MERCY
—Ángel.
La mirada de Cash desciende hasta mi escote. Traga con fuerza, la nuez moviéndose en su garganta. Cuando sus ojos se encuentran con los míos, ese verde pálido se ha oscurecido, voraz.
—¿Estás segura de saber a qué estás jugando?
La parte racional de mi cerebro me grita que pare. Que me aleje. Es Cash, un motero seis años menor y mucho más peligroso para mi corazón parcheado con cinta de lo que debería permitirse. Podría destrozar lo que queda de mí sin siquiera darse cuenta. Podría romper a una mujer con solo sonreír.
La parte racional de mi cerebro puede gritar todo lo que quiera. No es la que manda ahora mismo. Quien manda es la parte de mí que lleva demasiado tiempo hambrienta de una caricia que no sea una amenaza, de una mirada que me vea deseable y no defectuosa.
Una sonrisa lobuna le curva los labios. No aparta la mirada de mi pecho.
—Bien.
La palabra sale ronca, como una promesa. Alarga la mano hacia la baraja con movimientos deliberados.
—Pero los secretos también se quedan sobre la mesa. Si pierdes, me llevo una prenda... y una respuesta.
Levanto la barbilla.
—Ya veremos.
Sonríe con suficiencia y reparte. Sus manos se mueven sobre la mesa desgastada, los nudillos rozando la madera mientras desliza las cartas hacia mí.
El aire vibra a whisky y deseo. Su mirada se demora en mis clavículas, en el borde de encaje de mi sujetador.
Cada respiración entre nosotros retumba en el silencio.
Esto ya no es un juego. Es una negociación, y no sé qué estoy dispuesta a perder.
Mis dedos tiemblan al recoger las cartas. Un par de ases. La esperanza se enciende. Cuando levanto la vista, me está mirando a mí, no a su mano. Descarto tres.
Reparte de nuevo, sin apartar los ojos de mí. Saco otro as. Mi pulso se dispara. Trío. El triunfo me recorre como una chispa.
Despliego las cartas en abanico.
—Tres ases. Esto es una victoria. Paga, motero.
Voltea sus cartas una por una. Un par de nueves. No es suficiente.
Una sonrisa lenta me curva los labios. Me recuesto, saboreando el giro de poder.
—El chaleco —murmuro—. Quítatelo.
Sus ojos brillan y luego se oscurecen. No discute. Se pone de pie, se quita el pesado cuero y lo cuelga en el respaldo del reservado. Sin él, parece más corpulento, menos protegido.
—Muy bien, ángel.
Se acomoda de nuevo.
—¿Qué secreto quieres?
—¿Por qué estás siempre aquí? —pregunto, señalando hacia la barra.
—Stone quiere que alguien vigile el local.
—Un prospecto podría hacer eso.
Ladeo la cabeza.
—¿Por qué tú?
Se inclina hacia delante, el espacio entre nosotros se reduce a nada. Su voz se vuelve grave, ronca y queda.
—Creo que los dos sabemos la respuesta.
Las palabras quedan suspendidas, una confesión disfrazada de desafío. Mi pulso se dispara. Está aquí por mí. No lo dice, pero lo leo en el calor de su mirada y en la tensión de sus hombros.
Trago saliva, la garganta seca.
—Baraja —susurro.
La palabra suena a reto. Su mirada se desliza hasta mi boca.
Por un latido, creo que olvidará el juego por completo.
Pero entonces una sonrisa lenta y depredadora le curva los labios.
Coge las cartas y las baraja con gracia deliberada.
El susurro rítmico de los naipes acompaña el latido frenético de mi pulso.
Está jugando a mi juego. Por ahora. Y saberlo es una droga embriagadora y peligrosa.
Reparte. Las cartas se deslizan sobre la madera, frescas en contraste con el calor de sus ojos. Recojo mi mano. Basura. Un par de treses y nada más. Descarto tres, rezando por un milagro a un dios en el que dejé de creer hace mucho.
Sin suerte.
Se me cae el alma a los pies mientras pongo las cartas sobre la mesa. Ni siquiera necesita mostrar las suyas. Esa mueca arrogante y sabihonda me lo dice todo antes de que descubra una escalera.
—Mi turno, ángel.
Su voz desciende a un gruñido grave que reverbera en la mesa. Mis dedos buscan el botón de mi falda. Me tiemblan un poco.
—O —dice, con la mirada clavada en mí— puedes contarme de qué estás huyendo.
—¿Quién dice que estoy huyendo?
Cash se ríe, una risa grave y retumbante.
—Ángel, en cuanto te pregunté por qué estás en Stoneheart, empezaste a desnudarte. Y aunque aprecio las vistas, todavía puedo pensar con la cabeza de arriba.
Se toca la sien.
Tiene razón. El muy cabrón tiene razón. Ha visto a través de la endeble armadura que levanté, y la certeza me golpea con fuerza. Mis secretos son míos, cosas incómodas que me ha costado enterrar, y que me aspen si los desentierro para un motero con ojos bonitos y buena mano.
¿Quiere saber por qué estoy aquí? Pues lo lleva claro. Responder significa resucitar a la mujer que se fue haciendo cada vez más pequeña hasta que no quedó nada. Y juré que nunca volvería a ser ella.
Aprieto la mandíbula. Lenta, deliberadamente, llevo la mano al botón una vez más. La cremallera baja, ruidosa en el silencio.
—Creo que prefiero quitarme la ropa.
Mi elección. Mi cuerpo. Mis condiciones.
Sus ojos permanecen fijos en los míos mientras me pongo de pie. El denim desgastado se desliza por mis caderas y cae a mis pies en silenciosa rebeldía. Me deshago de él. Solo quedo en encaje negro.
El aire zumba, denso con algo más oscuro que el deseo. Un desafío. Una batalla de voluntades.
Se levanta del reservado con movimientos fluidos y depredadores. Antes de que pueda prepararme, está detrás de mí. Dedos cálidos y callosos me rozan el hombro. Una descarga me atraviesa hasta el centro.
—Aceptaste las reglas, ángel —murmura, su aliento rozándome la oreja como un fantasma—. ¿Por qué jugar a los secretos si no vas a jugar limpio?
Su pulgar presiona el hueco de mi clavícula, una exigencia silenciosa de la verdad que me niego a dar.
Un escalofrío me recorre, a partes iguales placer y resistencia. Quiere mi verdad. Quiere que exponga lo que llevo años ocultando bajo llave. Pero esa voz —la que suena demasiado a mi ex, a mi madre— susurra: No eres suficiente. Nunca lo fuiste. Nunca lo serás.
Pasé treinta años escuchando esa voz. Se acabó. Mis secretos son cicatrices, no trofeos para ganar en una partida de póquer.
—¿Justo? —susurro, inclinando la cabeza hacia atrás para encontrar su mirada—. Esto dejó de ser justo en cuanto hiciste trampa.
Su sonrisa es puro pecado.
—Tienes razón, ángel. Esto no va de ser justo.
Antes de que pueda reaccionar, su mano se enreda en mi pelo. Agarra los rizos de fuego y me echa la cabeza hacia atrás, dejando mi garganta expuesta. Su boca se estrella contra la mía —brutal, exigente, robándome el aliento. Marcando territorio.
Me levanta sin esfuerzo y me sienta en el borde de la mesa. Su boca se separa de la mía. Besos ardientes y húmedos descienden por mi mandíbula, mi cuello. Succiona con fuerza justo debajo de mi oreja. Una posesión brutal que dejará marca. Parte de mí se regodea en ello.
Mientras me marca, sus dedos encuentran el cierre del sujetador. Cede con un suave clic. Lanza el encaje a un lado.
El aire frío golpea mi piel, seguido del calor de su mirada. Debería cubrirme, pero no lo hago. Le sostengo la mirada, desafiándolo a hacer algo más que mirar.
—Joder, eres perfecta.
Me recuesta sobre la madera fría. Su cuerpo se aprieta contra el mío, un peso denso y delicioso, mientras su boca continúa explorando.
Sus manos ascienden por mis costillas y cubren mis pechos.
Los pulgares trazan círculos sobre mis pezones, endureciéndolos hasta convertirlos en picos doloridos.
Un gemido ronco escapa de mis labios —pura necesidad.
Hace años que no emito ese sonido. Su boca encuentra un pezón.
Lo lame con lengua caliente y húmeda. Una descarga me atraviesa hasta el centro.
Mi espalda se arquea sobre la mesa mientras su mano desciende por mi estómago, abrasando mi piel hasta que sus dedos callosos se enganchan en la cinturilla de las bragas.
Esto es mío. Este momento, este calor, este deseo —todo mío.
Estoy eligiendo esto, a él, sentirme bien en mi propia piel.
La mujer que fui se habría avergonzado de cada defecto, cada imperfección, de todas las formas en que no daba la talla.
Pero esa mujer ya no vive aquí. Este cuerpo es mío, y ahora mismo se lo estoy entregando a un hombre que me mira como si lo fuera todo.
—Dios, ángel —gime contra mi pecho, la voz convertida en algo ronco y desgarrado—. Me muero por saber a qué sabes.
Va dejando besos por mi estómago, bajando lentamente el encaje por mis caderas. Estoy lista, tan lista para dejarle. Para darle esto y todo lo demás de mí.
Entonces un timbre agudo y electrónico rompe el silencio cargado. Le sigue de inmediato un tono más grave y vibrante. Dos teléfonos sonando en armonía discordante e insistente —el suyo en la mesa junto a nosotros, el mío en el bolsillo de la falda tirada en el suelo.
Los dos nos quedamos paralizados, el momento roto por los tonos de llamada que compiten.
—Joder —jadea Cash. Sus dedos se tensan sobre mis bragas un instante antes de apartarse con otra maldición que haría sonrojar a un marinero.
Los teléfonos siguen sonando, insistentes. Me bajo de la mesa a toda prisa, agarro el sujetador y forcejeo con el cierre mientras corro a contestar. Cash ya está cogiendo el suyo, la mandíbula tensa de frustración.
El identificador de llamadas parpadea mientras deslizo el dedo por la pantalla: Ginger.
—Ginger, ¿qué pasa? —contesto sin aliento.
—Mercy, gracias a Dios. Ven al hospital ya. Poppy está de parto, de parto de verdad. Axel está histérico y necesitamos refuerzos.
—Dios mío. Claro —casi me caigo intentando ponerme la falda y sujetar el móvil a la vez—. Salgo ya.
Cuelgo. Con dedos torpes, me meto el móvil en el bolsillo trasero. El corazón todavía me late con fuerza, pero ahora por una razón muy distinta.
Poppy.
Agarro la camiseta de la mesa y me la pongo justo cuando Cash dice:
—Voy para allá.
Y cuelga.
Se guarda el móvil, la expresión sombría. El hambre voraz de sus ojos ha desaparecido, sustituida por la concentración fría de un soldado que recibe órdenes.
—¿Poppy? —pregunto, con la voz todavía ronca de sus besos y mi propio deseo.
—Sí. Era Tank. ¿Y tú? —su mirada encuentra la mía. Por un segundo, el calor vuelve a cobrar vida, un fantasma del fuego que estábamos avivando.
Aparto la mirada.
—Ginger. Dijo que nos necesitan a todos.
—Vamos. Te llevo al hospital —no es una pregunta. Coge el chaleco del reservado y se enfunda el pesado cuero como si fuera una armadura. El hombre de hace un momento ha desaparecido, sustituido por el Tesorero del Stoneheart MC. El cambio es tan brusco, tan absoluto, que me marea.
Mientras vamos hacia la puerta, el peso de lo que acaba de pasar cae sobre mí.
Hace cinco minutos, estaba tendida sobre la mesa, dispuesta a dejarle hacer lo que quisiera. Más que dispuesta: desesperada.
Y parte de mí se pregunta si ese teléfono me salvó o me robó algo.
Me salvó de enfrentarme a la mañana siguiente, cuando el deseo se desvanece y la realidad se impone.
Cuando descubra que no soy solo la mujer segura detrás de la barra, sino alguien con cargas, cicatrices y un pasado del que no consigo librarme...
—Mercy —su voz me detiene en la puerta. Cuando me giro, está justo ahí, tan cerca que puedo oler el whisky y el deseo que todavía emana de su piel. Me acuna el rostro con la mano, el pulgar rozando mis labios hinchados—. Esto no ha terminado.
La antigua yo se desmoronaría ahora mismo —solo lo dice por decir, no lo dice en serio, en cuanto sepa la verdad sobre ti, se irá.
Pero ya no soy ella. La dejé atrás en Ailington junto con todo lo demás.
Así que le sostengo la mirada y me permito creerle, solo por esta noche.
Aunque esa vocecita crítica ya me está recordando que me estoy preparando para la caída.