MERCY
—Puedes irte —le digo a Miguel en la cocina—. Yo termino de limpiar.
—¿Estás segura, jefa?
El Devil's Bar está muerto esta noche. Tan silencioso que oigo el zumbido del letrero de neón. Tres clientes en la última hora, y el último acaba de salir tambaleándose, borracho como una cuba y cantando desafinado.
—Sí, vete a casa con tu familia.
Cash levanta la vista desde su sitio al final de la barra, donde lleva una hora dándole vueltas a la misma cerveza.
«Vigilando las cosas», me dijeron. A la mayoría de la gente le resultaría intimidante tener a un miembro corpulento de un club de moteros forajidos observándola mientras trabaja.
¿A mí? Me resulta extrañamente reconfortante no tener que mirar por encima del hombro en toda la noche.
La última vez que me sentí segura con un hombre vigilándome, aquello acabó convirtiéndose en acoso. Con Cash es diferente. Reconfortante.
Quizá sea la forma en que retumba su voz cuando habla con sus hermanos del club, o cómo sus manos hacen que el vaso parezca diminuto. Sea como sea, no debería sentirme tan segura... ni tan distraída.
—¿Cierras temprano? —pregunta.
—Mejor. No tiene sentido seguir abiertos para fantasmas y pelusas —empiezo a limpiar las mesas, demasiado consciente de su presencia.
Oficialmente, está aquí porque esa gran promotora inmobiliaria, Summit, sigue merodeando.
Llevan meses usando tácticas sucias para comprar casas y negocios.
El presidente del club, Stone, quiere que alguien vigile el bar, y de alguna manera ese alguien siempre acaba siendo Cash. Al menos cuando estoy yo de turno.
Deja la botella vacía y rodea la barra.
—¿Y si lo dejamos por hoy los dos? Te acompaño al coche.
—En realidad... —hago una pausa, sorprendida por lo que estoy a punto de decir—. ¿Quieres tomar una copa conmigo? Una copa de verdad, no esa cerveza light que llevas toda la noche haciendo durar.
Arquea las cejas, sorprendido.
—¿Quieres beber con un motero, Mercy?
—Solo si crees que puedes seguirme el ritmo —replico, y una sonrisa me curva los labios.
Su sonrisa se ensancha, lenta y peligrosa.
Se me encoge el estómago, y me doy la vuelta para coger lo bueno: una botella de whisky añejo que Kya y yo guardamos escondida para ocasiones especiales.
O, por lo visto, para noches tranquilas con el tesorero del club—. ¿Te va bien whisky?
—Sírvelo, ángel —su voz grave llega desde justo detrás de mí. Está tan cerca que noto su calor a través de la camisa.
Se me quedan las manos quietas.
¿Qué estoy haciendo? Pedirle a Cash que tome una copa conmigo es buscarse problemas.
Pero ¿cuándo fue la última vez que... disfruté sin más?
¿Que tomé una copa con un hombre atractivo sin darle mil vueltas a cada consecuencia?
¿Sin esa voz en mi cabeza enumerando todas las formas en que voy a fastidiar esto? ¿En que él va a destrozarme?
Cállate, le digo. Esta noche no.
Antes de darle más vueltas, vierto dos dedos de líquido ámbar en un par de vasos gruesos. Sus ojos verde pálido siguen cada uno de mis movimientos mientras le tiendo uno. Nuestros nudillos se rozan cuando lo coge. Una chispa me recorre el brazo y se instala en lo más hondo del vientre.
—Por los fantasmas y las pelusas —murmura, sin apartar la mirada de la mía mientras levanta el vaso.
—Por las noches tranquilas —respondo con voz suave.
Nuestros vasos se encuentran con un tintineo.
El whisky me quema al bajar por la garganta, y el calor florece a su paso.
No lo suficiente para olvidarme de que lo tengo al lado.
Me observa por encima del borde del vaso, con una sonrisa burlona asomando a los labios mientras mete la mano en el chaleco.
—¿Quieres jugar? —saca una baraja muy usada del bolsillo interior. Es tan inesperado que me río, e inmediatamente intento contenerme.
—¿Qué, las llevas a todas partes?
Se encoge de hombros y deja la baraja en la barra.
—Nunca sabes cuándo vas a necesitar un seguro. O una forma de matar el tiempo —sus manos se mueven sobre las cartas con una soltura que delata más de una estafa en sus tiempos.
La baraja sobada le pega a su dueño.
Cash es injustamente guapo, de esa manera ruda que vuelve estúpidas a las mujeres inteligentes.
Alto y musculoso, con el pelo oscuro lo bastante largo como para enredar los dedos en él...
no es que lo haya pensado. Mucho. Su mandíbula lleva unos días de barba incipiente que resultaría deliciosa contra la piel sensible.
Pero son sus ojos los que siempre me atrapan. Verde pálido, como cristal pulido por el mar. Agudos y vigilantes.
—¿A qué jugamos? —pregunto, y doy otro sorbo al whisky.
Despliega las cartas en la barra con un giro experto de muñeca.
—¿Qué tal un póquer de cinco cartas? Podemos hacerlo interesante.
—¿Cómo de interesante? —arqueo una ceja y apoyo la cadera en la barra, intentando proyectar una confianza que no tengo del todo.
Su mirada se clava en la mía. Aguda. Directa.
—El que pierda cuenta un secreto.
Un secreto. La palabra queda suspendida entre nosotros, cargada de cosas sin decir. Mis secretos son dentados, de bordes afilados, y es mejor dejarlos enterrados. La idea de compartir uno con él, aunque sea pequeño, me provoca un escalofrío en la columna.
—Es un juego peligroso.
—Soy un hombre peligroso —no aparta la mirada, y el calor de sus ojos me seca la boca—. La pregunta es: ¿eres lo bastante valiente para jugar?
Debería decir que no, terminar la copa, desearle buenas noches, irme a mi apartamento tranquilo donde puedo fingir que ver sus manos en esas cartas no me hace imaginarlas sobre mi piel.
En cambio, me oigo decir:
—Vale. Reparte.
Nos deslizamos en un reservado de cuero gastado; nuestros vasos de whisky dejan anillos húmedos en la madera oscura.
Cash baraja las cartas, las manos moviéndose con ritmo fácil.
El suave roce de los naipes es el único sonido aparte de mi respiración.
Reparte cinco para mí, cinco para él, con los ojos brillando de desafío.
Y maldita sea si esa mirada no me hace apretar las rodillas.
Levanto mis cartas. Una pareja de jotas. No está mal. Descarto tres, con el pulso latiéndome en la garganta. Él desliza las nuevas. Echo un vistazo. Nada. Jota alta.
Mi sonrisa flaquea.
—Aquí las tienes, para que llores —digo, intentando sonar valiente mientras extiendo las cartas.
Cash se limita a reírse, una risa grave y profunda. Muestra sus cartas. Full. Ases sobre reyes.
—Hijo de puta —murmuro, recostándome en el cuero.
Recoge las cartas con movimientos lentos y deliberados.
—Trato es trato, ángel. Toca pagar.
Sus ojos van de mi rostro a los rizos castaños rojizos que me caen sobre los hombros.
—Empecemos por algo fácil. Ese color de pelo. ¿Es natural?
La pregunta es tan mundana, tan inesperadamente íntima, que me pilla desprevenida.
—¿Te crees que me lo tiño?
Su mirada se vuelve ardiente y una sonrisa lenta le cruza los labios.
—Solo me preguntaba —su voz baja una octava— si el fuego te recorre entera.
Ahí está. El territorio familiar del sexo y la atracción: fácil, seguro, algo que sé manejar. Quiere verme desnuda. Eso puedo dárselo. Es el resto de mí, las partes rotas y dañadas, lo que nadie quiere de verdad.
El calor me sube por el cuello. Un rubor traidor que no puedo controlar. Mi mente se queda en blanco y se inunda de imágenes: sus manos enredadas en mi pelo, su boca por todas partes. Respiro hondo y aparto esos pensamientos. Después le sostengo la mirada como si no estuviera ya medio derretida.
—Creo que ese tipo de secreto tendrás que ganártelo con hechos, motero —logro decir—. No solo con un golpe de suerte.
Esa sonrisa suya no vacila.
—¿Quién ha dicho que fuera suerte?
Se inclina hacia delante y acorta la distancia entre nosotros sobre la mesa.
—Quizá solo quiero conocerte.
La mirada de Cash desciende de mi rostro y hace un recorrido lento y deliberado por mi garganta, por la curva de mis pechos bajo la camiseta ajustada de Devil's, hasta detenerse en mis caderas.
Es el tipo de mirada que debería hacerme querer encogerme, taparme.
Durante años, cada curva fue un pecado, cada kilo un fracaso catalogado por un hombre que me hacía sentir vergüenza de cada bocado.
Pero ya no soy pequeña. Peso dieciocho kilos más que el fantasma en el que intentó convertirme matándome de hambre.
Mi pelo es una maraña de rizos rojos que me habría obligado a alisar.
Este cuerpo es mío, construido a base de whisky, pizza y libertad, y por primera vez en mi vida, no me avergüenzo de él.
Al menos, no de mi cuerpo. El resto de mí, las piezas rotas que dejé en Ailington, la mujer que fui, eso se queda enterrado.
No conduje diecisiete horas con todo lo que tenía apretujado en el maletero solo para desenterrar el pasado por un hombre de ojos verde pálido y sonrisa letal.
Por mucho que él me haga querer hacerlo.
Levanto la barbilla y le sostengo la mirada.
—Baraja las cartas, Tesorero.
Se ríe de nuevo y recoge el mazo; sus nudillos me rozan el dorso de la mano a propósito al coger la última carta.
—Otra ronda, otro secreto.
Su voz baja a un murmullo grave que me eriza la piel.
—¿Segura de que estás lista para eso, ángel?
—Más lista de lo que crees.
Reparte de nuevo y el corazón me da un vuelco de esperanza cuando levanto las mías. Dos parejas. Reinas y ochos. Una mano de puta madre. Las pongo sobre la mesa con una sonrisa triunfante.
—Paga, motero. Te toca soltar un secreto.
Apenas las mira. Sin decir palabra, da la vuelta a sus cartas lentamente. Póker. Cuatros.
Se me cae la mandíbula.
—No puede ser —digo sin aliento, entornando los ojos—. Estás haciendo trampas.
La comisura de su boca se curva en esa sonrisa endemoniada y devastadoramente atractiva.
—Puede que sí.
Se inclina hacia delante, la voz más grave, como una caricia contra mi piel.
—Pero sigues teniendo que pagar.
Cruzo los brazos sobre el pecho y levanto la barbilla.
—Pregunta entonces.
—¿Por qué aquí, Mercy? De todos los sitios donde podrías haberte instalado, ¿por qué elegiste Stoneheart?
Se me corta la respiración. Esa pregunta cala demasiado hondo, directo al hueso de una historia que no estoy lista para contar, una herida que no estoy lista para enseñarle. ¿Pero quiere conocerme? Vale. Pues creo que prefiero enseñar antes que contar.
Me echo hacia atrás, alejándome de la mesa, y engancho los pulgares bajo el dobladillo de mi camiseta de Devil's Bar.
Con un movimiento suave, me la saco por la cabeza y dejo que mis rizos salvajes caigan sobre mis hombros desnudos.
Tiro la camiseta sobre la mesa, entre nosotros.
Solo con un sencillo sujetador de encaje negro, le sostengo la mirada atónita.
—Tus preguntas son aburridas, motero —digo, con la voz más firme de lo que me siento—. Que sea strip póker.