44 Emma
EMMA
Me siento en el borde de la bañera, mirando fijamente la varilla de plástico que sostengo con mano temblorosa. Dos líneas rosas. Claras, inconfundibles y absolutamente aterradoras.
Estoy embarazada.
La palabra resuena en mi mente, ajena e imposible. Me he hecho tres pruebas esta mañana y todas han dado el mismo resultado. Tengo dos semanas de retraso, llevo días con los pechos sensibles y las náuseas que me asaltaron anoche no se debían al estrés ni a algo que me hubiera sentado mal.
Estoy jodidamente embarazada.
Me tiemblan las manos mientras dejo la prueba sobre la encimera del baño, junto a las otras dos. Las evidencias se alinean en una fila ordenada y me condenan con sus idénticas líneas rosas. Me presiono los ojos con las palmas, intentando respirar pese al pánico que me araña el pecho.
Esto no puede estar pasando.
Nunca había pensado demasiado en tener hijos.
Mi trabajo era demasiado peligroso y mi vida, demasiado impredecible.
La idea de formar una familia siempre me había parecido algo lejano y teórico, algo que planeaban otras mujeres mientras yo perseguía a traficantes y construía casos.
Era buena en mi trabajo. Estaba hecha para esa vida.
Ahora estoy sentada en un baño de una finca de la Bratva, mirando pruebas de embarazo positivas, y ni siquiera sé quién es el padre.
El pensamiento hace que me suba la bilis a la garganta.
Rurik, Eduard o Artur. Uno de ellos ha puesto a este bebé dentro de mí y no tengo forma de saber cuál.
Hemos estado juntos tantas veces, de tantas maneras, que la cronología se difumina.
No hay una respuesta clara, ninguna forma de señalar una noche y decir fue entonces cuando ocurrió.
Mi mano se posa sobre mi vientre de forma automática y presiona la superficie lisa bajo el jersey. Aún no hay nada que sentir, ninguna señal visible de la vida que crece dentro de mí. Pero está ahí. Es real e innegable.
¿Qué coño voy a hacer?
No puedo criar a un hijo en este mundo. No puedo traer un bebé a una vida rodeada de violencia, operaciones criminales y peligro constante.
Los hombres de los que me he enamorado son jefes de la Bratva que ejecutan a gente en patios y negocian con traficantes. No son seguros. Esta vida no es segura.
Pero la alternativa es igual de imposible.
No puedo volver al FBI. Oficialmente estoy muerta, y revelar que sigo viva pondría una diana en mi espalda tanto para Langford como para Volkov.
Claro que Langford debe de saber que estoy viva, y por eso me envió aquella nota, intentando intercambiarme por comisiones comerciales.
Aun así, me pasaría el resto de mi vida huyendo, arrastrando a un hijo por esa pesadilla.
Las lágrimas me escuecen tras los ojos, pero las contengo a la fuerza. No tengo tiempo para derrumbarme. Necesito pensar y planear. Necesito averiguar qué viene después.
Primero tengo que decírselo. Rurik, Eduard y Artur merecen saberlo. Pero pensar en esa conversación me revuelve el estómago de ansiedad. ¿Cómo les digo a tres hombres que uno de ellos va a ser padre cuando ni siquiera puedo decirles cuál?
¿Y si no quieren esto? ¿Y si ven a un bebé como una carga en vez de como una bendición? ¿Y si deciden que ahora soy más problemas de los que valgo, con unas complicaciones que no aceptaron?
Me pongo en pie con las piernas temblorosas y me salpico la cara con agua fría, intentando recomponerme. Mi reflejo en el espejo se ve pálido y asustado, con ojeras por haber dormido demasiado poco. Tengo un aspecto horrible, que encaja con cómo me siento.
Primero tengo que superar el desayuno. Luego ya resolveré lo demás.
El comedor está tranquilo cuando llego, y solo Krystal está sentada a la mesa con café y tostadas. Levanta la vista al entrar yo; sus ojos color avellana irradian una cálida preocupación.
—Buenos días —dice en voz baja—. ¿Estás bien? Estás pálida.
—Estoy bien. —La mentira sale de forma automática—. Solo he dormido mal.
Krystal estudia mi rostro durante un instante, y veo que duda si insistir o no. Al final, se limita a asentir y señala la silla frente a ella.
—Los chicos han salido. Alguna clase de reunión de negocios.
El alivio me inunda. Aún no estoy preparada para enfrentarme a ellos, no con este secreto ardiéndome en el pecho. Me sirvo café y me obligo a tragar un trozo de tostada, aunque mi estómago protesta.
Krystal me observa con atención, con sus delicados dedos rodeando la taza.
—Emma, ¿seguro que estás bien? Últimamente te comportas de forma extraña.
Quiero contárselo. Dios, quiero decirle a mi mejor amiga que estoy embarazada, aterrada y que no tengo ni idea de qué hacer.
Pero ahora las cosas son distintas entre nosotras.
Krystal ha cambiado desde su año con Volkov, y ya no confío plenamente en ella.
La advertencia que me hizo sobre que los hombres me estaban utilizando sigue resonando en mi mente, creando una distancia que no consigo salvar del todo.
—Solo estoy estresada por lo de Langford —digo en su lugar—. Planeando cómo tenderle una trampa sin que me maten en el proceso.
No es del todo mentira. El enfrentamiento con Langford se acerca y estoy aterrada por cómo podría salir. Pero tampoco es toda la verdad.
La expresión de Krystal se suaviza.
—Ten cuidado, Emma. Hombres como Langford no caen fácilmente.
—Lo sé. —Tomo un sorbo de café y aprovecho el momento para evitar su mirada—. Pero tengo que hacerlo. Tengo que hacer que pague por lo que me hizo.
Después comemos en silencio, con el peso de las cosas no dichas oprimiéndonos. Termino la tostada y me disculpo, pues necesito estar a solas con mis pensamientos.
Más tarde, aquella misma tarde, encuentro a Rurik en el despacho, revisando unos documentos extendidos sobre el enorme escritorio. Alza la vista cuando entro y sus ojos azul pálido me evalúan de inmediato.
—Tenemos que hablar del plan —digo, cerrando la puerta tras de mí.
Asiente y señala la silla frente a él.
—He estado coordinándome con Eduard y Artur. Tenemos el lugar asegurado y el equipo de vigilancia preparado.
Me siento, con las manos entrelazadas sobre el regazo para ocultar su temblor.
—Quiero enfrentarme a Langford en persona.
La mandíbula de Rurik se tensa.
—No es seguro.
—Me da igual. —Mi voz sale más cortante de lo que pretendía—. Tiene que ver mi cara cuando le haga confesar. Tiene que saber que sobreviví a lo que me hizo.
—Emma...
—La única forma de detenerme es atarme o matarme —interrumpo, sosteniendo sus ojos pálidos sin pestañear—. Y, puesto que ya sabe que estoy viva, no tiene sentido perder el tiempo.
Rurik se recuesta en la silla; sus anchos hombros bloquean la luz de la ventana. Durante un largo momento, se limita a mirarme, y lo veo sopesar opciones y considerar estrategias.
—Eres terca de cojones —dice por fin.
—Eso ya lo sabías cuando me compraste.
Sus labios se curvan en algo que podría ser una sonrisa si le llegara a los ojos.
—Sí, lo sabía.
Se levanta y rodea el escritorio hacia mí, con su presencia llenando el espacio entre nosotros. Se me acelera el pulso cuando se detiene a escasos centímetros, tan cerca que siento el calor que irradia su cuerpo.
—Si lo hacemos a tu manera —dice en voz baja—, seguirás mis reglas. Llevarás un micrófono. Tendrás refuerzos apostados a segundos del lugar de la reunión. Y, si algo sale mal, te irás inmediatamente.
—De acuerdo. —Mi voz suena más entrecortada de lo que quisiera, pero no puedo evitarlo cuando está tan cerca de mí.
La mano de Rurik me sujeta la barbilla y me inclina el rostro hacia arriba, obligándome a sostenerle la mirada.
—No voy a perderte, Emma. Ni por Langford ni por nadie.
La posesividad de su voz hace que el calor me inunde a pesar de todo.
—No me perderás.
Su boca se estrella contra la mía y me reclama con un beso hecho de hambre y desesperación.
Le devuelvo el beso con la misma intensidad, aferrando su camisa entre los puños mientras lo atraigo más hacia mí.
Los resultados de las pruebas de embarazo relampaguean en mi mente, pero aparto esos pensamientos.
Se lo diré después. Cuando nos hayamos ocupado de Langford.
Ahora mismo solo necesito sentir algo que no sea miedo.
Las manos de Rurik se deslizan por mi cuerpo, me agarran el culo y me levantan hasta sentarme sobre el escritorio.
Los papeles caen dispersos al suelo, pero a ninguno de los dos le importa.
Su boca baja hasta mi cuello, sus dientes rozan la piel sensible de allí, y aspiro aire bruscamente, un jadeo que se convierte en gemido cuando su mano se desliza entre mis muslos y sus dedos me encuentran a través de los vaqueros.
Mis caderas empiezan a mecerse de forma automática, mi centro palpitando de deseo.
No me hace esperar. Sus manos desabrochan el botón de mis vaqueros y los bajan por mis piernas junto con la ropa interior. El aire fresco contra mi piel ardiente me hace estremecer, pero entonces sus dedos están ahí, deslizándose entre mi humedad, y lo olvido todo salvo la sensación.
—Jodidamente perfecta —murmura, mientras su pulgar traza círculos sobre mi clítoris y dos dedos se introducen en mí—. Siempre tan preparada para mí.
No puedo formar palabras; solo puedo gemir mientras me trabaja con embestidas constantes y deliberadas. El placer crece deprisa, enroscándose con fuerza en mi vientre. Cuando su boca se cierra sobre mi pezón a través del jersey, casi me deshago allí mismo.
—Aún no —dice contra mi pecho—. Quiero estar dentro de ti cuando te corras.
Saca los dedos y gimo por la pérdida. Pero entonces se libera la polla, gruesa y dura, y se coloca entre mis muslos.
La punta presiona contra mi entrada y se detiene el tiempo justo para que le dé impacientes palmadas en los hombros.
Él se ríe entre dientes y entra de una embestida fuerte, llenándome por completo.
Grito por el estiramiento, por la deliciosa plenitud.
No me da tiempo a adaptarme; empieza a follarme con embestidas profundas que hacen temblar el escritorio bajo nosotros.
—Sí —jadeo, clavándole las uñas en los hombros—. Dios, sí.
Su mano se desliza entre nosotros, encuentra mi clítoris y lo frota en círculos cerrados que me acercan más al borde. La doble sensación es abrumadora; el placer crece tan deprisa que apenas puedo respirar.
—Córrete para mí —ordena Rurik, con sus ojos pálidos clavados en los míos.
Sus palabras me empujan al límite. El orgasmo me atraviesa en oleadas, mi cuerpo se contrae a su alrededor mientras grito su nombre. Él me sigue instantes después; su descarga es ardiente dentro de mí mientras se hunde profundamente.
Nos quedamos así durante un largo momento, los dos respirando con dificultad, enredados sobre el escritorio. Luego Rurik se retira con cuidado y me ayuda a bajar; sus manos son suaves pese a la brusquedad de lo que acabamos de hacer.
Me visto deprisa, con las piernas aún temblorosas. Rurik me observa con esos intensos ojos pálidos, y sé que está leyendo cada emoción que intento ocultar.
—Hay algo que no me estás contando —dice en voz baja.
El corazón me da un vuelco.
—¿Qué quieres decir?
—Tienes miedo. Más de lo habitual. —Da un paso hacia mí y su mano encuentra mi rostro—. ¿Qué pasa?
Quiero decírselo. Soltar de golpe que estoy embarazada, aterrada y que no tengo ni idea de qué hacer. Pero las palabras se me atascan en la garganta.
—Solo me preocupa enfrentarme a Langford —miento—. Eso es todo.
Rurik no parece convencido, pero no insiste.
—Te mantendremos a salvo. Te lo prometo.
Asiento y fuerzo una sonrisa.
—Lo sé.
Más tarde, esa noche, estoy sentada sola en el dormitorio que compartimos, sosteniendo un móvil. El número al que necesito llamar ya está abierto en la pantalla. Lo único que tengo que hacer es pulsar el botón.
Mi dedo se cierne sobre el nombre de Langford, y el corazón me late tan fuerte que puedo oírlo en los oídos. Esto es. Una vez haga esta llamada, no habrá vuelta atrás. La trampa quedará tendida y todo avanzará, esté preparada o no.
Respiro hondo y pulso el botón.
El teléfono suena una vez. Dos. Tres. Entonces la voz familiar de Langford me llena el oído, cálida y preocupada, exactamente como la recuerdo.
—Hola, Langford.
—¿Emma? ¿De verdad eres tú?