Marcado en piedra MERCY
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MERCY

La cocina es ruidosa. Ginger dirige el caos: rellena tazas y aparta de un manotazo la mano de Steel de la comida que prepara.

Kya está encaramada en el borde de la encimera, balanceando las piernas, mientras come una tostada y fulmina el móvil con la mirada.

Maggie, con toda la pinta de matriarca motera en vaqueros rotos y camiseta de Pearl Jam, cotillea con Andi, cuyos gemelos intentan sembrar el caos cada vez que ella aparta la vista del bebé Adam.

—Y entonces fue cuando Duck se dio cuenta de que había pedido quinientos parches con «Club de Motocicltas» en lugar de «Motocicletas» —termina Poppy, y toda la cocina para lo que está haciendo y estalla en carcajadas.

Yo solo lo absorbo todo, sentada frente a Poppy, que tiene a Rose dormitando en su pecho y una taza de café en la mano, y que hace malabares con la maternidad y el sarcasmo a base de pura fuerza de voluntad.

Me ha estado contando la historia de su primera cita no oficial con Axel.

Aquella en la que lo retó al billar, él hizo trampa para distraerla en el tiro ganador, y ella se vengó señalando que ninguno de ellos sabe escribir «motocicletas».

Ha pasado una hora desde que Cash desapareció en la reunión con los demás cargos del club, y empiezo a sentirme menos como una intrusa y más como si de verdad pudiera pertenecer aquí, mientras sostengo mi segunda taza de café.

—Los culotes fueron lo mejor —añade Kya, limpiándose las migas de los dedos—. Con purpurina y todo.

—Culotes premium —corrige Ginger—. Con pedrería.

La bebé Rose se queja, y Poppy empieza a mecerse automáticamente sin dejar de comer sus huevos con una mano. Esa eficiencia natural, la forma en que las demás mujeres mueven platos y tazas para ayudarla sin pensarlo, delata una rutina forjada durante meses.

—Entonces, Mercy —dice Andi, evitando con pericia que Adam lance plátano a sus hermanas—, ¿cuánto tiempo lleváis juntos tú y Cash?

—Oh, no estamos...

—Unos meses, más o menos —responde Ginger antes de que pueda explicar la situación—.

Ha sido doloroso de presenciar. Como hacerte una endodoncia en un club de striptease: técnicamente se supone que deberías disfrutarlo, pero el dolor es real.

—Me mira, con las cejas arqueadas, esperando mi reacción—.

Nunca he visto a dos personas tan entregadas la una a la otra sin follar como conejos.

Casi me sale café por la nariz, pero Poppy solo sonríe.

—El gato y el ratón, babe. Un clásico. Creo que Cash es el único hombre en Norteamérica que prefiere conquistar a una mujer por desgaste y gestos raros de servicio. No creo que haya mirado a otra mujer desde que Mercy empezó a trabajar en Devil's.

—Eso es mentira —protesto—. Hemos sido poco más que amigos este...

—Y una mierda —dice Ginger en voz alta, con risa en la voz—.

Ese hombre te ha estado siguiendo como un cachorro, y en cuanto olió el más mínimo peligro acercándose a ti, ya estaba en la oficina de Stone reclamándote.

Si eso no es un hombre loco por meterte en la cama, me como mi parche.

—Ladea la cabeza—. Y me gusta mi parche, Mercy.

Me río, a pesar de mí misma, porque lo peor es que es verdad.

Cash ha sido menos un flirteo casual de trabajo y más una especie de animal de apoyo emocional con estética motera.

Todavía siento el peso de su palma en mi mandíbula, anclándome cuando quería desmoronarme.

Eso no es solo química, es... otra cosa.

No sé si es mejor o peor que el desastre codependiente del que escapé, pero al menos es real.

Kya se inclina hacia delante, con expresión seria.

—Seamos realistas: la única razón por la que no estás ya viviendo con él es porque te niegas a aceptar que tienes derecho a desear algo que te desea a ti también.

—Eso no es verdad —protesto—. Lo que pasa es que salí de una situación muy intensa. Y todo en Cash es...

—También intenso —termina Ginger por mí.

—Muy. Y no quería arrastrarlo a mi mierda. Él no pidió nada de esto. Ninguna de vosotras lo pidió.

Respiro hondo.

—Ayer tenía la bolsa preparada —admito—. El plan era irme antes de que Gabriel pudiera clavar sus garras en alguien que me importa. Simplemente irme. Desaparecer.

Las palabras quedan suspendidas en el aire. Todas intercambian miradas, en silencio.

—Cash se enteró. Y estaba cabreado, pero no como lo habría estado Gabriel. Sin gritos. Sin hacerme sentir culpable. Él solo... me dijo cuánto lo destrozaría. Y luego me abrazó.

Trago saliva.

Esa es la parte que no sé cómo procesar.

Porque nunca me habían querido así, no como adorno ni por conveniencia, sino de una forma que no exige nada más que ser exactamente quien soy en este momento.

Y ese tipo de deseo es aterrador.

—Cash me asusta —digo en voz baja—. No porque crea que es peligroso. Porque me mira como si yo fuera... real. Como si tal y como soy fuera exactamente lo que él elige. Y no sé qué hacer con eso.

Nadie interrumpe.

Incluso Ginger se queda quieta.

Y me doy cuenta de que todas conocen este terreno.

Esa clase particular de miedo que solo aparece cuando algo bueno también lo hace.

Hay un momento de silencio —solo el zumbido de la cafetera y el balbuceo de los niños— y entonces la puerta de la cocina se abre de golpe.

Nitro entra, un monolito surcado de cicatrices con un chaleco sin mangas de Stoneheart, los brazos tan cargados de músculo que parece que usa Harleys para hacer curls de bíceps.

Es el único tío que he visto capaz de hacer que Tank parezca enclenque.

Su barba es una maraña de castaño oscuro y cobrizo, y bajo un ojo le florece un moretón púrpura reciente.

Barre la habitación con la mirada, evalúa la situación del desayuno y va directo a la cafetera. Ginger le echa un vistazo pero se queda callada. Cuando Nitro se llena la taza, por fin mira hacia la mesa. Me mira a mí. Lo que sea que esté calculando detrás de esos ojos, no es nada sutil.

—¿Quién es la carne fresca? —pregunta, directo como un puñetazo.

Ginger sonríe como si llevara toda la mañana esperando este momento.

—Nitro, esta es Mercy Rogers. O la chica de Cash, si no quieres que te rajen antes del almuerzo.

No reacciona, salvo para arrastrar una silla y plantarse a la mesa, la madera crujiendo bajo su peso, sin apartar los ojos de mi cara.

—Déjala en paz, Nitro —advierte Ginger.

—¿Qué? Solo soy amable —se apoya en la encimera, sin quitarme los ojos de encima—. Solo me preguntaba si necesita que alguien le enseñe esto. Hacerle el recorrido completo. Mi habitación tiene las mejores vistas.

—Ya está reclamada —dice Kya con tono neutro.

Nitro no se inmuta.

—No le veo ningún parche —sonríe—. Sin parche, eres libre de explorar tus opciones, ¿verdad, cariño?

La habitación se queda en silencio. Hasta las gemelas dejan de parlotear.

—He dicho que la dejes —Ginger se pone de pie, y a pesar de ser varios centímetros más baja que Nitro, parece peligrosa—. Reclamada es reclamada, con parche o sin él.

—¿Desde cuándo? —replica Nitro—. Las reglas del club dicen que...

—Las reglas del club dicen que se respeta lo que se ha reclamado en la iglesia —la voz de Stone atraviesa la tensión. Está plantado en el umbral, Cash justo detrás, y la temperatura de la habitación baja diez grados.

Cash tiene cara de querer matar a alguien. Pasa junto a Stone, directo hacia Nitro, y sin previo aviso le estampa el puño en la cara. El crujido resuena por toda la cocina.

Nitro se tambalea hacia atrás y se lleva la mano al ojo.

—¿Qué coño...?