Marcadas (Trilogía completa) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

MIRA

El golpe de un látigo contra mi mesa me arranca de una ensoñación.

—Llevas un cuarto de hora con esta camiseta —ladra Leon—. Muévete, Mira.

Lleva días así. Da igual si me destrozo las manos trabajando o si bajo el ritmo: al menos una vez por hora me humilla delante de todas.

Aun así no estoy segura de que sea pura crueldad.

Antes, sus castigos eran distintos. No necesariamente más duros; aún se asegura de que por la noche apenas pueda sentarme.

Pero entonces era voraz. Arbitrario. Lo hacía porque quería.

Ahora todo parece medido. Ya no se burla de mí. Golpea hasta que considera suficiente, y luego se acaba.

¿Se siente culpable?

Si me cree con lo de aquella noche con Felix, ¿castigarme ya solo es trabajo? ¿Ya no le divierte si no soy el monstruo que quería ver en mí? ¿O le da asco de sí mismo porque estuvo conmigo en la sala de castigo, y no puede estar cerca de mí sin recordarlo?

Ojalá hablara conmigo de una vez.

Guarda demasiado. Lo siento. No es justo: él lo sabe todo de mí. ¿Quién es él, en realidad? ¿Cómo acaba alguien convertido en torturador en una prisión ilegal propiedad de un congresista?

Tarde o temprano tendrá que hablar.

Si no, lo obligaré. Si hace falta, delante de todas. Si hace falta, arriesgándome a atraer de nuevo toda su ira sobre mí.

Hoy, sin embargo, no será. Toda la rutina de la mañana transcurre bajo la supervisión de Grothe, Edwin y Henners. Cuando llegamos al taller, Leon no está. Probablemente tiene libre. Pocos minutos después sé que tengo razón.

Estoy terminando una camiseta, perdida en un recuerdo de Livia y yo en una fiesta ochentera, cuando Grothe me empuja el hombro.

—Despierta, Adler. Las manos.

Es pesado, pero no blando. Se le nota que quizá jugó al fútbol americano de joven y que hoy cree que su autoridad procede de su masa.

Me da menos miedo de lo que me repugna. En las duchas nos mira sin parar, guiña el ojo, sonríe como si ver mujeres desnudas nunca fuera a aburrirlo.

Cuando su cuerpo reacciona, mete tripa y se pavonea entre las filas, como si alguien se lo hubiera pedido.

Donde pasa queda olor a cigarrillos. Cuando tose, suena húmedo.

Me giro y veo que no está solo.

Jacqueline está junto a él. Las manos atadas a la espalda, una correa en el collar. Su mirada se clava en mí.

—¿Qué es esto?

—Encargo especial —dice Grothe—. Las manos. Ahora.

¿Qué demonios?

¿Qué podrían querer de mí? Puedo imaginar qué le gustaría a Grothe, pero al parecer soy tabú para todos salvo Leon.

—No voy a pedirlo otra vez, zorra.

Con una mueca, aparto el pie del pedal y obedezco. Mi mirada busca a los otros guardias. O no prestan atención a Grothe, o se esfuerzan mucho por mirar a otro lado.

Me abre las esposas de la mesa para que pueda levantarme. Luego me ata los brazos a la espalda, también me pone una correa y nos arrastra a Jacqueline y a mí fuera de la sala.

Esto no puede estar pasando.

Leon no lo permitiría.

¿O sí?

Me obligo a no mostrar miedo mientras seguimos a la vista de las demás.

Solo cuando salimos del taller se me enfría el estómago.

Grothe nos conduce a un almacén lleno de latas de conserva, cubiertos de plástico y papel de cocina.

Tira de una cuerda, la luz parpadea al encenderse, y luego cierra la puerta tras nosotros.

—De rodillas. Las dos.

—¿Qué coño es esto? —gruño.

Grothe se coloca frente a Jacqueline y se abre los pantalones.

—Vuestras celdas están una frente a la otra, ¿no?

—Supongo —digo, sin entender qué tiene que ver.

—¿Nunca te has preguntado por qué ella tiene cojines? ¿Mantas? ¿Todas esas cositas bonitas?

Me lo pregunté cuando llegué. Desde entonces he tenido preocupaciones mayores.

—Explícaselo —dice Grothe.

—Me lo gano —murmura Jacqueline, con los ojos cerrados y el cuerpo tenso.

—¿Y cómo?

—Favores.

Grothe sonríe de un modo que me revuelve el estómago. Obliga a Jacqueline a acercarse. Ella obedece con el rostro vacío y desaparece en un movimiento que parece practicado, pero no voluntario.

—Si Leon no fuera tan delicado, tú también podrías hacerme favores —dice Grothe, hundiendo una mano en el pelo de Jacqueline—.

Ni siquiera tendría que ser por cosas para tu celda.

Esta zorra, por ejemplo, quería una oportunidad para ajustar cuentas contigo.

Un deseo complicado, pero no imposible. Lleva semanas trabajando para conseguirlo. ¿Verdad?

Jacqueline emite un sonido apagado y asiente apenas.

Miro a otro lado y lucho contra las náuseas.

—No te preocupes, Mira. Si alguna vez quieres vengarte, seguro que encontramos una solución. Te saldrá caro, claro. Leon es un aguafiestas de mierda con estas cosas.

A la mierda.

Me levanto de un salto y corro hacia la puerta. Abrirla con las manos atadas será difícil, pero no voy a esperar a que terminen.

No llego lejos.

Grothe sujeta nuestras correas. Antes de que dé dos pasos, me arranca la cabeza hacia atrás y pierdo el equilibrio. Un suspiro después está sobre mí, casi gruñendo.

—Tonta, niña de universidad. Muy tonta. Arriba.

Me levanta por el pelo y me empuja contra la pared. Con un movimiento de cabeza le indica a Jacqueline que se acerque. Ella viene y vuelve a arrodillarse.

—Sigue —ordena Grothe—. Tu amiga no va a ninguna parte.

Me sujeta por el cuello, lo justo para que tenga que luchar por aire. Sus ojos se iluminan cada vez que aspiro de forma entrecortada. Al cabo de poco tiempo suspira, satisfecho.

—Perfecto —susurra, y me suelta para volver a centrarse por completo en Jacqueline.

Se me retuerce el estómago. Tengo arcadas y saboreo bilis. Creo que nunca volveré a oler cigarrillos sin querer vomitar.

Por fin Grothe emite un último sonido ronco. Solo miro cuando oigo el clic de unas esposas. Jacqueline se frota las muñecas y me mira fijamente. Tiene la cara aún manchada, pero no hace ademán de limpiarse.

—¿Le abro las ataduras a Mira? —pregunta Grothe.

Jacqueline niega con la cabeza.

Él se ríe.

—Bien. Entonces es tuya. Cinco minutos. Aprovéchalos.

Me guiña un ojo y desaparece por la puerta.

Al principio Jacqueline no se mueve. Solo me mira, como un depredador que por fin ha acorralado a su presa. En ese momento me da más miedo que los hombres de Lindenhain. Sobre todo ahora que sé lo que está dispuesta a hacer solo por conseguir cinco minutos a solas conmigo.

He intentado evitarla durante el último mes lo mejor posible. Ni siquiera miro en su dirección, algo bastante difícil cuando su celda está justo enfrente.

—Escucha —digo, apenas más alto que los latidos de mi corazón—. Siento lo que pasó cuando llegué aquí. No sabía qué hacer. No quería que os castigaran a todas por mi culpa.

No responde.

—He dicho que lo siento, ¿vale? Si queremos sobrevivir a este lugar, tenemos que trabajar juntas.

Da un paso más cerca. Sigue sin decir una palabra. Me retuerzo contra las ataduras, pero no ceden.

—Sé que a ti y a las demás os han hecho cosas horribles. Pero si nos unimos, si hacemos un plan, podremos salir de aquí. Podemos hacerles pagar.

Otro paso, y está casi delante de mí.

—Por favor. No soy tu enemiga. No tienes que…

Me sobresalto cuando levanta la mano. Pero solo me apoya un dedo sobre los labios.

—Shhh. Tranquilízate, Mira. Háblame de Felix.

No sé si estoy más aliviada o más confundida.

—¿Felix?

—Felix Hartmann. Dicen que lo atacaste. ¿Es verdad?

¿En serio?

Primero Leon. Ahora ella.

Ya fue bastante difícil contarle esa noche a él. No tengo ganas de sacarla de nuevo.

—Me defendí —suelto—. Eso es todo. Su caída fue un accidente.

Asiente. Su expresión sombría no cambia.

—¿Qué hizo?

—Vino a por mí y…

Casi digo: a por Livia.

Pero me trago su nombre. No voy a arrastrarla aún más a esto.

—Y no me dejó elección —termino—. No lo empujé por la ventana.

Jacqueline suspira.

—Yo lo habría hecho.

—¿Qué?

Me toma de los hombros y me ayuda a ponerme en pie. Mis rodillas se lo agradecen al instante.

—Antes le habría arrancado los huevos. Felix se lo merecía.

¿Esto es real?

—¿Por qué dices eso? ¿Lo conocías?

—Sí —escupe—. Lo conocía.

—¿De qué?

Niega con la cabeza.

—No importa. Está muerto, gracias a ti.

—Técnicamente está en coma…

—Da igual. Como si estuviera muerto.

Se sienta en el suelo, con una sonrisa satisfecha en la cara.

Si no quiere contarme de qué conoce a Felix, quizá hable de otra cosa. Tengo tantas preguntas ahora que por fin estamos a solas. Pero hay una que llevo arrastrando conmigo desde nuestro primer encuentro.

—¿Cómo te llamas?

Levanta la vista y parpadea varias veces.

—Jacqueline. Pero prométeme que no lo usarás nunca.

La petición me golpea como si hubiera chocado contra una cuerda tensada.

—¿Qué?

—Soy la Zorra. Así quiero que me llamen.

—¿Por qué?

Jacqueline suspira y me agarra la cara entre los dedos.

—Porque es importante. Promételo.

—Sí. Lo prometo.

Desde hace un mes temo a diario perder la cabeza. No quería juzgar a esta mujer sin conocerla, a pesar de su odio hacia mí. Pero tengo que considerar que quizá está de verdad loca.

Quizá no lo estaba cuando llegó aquí.

Quizá este lugar la volvió así.

—Bien —dice, soltándome.

Le doy un momento y luego digo:

—Gracias por decirme tu nombre. Y te habría hablado de Felix en cualquier momento. Entiendo que quisieras oírlo a solas, pero lo de Grothe… no tenías que hacer eso.

—Mira, cuando llevas aquí tanto tiempo como yo, esa mierda acaba sintiéndose normal. La gente se acostumbra a casi todo cuando tiene que hacerlo.

Se gira y se levanta la camiseta.

Su espalda.

Las cicatrices.

Los tatuajes.

—Eso no te lo hicieron aquí —digo. No es una pregunta real. Ninguna de las otras se parece a ella.

—No. Fue antes. —Deja caer de nuevo la camiseta—. Mira, sé lo que haces. Tienes mil preguntas. Guárdatelas, ¿vale? Por tu propio bien. Aquí pasan muchas mierdas enfermas, y tú ya tienes bastantes problemas.

Llaman a la puerta.

—Si trabajamos juntas…

No llego más lejos. El puño de Jacqueline me alcanza el estómago con tanta fuerza que por un momento me quedo sin aire. Me desplomo, jadeo y me retuerzo como un pez en tierra.

Grothe abre la puerta. No está solo. Edwin está detrás de él.

Por primera vez me alegro de verlos.

—Se acabó el descanso.

—Necesito un minuto más —dice Jacqueline—. Acabo de empezar.

Los hombres intercambian una mirada. Grothe se encoge de hombros.

—Muy bien. Pero nos quedamos.

—Como queráis.

Jacqueline se gira hacia mí y no duda en patearme el costado.

Toso, el dolor me atraviesa el cuerpo. Creí que podía soportar un castigo, pero esto es distinto. Cuando Leon me hace arder el trasero, al menos casi siempre sé por qué.

Edwin se ríe.

—Deberías verte la cara, Mira. No tiene precio.

Cierro la boca porque me doy cuenta de que la tenía abierta por el shock.

—Que te jodan —consigo decir.

—Pégale, Zorra —dice Grothe—. No nos habla así.

Jacqueline me levanta hasta dejarme de rodillas y me golpea la cara con el dorso de la mano.

Los guardias se ríen y chocan los puños, pero entonces Edwin se aclara la garganta.

—Eso va a dejar un hematoma, Zorra. He dicho que sin nudillos.

—Perdón —dice Jacqueline.

Esta vez me golpea con la palma abierta. Fuerte. Los ojos se me llenan de lágrimas. Intento levantarme para al menos devolver una patada, pero me empuja de nuevo al suelo.

—Si vuelven a castigarme por tu culpa, te dejaré tan destrozada que Leon no sabrá por dónde empezar.

—Que te jodan. Tienes suerte de que esté atada, si no…

Me golpea otra vez y me tira del pelo.

—Entonces quitádselas. Así no tendré que contenerme.

—Basta —dice Edwin, colocándose entre nosotras—. Os daré una paliza a las dos si no cumplimos la cuota.

Escupo a los pies de Jacqueline. Una línea rosada de saliva alcanza el suelo.

—La próxima vez, Zorra.

No responde. Solo le tiende las manos a Grothe para que vuelva a atarla.

Nos llevan de vuelta al taller, yo delante. Siento la mirada de Jacqueline clavada en mi espalda todo el camino y contengo la respiración para no perder el control. Cuando vuelven a sujetarme a mi mesa y empiezo a coser, se me escapan unas lágrimas. Mantengo la cabeza baja.

Un murmullo bajo se mezcla con el traqueteo de las máquinas. No consigo entender qué se dice.

Este lugar es un nido de mentiras, secretos y venganza.

Sé demasiado poco.

¿Puedo confiar en alguien aquí?

¿Me ayudará alguien?

¿Y si no?

Si algo no cambia pronto, de verdad voy a perder la cabeza.