Marcado en piedra MERCY
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MERCY

—Joder.

Se me bloquean las rodillas. Los pulmones se me olvidan de funcionar.

Está aquí. En mi bar. En mi santuario. En el único lugar donde me he sentido a salvo durante el último año.

Lleva el uniforme como una armadura, como autoridad, como posesión. El mismo pelo castaño, corto al estilo militar. Los mismos ojos azules y fríos que solían catalogar mis defectos cada mañana. La misma boca de labios finos que se torcía con asco cuando hacía algo que él no aprobaba.

La sangre no solo se me convierte en hielo. Deja de moverse por completo. Cada célula de mi cuerpo lo recuerda. Recuerda encogerse. Recuerda disculparse. Recuerda ser menos, siempre menos, nunca lo bastante pequeña para satisfacerlo.

Cash está a mi lado antes de que mi cerebro asimile que esto no es otra pesadilla más. Su mano se posa en la parte baja de mi espalda, cálida y firme, lo único que me mantiene en pie.

—Respira, ángel —murmura, pero no aparta los ojos de los policías.

La mirada de Gabriel recorre primero la sala, catalogando los chalecos de cuero, las armas mal disimuladas bajo las chaquetas, el aire general de «métete con nosotros y verás». Sus refuerzos lo flanquean como si estuvieran entrando en territorio enemigo, que supongo que lo es.

Entonces me mira a mí.

Sus ojos se clavan en los míos y dos años desaparecen. Estoy de vuelta en su cocina, subiéndome a la báscula antes del desayuno. De vuelta en su coche, viéndolo comprobar el kilometraje. De vuelta en su cama, tumbada quieta y en silencio porque eso es lo que hacen las buenas esposas.

—Mercedes —dice mi nombre como si lo odiara. Como si fuera la niña caprichosa que ha venido a recoger—. Tenemos que hablar.

—No, no tenemos.

De alguna manera mi voz no tiembla.

Se acerca a la barra, sus refuerzos cerca.

—Estás... diferente.

—¿Quieres decir sana? —Kya aparece a mi otro lado, secándose las manos con un paño de bar—. Sí, eso pasa cuando las mujeres se alejan de imbéciles tóxicos.

No sabe mucho sobre mi matrimonio con Gabriel, pero sabe eso.

Sus ojos se entrecierran.

—¿Y tú eres?

—La dueña de este establecimiento —la sonrisa de Kya es afilada como el cristal—. También su amiga. También alguien a quien no le gusta que los policías acosen a mi personal en horario laboral.

—No estoy acosando a nadie. Solo he venido a ver a mi esposa.

—Exesposa —corrijo.

—No hasta que se firmen los papeles —dice, con ese tono razonable que solía hacerme dudar de mí misma—. Lo cual no va a pasar. Hiciste votos, Mercedes. Prometiste honrar y obedecer.

—Y estoy seguro de que tú prometiste lo mismo —escupe Cash—. Pero aquí estás, presentándote como un puto cabrón cuando ella ha dejado claro que no quiere hablar contigo.

Gabriel finalmente mira a Cash como es debido, observando los nudillos vendados, la postura protectora, la forma en que su mano no ha abandonado mi espalda.

—Déjame adivinar. ¿El rebote?

—La mejora —corrige Cash.

Uno de los refuerzos de Gabriel resopla.

—¿Mejora a qué? ¿A basura motera?

La temperatura del bar baja diez grados. Cada miembro del MC se queda inmóvil, esa inmovilidad peligrosa que precede a la violencia. Hawk se levanta lentamente de su reservado. Axel deja el taco de billar. Incluso Duck se hace crujir los nudillos.

—Caballeros —dice Lee, apareciendo detrás de la barra con el tipo de sonrisa que no llega a los ojos—. Yo que ustedes pensaría muy bien mis próximas palabras. Están en inferioridad numérica, fuera de su territorio e insultando a la familia.

—¿Familia? —Gabriel se ríe—. Ella no es vuestra familia. Es mi esposa, y obviamente está teniendo algún tipo de crisis mental. Miradla: ha ganado al menos veinte kilos, se ha cubierto de tatuajes cutres, trabajando en este antro...

—Ya es suficiente —la voz de Kya corta su diatriba—. Has terminado aquí. Vete. Ahora.

—¿O qué? —uno de sus colegas da un paso adelante—. ¿Llamaréis a la policía?

—No —dice Bones desde su mesa en la esquina, sin siquiera levantar la vista de su cerveza—. Nosotros nos encargamos de nuestros propios problemas.

Los refuerzos de Gabriel intercambian miradas. Empiezan a darse cuenta de que puede que hayan calculado mal. Tres policías contra un bar lleno de moteros no son buenas probabilidades, con placa o sin ella.

—Mercedes —Gabriel lo intenta de nuevo, con tono razonable—. Ven. Hablaremos. En privado.

—Ella no es un puto perro. No va a ir a ninguna parte contigo —afirma Cash rotundamente.

—No estaba hablando contigo, chico.

—¿Chico? —Cash se ríe, pero no hay ni un ápice de humor en ello—. No he sido un chico desde que tenía doce años, y aun entonces, estaba huyendo de depredadores mucho más aterradores que tú.

—Cash.

Le pongo la mano en el brazo, sintiendo la tensión contenida. Lo último que necesitamos es que lo arresten por agredir a un policía.

Gabriel se fija en el gesto y se le tensa la mandíbula.

—¿Me dejaste por esto? ¿Por un criminal guapito que probablemente ni sabe deletrear compromiso?

Intervengo antes de poder detenerme.

—Mejor que un maniático del control que necesitaba que su esposa se muriera de hambre y nunca lo cuestionara solo para alimentar su ego.

Las palabras quedan flotando en el aire. La fachada de Gabriel se agrieta, solo por un segundo, y veo la rabia que hay debajo. La misma rabia que solía hacer que me disculpara por respirar demasiado fuerte.

—Necesitas ayuda, Mercedes. Ayuda profesional —saca el teléfono—. Puedo hacer que te internen para una evaluación. Con una sola llamada.

—Inténtalo —dice Kya—. Tendré a todos los abogados de tres condados aquí antes de que acabes de marcar.

Además, estoy grabando toda esta conversación —señala las cámaras sobre la barra—.

Esas también graban sonido. ¿Y amenazar con internamiento involuntario porque tu exmujer no quiere volver a ayudarte con tus problemas de micropolla? Eso va a quedar genial en el tribunal.

—Sin mencionar el acoso —añade Cash—. Seguirla cruzando fronteras estatales, presentarte en su trabajo, traer refuerzos para intimidarla. Estoy bastante seguro de que a los federales les interesa mucho lo que hacen los polis que abusan así de su poder.

Los compañeros de Gabriel se remueven incómodos. No es esto lo que esperaban.

—Deberíamos irnos —murmura uno de ellos.

Pero Gabriel no ha terminado.

—¿Crees que estás a salvo aquí? ¿Con esta gente? No soy el único poli que se traslada a Stoneheart. Vamos a limpiar este pueblo, empezando por el MC. Y cuando acabemos, no tendrás dónde esconderte.

—¿Eso es una amenaza? —la voz llega desde atrás, tranquila, grave, peligrosa. Stone. Ni siquiera lo había oído entrar, pero de repente el presidente del MC está ahí, y toda la dinámica cambia.

Gabriel se gira.

—Solo estoy exponiendo hechos.

—Aquí va un hecho —dice Stone, con voz tranquila pero mirada letal—. Mercy Rogers está bajo la protección del Stoneheart MC. Eso significa que quien la amenace a ella, nos amenaza a nosotros. Y no respondemos bien a las amenazas.

—¿Estás amenazando a agentes de policía?

—Te estoy informando de las consecuencias —Stone da un paso hacia él—. ¿Quieres limpiar este pueblo? Empieza por los verdaderos criminales. Los que Summit te paga para que ignores mientras acosas a mujeres inocentes.

Gabriel se ruboriza.

—No sabes de qué hablas.

—¿No? —Stone saca el móvil y busca algo en la pantalla—. Interesante traslado el que conseguiste. Acelerado por la gente de Summit en el ayuntamiento. Casi como si necesitaran tener a sus propios polis en posición para algo.

Los polis de refuerzo intercambian otra mirada. Está claro que no sabían que el MC estaba al tanto de la conexión con Summit.

—Nos vamos —dice uno de ellos, agarrando a Gabriel del brazo—. Ahora.

Gabriel se zafa de él, con los ojos clavados en mí.

—Esto no ha terminado, Mercedes. Estás enferma, y voy a ayudarte quieras o no.

—El único enfermo aquí eres tú —digo, y encuentro fuerzas en el muro de cuero y lealtad que me rodea—. Y si vuelves a acercarte a mí, pediré una orden de alejamiento.

—Buena suerte con eso. Soy policía.

—Y yo he dejado de tenerte miedo —las palabras me sorprenden tanto como a él—. Ya no me controlas, Gabriel. Nunca debí permitírtelo.

Y por primera vez, es él quien parece insignificante: un hombre pequeño e inseguro que necesita controlar a otros para sentirse poderoso.

Entonces sus compañeros lo arrastran hacia la puerta, murmurando que no piensan perder su paga por sus dramas personales.

—Os arrepentiréis de esto —grita por encima del hombro—. Todos vosotros.

La puerta se cierra tras ellos. Todo el bar queda en silencio por un instante.

Entonces Duck dice:

—Bueno, eso ha sido divertido. ¿Quién quiere chupitos?

La tensión se rompe. La gente se ríe, vuelve a sus bebidas, pero noto esa corriente de protección bajo la superficie. El MC acaba de declararle la guerra a alguien por mí. Por una camarera don nadie que lleva meses rechazando a uno de los suyos.

—¿Estás bien? —pregunta Cash en voz baja, y me gira para que lo mire.

—No —admito, temblando—. Ni un poco.

Kya me da un abrazo feroz.

—Te cubrimos las espaldas, Merc. Ese imbécil no sabe con quién acaba de meterse.

En cuanto Kya me suelta, Cash se acerca y me habla en voz baja, solo para mí.

—Parece que esto ya no depende de ti, ángel —lo dice con un toque de humor, pero hay una intensidad ardiente debajo, como el aire justo antes de que caiga un rayo.

El instinto me dice que luche, que suelte algún comentario sobre cómo nunca pedí una caballería motera, pero mi adrenalina está bajo mínimos y por un momento simplemente me dejo caer contra él.

Sus brazos me rodean tan rápido que casi no noto el temblor en sus manos.

Sé que está furioso, pero lo único que siento es alivio.

Gabriel cree que ha ganado. Cree que me ha asustado.

Pero lo único que ha conseguido es empujarme hacia lo que estaba intentando evitar: ha involucrado al MC. Y por mucho que no quisiera arrastrarlos a esto, ahora sé que ya no estoy sola.

Yo también tengo refuerzos. Y los míos dan mucho más miedo que los suyos.

—Vamos —dice Cash, con voz suave pero firme—. Cerremos y saquémosla de aquí.

—¿Quieres que te lleve a casa? —pregunta Kya, pero Cash niega con la cabeza.

—Viene conmigo.

—Cash, puedo caminar... —empiezo.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Después de lo que acaba de pasar? —me toma las manos—. Ni de coña. Ninguna mujer mía va a volver a casa andando con este frío mientras su ex acosador anda suelto.

Fuera, su moto espera en el aire frío de diciembre.

Esta vez, cuando me pasa el casco, es diferente.

La primera vez que monté con él fue al hospital cuando nació Rose, justo después de que casi nos acostáramos en una de las mesas.

Me pasé todo el trayecto echándome la bronca por haber dejado que las cosas llegaran tan lejos.

Pero esta vez... esta vez estoy... ¿qué?

¿Suya para proteger? ¿Suya para reclamar? ¿Su mujer?

—Recuerdas cómo funciona esto —dice, y no es una pregunta.

Asiento mientras me pongo la enorme chaqueta de cuero que deja caer sobre mis hombros y me acomodo detrás de él. Pero esta vez, cuando le rodeo la cintura con los brazos, él cubre mis manos con una de las suyas y aprieta con suavidad.

—Esa es mi ángel —murmura, y sus palabras me recorren con una oleada de calor a pesar del frío.

El viaje también es diferente. Toma el camino largo, y sé que está comprobando si nos siguen, asegurándose de que Gabriel no venga detrás.

Pero también parece que quisiera mostrarme algo: que ahora estoy con él, que todo el pueblo puede verme en la parte trasera de su moto, con su cuero puesto, abrazada a él como si ese fuera mi lugar.

Porque quizá sea así.

Cuando llegamos a la sede del club, los demás se detienen a nuestro lado. Se apagan varios motores mientras él me ayuda a bajar, con las manos demorándose en mi cintura.

—Te quedas aquí esta noche.

—No tengo ropa, ni—

—Ya lo resolveremos —dice. Su pulgar me acaricia la cadera—. Pero no vas a volver a ese apartamento. Me da igual lo dura que sea la señora Yu con su bate de béisbol.

Quiero protestar, pero la idea de entrar en ese apartamento vacío, sabiendo que Gabriel podría aparecer allí, me pone la piel de gallina. Miro a Cash y toda mi rebeldía se desmorona.

—Vale.

Dentro, Cash me lleva a su habitación sin dar explicaciones, como si no hubiera otra opción.

—Quédate con la cama —dice mientras coge una almohada—. Yo dormiré en el sofá.

—No hace falta.

—Sí hace falta —dice—. Primera regla del servicio de protección: mantenerte a salvo. Incluso de moteros con cara bonita y pelazo que no saben mantener las manos quietas.

A pesar de todo, me río. Una risa temblorosa y probablemente un poco histérica.

—Descansa, ángel —dice con suavidad.

—Cash —le agarro del brazo antes de que llegue a la puerta—. Gracias por cubrirme las espaldas. Sé que no hemos—

—Ahora eres mía, Mercy —me toma la cara con delicadeza—. Parte del club. Yo te protejo. —Me da un beso en la cabeza y sale de la habitación antes de que pueda intentar detenerlo.

Mientras me acomodo en su cama con su camiseta puesta, rodeada de su olor, miro al techo e intento no pensar en lo que Gabriel estará haciendo ahora mismo. A quién estará llamando. Qué mentiras estará tejiendo. Qué amenazas estará lanzando.

Porque si conozco a Gabriel, y lo conozco, mañana tendrá un plan. Y los Stoneheart MC no tienen ni idea de qué clase de demonio acaban de dejar entrar.