MERCY
Las lavadoras industriales del piso de abajo zumban con su ritmo de siempre.
Normalmente ese sonido me tranquiliza, pero hoy solo añade más caos a mi cabeza.
No pude dormir después de que Cash me acompañara hasta la puerta.
Mi mente no dejaba de revivir su boca en la mía, la sensación de sus dedos callosos sobre mi piel.
Lo que me dijo antes de marcharse: sueña con tener mi boca sobre ti.
Así que aquí estoy a las siete de la mañana, metiendo monedas en la lavadora, viendo mi escaso guardarropa dar vueltas entre la espuma.
El olor a jabón y el calor húmedo poco hacen por calmar la energía que vibra bajo mi piel.
Mis dedos trazan la tenue marca morada en mi garganta, oculta bajo mi pelo rizado.
Ya he tenido marcas en la piel antes. Pero aquellas estaban destinadas a castigar, a avergonzar. Esta... esta se siente diferente.
Una marca de posesión.
Se me retuerce el estómago: miedo y deseo. Lo que pasó anoche fue peligroso. Más peligroso que una partida de cartas, más peligroso que un motero forajido. Lo más peligroso del mundo es la esperanza, y anoche Cash encendió una cerilla en la oscuridad. Una que sé que necesito apagar.
Porque la esperanza significa tener algo que perder.
Y ya aprendí lo que pasa cuando empiezo a creer que puedo aspirar a más.
Hace dos años me alejé de un hombre que se aseguró de que supiera exactamente lo insignificante que debía ser.
Todavía intenta recordármelo. Cada vez que empiezo a respirar, encuentra la manera de tirar de la correa desde kilómetros de distancia.
No juega limpio: destruye lo que tienes hasta que te arrastras de vuelta solo para que pare.
Mi pasado nunca está lejos, siempre al acecho del próximo paso en falso.
Me apoyo contra la lavadora. La vibración me recorre los huesos. Cierro los ojos, deseando que las cosas fueran diferentes.
Desde el momento en que conocí a Cash, me sentí atraída por él.
Ese tipo de atracción que es como la gravedad: silenciosa, constante, imposible de ignorar.
Lo rechacé de inmediato, me dije a mí misma que debía mantener las distancias.
Los hombres guapos suelen venir con actitudes feas, y yo ya había tenido bastante de eso.
Pero cuanto más lo conocía, más veía al hombre que había bajo el físico: firme, paciente, protector de una manera que me hacía sentir segura cuando llevaba años sin sentirme así.
Pese a lo que me dictaba la prudencia, nos hicimos amigos.
Empezó poco a poco. Mensajes a altas horas de la noche, comentarios sarcásticos en la barra, horas tranquilas llenas de conversación fácil.
Me dije que ser su amiga era suficiente.
Que era más seguro. Pero era mentira. Cada mirada, cada risa, cada roce casual de su mano me acercaba más a él.
Hasta anoche, cuando la tensión finalmente estalló.
Todavía siento el peso fantasmal de sus manos sobre mí, todavía saboreo el whisky y el deseo en mi lengua. Durante unas horas, me permití creer en el cuento de hadas: que podía ser la mujer que él ve cuando me mira. Fuerte. Segura de mí misma. Libre.
Pero los cuentos de hadas no sobreviven a la luz del día. Y la verdad es que no soy libre. A mi ex no le importa que me fuera. No le importa que me haya construido una nueva vida. Eso lo ha dejado más que claro.
Sé de lo que es capaz. Y sé exactamente hasta dónde llegará para recordarme quién manda. Pero no voy a arrastrarme de vuelta. Nunca más.
Y no dejaré que le ponga un dedo encima a Cash. Ni al club. Si mantenerlos a salvo significa no bajar la guardia, que así sea. He sobrevivido a cosas peores que la soledad.
—Hoy madrugas, querida.
Abro los ojos y veo a la señora Yu acercándose con pasitos cortos hacia las lavadoras, una pequeña cesta de mimbre en el brazo.
Debe de rondar los ochenta, con el pelo gris acero siempre recogido en un moño impecable y unos ojos a los que no se les escapa nada.
En los nueve meses que llevo viviendo arriba, se ha convertido en algo a medio camino entre casera y abuela: el tipo de mujer que te trae sopa cuando estás enferma y se da cuenta cuando llegas a casa llorando.
—No podía dormir —admito. Me levanto y paso la ropa mojada a la secadora. La acción rutinaria me calma los nervios.
—Yo tampoco. Te oí llegar tarde anoche. —Me mira y sonríe—. O debería decir, temprano esta mañana.
—Espero que no la hayamos despertado. Sé que las escaleras hacen mucho ruido.
La señora Yu se acomoda en la silla de plástico que tiene junto a la mesa de doblar. —Oh, cariño, cuando llegas a mi edad ya no duermes mucho, de todas formas. Además, no fueron las escaleras las que hicieron todo ese ruido.
Se me quedan las manos quietas sobre los vaqueros que estoy sacudiendo. —¿Qué quiere decir?
—Esa moto. —Me lanza una mirada cómplice mientras empieza a clasificar la ropa—. Menuda máquina. Y menudo hombre el que la conducía, por lo que pude ver desde mi ventana.
Noto cómo el calor me sube por el cuello. Claro que lo vio. El apartamento de la señora Yu está en la parte delantera del edificio; la ventana de su dormitorio da directamente a la calle. Lo vio todo.
—Es solo un amigo —digo, y la mentira me sabe amarga en la lengua.
—Mmm-hmm. —Saca un vestido floral descolorido y empieza a doblarlo con la perfección que dan décadas de práctica—. Los amigos no suelen hacer eso de ponerte el dedo bajo la barbilla. Y estoy bastante segura de que también vi cómo te metía el pulgar en la boca.
—¡Señora Yu! —bromeo, sonriendo ya—. Qué mente más sucia tiene.
—Solo cuento lo que vi.
—No me metió el pulgar en la boca. —Me pongo a contar monedas para la secadora, agradecida de tener algo que hacer con las manos—. Solo... me lo pasó un poco por el labio inferior.
La señora Yu se limita a emitir un «mmm» bajo y cómplice. —A veces, eso es más íntimo.
Se me encienden las mejillas.
—¿Y esa marca en el cuello? ¿Su pulgar también pasó por ahí?
—Dios mío. —Me llevo la mano a la garganta, tapando la marca mientras la cara se me pone aún más roja—. No es nada. Y usted es incorregible.
Suelta una risita. —Oh, yo también fui joven, querida. Recuerdo ese tipo de fuego. Cuando el Sr. Yu y yo nos acabábamos de casar... que Dios lo tenga en su gloria. —Su sonrisa se suaviza y su mirada se pierde un momento en la distancia.
Meto el último montón de ropa en la secadora y cierro de un portazo. El golpe retumba en el silencio. Cuando me vuelvo, el brillo en los ojos de la señora Yu se ha apagado, sustituido por una preocupación intensa que me encoge el estómago. Sus manos se detienen sobre el paño de cocina.
—Este motociclista —dice, y su voz pierde el tono cantarín de antes—. ¿Sabe de qué huyes?
El calor de mis mejillas desaparece, sustituido por un pavor helado que me eriza la piel. La miro fijamente, con la garganta cerrada, mientras la charla distendida de hace un momento se disuelve en un silencio espeso y sofocante.
—¿Sabe lo de tu marido, Mercy? —insiste con suavidad, con los ojos llenos de una lástima que no puedo soportar.
La señora Yu es la única persona en Stoneheart que sabe la verdad sobre por qué estoy aquí, de qué estoy huyendo. Me encontró llorando en esta misma lavandería hace seis meses, justo después de que uno de sus abogados localizara mi nuevo número.
¿Sra. Rogers? Soy Elias Webb, de Webb, Kline lo único que se oye es el zumbido y el traqueteo de las máquinas a nuestro alrededor. Cuando vuelve a hablar, su voz lleva la sabiduría de toda una vida viendo a la gente tomar decisiones difíciles.
—¿Estás segura de que eso es justo con él?
Pienso en Cash anoche en el hospital. En cómo me atrajo hacia su regazo cuando dije que no era de la familia, la fiereza protectora en su voz cuando me dijo que sí pertenecía. En cómo sostuvo el diminuto puño de la pequeña Rose y me miró como si estuviera viendo nuestro futuro.
Un futuro que no puedo tener. No porque no lo merezca, sino porque Gabriel no lo permitirá.
—No se trata de lo que es justo —digo, con un nudo en la garganta—.
Se trata de mantenerlo a él y al club a salvo.
—Es la verdad, pero no toda la verdad. El resto, la parte que apenas puedo admitirme a mí misma, es que estoy agotada de luchar.
Agotada de mirar por encima del hombro, de sobresaltarme cada vez que suena el teléfono, de preguntarme si hoy será el día en que Gabriel encuentre una nueva forma de hacerme daño.
¿Y Cash? Él representa todo lo que quiero y todo lo que jamás podré tener.
Porque en el momento en que me permita tenerlo, Gabriel lo sabrá. Y me lo arrebatará. Es lo que hace.
—Perdona que te diga lo evidente, querida. Pero ¿no es un poco tarde para eso? Tú misma has dicho que el club es la razón por la que viniste a Stoneheart, por la que aceptaste ese trabajo.
—Lo sé. —Me dejo caer en el banco frente a ella, de pronto exhausta—. Pensé que podría simplemente... pasar desapercibida. Quedarme en la periferia, lo bastante cerca para sentirme a salvo.
La señora Yu esboza una sonrisa suave y triste que me retuerce las entrañas. —Oh, mi dulce niña. Una llama como tú no pasa desapercibida. Tú ardes. —Hace un gesto vago hacia la calle, hacia donde había estado aparcada la moto de Cash—. ¿Y ese hombre? Es pura gasolina.
Suelto un suspiro pesado. Tiene razón. He sido una tonta al creer que podía esconderme en los márgenes de una banda de forajidos sin acabar arrastrada a la zona de peligro. No estaba pasando desapercibida. Solo estaba esperando la explosión inevitable.
—Anoche fue un error —digo al fin, con las palabras amargas en la boca. Levanto la vista hacia ella—. No debería haber... —Mi voz se apaga y la expresión de la señora Yu se suaviza.
—Que te guste un hombre no es ningún error, Mercy.
—Dejar que me toque sí lo es —espeto, y enseguida me arrepiento de la aspereza de mi tono—.
Dejar que piense que tiene derechos sobre mí.
Gabriel... él no comparte. Nunca lo hizo.
Si se entera de lo de Cash, no verá a un rival al que vencer.
Verá una amenaza que eliminar. —Su furia fría y metódica me cruza la mente.
Me estremezco a pesar del calor húmedo de la habitación—. Tengo que acabar con esto.
He intentado ser libre. He intentado construir algo nuevo.
Pero cada vez, cada vez, Gabriel encuentra la manera de colarse.
Un abogado que llama a mi teléfono. Un investigador privado que aparece en mi puerta a hacer preguntas.
Ese «control de bienestar» del mes pasado en el que un policía de Ailington resultó estar casualmente en el mismo sitio que yo.
Nunca va a soltarme. ¿Y lo peor? Pensé que podía escapar de él.
Pensé que poner cientos de kilómetros entre nosotros bastaría.
Pero no basta. Nunca basta. ¿Y meter a Cash en esto?
Eso no es libertad. Eso es solo darle a Gabriel otra arma que usar contra mí.
La señora Yu me observa un largo momento. —Entonces, ¿vas a alejar a este joven, a este Cash?
Asiento, mordiéndome el borde de la uña del pulgar mientras la certeza se apodera de mí. —Tengo que hacerlo. —La decisión es como arrancarse una tirita—. Me permití olvidar durante unos minutos. Pero es lo correcto.
—Lo correcto rara vez es lo fácil, querida. —Dobla un paño de cocina con un chasquido seco y definitivo—. Pero a veces, huir de un buen hombre porque le tienes miedo a uno malo... eso tampoco es lo correcto. Es solo miedo.
Recoge la cesta de ropa doblada y se dirige a la trastienda, dejándome a solas con sus palabras.
Es solo miedo.
Qué fácil le resulta decirlo. No sabe lo que es no estar nunca lo bastante lejos, cambiar de número cuatro veces y seguir oyendo su voz, construir una vida nueva que puede desvanecerse con una sola llamada.
Eso no es miedo. Es la realidad. Es un recordatorio de que libertad y seguridad no son lo mismo.
Estar cerca del club me ha mantenido a salvo hasta ahora.
La reputación de Stoneheart hace que la mayoría se lo piense dos veces antes de entrar en su territorio y hacer preguntas, y durante un tiempo, con eso bastó.
Pero ¿involucrarme con uno de ellos? Eso es diferente.
A hombres como Gabriel les dan igual los límites y las consecuencias.
Si se entera, dejará de preocuparse por las apariencias.
Usará sus contactos y se empeñará en destrozar al club con tal de llegar a mí, y ni siquiera tipos tan capaces como los del MC podrían detenerlo.
El móvil vibra sobre la mesa plegable y se me hiela la sangre.
Pero cuando lo miro, es solo un mensaje de Kya que me pregunta si puedo cubrir un turno extra esta semana.
El alivio es pasajero. Cada llamada inesperada, cada golpe repentino en la puerta, cada desconocido que se queda demasiado rato en el bar... todo me recuerda que mi pasado siempre está ahí, siempre al acecho.
Cuando por fin me arrastro escaleras arriba a prepararme para el turno, ya me he convencido.
Esto es compasión: proteger a Cash, proteger al club.
El apartamento parece más pequeño ahora, más motel que hogar.
Me pongo los vaqueros y ensayo la mentira que voy a decirle: Cash. Lo de anoche fue un error.
Me dolerá decirlo, pero mejor eso que ver a Gabriel convertir al hombre que me importa en daño colateral. Me fui para ser libre. Pero libertad no significa estar a salvo. Solo significa huir sola.