
—Contadme —dice en voz baja, solo para nosotros.
Respiro una vez. Dos veces.
—Estaba esperando fuera de la oficina de la abogada.
—Maldito cabrón. ¿Sigue respirando? —señala con la cabeza los nudillos magullados de Cash.
—No lo toqué —dice Cash, pero tiene la mandíbula tensa—. Quería hacerlo. Bones y Steel me pararon.
—Hombres inteligentes. Con todo lo que está pasando últimamente, no necesitamos darle más munición a Summit ni a la ciudad —dice Ginger, inclinándose hacia delante—. Por muy satisfactorio que fuera romperle la nariz.
—A mí me gustaría darle a ese tipo mucho más que una nariz rota.
Ginger aprieta los labios con gesto comprensivo antes de volverse hacia mí.
—¿Estás bien, cariño?
—Estoy bien —miento. Porque no estoy bien.
Estoy alterada. Gabriel me llamó puta delante de todo el mundo, y por un segundo, solo un segundo, volví a estar allí.
De vuelta en Ailington, disculpándome por cosas que no eran culpa mía, haciéndome pequeña para encajar en el molde que él necesitara ese día.
Pero entonces Cash me besó. Me reclamó como suya justo delante de Gabriel, dejó claro de quién llevo el nombre y por qué. Y la diferencia entre ser la esposa de Gabriel y ser la mujer de Cash nunca ha sido tan evidente. Uno me hacía pequeña. El otro me hace valiente.
Aun así, eso no significa que esté bien. Solo significa que estoy aprendiendo que «no estar bien» no tiene por qué significar «desmoronarse».
Cash se vuelve hacia Steel, que ha estado entretenido desenredando luces de Navidad.
—Te quedas aquí. Si alguien la mira raro, me avisas.
—Sí, señor. —Steel se endereza, adoptando de pronto un aire profesional a pesar del espumillón enredado en su pelo largo.
Cash me toma el rostro entre las manos y me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Tengo que ocuparme de unos asuntos del club. Quédate con las chicas, ¿vale?
—¿Debería ir? —pregunto—. Si es por Gabriel...
—Ahora es asunto del club —dice Bones desde la puerta—. Nosotros nos encargamos.
Quiero protestar, pero Cash me besa la frente.
—Déjanos encargarnos de esto, ángel. Por favor.
Hay algo en su voz que me hace asentir.
—Vale.
Desaparecen por el pasillo, y Ginger me lleva al sofá y se sienta pegada a mí, desprendiendo esa feroz energía de hermana mayor que siempre deseé tener cuando era pequeña.
Poppy se incorpora y deja a Rose en su hamaquita vibradora.
Luego me coge la mano y me la aprieta, como si supiera exactamente lo cerca que estoy de perder el control.
—¿Aguantas, nena?
—Sí —digo, pero la voz se me quiebra un poco al final—. Es solo que estoy... jodidamente harta de esto.
—Me lo imagino —dice Ginger, recogiendo las piernas debajo de ella, y luego espanta a Tank con un gesto cuando el Santa motero empieza a desinflarse—. ¡Te dije que lo sacaras fuera!
—Dijiste que no lo metiera ahí dentro —replica Tank.
—¿Y decides quedarte en la puerta con él? ¡Madre mía! Llévalo al patio de atrás.
Tank murmura algo entre dientes y se escabulle arrastrando al Santa.
—Cualquiera diría que en algún lugar dentro de ese gigantón habría algo de cerebro —dice Ginger con un suspiro—. Tiene suerte de que es genial en la cama y un auténtico blandengue con la gente que quiere, porque si no lo habría enterrado bajo un maldito Santa hace años.
Se vuelve hacia mí.
—Pero no has venido por consejos matrimoniales. ¿Qué más ha pasado, Mercy?
Me hundo en los cojines, agotada de repente.
—La reunión con Josie fue genial, la verdad. Va a presentar la demanda en un condado neutral donde Gabriel no tiene contactos. Pero cuando salimos... —respiro hondo—. Estaba esperando con su escuadrón de matones.
—Cabrón —murmura Poppy—. ¿Qué quería?
—Para intimidarme. Para demostrar que puede encontrarme donde sea —me toco el corte que todavía tengo—. No le gustó nada verlo. Me llamó... puta.
Poppy jadea.
—No me extraña que Cash pareciera furioso.
—Casi pierde el control —continúo—. Un par de veces. Bones tuvo que sujetarlo físicamente, y Steel se interpuso entre ellos.
Ginger se vuelve hacia Steel.
—Eso fue valiente.
Steel se encoge de hombros.
—Hice lo que tenía que hacer —deshace un nudo del espumillón con un dedo largo—. Cash tenía una mirada asesina, y no iba a dejar que le diera a ese poli cabrón lo que quería.
—Bueno, hiciste bien en protegerlo —dice Ginger—. Si no lo hubieras hecho, ahora estaría esposado.
Estoy a punto de darle las gracias a Steel cuando la puerta de la cocina se abre de golpe y las gemelas entran disparadas, con el subidón del azúcar, gritando «¡STEEL!
¡STEEL, MIRA LO QUE HICIMOS!». Una sostiene una galleta deforme medio glaseada en cada mano como si fueran medallas olímpicas; la otra arrastra a Adam de la manga de la camisa, todos pegajosos de chispas de colores y glaseado rojo y verde.
Las chicas del club corren tras ellos, entre la risa y el pánico, pero los niños tienen el ímpetu de un linebacker e inmunidad total a la autoridad adulta.
—Perdona, Ginge —grita una de las mujeres entre el caos—. Oyeron la voz de Steel y no hubo manera de que se quedaran quietos.
—No pasa nada —dice Ginger, haciéndoles un gesto para que se vayan—. Solo traed un paño húmedo o Steel va a estar sacándose chispas de la barba durante días.
Las gemelas han decidido que Steel es su parque de juegos particular. Él me mira con impotencia mientras Amy se le sube a los hombros y Abby se le enrosca en la pierna.
—¡Steel! —exige Amy—. ¡Haznos volar!
Sin perder el ritmo, Steel levanta con cuidado a Amy, haciendo ruidos de avión mientras la «vuela» por la habitación. Ella chilla de alegría, e inmediatamente Abby exige su turno.
—¡Más alto! —ordena Abby cuando la levanta—. ¡Más rápido!
Adam se acerca tambaleándose, con los brazos en alto.
—¡Arriba! ¡Arriba!
Observo a Steel hacer malabares con los tres niños con una paciencia natural que nunca había visto en un hombre.
Gabriel solía quejarse cuando los niños hacían demasiado ruido en los restaurantes, fulminaba con la mirada a los padres como si la existencia de sus hijos fuera una afrenta personal.
¿Pero Steel? Steel los hace volar, haciendo ruidos de «fiuuu», y no parece molesto ni agobiado: parece feliz de verdad.
Quizá esa sea la diferencia entre los hombres que son realmente fuertes y los que solo necesitan que todos piensen que lo son. La fuerza real es Steel dejando que dos niñas pequeñas se le suban encima para divertirse. La fuerza falsa es Gabriel llamándome puta porque me atreví a irme.
—Es tan bueno con ellos —observo.
—A Steel le encantan los niños —dice Poppy—. Y los niños lo adoran. Es graciosísimo ver a este prospecto gigante convertirse en papilla con ellos.
—No soy papilla —protesta Steel—. Soy intimidante de cojo...
—Fairy floss —interviene Poppy con una risita.
—¿Fairy floss? —Ginger arruga la nariz, confundida.
—Es como llaman los australianos al algodón de azúcar.
Ginger empieza a reírse, luego se cubre la cara con ambas manos, lo que solo hace que se ría más fuerte.
—¿Fairy floss? Eso es... no. Me encanta. Steel, a partir de ahora tu nombre es Fairy Floss.
Steel parece horrorizado.
—Por favor, no —suplica—. ¿Sabéis lo difícil que fue conseguir un apodo molón?
—¿Y cómo conseguiste el nombre de Steel? —pregunto.
—Me pegó un borracho cuando estaba vigilando las motos en un bar. El tío se rompió la mano contra mi cara.
—Eh, auch. Pero vale. Steel tiene sentido.
—No. Me gusta más Fairy Floss —dice Amy, que ahora está de pie detrás de él en la silla, intentando trenzarle el espumillón en el pelo.
Ginger sigue riéndose con resoplidos, con la cabeza entre las manos, hipando.
—Fairy Floss —jadea—. Dios mío.
Poppy se limpia las lágrimas de debajo de los ojos.
—Lo siento, Steel. A veces la democracia es cruel.
Steel, por su parte, se rinde con notable elegancia.
—Vale. Pero no pienso responder a eso.
Entonces Abby le tira de la manga y dice:
—Fairy Floss, ¡dame un caballito!
Él hace una mueca, pero se arrodilla inmediatamente para que pueda subirse.
El caos es exactamente lo que necesito, como ruido blanco para los nervios.
Me dejo llevar por el alboroto del azúcar, el espumillón barato y los intentos serios de Amy de construirle una cresta de espumillón a Steel.
Mis miedos se reducen a un tamaño manejable.
En este momento, me siento intocable. Pero no por músculo o protección, sino por la lealtad feroz e inesperada de esta pequeña familia caótica que me ha reclamado como suya.