Marcada por la Mafia 43 Artur
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43 Artur

ARTUR

Miro el reloj por tercera vez en otros tantos minutos, con los dedos tamborileando contra la barra de caoba pulida del vestíbulo principal. Las siete y media. Los capitanes y los miembros de alto rango de las tres familias empezarán a llegar dentro de media hora y Emma todavía no ha bajado.

Se me revuelve el estómago por una tensión desconocida que no tiene nada que ver con el campo de minas político que estamos a punto de atravesar esta noche.

Me he enfrentado a jefes rivales, he negociado acuerdos por valor de millones y he entrado en situaciones en las que una sola palabra equivocada podía desencadenar una guerra.

Pero esperar a que Emma aparezca ante nuestras familias reunidas hace que se me acelere el pulso de una forma peligrosamente parecida al miedo.

Esta reunión puede consolidar o destruir todo lo que hemos estado construyendo.

Años de planificación minuciosa, coordinación secreta entre nosotros tres y la lenta reconstrucción de lo que nuestros padres intentaron crear antes de morir.

Esta noche lo hacemos oficial. Esta noche presentamos a Emma como nuestra mujer y anunciamos la unificación formal de las familias Novikov, Lenkov y Balabanov.

Y si sale mal, podríamos enfrentarnos a una rebelión interna o algo peor.

Rurik está junto a los altos ventanales que dan al camino de entrada, con sus ojos azul pálido fijos en los movimientos del equipo de seguridad mientras se despliegan por la finca.

Lleva un traje oscuro que hace que sus anchos hombros parezcan aún más imponentes, y tiene la mandíbula tensa por esa clase de tensión contenida que reconozco de las negociaciones de alto riesgo.

Eduard se apoya contra la pared opuesta, pensativo, mientras revisa algo en el móvil con sus ojos grises.

Probablemente la distribución de los asientos por la que ayer discutimos durante dos horas.

Quién se sienta dónde importa en este tipo de reuniones, y colocar a los capitanes equivocados uno junto a otro podría generar una fricción que esta noche no necesitamos.

—Estará bien —dice Eduard sin levantar la vista, como si pudiera leerme el pensamiento.

—Lo sé. —Me sirvo un vodka que en realidad no quiero y me lo trago de un solo trago. El ardor ayuda, aunque apenas.

La verdad es que no me preocupa la capacidad de Emma para defenderse sola.

La he visto plantarle cara a Volkov sin pestañear, la he visto enfrentarse a los tres cuando creía que nos equivocábamos y he sido testigo de cómo se movía por situaciones peligrosas sin inmutarse.

Es fuerte, inteligente y valiente; todas cualidades que admiro en ella.

Pero esta noche es diferente. Esta noche no es solo Emma Moore, agente del FBI convertida en cautiva convertida en…

lo que cojones seamos ahora el uno para el otro.

Esta noche la presentan como nuestra esposa ante hombres que han pasado toda su vida en la Bratva.

Hombres que creen que las mujeres deben ser decorativas y obedientes, que ven la fortaleza en una mujer como una amenaza en vez de como una ventaja.

Y Emma está tan lejos de ser decorativa y obediente como es posible.

Eso es algo que me encanta de ella. A todos nos encanta. Pero me aterra que esos cabrones de la vieja guardia vean su fuego y decidan que es un lastre en vez del activo que sabemos que es.

—¿Y si no la aceptan? —pregunto, poniendo voz al miedo que llevo arrastrando toda la semana.

Rurik se vuelve desde la ventana, con gesto duro.

—Entonces se van. Hemos tomado nuestra decisión.

—¿Y si intentan forzar la situación?

—Entonces les recordaremos por qué intentar forzar las cosas con nosotros es una mala idea. —Su tono es plano, definitivo y no deja lugar a discusión.

Eduard por fin levanta la vista del móvil y sus ojos grises se encuentran con los míos.

—Las familias seguirán nuestro ejemplo. Siempre lo han hecho. Puede que unos cuantos protesten, pero acatarán la decisión cuando vean que vamos en serio.

Quiero creerle. Quiero confiar en que años de lealtad y respeto pesarán más que la conmoción de que hayamos reclamado como esposa a una agente del FBI. Pero he visto lo deprisa que puede cambiar la lealtad cuando la gente se siente amenazada o confundida.

Resuenan unos pasos en la escalera y los tres nos volvemos al mismo tiempo.

Krystal aparece primero, bajando los escalones con un vestido azul suave que hace que su cabello rubio brille bajo la luz de la lámpara de araña. Parece nerviosa, pero serena; sus ojos color avellana recorren la estancia antes de posarse en nosotros con una sonrisa pequeña e insegura.

Entonces Emma aparece detrás de ella y se me seca la boca.

Joder.

Lleva un vestido negro ceñido que se ajusta a cada curva de su cuerpo de formas que hacen que se me ponga dura la polla al instante.

El escote es lo bastante discreto para resultar apropiado, pero lo suficientemente bajo como para mostrar el inicio de sus pechos.

El bajo le cae justo por encima de las rodillas, dejando al descubierto sus piernas, y lo único que quiero es pasarle las manos por los muslos ahí mismo, en el vestíbulo.

Por una vez lleva el pelo oscuro suelto, cayéndole en ondas sobre los hombros en vez de recogido en la práctica trenza que suele llevar.

Está absolutamente jodidamente espectacular y no puedo apartar los ojos de ella.

Ni Rurik ni Eduard. Los sorprendo a ambos mirándola fijamente, y sus expresiones pasan de la compostura profesional a algo mucho más primitivo.

A Rurik se le tensa la mandíbula; sus ojos pálidos se oscurecen mientras recorren el cuerpo de Emma.

La mano de Eduard se cierra en un puño a un lado del cuerpo, como si se estuviera conteniendo físicamente para no cruzar la habitación y atraerla contra él.

Emma llega al final de la escalera y se detiene; sus ojos gris verdosos se entrecierran al captar nuestras reacciones.

—¿Qué estáis mirando?

La pregunta le sale cortante y a la defensiva, como si esperase una crítica en vez de la admiración visceral que probablemente se nos refleja por toda la cara.

—A ti —digo con voz áspera—. Estás increíble.

Se le sonrojan ligeramente las mejillas y se cruza de brazos sobre el pecho en un gesto que es muy propio de Emma. A la defensiva, incómoda ante los cumplidos y preparada para desviar el tema.

—Solo es un vestido.

—No es solo un vestido —dice Eduard en voz baja, acercándose. Su mano encuentra la curva de su espalda, cálida y posesiva—. Eres preciosa, Emma.

Ella cambia el peso de un pie al otro, claramente incómoda con tanta atención.

—Me siento ridícula. Apenas puedo moverme con esto puesto, y estos zapatos me van a matar antes de que acabe la noche.

Bajo la mirada hacia los tacones que lleva puestos: negros y elegantes, pero desde luego no son sus botas habituales.

—No tenías que ponértelos.

—Sí, tenía que hacerlo. —Su tono es plano—. Dijisteis que esta reunión era importante y que las primeras impresiones cuentan. Así que estoy interpretando el papel.

Las palabras escuecen más de lo que deberían. Interpretando el papel. Como si esto fuera otra operación encubierta en lugar de su vida real ahora.

Rurik le toma la barbilla y le inclina el rostro para obligarla a encontrarse con sus ojos azul pálido.

—Esto no es un papel, Emma. Es real.

Algo cruza fugazmente su expresión. Quizá duda. O miedo. Pero asiente una vez y Rurik la suelta.

Krystal se coloca junto a Emma; su delicada figura contrasta marcadamente con las curvas de Emma.

—Estáis todos increíbles —dice suavemente, con los ojos color avellana cálidos de afecto sincero.

La expresión de Emma se suaviza un poco al mirar a su amiga.

—Tú también.

El instante de ternura se rompe con el sonido de unos vehículos entrando por el camino. Me acerco a la ventana y cuento cuatro todoterrenos, cuyos faros rasgan la oscuridad del atardecer. Los capitanes están llegando.

—Que empiece el espectáculo —murmuro, ajustándome la chaqueta.

Los treinta minutos siguientes transcurren en una nebulosa de saludos y colocaciones cuidadosamente calculadas.

Los capitanes entran en fila en el vestíbulo principal, con expresiones que van de la curiosidad a la cautela.

Reconozco a la mayoría. Hombres que han servido a nuestras familias durante décadas, que recuerdan a nuestros padres y la alianza que intentaron forjar antes de que todo se viniera abajo.

Ocupan los asientos asignados alrededor de la enorme mesa que hicimos traer expresamente para esta noche.

Rurik se sienta en la cabecera, con Eduard y conmigo flanqueándolo a ambos lados.

Emma se sienta a mi derecha, con una postura impecable pese a la incomodidad que sé que siente.

Krystal queda situada cerca del otro extremo, lo bastante cerca para incluirla, pero no tanto como para atraer atención no deseada.

Rurik se pone de pie y la sala queda en silencio al instante. Su presencia exige respeto de un modo casi físico, y veo cómo los capitanes se enderezan en sus sillas.

—Gracias por venir —empieza Rurik, con una voz que se proyecta sin esfuerzo por el amplio espacio—.

Esta noche marca un momento significativo para nuestras familias.

Durante años hemos operado por separado, manteniendo las divisiones que surgieron tras las muertes de nuestros padres. Eso termina ahora.

Hace una pausa para que las palabras calen. Observo los rostros de los capitanes, leyendo sus reacciones. Algunos asienten de acuerdo. Otros intercambian miradas, inseguros.

—Las familias Novikov, Lenkov y Balabanov se unen oficialmente —continúa Rurik—. Mantendremos nuestras operaciones y territorios individuales, pero coordinaremos la estrategia, compartiremos recursos y presentaremos un frente unido ante cualquiera que amenace lo que es nuestro.

Uno de los capitanes mayores, un hombre de hombros anchos y pelo canoso que sirvió bajo las órdenes de mi padre, se inclina hacia delante.

—Esto ya lleva años ocurriendo. ¿Por qué hacerlo oficial ahora?