CAPÍTULO 28
LEON
Dos policías uniformados y una empresa de seguridad privada mantienen posición ante la entrada vigilada de Flintlock Estates. Beben café de termos, pero se enderezan cuando mi Jeep se acerca.
Bajo la ventanilla.
—Está bien —dice el guardia—. Lo conozco.
Esta noche probablemente no vendrán muchos coches que no sean limusinas. La mayoría, en cualquier caso, ya habrá llegado. Voy tarde.
—Pete, ¿qué tal? —pregunto, poniendo punto muerto—. Hacía tiempo.
—Lo hacía —dice, pasándose los dedos por el bigote gris—. Pero no tienes que explicar nada.
Es amable por su parte no decirlo en voz alta: sin Felix, no tengo ningún motivo para estar aquí. Ya no soy su camello. Ni su chófer. Ni siquiera su amigo, aunque esa parte me la guardo.
—Supongo que aún recuerdas el camino —bromea Pete, bajando la tablilla con la lista de invitados. Ni siquiera estoy seguro de aparecer en ella, pero no lo comprueba.
—Llamaré si me pierdo. —Fuerzo una sonrisa—. Me alegro de verte.
—Yo también.
Da unos golpecitos en el techo de mi Jeep.
Uno de los policías recorre al trote los pocos pasos hasta la garita y pulsa el botón de la verja. Les hago un gesto y atravieso.
Frente a la mansión de los Hartmann dejo atrás el aparcacoches y encuentro un sitio bastante apartado.
Luego vuelvo a pie. El barrio se siente aún más enorme caminando.
Cada casa se alza sobre varias hectáreas de terreno.
Mi traje —el único que tengo— no abriga demasiado, aun así estoy sudando cuando llego a la puerta principal.
Esto es una mala idea.
¿Tendría que haber escuchado a Mira? Mi instinto me dice que siga. Que haga aquello para lo que he venido. Pero mi instinto también me dijo que conseguirle coca a Felix saldría bien. Y que Mira era una zorra de sangre fría. Quizá mi instinto no sea especialmente fiable.
No es demasiado tarde para dar media vuelta.
Podría quedarme en la fiesta y disfrutarla. Charlar con los amigos ricos de Dominik Hartmann, beber su alcohol caro.
No.
Me sentiría como la última mierda, después de cómo dejé a Mira. No estoy aquí para divertirme.
Hasta hoy no había entrado muchas veces en la casa de los Hartmann. Cuando veía a Felix, solía encontrarme con él detrás, junto a la piscina, o esperaba en el garaje. De más joven nunca me lo cuestioné.
El interior se mueve entre el lujo de millonario y una inocuidad política calculada.
Bustos y retratos de Washington, Franklin, Jackson y otros pretenden invocar la tradición a la que Hartmann tanto quiere adscribirse.
Al mismo tiempo, el champán, las lámparas de araña de cristal y los muebles antiguos delatan lo rico que es en realidad.
Hoy la casa está más ruidosa de lo que la he conocido jamás, lo cual no es decir mucho.
Normalmente, la mansión estaba inquietantemente silenciosa.
Dominik solía estar en Washington, mientras la madre de Felix vivía con una nueva familia en el sur de Francia y disfrutaba de un acuerdo de divorcio cuya cifra de ocho dígitos era objeto de muchos rumores.
Nunca la conocí. Murió poco después de que yo conociera a Felix.
Ahora hay gente por todas partes. Sobre todo hombres mayores con trajes a medida, algunos con esposas, otros con novias claramente más jóvenes.
Las mujeres sonríen con educación y beben a sorbitos de copas de champán, mientras los hombres fuman puros y beben whisky raro y añejo.
Camareros vestidos de gala atraviesan la multitud con pequeños aperitivos.
Un pianista guapo de mi edad aporta música suave de fondo, y las chimeneas encendidas proyectan luz dorada y sombras danzantes.
Como no veo a Dominik por ninguna parte, salgo del ala sur y me adentro más en la casa. Cuando llego a la gran zona de estar, el ruido de la fiesta se apaga deprisa. En su lugar, un ritmo sordo llega desde una sala de juegos. Llamo, pero nadie responde. Así que pruebo el pomo.
Abierto.
—Vaya —murmuro, abrumado por la visión.
Nadie me oye.
La música house atruena desde altavoces invisibles.
En el centro de la sala, dos mujeres bailan al ritmo, desnudas salvo por unas bandas elásticas en los muslos, donde llevan billetes metidos.
Sonríen y giran, ofreciendo un espectáculo a los aproximadamente doce hombres de la habitación.
No todos miran. Algunos están junto a la mesa de billar, otros se sientan en una pequeña barra, beben y se susurran al oído.
La luz está atenuada, el humo de los puros flota en el aire, y puedo imaginar sin esfuerzo qué acuerdos se cierran aquí en la penumbra.
Dominik está sentado en un sillón de cuero, hablando con algunos hombres e ignorando a las bailarinas.
A Felix le habría encantado esto, pienso.
Si no hubiera acabado en coma, si en algún momento hubiera aprendido a contenerse, a pulirse… ¿habría sido este su futuro?
¿Tenía Mira razón sobre Dominik desde el principio?
¿Ha sido un error venir?
Me doy la vuelta.
Entonces Hartmann llama:
—Leon, qué sorpresa. Ven aquí, siéntate con nosotros.
Mierda.
Asiento y obligo a mis pies a avanzar.
—Ascher le manda saludos —digo cuando estoy lo bastante cerca—. Ojalá pudiera estar aquí.
—Dale las gracias de mi parte. —Hartmann me estrecha la mano con presión firme—. Y dile que no se preocupe. Esta celebración es solo la primera de muchas. Le saco dos dígitos a Müller en las encuestas. La próxima será en noviembre.
—Fantástico —miento, y pongo una sonrisa—. No quiero interrumpir esto, pero ¿podríamos hablar un momento? Solo un minuto.
Hartmann se levanta. Su sonrisa se desvanece.
—¿Ahora, Leon? ¿De verdad es el mejor momento?
Una parte de mí quiere recular. Decir que luego también vale, e irme. Probablemente eso sería lo que Mira querría de mí. Podría volver a Lindenhain y ayudarla a encontrar una salida.
Pero no puedo rendirme ahora.
Si consigo llegar a Hartmann, todo podría acabar de forma pacífica.
—Prometo que es importante. No llevará mucho.
—Muy bien —dice Hartmann tras un profundo suspiro—. Ven conmigo.
Lo sigo hasta su despacho, que, como era de esperar, es más grande que mi piso. Cada mueble parece costar mi sueldo anual. Pero por primera vez apenas percibo esa riqueza obscena.
Mi atención se queda de inmediato clavada en la mujer desnuda que yace inconsciente en un largo sofá de cuero negro.
Nunca la he visto. Ni entre la gente de Felix ni en Lindenhain. Y aun así algo de ella me resulta familiar. Los labios finos, el largo pelo oscuro extendido alrededor de sus hombros huesudos.
—¿Está bien? —pregunto, aunque veo que su pecho sube y baja superficialmente.
Hartmann aparta mi preocupación con un gesto de la mano.
—Solo está durmiendo lo que le he dado. Bien. ¿Qué te preocupa?
¿Cómo empieza uno una conversación con: creo que ha perdido usted la cabeza?
¿Existe una formulación diplomática para eso?
—¿Ascher le ha contado lo que pasó con Grothe? —pregunto, sentándome frente a su escritorio.
Esto podría funcionar. De algún modo.
Tengo que intentarlo.
—Estoy informado —dice Hartmann, cogiendo dos vasos bajos y una botella de Four Roses. Se sienta y nos sirve—. Una pérdida lamentable, pero me dicen que Ascher tiene la situación bajo control.
Asiento en agradecimiento y tomo el vaso.
—Lo tiene. Pero temo que las últimas… dificultades… lo hayan llevado demasiado lejos. Sus decisiones se resienten.
Hartmann bebe su bourbon de un trago y vuelve a servirse.
—¿Por eso has venido, Leon? ¿A hablar mal de uno de mis amigos más cercanos a sus espaldas?
—No es eso…
Sonríe con picardía.
—¿Es una jugada de poder? ¿Quieres el puesto de Ascher?
Niego con la cabeza y agarro los reposabrazos.
—La forma en que ha… eliminado el problema —digo, echando un vistazo a la mujer del sofá para asegurarme de que sigue dormida— me preocupa. Nada más. Envía al personal el mensaje de que cualquiera de nosotros podría acabar así.
Hartmann hace girar el whisky en el vaso sin apartar los ojos de mí.
—¿Comparten los demás guardias esa inquietud, o eres tú solo?
La frente se me calienta. El sudor aflora a mi piel.
—Ellos no han…
—Así que ese es el mensaje que tú has entendido después del incidente. Temes acabar como Grothe. ¿Por qué, Leon?
Cruzo una pierna sobre la otra y me recuesto como si estuviera relajado.
—Creo que la violencia en Lindenhain va a aumentar.
Espero que Hartmann me quite hierro. En lugar de eso, asiente.
—Podrías tener razón. Más prisioneras, sobre todo de la clase que vamos a acoger, significan más problemas potenciales. Pero, Leon, llevas años trabajando con mujeres violentas. Me cuesta creer que eso sea lo que realmente te preocupa. ¿No se trata en realidad de la señora Adler?
—¿A qué se refiere?
Claro que se trata de Mira. Pero no en la dirección hacia la que él quiere llevar la conversación.
Hartmann se encoge de hombros.
—Grothe ha muerto por ella. Felix también. Luego Krämer. Ella es el hilo rojo. Todos se descuidaron a su alrededor. Y todos pagaron.
Podría objetar que Felix no está muerto de verdad. Pero Hartmann sigue hablando, y por primera vez no estoy seguro de que eso le importe siquiera.
Grothe, desde luego, le da igual.
—Si sacáis la cabeza del culo y mantenéis controlada a esa zorra, no tenéis nada que temer. ¿La has roto?
El estómago se me contrae.
¡Déjame en paz!
Su grito suena por milésima vez en mi cabeza, y el pecho me hormiguea donde me empujó.
Quizá la he roto.
Pero no quería hacerlo.
—Está lista —digo—. Podría hacerlo en cualquier momento.
Es la verdad.
Hartmann se ríe incrédulo.
—¿Te quiere? ¿Después de todo lo que le has hecho?
—Asombroso, ¿verdad?
Lo es, joder.
—¿Hay algún motivo para no tirar del enchufe ahora mismo? —pregunta.
Porque no puedo.
No sé si ya podría herir a Mira de esa manera. Quizá, si nuestras vidas dependieran de ello. Pero no sabría cómo vivir conmigo después.
—Cuanto más tiempo cuelgan, más profundo se rompen al final —digo, reflejando su sonrisa maliciosa.
—Vamos, Leon. No me vendas mierda. Puedes decirlo.
Un tono agudo me llena los oídos. Ya solo oigo mi corazón.
—¿Decir qué?
Se pasa la lengua por el labio superior.
—Mira es una cosita caliente y no quieres dejar de follártela. Está bien. Yo tampoco querría.
Oh, gracias a Dios.
—Sí —digo, mientras todo mi cuerpo se destensa—. Echaré de menos ese culo.
—Te encontraremos otra —dice Hartmann, riendo—. Pero no te preocupes. Aún quedan unas semanas para las elecciones. Puedes disfrutarla todo lo que quieras. Después dejará de ser tu problema.
—Suena bien —digo, poniéndome de pie.
No volveré a mencionar el asunto de Ascher.
Y mucho menos mi preocupación por el propio Hartmann.
No sirve de nada.
Mira tenía razón.
Dominik Hartmann no descarriló por lo de Felix.
Siempre fue así.
Nunca he tenido que esforzarme tanto por mantener una sonrisa complacida en la cara. Una parte de mí quiere estrangular a Hartmann aquí y ahora. No lo vería venir. Si soy lo bastante silencioso, podría salir de la finca antes de que nadie se diera cuenta.
¿Pero llegaría a Lindenhain antes de que Ascher se enterara?
Dos horas de viaje.
Demasiado arriesgado.
—Espera un momento, Leon —dice.
Siento los pies como plomo cuando me detengo.
—¿Sí?
Hartmann se levanta y entrelaza los dedos sobre el vientre.
—Valoro que hayas trabajado para mí durante tanto tiempo y que fueras el único amigo verdadero de Felix.
Por eso quiero prometerte algo. Ascher es el director de Lindenhain y lo seguirá siendo.
No puedes tener su puesto. Pero entiendo que necesitas oportunidades de ascenso.
La posibilidad de desarrollar todo tu potencial.
—Vale —digo, sin estar seguro de adónde quiere llegar.
—Moveré algunos hilos con Krämer. Juntos nos aseguraremos de que tus antecedentes desaparezcan.
Combinado con tu larga experiencia en el sistema penitenciario y una recomendación brillante de un congresista en activo, podrás encontrar trabajo en cualquier sitio.
Te echaríamos de menos en Lindenhain, y no digo que debas irte. Pero te debo esa posibilidad.
Vaya.
¿Es real?
—Gracias. No sé qué decir.
Hartmann sonríe.
—Nada. No tiene importancia. Y ahora mi fiesta me espera.
Me rodea con un brazo para acompañarme fuera. Al salir, lanzo una última mirada a la mujer inconsciente del sofá.
Después de despedirme, camino casi a la carrera hacia mi coche.
Tengo que volver a Lindenhain.
Tengo que decirle a Mira que tenía razón.
Y averiguar cómo derribamos a Hartmann de una vez por todas.