Marcado en piedra MERCY
24%

MERCY

Los sábados por la noche en Devil's Bar siempre son un caos, pero esta noche hay algo diferente.

Quizá sea la cantidad de hermanos del MC que van llegando: Hawk con Andi, Axel en la mesa de billar aunque Poppy esté en casa con el bebé, Duck dándole sorbos a una cerveza en lugar de quedarse con Maggie.

Intentan parecer relajados, pero llevo aquí el tiempo suficiente como para saber cuándo algo pasa.

Quizá sea porque Cash no se ha movido de su sitio al final de la barra desde que apareció a las seis y me ayudó a terminar de preparar. Tiene los nudillos vendados —algo que le pasó después de irse anoche—, pero se niega a decirme cómo.

Sea lo que sea, ha cambiado algo en él. En nosotros.

Pero más que eso, es como si algo estuviera a punto de pasar, como si todos estuvieran en alerta máxima.

Pero quizá solo sea yo. Quizá me lo esté imaginando porque lo único en lo que puedo pensar es en las maletas hechas en mi apartamento, y en que tengo que mentirle a mi jefa, mi amiga, y decirle que necesito tiempo libre por una emergencia familiar antes de simplemente… desaparecer.

Miro a Kya. El plan me pesa en el estómago como una piedra.

Ella entenderá la mentira. Me dirá que me tome una semana, quizá dos.

Le daré las gracias, la abrazaré fuerte, luego iré directa al cajero, retiraré el poco efectivo que tengo, me subiré al coche y me iré.

No sé adónde voy. Ya lo averiguaré en la carretera.

Huir se me da bien; es lo único que se me ha dado bien desde que dejé a Gabriel.

Pero esta vez es diferente. Esta vez, estoy dejando atrás algo que importa.

La mirada se me va hacia Cash.

No sé cómo voy a despedirme de él…

—Dos IPAs y un whisky solo —pide el tipo frente a mí, deslizando un billete de veinte sobre la barra.

Sirvo en piloto automático, la memoria muscular se hace cargo mientras mi mente va a mil.

El bar está a tope esta noche, lleno de lugareños, universitarios que han subido en coche a pesar de la semana de exámenes finales, y suficientes chalecos de cuero para dejar claro que este es territorio del MC.

Voy por la mitad del pedido cuando me doy cuenta de que me tiemblan los dedos.

Echo un vistazo a Cash, y por supuesto, me está observando.

Lleva así toda la noche, siguiendo cada uno de mis movimientos con una intensidad diferente a su coqueteo habitual.

Esto es protector. Posesivo. Como si supiera lo que estoy planeando. Joder.

Me concentro en contar el cambio, pero las teclas de la caja registradora se difuminan y repiquetean bajo mis dedos.

El problema con Cash es que me hace desear cosas, y no sé si lo que siento en el pecho es pavor o esperanza.

Ambos son como reventar una ampolla de sangre entre los dientes: agudo, metálico, un poco enfermizo.

No debería haber dejado que llegara tan lejos. No debería haberme permitido creer que podía quedarme en un lugar el tiempo suficiente como para querer a alguien.

Pero ese es el problema de querer: siempre termina de la misma manera.

Al menos esta vez puedo elegir cuándo termina.

Me odiará por irme, pero eso es mejor que verlo metido en mi desastre.

—Eh, preciosa, ¿qué tal si tú y yo nos largamos de aquí? —Un universitario borracho se inclina demasiado sobre la barra y me echa el aliento a cerveza en la cara.

Antes de que pueda responder, Cash se materializa a su lado.

—Has terminado por esta noche.

El chico empieza a discutir, echa un vistazo al chaleco de Cash y a la fría promesa en sus ojos, y retrocede con las manos en alto.

—Sí, vale, tío. No sabía que era tuya.

Ni siquiera tengo que preguntar qué está haciendo Cash.

Está marcando territorio de la única manera que sabe: como un animal salvaje que ha decidido que el hogar está donde estés tú.

El chico sale corriendo, y Cash se inclina sobre la barra, con la mandíbula tensa, los dedos tamborileando sobre la superficie pegajosa.

Por un segundo creo que va a decirme algo, pero en lugar de eso fulmina con la mirada al siguiente tipo en la fila hasta que el hombre se acobarda visiblemente y decide pedirle al chico nuevo.

—No tienes que hacer eso —murmuro, mientras limpio la condensación de las jarras con un ritmo mecánico.

Niega con la cabeza.

—¿Hacer qué?

—Rondar. Actuar como si estuvieras a punto de arrastrar a algún tipo por el cuello solo porque me ha hablado.

Esta vez, sus labios esbozan una sonrisa torcida.

—Entonces no debería intentar tocar lo que no le pertenece.

—¿Pertenecer? —repito, y la palabra se me atasca en la garganta. Debería rechazarlo, recordarle que no le pertenezco a nadie. Pero esa parte primitiva de mí, la que lleva demasiado tiempo viviendo de adrenalina y miedo, se ablanda al oír su voz. La parte que anhela seguridad susurra: déjalo estar.

No se acerca más. No tiene que hacerlo. El espacio entre nosotros crepita con todas las cosas que no estamos diciendo: yo, que planeo desaparecer antes del amanecer; él, que ya me reclama de maneras que hacen imposible irme limpiamente.

Se inclina sobre la barra y baja la voz.

—Supongo que eso depende de ti.

Las palabras no deberían hacer que el pulso se me acelere, pero lo hacen.

Después de la vida de la que huí, escuchar a cualquier hombre hablar así debería hacerme salir corriendo.

Hace un año, lo habría hecho. Pero ahora, después de meses orbitando el MC, meses viendo cómo estos hombres protegen lo que es suyo, me pregunto cómo sería pertenecer a alguien que no quiere poseerme, solo custodiar el espacio a mi alrededor.

Lo que Cash quiere no es control. Es fe.

De la que dice que si yo dijera que sí, él quemaría el mundo para mantenerme a salvo.

Pero ese tipo de lealtad no solo es peligrosa: es contagiosa.

Si dejo que Cash marque su territorio, mi pelea se convierte en la pelea del club.

Y ya tienen a Summit respirándoles en la nuca, funcionarios de la ciudad en el bolsillo, y policías husmeando en busca de excusas para cerrarlos.

Si Gabriel arrastra su placa a este desastre, no se conformará con arruinarme a mí: los enterrará a ellos también.

Solo de pensarlo se me retuerce el estómago. Esta gente me dio refugio cuando no tenía adónde ir. No puedo ser la razón de que lo pierdan todo.

Por eso tengo que irme antes de que le dé por hacerse el héroe. Antes de que su lealtad desate una guerra que ninguno de nosotros podría ganar.

—¿Depende de mí? —logro decir, apenas lo bastante alto para hacerme oír por encima de la música—. ¿Eso significa que vas a quedarte toda la noche haciendo de carcelero?

Su lengua hace ese gesto pícaro contra los dientes, ese que significa que se está mordiendo la lengua.

—No es una prisión, Mercy. Es una fortaleza. Y si dejaras de pelear conmigo, podrías formar parte de ella.

Casi se me cae un vaso. Fortaleza. La palabra me golpea como una mano cálida en el pecho, a partes iguales consuelo y peligro.

Me escuecen los ojos, y odio que sea lo más amable que alguien me ha dicho en años.

Me doy la vuelta para colocar los vasos de cerveza y ganar algo de tiempo, pero Cash no lo deja pasar.

Se mueve detrás de la barra y me acorrala entre el enfriador de barriles y el contenedor de hielo.

Hay testigos por todas partes —Kya observándolo todo desde el fregadero, Lee junto a los grifos fingiendo no darse cuenta— pero con Cash tan cerca, el resto del bar desaparece.

Solo existe el olor a hombre y cuero de moto, el calor de su cuerpo, y la forma en que inclina la cabeza para obligarme a mirarlo a los ojos.

—Necesito que dejes de pelear conmigo, ángel.

Su voz no suena enfadada. Casi suena a súplica. Está tan cerca que puedo ver lo imposiblemente largas que tiene las pestañas, la pequeña cicatriz en la ceja, la tensión que le curva el labio.

—Cash...

—empiezo, pero la voz se me quiebra.

Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, despacio, con cuidado, como si llevara semanas ensayando este gesto en su cabeza.

—Si quieres huir, te dejaré huir. Pero si te quedas... si me dejas hacer lo que tengo en la cabeza...

—se interrumpe, aprieta la mandíbula, las venas del antebrazo se le marcan—. Si me dices que sí, Mercy, nunca más tendrás que tener miedo.

No está pidiendo perdón ni permiso. Me está haciendo una promesa, una que soy incapaz de creer, pero de repente, aquí de pie en este aire frío que huele a cerveza rancia, con su mano cálida en mi mandíbula, la deseo tanto que duele.

—No estoy...

—intento, pero el resto de la frase se me atasca en la garganta. No estoy lista, no soy tuya, no soy alguien a quien merezca la pena reclamar. Todas son ciertas, y todas inútiles ahora, porque no consigo sacar las palabras, y de todos modos Cash no las necesita.

Se inclina aún más, los labios curvados en esa ternura temeraria que me hace flaquear las rodillas.

—No me asusta lo peor de ti, Mercy.

Su pulgar me recorre el pómulo, y ahora estoy segura de que Kya está mirando, pero no parece importarme.

—Dame todo lo que tienes roto. Yo te daré todo lo que tengo.

La forma en que lo dice, grave y quebrada y casi un poco asustada, me deja la mente en blanco.

Abro la boca para protestar, pero solo me sale un susurro.

—Eso dices ahora.

Los ojos de Cash relampaguean, el verde vuelto cristal tallado.

—Lo diré siempre.

Estudio su rostro, los nudillos vendados, esa mandíbula tensa que siempre parece un poco peligrosa, y antes de que pueda descifrar mi respuesta, alguien grita desde el otro extremo de la barra, rompiendo el momento.

—¡Mercy! ¿Nos van a atender o qué?

Es Felix, el hermano de Poppy, agitando su vaso vacío y montando un numerito de indignación.

Le respondo con una peineta, y Cash le lanza una mirada que podría arrancar la pintura de las paredes.

Felix solo sonríe más ampliamente, como si fuera el rey de los capullos, y cuando le sirvo una sidra fresca por cuenta de la casa, la golpea contra la barra a modo de brindis:

—Por Mercy, que es demasiado buena para cualquiera de vosotros, neandertales.

Sospecho que se refiere a Cash, pero no pienso decírselo.

El ritmo del bar toma el control. Estamos hasta arriba desde las siete hasta casi las once, y Cash hace de copiloto toda la noche: repone los enfriadores en la trastienda, echa una mano con los clientes borrachos aunque llevo años lidiando con borrachos y no lo necesito.

Aun así, de algún modo extraño, me gusta.

No solo la ayuda, sino la atención. Podría volverme adicta a cómo me sigue con la mirada por el local abarrotado, o a cómo se le tensa la mandíbula cada vez que le sonrío a un cliente que me mira dos veces.

Quizás debería decir que sí y punto.

El pensamiento me pilla desprevenida, y por un segundo me permito imaginarlo.

Decir que sí. Quedarme. Construir algo real aquí en lugar de volver a huir.

Pero entonces recuerdo el móvil de prepago en mi apartamento, las maletas ya hechas, el coche con el depósito lleno para no tener que parar en horas.

Y recuerdo que no estoy hecha para quedarme.

Quizás podría darle una sola noche...

No me da tiempo a pensarlo más porque un escalofrío me recorre la base de la columna.

El bar se queda de repente demasiado silencioso —solo un instante, pero suficiente para que mi instinto de camarera salte a DEFCON 1—.

A través del ventanal, luces azules y rojas se despliegan como un maldito pavo real.

Cash me busca con la mirada. Veo cómo calcula. Ya se está moviendo hacia mí cuando la puerta se abre.

Tres policías entran.

Por un segundo, solo veo los uniformes: azul oscuro, las placas reflejando las luces del bar. Estos no son los polis habituales del Departamento de Policía de Stoneheart. No los he visto en mi vida. Dos tipos corpulentos con pinta de porteros de discoteca, puro cuello de toro y mirada recelosa.

Y entonces el tercero se adelanta, se coloca al frente con un aire de autoridad.

La bandeja se me inclina en las manos. Los vasos vacíos resbalan, se estrellan contra el suelo en una cascada de cristales rotos que parece ocurrir a cámara lenta. El sonido llega distante, amortiguado, como si estuviera bajo el agua.

Gabriel.