Marcado en piedra MERCY
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MERCY

—Ahora tienes un juego completo de ojos morados —dice Cash con calma, flexionando los nudillos ya vendados mientras se aleja de Nitro—. ¿Alguien más necesita un recordatorio sobre respetar lo que es mío?

La sala queda en silencio absoluto. Y no puedo evitar fijarme en que Andi y Poppy se han marchado con los niños.

Se me encoge el estómago. No de miedo, esa es la parte más extraña.

Cuando Gabriel perdía los estribos, mi cuerpo se paralizaba y me preparaba para las consecuencias que tendría que pagar.

Cash no es así. No hay euforia, no hay regodeo.

Solo el suspiro pesado de alguien que hizo lo que tenía que hacer y habría preferido no hacerlo.

Ha golpeado a un hombre por mí, y mis viejos patrones mentales intentan convertir eso en culpa mía.

Pero su rostro está tenso por la contención, no por el triunfo.

Este no es un hombre que hace daño para sentirse poderoso.

Es un hombre que hace daño para que otros no puedan hacerlo. Esa diferencia importa.

Solo espero que mi cerebro traumatizado lo recuerde cuando la culpa llame a la puerta.

—No llevaba parche —protesta Nitro, pero está retrocediendo hacia la puerta, con el ojo ya hinchándose.

—No lo necesita —Cash se vuelve hacia la sala, mirando a los ojos a cada hombre presente—. Mercy está conmigo. Cualquiera que le falte al respeto me falta al respeto a mí. Y la próxima vez, no me quedaré en un solo puñetazo.

Stone se aparta para dejar pasar a Nitro, que sale tambaleándose. —Steel, tráele hielo. Luego búscale algo útil que hacer. Lejos de aquí.

—Sí, señor —Steel escolta a Nitro hacia afuera; este va murmurando maldiciones, pero no es tan estúpido como para tomar represalias.

Cash se acerca a mí entonces, todo en él más suave, y su mano se posa en la parte baja de mi espalda. —¿Estás bien?

Todavía tengo el pulso desbocado. No por miedo, sino por el alivio terrible y vertiginoso de que alguien dé un paso adelante en lugar de dar un paso atrás. Siempre di por hecho que este tipo de intensidad se sentiría como una trampa. En cambio, se siente como oxígeno y no sé qué hacer con eso.

—Estoy bien —digo, deseando que mi voz sonara más firme.

Se agacha para examinarme el rostro, con los ojos buscando señales de angustia. Espero que me sermonee o se disculpe, pero en cambio inclina la cabeza, con los labios rozándome el oído. —¿Quieres que también le saque los dientes?

Me río, porque la imagen de Nitro masticando hamburguesas sin dientes por el resto de su vida es terapéutica. —Solo si intenta tocarme el culo —le susurro.

Los ojos de Cash brillan, afilados y divertidos.

Por un segundo, toda la sala simplemente desaparece.

Es absurdo: una broma sobre daño dental no debería hacer que me flaqueen las rodillas, pero así son las cosas.

Su pulgar desciende por mi columna, una pequeña marca territorial, y en lugar de encogerme, mi cuerpo se inclina hacia el calor como si perteneciera allí.

—Sigamos —dice Stone, ignorando la extraña energía de la sala—. Mercy, no te sorprenderá después de lo que acabamos de presenciar, pero oficialmente estás bajo la protección del club. Si alguien te causa problemas, nos responderá a todos nosotros.

—¿Incluso sin parche? —pregunto en voz baja.

La expresión de Stone se suaviza ligeramente.

—El parche es tradición. Ayudaría que llevaras uno, al menos hasta que todos se acostumbren a verte por aquí.

Pero ahora eres familia. Y dudo que nadie intente meterse contigo.

Especialmente cuando corra la voz de por qué Nitro tiene dos ojos morados.

Pero... —extiende la mano hacia Maggie, quien rápidamente busca en una bolsa a sus pies y saca un chaleco de cuero, un corte, negro y suave como la mantequilla, más pequeño que los que llevan los hombres pero igual de contundente.

Ya cosidos en la espalda hay dos rockers rodeando un parche de Stoneheart MC.

PROPIEDAD DE CASH

STONEHEART MC

Se me seca la boca, porque verlo cosido —no teórico— hace que se me escape todo el aire de golpe.

Maggie lo entrega con ambas manos, como si estuviera pasando algo sagrado. Stone lo coge y se lo ofrece a Cash. —Para cuando esté lista.

Cash coge el chaleco de manos de Stone, con la mandíbula tensa y los ojos cautelosos.

Pasa los dedos sobre el parche, el gesto casi tierno.

Luego me mira, mitad desafío, mitad invitación, como preguntándome si quiero esto o si voy a coger mi bolsa y salir corriendo ante la idea de encadenarme a otro hombre.

Trago saliva, porque he pasado suficiente tiempo cerca del MC para saber lo que esto significa.

El chaleco no es un anillo de bodas, pero es lo más parecido que existe en este mundo.

Es una declaración pública. Es él subiéndose al tejado y gritando que soy suya, y que quemará a cualquiera que vuelva a mirarme mal.

Todo lo que he hecho es alejarlo. Durante meses. Ayer tenía literalmente las maletas hechas, lista para desaparecer sin decir palabra. ¿Y su respuesta a eso es... esto? ¿Un chaleco cosido a mano con su nombre? ¿Una declaración pública delante de toda su familia?

¿Cómo puede estar tan seguro? ¿Qué ve él que yo no veo?

Porque cuando me miro a mí misma, veo a una mujer que huyó de un hombre y está a punto de arrastrar a otro a una guerra que no le corresponde.

Veo a alguien que se le da mejor irse que quedarse.

Pero cuando Cash me mira, ve a alguien por quien vale la pena luchar.

A quien vale la pena reclamar como suya. Por quien vale la pena quedarse.

No lo entiendo. Pero quizá no tenga que entenderlo. Quizá solo tenga que confiar en que él sabe lo que está eligiendo.

Pero le sostengo la mirada. Quiero esto, y lo quiero a él, y estoy tan jodidamente cansada de fingir que no. Cansada de huir antes de que se demuestre que no merezco que se queden.

—¿Puedo verlo? —susurro, extendiendo la mano sin apartar los ojos de los suyos.

Cash deposita el chaleco en mis manos extendidas.

El cuero es inesperadamente suave, cálido donde él ya lo ha tocado, y más pesado de lo que habría imaginado.

Me arde el fondo de la garganta. Le doy la vuelta, palpando las costuras, las gruesas letras en bloque cosidas con una certeza que no recuerdo haber sentido nunca sobre mí misma.

«PROPIEDAD DE CASH» es tan descarado, tan posesivo.

Gabriel solía presentarme como «mi esposa» con el mismo peso posesivo, como si fuera una adquisición.

Una cosa que poseía. Pero esto es diferente.

Es como si Cash dijera «mía para proteger» y no «mía para usar».

He visto cómo este club trata a sus «viejas».

Las tienen en alta estima, las veneran incluso.

Aun así, las palabras hacen que me tiemblen las manos.

¿Y si me equivoco? ¿Y si todo eso fue una fachada, y a la hora de la verdad todos los hombres que reclaman propiedad acaban mostrando su verdadera cara?

Joder. Qué difícil es esto. Quiero confiar en mi instinto. Pero después de todo lo que he vivido... ¿puedo fiarme de él?

—Sabes —Duck carraspea—, Maggie se quedó despierta toda la noche terminando eso. Bordó cada letra a mano.

Maggie se encoge de hombros, pero me doy cuenta de que evita mirarme a los ojos. Intenta actuar como si las horas de trabajo minucioso no significaran nada, como si no se hubiera desvelado haciendo algo para una mujer que apenas conoce.

—Maggie, es precioso —deslizo los dedos por el bordado impecable, el cuero de calidad—. Gracias.

Me quita importancia con un gesto, pero se le sonrojan las mejillas de satisfacción.

—Toda vieja necesita un chaleco como es debido.

Pero no es solo un chaleco. Lo noto en cómo todos me miran, expectantes.

Pienso en el club de campo al que Gabriel solía arrastrarme dos veces por semana.

Tenis los martes, almuerzos los sábados.

Allí también había reglas, tácitas, sobre qué tenedor usar, qué vinos pedir, qué esposa ocupaba qué lugar en la jerarquía invisible.

Romper esas reglas significaba cuchicheos, desplantes, la furia de Gabriel en el coche de vuelta a casa.

Esas reglas iban de empequeñecer a la gente. De encajar a base de achicarse.

Este chaleco, esta gente. No me piden que sea menos. Me ofrecen interponerse entre mí y cualquiera que intente empequeñecerme de nuevo. El parche no tiene que ver con la propiedad como el anillo de Gabriel. Es un escudo con el nombre de Cash.

Al menos, eso es lo que decido creer.

Me lo pongo. Me queda perfecto —Maggie es una maga adivinando tallas— y el peso se asienta sobre mi torso.

Las manos de Cash descansan suavemente sobre mis brazos, como si quisiera asegurarse de que no me tambalee ante el peso de todo este sentido de pertenencia.

Kya silba despacio, con aprobación.

—Eso sí que es una mejora. Estás imponente, Mercy.

—Siempre supe que un chaleco te sentaría bien —Ginger sonríe con suficiencia, aunque debajo asoma algo de orgullo y satisfacción—. Ahora, si dejaras que Cash te rasgara esos vaqueros de señora, completarías el look.

—No me tientes —murmura Cash junto a mi oído, tan bajo que dudo que nadie más lo oiga—. Mi nombre te queda bien.

—Y que lo digas —anuncia Ginger—. Bienvenida al club, hermana.

Kya levanta la taza de café a modo de brindis.

—Por Mercy, la nueva integrante del club «Me acuesto con un criminal».

Abro la boca para recordarle que no me acuesto con nadie, pero me lo pienso mejor. Porque ¿a quién quiero engañar? Cash y yo somos inevitables. Fingir lo contrario solo hizo que todo doliera más.

—Pronto —susurro, más para mí que para nadie. Pero las manos de Cash se tensan levemente sobre mis hombros, y casi puedo sentir su sonrisa burlona sin mirarlo. Se inclina para besarme en la sien, apenas un roce, pero basta para que se me humedezcan los ojos.

Por primera vez desde que dejé a Gabriel, no siento la necesidad de estar lista para huir en cualquier momento. La amenaza a mis espaldas parece más lejana. Quiero quedarme.

—Venga, basta ya —dice Stone, aunque con un deje divertido en la voz—. Algunos tenemos trabajo de verdad. Cash, necesito las cuentas cuadradas antes del mediodía.

—En ello —dice Cash, pero no se aparta de mí enseguida. Se inclina, con los labios junto a mi oído—. Luego hablamos, ángel. Voy a dejarte bien instalada.

Cuando los hombres se van —Stone a su despacho, Cash a regañadientes a ocuparse de las cuentas—, la cocina parece más ligera.

—Bueno —dice Ginger, deslizándose en el asiento de al lado—, ¿qué tal sienta? ¿El chaleco?

Me paso las manos por el cuero.

—Como si acabara de unirme a algo que no entiendo del todo.

—Ninguna lo entendía al principio —dice Andi con dulzura—. Pero se aprende. Las reglas, las tradiciones, la dinámica familiar. Acaba saliendo solo.

—Además —añade Kya—, ahora Nitro y cualquier otro idiota verán ese parche y sabrán que tienen que mantenerse alejados. El nombre de Cash tiene peso por aquí.

—¿Por ser el tesorero?

Las mujeres cruzan miradas y se echan a reír.

—Porque tiene fama —explica Poppy.

—Porque se sabe que no da un paso atrás.

Nunca —termina Ginger, dando un sorbo al café—.

Una vez fue solo hasta la sede de un club rival para sacar a Tank de una...

situación. Ni se lo pensó. Entró, se cargó a Tank al hombro como si fuera un crío en el patio del colegio, y le dijo a su presidente que volvería con refuerzos si intentaban esa mierda otra vez.

—¿Y lo hicieron?

—Qué va —Ginger niega con la cabeza, con una sonrisa de suficiencia—. Creían que pasaban desapercibidos. Pero nadie quiere enfrentarse abiertamente a Stoneheart, no si quieren vivir para contarlo.

—Cash es tan... —busco la palabra adecuada—. Controlado. Paciente.

—Contigo —puntualiza Maggie—. Ese hombre ha sido un santo esperando a que te decidieras. Pero con amenazas al club, ¿con cualquiera que pueda hacer daño a los que considera familia? Eso es otra historia.

Pienso en lo rápido que se movió para golpear a Nitro.

Sin vacilar, sin avisar. Violencia pura y directa.

Y debería tener miedo. Debería estar viendo señales de alarma.

Gabriel también era violento, conmigo, con sospechosos que «se resistían».

Había oído las historias de lo que pasaba en las salas de interrogatorio.

La violencia siempre era su respuesta cuando se sentía menospreciado.

Pero esto es diferente. Cash simplemente... eliminó la amenaza y se marchó. No había satisfacción en sus ojos después, solo una aceptación sombría de lo que había tenido que hacer.

Probablemente estoy racionalizando. Buscándole excusas como solía buscárselas a Gabriel. Eso es lo que dice la voz crítica, al menos. Pero Kya y Ginger y todas estas mujeres no huyen. No ponen excusas. Simplemente... viven sus vidas sin temer a sus hombres. Quizás eso signifique algo.

—¿Se supone que esto debería asustarme?

—No lo sé. ¿Está funcionando? —pregunta Ginger, con un dejo de diversión mientras me observa.

Frunzo el ceño mientras lo considero. Espero la punzada de miedo que debería llegar.

—No. Curiosamente, me hace sentir... segura.

Dejo escapar una risa algo hueca.

—O tal vez solo soy muy buena engañándome sobre los hombres peligrosos.

La expresión de Ginger se suaviza.

—No lo eres. Cash no es Gabriel, Mercy. Sé que aún estás asimilándolo, pero confía en mí: nos daríamos cuenta.

—Todas tenemos radar para esa mierda —dice Maggie con firmeza—. Ahora, ¿quién quiere hacerle el tour de verdad? Enseñarle dónde está todo, presentarla a todos como es debido.

—Yo lo hago —se ofrece Kya—. De todos modos, necesito estirar las piernas.

Mientras salimos de la cocina, con mi nuevo chaleco que se siente extraño pero no desagradable sobre los hombros, capto mi reflejo en el espejo del pasillo.

PROPIEDAD DE CASH.

Hace un año, esas palabras me habrían hecho huir. Diablos, hace veinticuatro horas podrían haberme hecho huir, cuando tenía las maletas hechas y estaba lista para escapar a sabe Dios dónde.

Pero Gabriel me mostró algo cuando vació mi bolsa de huida. Me mostró que huir ya no funciona. Siempre me encontrará. La única salida es seguir adelante, con personas que estén a mi lado como una familia, en vez de intentar hacerlo sola.

Así que estas palabras —PROPIEDAD DE CASH— significan algo bueno.

Las letras son un mapa completamente nuevo donde antes mis viejas cicatrices marcaban el camino.

Significan pertenencia.

Significan familia.

Significan que merezco que luchen por mí.

Nunca había tenido eso.

Si me equivoco en esto, me destruirá. Pero ¿y si tengo razón?

Entonces quizás por fin pueda dejar de huir.