MERCY #2
—Joder, Mercy —dice entre dientes, con la respiración entrecortada y el pecho agitado mientras llega hasta el fondo, llenándome por completo—.
Eres tan jodidamente perfecta. Se siente…
se siente como si hubiera nacido para esto.
—Sus manos me sujetan las caderas con cuidado, guiándome con firmeza mientras se retira hasta la punta y vuelve a embestir, rápido y tan profundo que me hace jadear.
Marca el ritmo, lento al principio, las caderas meciéndose contra mí en embestidas profundas y medidas que me obligan a sentir cada centímetro.
Cada embestida es deliberada, controlada, y alcanza puntos dentro de mí que me hacen ver las estrellas.
—Eso es —gruñe, acelerando el ritmo—. Tómalo todo, ángel. Toma cada puto centímetro.
Su control empieza a flaquear mientras me aprieto a su alrededor, y mi segundo orgasmo se acerca rápido.
Me engancha una pierna sobre el hombro, cambiando el ángulo y penetrando tan profundo que me agarro al cabecero, desesperada por no deshacerme.
El pelo le cae sobre la frente, el sudor le resbala por la piel, los ojos le arden hambrientos y salvajes.
—Joder —jadea, sin aminorar, sin siquiera intentar ocultar lo cerca que está—. Qué bien se siente, joder, qué bien… —El ritmo se le quiebra, y sé que está al borde, pero aprieta los dientes y se obliga a ir más despacio, a prolongarlo, a mantenerme justo ahí con él.
Desliza los dedos entre nosotros, me encuentra el clítoris, lo rodea con presión experta, y es casi demasiado, me desordena los pensamientos. Intento decir su nombre, pero lo único que sale es una súplica cruda, desgarrada, sin voz.
—Oh, Dios.
—Esa es mi chica —jadea, embistiéndome más fuerte—. Que se enteren todos en este club de quién te está follando así de bien.
—Cash, voy a…
—Córrete en mi polla, ángel.
Me hago añicos de nuevo, todo mi cuerpo apretándose a su alrededor mientras se hunde en mí una, dos veces, y luego se entierra profundo y se corre con un sonido gutural, animal, amortiguado en mi cuello.
Le rodeo con brazos y piernas, dejándome llevar por la onda expansiva mientras él se deshace encima de mí.
Por medio segundo, pienso en Gabriel, pero el pensamiento se esfuma como niebla al amanecer.
Cash no se parece en nada a él. Ni en cómo toma, ni en cómo da.
La diferencia es que aquí puedo decir que sí.
Puedo decir que no. Y diga lo que diga, Cash siempre está ahí, siempre paciente y comprensivo, sin hacerme sentir nunca vergüenza.
Floto en algún lugar justo por debajo de la consciencia, en un estado de satisfacción y desconexión donde el tiempo se detiene y lo único real es la presión de Cash envuelto a mi alrededor.
No sé cuánto tiempo nos quedamos así, enredados y jadeando.
Hay un dolor placentero en los muslos, un cosquilleo perezoso en las yemas de los dedos, y un silencio profundo y aturdido que se asienta en mis huesos, como si acabara de sobrevivir a un desastre natural.
Después de un rato, se aparta lo suficiente para mirarme. Su expresión se ha vuelto tierna de una forma que nunca le había visto. —¿Estás bien? —pregunta, con voz ronca y dulce—. No fui demasiado—
—Fuiste perfecto —digo, y es lo más sincero que he dicho desde que pisé Stoneheart.
Tiro de él hacia mí y lo beso, despacio esta vez.
No es el choque desesperado de bocas de antes, sino algo que perdura, que cala hasta los huesos.
Me devuelve el beso como si fuéramos los únicos que quedamos en el mundo, y por una vez, me permito estar completamente aquí: abierta, sin armadura, entera.
Al final rueda hacia un lado y me lleva con él.
Nuestras piernas se enredan. La habitación queda en silencio, solo se oyen nuestras respiraciones, que poco a poco se calman.
Dibujo círculos distraídos en su pecho, sintiendo cómo su corazón galopa bajo mis dedos.
—Entonces, ¿esto es como la suite nupcial o algo así?
Se ríe, fuerte y sin pudor, con esa felicidad poscoital que parece casi demasiado perfecta.
—Es lo que tú quieras que sea. Aunque puede que tengamos que insonorizar las paredes.
O el edificio entero. Gritas más fuerte de lo que crees, ángel.
—Arquea las cejas con picardía, pero enseguida echa a perder el efecto al tragar saliva, de pronto tímido—.
¿Segura de que estás bien? —pregunta otra vez, deslizando el pulgar por el interior de mi muñeca como si aún esperara que fuese a desvanecerme en cualquier momento.
Me acurruco más contra él, con la frente apoyada en su hombro. Esta intimidad desconocida amenaza con desarmarme de una forma completamente nueva. —Estoy bien —digo—. ¿Y tú?
—Estoy jodidamente genial. —Responde sin dudar, aunque las palabras no coinciden del todo con la vulnerabilidad en sus ojos.
Pero le creo, porque sonríe como un idiota y me abraza como si temiera que fuese a evaporarme en cuanto afloje el agarre.
Luego se pone serio y me aparta el pelo de la cara—.
No tienes miedo, ¿verdad? Después de... —Su mirada se pierde más allá del dormitorio, hacia algún lugar que no alcanzo a ver—. ¿Después de cómo te paré?
—No —digo, sin necesidad de pensarlo—. Nada de ti me da miedo.
Arquea una ceja, como si no terminara de creerme.
—Lo digo en serio, Cash. Nunca me he sentido más segura que contigo.
—Vuelvo la cara hacia su palma e inspiro el aroma que impregna su piel: cuero, gasolina y ese frescor limpio de aftershave que es solo suyo—.
Preguntas antes de tomar, incluso cuando te mueres de ganas.
Frenas incluso cuando estás a punto de perder la cabeza.
Hablas cuando algo no va bien. Eso no da miedo. Eso es... ni siquiera sé qué es.
Sopesa mis palabras un momento mientras me acaricia la mejilla con el pulgar. —No es que no quiera que lo hagas. Es solo que no siempre me siento seguro para soltarme. Pero quiero hacerlo. Contigo, quiero.
Contigo, quiero. Esas palabras se me clavan en el pecho y echan raíces. Porque eso es lo que estamos haciendo, ¿no? Aprender a desear cosas otra vez. A confiar otra vez. A ser vulnerables con alguien que ha sufrido como nosotros.
Los dos vamos por la vida con cicatrices que dicen «no tocar», pero nos tocamos de todos modos. Con cuidado. A propósito. Eligiéndonos aunque dé miedo.
Quizá eso sea el amor cuando has sobrevivido a lo que nosotros. No ausencia de miedo, sino coraje. El coraje de decir «tengo miedo, pero aun así lo quiero».
Noto un calor punzante detrás de la nariz, la misma sensación de cuando alguien me hace un cumplido que no logro esquivar: incómoda, expuesta y, en el fondo, desesperadamente hambrienta de más.
Hundo la barbilla en su pecho y escondo la cara ahí un momento mientras intento controlar la respiración.
—¿Alguien...? —No quiero terminar la pregunta, pero Cash parece saber adónde voy. Sus dedos me acarician el pelo con suavidad, como un ancla.
—Sí —dice tras una larga pausa—, alguien lo hizo.
No insisto, porque sé lo rápido que el trauma puede cerrarse en banda. Solo dejo la mano ahí, suave, una oferta silenciosa. —Si alguna vez quieres hablar de ello—
—No quiero. —Me corta, negando con la cabeza como si pudiera sacudirse el recuerdo de encima.
Pero me mira como si le hubiera lanzado un salvavidas, y por un segundo me pregunto si de verdad entiendo lo que significa para un hombre como Cash confiar en alguien.
Quizá no soy la única que no sabe enamorarse con normalidad, que necesita derribar cada barrera antes de dejar entrar a nadie.
Quiero decir algo, algo grande, algo que rompa el muro entre nosotros, pero las palabras nunca bastan.
Así que me incorporo para besarlo otra vez, más suave, más lento, como si pudiera convencerlo con mis labios de que no pienso irme a ninguna parte. Te tengo.
—Deberíamos asearnos —digo al fin—. Esa bañera me está llamando a gritos.
—Dentro de un momento —murmura Cash mientras me recorre la espalda con la mano—. Todavía no he terminado contigo.
—¿No? —Sonrío contra su piel—. ¿Y qué más tenías pensado?
Me tumba boca arriba, con los ojos oscurecidos de deseo renovado. —¿Confías en mí?
—Siempre.