Marcadas (Trilogía completa) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

MIRA

Mi despertador es Edwin presionándome una tira de cinta adhesiva sobre la boca.

Debo de haber dormido profundamente si no he oído abrirse la puerta de mi celda. La emoción de que todo pudiera acabar pronto me mantuvo despierta mucho tiempo, pero en algún momento debí de caer sin más.

Grito contra la mordaza, presa del pánico al instante, porque algo tiene que haber salido mal.

¿Por qué iba a sacarme un guardia a escondidas de mi celda?

—Silencio —gruñe Edwin, me gira boca abajo y me ata los brazos a la espalda.

Intento golpear con los puños, pero me agarra las muñecas y cierra las esposas.

—Vamos —dice, poniéndome en pie, enganchando una correa a mi collar y tirando de ella.

No tengo ni idea de qué pasa ni de adónde me lleva.

¿Quiere abusar de mí? ¿Quiere lograr lo que Grothe y Krämer no consiguieron? Quizá cree que mi acuerdo con Ascher significa que no puedo permitirme problemas. Que está a salvo.

¿Y si tiene razón?

Si ahora lucho y Ascher cancela la subasta… Después de todo lo que he hecho para que este plan fuera posible…

No puedo permitir que fracase así.

¿Pero dejar que Edwin haga lo que quiera?

La idea es tan repugnante que preferiría morir.

Sin embargo, después de un trayecto que parece interminable por la prisión, acabamos donde ya me llevó ayer: ante el despacho de Ascher. El estómago se me cae. Un sonido sordo queda atrapado tras la cinta.

Quizá mi primer instinto sí tenía razón.

Algo ha salido mal.

Dudo que Ascher me haya mandado buscar para informarme de que todo va de maravilla.

Edwin llama y abre la puerta.

Lo que veo dentro confirma todos mis peores temores.

Jacqueline está allí sentada, desnuda salvo por la ropa interior y atada a una silla con bridas. Ascher está detrás de su escritorio. Detrás de él está Leon, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Pero lo peor es Hartmann.

Está inclinado hacia Jacqueline, susurrándole algo al oído.

—Buenos días, señora Adler —dice mientras Edwin me ata a una silla vacía junto a Jacqueline.

Ojalá pudiera decirle algo a Leon. Esperaba que encontrara una manera de contarme qué ocurrió ayer. O que tuviera que esperar hasta después del trabajo. Ahora temo que quizá nunca llegue a saberlo.

La advertencia de Amelie vuelve a murmurar en mi cabeza.

La sacudo por dentro.

No.

—¿No es un buen día? —pregunta Hartmann—. Probablemente la hemos despertado un poco temprano. Yo, por cierto, tengo una taza que dice: Nada de hablar antes del café. Muy cierto, ¿no le parece? Pero bueno. Seguro que se pregunta qué pasa aquí. Ascher, explíqueselo.

Maldita sea.

Hartmann suena demasiado contento.

¿Me ha tendido una trampa Ascher?

Que Hartmann esté aquí no puede ser casualidad. Se supone que debería estar haciendo campaña.

Ascher asiente y entrelaza las manos sobre el escritorio.

—Por supuesto. Buenos días, Mira. En el último mes ha pasado mucho tiempo con Leon. Sabemos que ustedes dos están… familiarizados. ¿Le ha contado alguna vez cómo entró en contacto con la familia Hartmann o con el complejo penitenciario Hartmann?

¿Qué demonios tiene eso que ver?

No entiendo la pregunta, pero asiento.

Ascher gira la silla hacia Leon.

—Dominik vio potencial en el señor Nolan y le dio trabajo. Lo salvó de la pequeña delincuencia, la cárcel y la reincidencia habitual. ¿No es así?

—Sí —dice Leon, pero su rostro se ensombrece.

—Pero no fue el primer intento de Dominik de ayudar a un joven perdido —continúa Ascher—. Hubo y hay otros protegidos. ¿Alguna de ustedes lo sabía?

Niego con la cabeza.

¿Cómo iba a saberlo?

—Yo no —dice Leon.

—¿De verdad? —pregunta Hartmann.

Leon piensa un momento. Luego levanta las cejas, como si entendiera.

—Felix mencionó una vez a los parásitos de su padre. Pensé que se refería a gente de la política que quería favores.

Hartmann se ríe en voz baja.

—De esos hay muchos. Pero no. Se refería a mi exmujer Karin y a las hijas que tuvo con su nuevo marido. Vivieron durante años de mi acuerdo de divorcio.

Giro la cabeza hacia Jacqueline.

Está mirando al suelo. Una lágrima le corre por la mejilla.

Mierda.

Oh, mierda.

—Felix nunca habló realmente de ellas —dice Leon con voz áspera.

—Apenas las conocía —responde Hartmann—. Vivieron mucho tiempo en Niza. Hasta que Karin y su marido murieron en un accidente de barco.

Jacqueline niega con la cabeza.

—Los mandaste matar, cerdo.

La mandíbula de Leon se descuelga. Ahora entiende.

Hartmann ignora su interrupción.

—Después me ofrecí a pagar su manutención aquí. Visitaban la mansión de vez en cuando, pero tenía que mantenerlas lejos de Felix. No creo que mi hijo fuera lo bastante perverso para poner las manos sobre sus hermanastras, pero no corrí riesgos. Me pertenecían a mí. No me gusta compartir.

Lo llamaría cerdo enfermo si no tuviera la boca sellada.

Leon está blanco como la cera y parece a punto de vomitar.

—Probablemente por eso Felix las odiaba —dice Hartmann—. Querer algo que no podemos tener nos lleva a todos a lugares oscuros, ¿verdad? En eso mi hijo y yo sin duda nos parecíamos.

Se coloca detrás de Jacqueline y le pone las manos en los hombros.

—Solo que no hay nada que yo no pueda tener.

—Que te jodan —escupe ella, sacudiendo la cabeza.

Dolores helados se me clavan en el pecho. El corazón me martillea de rabia. Pensaba que odiaba a Hartmann antes.

No tenía ni idea.

—Cuidado, Zorra —advierte él, recorriendo con las manos las cicatrices de su espalda—. Podría hacerte otras nuevas. O podría visitar a Isabel y…

—¡Lo siento! —grita Jacqueline tan fuerte que todos nos sobresaltamos—. Lo siento, ¿vale?

Hartmann sonríe y le acaricia la barbilla con un dedo.

—Mucho mejor. Hoy está muy bien educada. Aunque la señora Adler aquí presente parece sacar algo de la vieja Jacqueline.

Se vuelve hacia mí y se ríe.

—Vosotras dos tenéis mucho en común. Ambas os acercasteis mucho, mucho a un Hartmann.

Abro mucho los ojos y miro a Jacqueline. Me gustaría decirle cuánto siento que no lo consiguiera.

—Sí, fue un bonito intento —dice Hartmann—.

Envenenar mi botella favorita de bourbon.

Podría haberme matado desde ciento sesenta kilómetros de distancia.

Tuve suerte de que mi ama de llaves decidiera servirse un trago a escondidas mientras yo estaba en Washington.

Felix la encontró a la mañana siguiente porque su coche seguía en la entrada.

Qué final, ¿eh? Y qué desperdicio. Aquel bourbon costaba cuatrocientos dólares la botella.

Jacqueline solloza, niega con la cabeza, los ojos rojos de lágrimas. Espero que estalle de rabia. Pero no lo hace.

Nunca la he visto tan derrotada.

—Después traje a la Zorra a Lindenhain. Sabía que lo intentaría otra vez, pero no podía denunciarla.

Lindenhain era el lugar perfecto para hacerla desaparecer.

Por suerte, sigo teniendo a Isabel desde que fue lo bastante mayor.

Y lo mejor: la Zorra sabe ya que castigo a Isabel si causa problemas.

E Isabel sabe que acabará con su hermana mayor en Lindenhain si no se porta bien.

—Eso significa —dice Ascher, interviniendo de nuevo— que la Zorra me informa. Si se entera de algo importante, por ejemplo que Mira cuenta con un levantamiento en Lindenhain cualquier día, se asegura de que yo lo sepa.

No.

No, no, no.

—Nunca se ha inventado algo así. Así que asumo que es verdad.

Me ha utilizado.

No puedo creer que haya hecho eso. Todo este tiempo me he preocupado por Leon y por si podía confiar en él, y ni por un segundo se me ocurrió desconfiar de Jacqueline.

Ascher se levanta, rodea el escritorio y se detiene frente a mí. Se acuclilla hasta poder mirarme a los ojos.

—Le contaré un secreto, Mira. Las mujeres de aquí llevan mucho tiempo queriendo alzarse. Mucho antes de que usted llegara. La Zorra las mantiene a raya. Ponerlas en su contra llevó mucho trabajo. Dominik y yo estamos sinceramente impresionados.

Mil pensamientos horribles me arden en la cabeza.

El primero: ¿lo sabía Leon?

Una mirada rápida hacia él me muestra que parece tan horrorizado como me siento yo.

Creo que no tenía ni idea.

—Por desgracia, ha encontrado en usted a una adversaria digna —continúa Ascher—. Es evidente que está perdiendo el control. Tarde o temprano las mujeres se pondrían de su lado. Es un problema del que nos ocuparemos pronto.

Niego con la cabeza. La rabia me llena tan por completo que apenas puedo sostener un pensamiento. Cuando miro a Jacqueline, parece tan destruida y vacía que no consigo odiarla.

Y eso me enfurece aún más.

También es una víctima. Está protegiendo a su hermana.

Pero si me lo hubiera dicho, habría intentado ayudarla.

Al menos no le conté nada de Leon.

De lo contrario, cualquier posibilidad de fuga habría terminado.

—Edwin, lleva a la Zorra de vuelta al taller —dice Ascher—. De camino, manda entrar a Amelie.

—Eh, Zorra —dice Hartmann—. Lo has hecho bien. Le daré recuerdos a Isabel de tu parte.

Jacqueline asiente, pero no dice nada mientras Edwin corta las bridas y la libera de la silla. Ni siquiera se molesta en volver a atarla cuando la conduce fuera.

Ascher espera hasta que la puerta se cierra. Luego se gira hacia mí.

—¿Cuál era su plan, Mira?

Me arranca la cinta adhesiva de la cara de un tirón. Duele. Me alegro de librarme de la mordaza, pero también podría haberla dejado puesta.

No voy a decirle nada.

—Vamos, Adler. Pónganoslo fácil.

—No tenía ningún plan —digo—. Solo habladurías.

—No la creo.

Resoplo.

—Nunca lo hace nadie.

Ascher pone los ojos en blanco.

—Leon. Trae tus juguetes.

Sin decir palabra, Leon se agacha hacia la bolsa de deporte a sus pies. Saca un látigo, una mordaza de bola, pinzas y más cosas. Hartmann coge dos puros de su chaqueta y le ofrece uno a Ascher.

—¿De verdad creéis que eso me da miedo? —gruño.

Ascher sonríe.

—No son para usted.

Hartmann se ríe en voz baja y enciende su puro.

Llaman a la puerta. Luego entra Amelie, arrastrando los pies, encadenada. Leon empieza de inmediato a soltarle las ataduras y a quitarle la ropa de prisión. Ella emite un chillido de miedo, tiembla mientras las lágrimas le corren por las mejillas.

Oh, hijos de puta.

—Hace mucho que Leon no ejerce aquí su arte con Amelie —dice Ascher—. Pero por lo visto ella no lo ha olvidado. Mira, ¿de verdad quiere que la pobre Amelie sufra sin motivo?

—¡No les digas nada! —grita Amelie, con el rostro distorsionado por el odio—. Pueden hacerme lo que quieran, pero no digas…

Antes de que pueda terminar, Leon le mete la mordaza en la boca y la cierra con fuerza. Ella gruñe furiosa, pero no lucha mientras Leon le ata las muñecas con cuerda y la inclina sobre el escritorio de Ascher.

—¿Qué ha pasado, Amelie? —pregunta Hartmann—. Antes era usted tan agradable.

Tiene razón.

No todas disfrutamos de que nos azoten, dijo Amelie una vez.

Ascher no mintió: las mujeres están empezando de verdad a ponerse de mi lado. Estoy segura de que Amelie no quiere ser castigada. Pero está dispuesta a soportarlo.

Y ni siquiera sabe nada.

—No hay nada que contar —digo, intentando ganar tiempo mientras se me ocurre una mentira convincente.

Da igual lo que le hagan a Amelie, no puedo decirle a Ascher nada sobre Leon y la ayuda de fuera.

Ascher asiente a Leon.

Leon primero coloca pinzas en el pecho de Amelie. Ella grita de dolor. Luego cuelga de ellas varios pequeños pesos metálicos, de modo que tiran hacia abajo. Su grito amortiguado me atraviesa la médula.

—¿Ha cambiado de opinión? —pregunta Ascher.

—Os he dicho todo.

—¿Leon?

Veo cómo Leon arrastra el látigo sobre el trasero de Amelie. Su cuerpo se arquea, muerde la mordaza.

—Eso ha estado bien —dice Hartmann, cogiendo el cenicero del escritorio de Ascher—. Otra vez.

Leon obedece. El siguiente golpe arranca a Amelie un sonido tan penetrante que cierro los ojos. No soporto mirarlo. Ojalá pudiera taparme los oídos. Dejar fuera su dolor. A Hartmann y Ascher y todo lo demás.

—Mira, díganos simplemente el plan, y esto se detiene.

Niego con la cabeza. Sollozos reprimidos me tiemblan en el pecho.

Leon rodea suavemente los muslos de Amelie y le separa las piernas. Deja el látigo, vuelve a abrir la bolsa y saca un flogger. Lo hace silbar unas cuantas veces por el aire para que Amelie y yo oigamos el sonido. Luego la golpea entre las piernas.

Ella grita. Su rostro está enrojecido por el dolor. Casi pierde el equilibrio sobre el escritorio, pero de alguna manera aguanta.

Tiene que haber una salida.

Amelie quizá esté dispuesta a sufrir por nuestra causa.

Yo no puedo mirar esto.

Tengo que acabarlo.

—¡Vale! —aúllo, tirando de mis ataduras.

Leon se detiene. Su máscara se desliza durante un segundo y muestra la furia que hay debajo. Pero solo yo lo veo. Todos los demás ya se han vuelto hacia mí.

—Tenía un plan —digo—. Pero no para iniciar una revuelta. Quería salvarme a mí misma.

Ascher y Hartmann se miran. La misma sonrisa divertida.

—Siga —dice Ascher.

—Quería seguirles el juego. Ser obediente, hacer todo lo necesario para conseguir un patrocinador. En cuanto me sacara de aquí, pensaba esperar una oportunidad para escapar o matarlo. Luego habría ido a las autoridades.

Hartmann se ríe. Ascher niega con la cabeza.

—Un plan pésimo —dice Ascher—. Aunque con usted, Mira, quizá incluso habría funcionado. Pero entonces, ¿por qué incitar a las otras prisioneras a luchar?

—Porque, si rechazabais la subasta, quería conseguir que la Zorra me ayudara a reducir a Edwin. Después habríamos intentado abrirnos paso de algún modo.

—Maravilloso —dice Hartmann, aplaudiendo despacio—. Tenía un plan B. Excelente.

—¿La crees? —pregunta Ascher.

Hartmann me mira fijamente y me exige en silencio que aparte la vista.

No lo hago.

—Posible —dice al fin—. No puedo asegurarlo al cien por cien. Mejor que permanezca encerrada hasta la subasta.

¿Qué?

—¿Vais a celebrar la subasta de todos modos? —pregunto, atónita—. ¿Por qué?

Hartmann pone su mano sobre la mía y aprieta.

—No te preocupes, mascota. Me perteneces. Eso no ha cambiado.

—No podemos mantener una prisión llena de mujeres al borde de una revuelta —dice Ascher—. Venderemos a tantas como sea posible. De una forma u otra, todas tienen que desaparecer.

—No podéis hacer eso —gruño, intentando liberarme.

Ascher se sienta y saca una botella de Lagavulin.

—No queremos hacerlo. Pero usted nos obliga, Mira. En unos días, todas las prisioneras de Lindenhain salvo usted y la Zorra estarán vendidas o muertas.