Marcada por la Mafia 40 Emma
75%

40 Emma

EMMA

Me despierto con la luz del sol entrando a raudales por las ventanas del dormitorio y la certeza inmediata de que estoy sola en la enorme cama.

Deslizo una mano por las sábanas frías donde suele dormir Rurik, pero no encuentro más que un espacio vacío.

El lado de Eduard está igual. Incluso el sitio de Artur, cerca del borde, está desocupado.

Se han marchado sin despertarme.

La idea no debería dolerme tanto como lo hace, pero las palabras de Krystal de anoche resuenan en mi mente con una claridad incómoda. Solo te están utilizando. Los hombres así no se enamoran. Acumulan activos.

Me incorporo despacio y el hombro protesta ante el movimiento. El roce de la bala palpita bajo el vendaje limpio que Eduard me cambió anoche antes de que nos acostáramos. O antes de que yo fingiera acostarme, mejor dicho.

Me quedé allí tendida en la oscuridad, escuchando su respiración y sintiendo el calor de sus cuerpos a ambos lados del mío, preguntándome si algo de aquello era real.

Si la forma en que Rurik me mira significa algo más que valor estratégico.

Si las caricias delicadas de Eduard son sinceras o solo una manera de mantenerme dócil.

Si las provocaciones y la posesividad de Artur son afecto o sentido de la propiedad.

Sé que sabían que fingía dormir. La respiración de Rurik nunca llegó a asentarse del todo en el ritmo profundo de la inconsciencia.

La mano de Eduard descansaba sobre mi cadera, pero no me atrajo hacia él como suele hacer.

Y faltaron los comentarios habituales de Artur sobre mi terquedad o sobre cómo acaparo las mantas.

Me dejaron fingir porque sabían que necesitaba espacio para pensar.

Saco las piernas de la cama y me pongo de pie, comprobando mi equilibrio. La habitación da vueltas ligeramente, probablemente por el analgésico que Eduard insistió en que tomara anoche, pero resisto el mareo. Necesito respuestas y no voy a obtenerlas tumbada en la cama, compadeciéndome de mí misma.

El espejo del baño muestra exactamente lo que esperaba.

Ojeras por haber dormido demasiado poco.

Mechones sueltos escapando de la trenza que no me molesté en rehacer antes de acostarme.

El vendaje del hombro, visible bajo la fina camiseta de tirantes con la que he dormido.

Tengo un aspecto horrible, acorde con cómo me siento.

Me ducho deprisa, procurando mantener seco el vendaje, y después me pongo unos vaqueros y un jersey negro ceñido que no presiona demasiado la herida. Las manos me tiemblan un poco mientras vuelvo a recogerme el pelo en una trenza y tengo que obligarme a respirar despacio y de manera uniforme.

Esto es ridículo. Soy agente del FBI. He interrogado a asesinos y traficantes sin sudar siquiera. Me he infiltrado en situaciones que podrían haberme costado la vida. Me he enfrentado a sospechosos armados y he salido ilesa.

¿Pero preguntarles a tres jefes de la Bratva si les importo de verdad o si solo soy una herramienta útil? Eso me aterra más que cualquiera de esas cosas.

Los encuentro en el comedor pequeño, sentados alrededor de la mesa con café y lo que parecen ser los restos del desayuno. Alzan la vista cuando entro, y la forma en que sus ojos siguen mis movimientos por la estancia me acelera el pulso a pesar de mi empeño por mantener la calma.

La mirada azul pálido de Rurik es firme y evaluadora. Los ojos grises de Eduard son cálidos, aunque cautelosos. Los ojos oscuros de Artur reflejan esa conocida mezcla de diversión y desaprobación.

—Buenos días, cariño —dice Artur, con ese matiz provocador en la voz al que ya me he acostumbrado.

No digo nada; me limito a asentir.

Eduard se levanta y va a servirme café. Su mano roza la mía al pasarme la taza. El contacto es breve, pero deliberado, y siento cómo su calidez se extiende por mi pecho.

—¿Qué tal tienes el hombro? —pregunta en voz baja.

—Bien. —Doy un sorbo al café y aprovecho el momento para reunir valor—. Tengo que preguntaros una cosa.

Rurik deja la taza sobre la mesa con sumo cuidado.

—Pregunta.

Es una palabra sencilla y directa, y de algún modo eso lo hace más difícil. Me obligo a sostenerle la mirada.

—¿Solo soy un medio para conseguir un fin? Para vosotros, me refiero. ¿Para los tres?

El silencio que sigue es tan denso que podría ahogarme con él. La mano de Eduard queda inmóvil sobre la cafetera. La sonrisa torcida de Artur desaparece. La expresión de Rurik no cambia, pero algo titila en sus ojos pálidos.

—¿A qué viene esto? —pregunta Eduard con cautela.

—Limitaos a responder la pregunta. —Mi voz suena más cortante de lo que pretendía—. ¿Estoy aquí porque me queréis de verdad o porque soy útil? ¿Porque puedo ayudar a unir a vuestras familias y proporcionaros tácticas e información del FBI?

Artur se recuesta en la silla, con la mandíbula tensa.

—Crees que te estamos utilizando.

—Ya no sé qué pensar. —Dejo la taza de café antes de que el temblor de mis manos revele cuánto me está costando esta conversación—.

Me comprasteis en una subasta. Me habéis retenido aquí durante semanas.

Me habéis dado acceso a vuestras operaciones y a vuestras vidas, pero no sé si es porque confiáis en mí o porque beneficia a vuestros intereses.

—Por ambas cosas —responde Rurik sin rodeos.

Su sinceridad me golpea como una bofetada. Quiero enfadarme. Quiero marcharme hecha una furia y demostrar que Krystal tenía razón. Pero hay algo en su expresión que me detiene.

—Explícate —exijo.

Rurik se levanta y rodea la mesa para acercarse a mí. Sus anchos hombros bloquean la luz de la ventana.

—Cuando fuimos a esa subasta, buscábamos una esposa. Alguien lo bastante fuerte para estar al lado de los tres y ayudarnos a salvar las distancias que dejaron nuestros padres. Alguien que pudiera unir a nuestras familias.

—Así que siempre fui una mera adquisición estratégica —digo con voz tensa.

—Lo eras —responde Eduard en voz baja, acercándose para colocarse junto a Rurik—. Al principio.

—¿Y ahora? —La pregunta apenas es más que un susurro.

Artur también se levanta y completa el círculo a mi alrededor.

—Ahora eres muchísimo más que eso, joder, y me da un miedo de la hostia.

La confesión me pilla desprevenida. Artur nunca muestra su vulnerabilidad. Es engreído, encantador y peligroso, pero jamás exhibe esta sinceridad descarnada que hace que me duela el pecho.

—No teníamos intención de encariñarnos contigo —dice Rurik, clavando sus ojos pálidos en los míos—. No pensábamos desearte por nada más que lo que pudieras aportarnos desde un punto de vista estratégico.

—Pero nos importas —añade Eduard, posando una mano sobre mi hombro sano—. Nos importas, Emma. No porque seas del FBI. No porque seas útil. Porque eres tú.

Se me cierra la garganta y tengo que parpadear con fuerza para contener el súbito escozor de las lágrimas.

—¿Cómo sé que es verdad? ¿Cómo sé que no os limitáis a decirme lo que necesito oír para mantenerme dócil?

—Porque, si solo quisiéramos que fueras dócil —dice Artur mientras da un paso hacia mí—, no te habríamos dado a elegir. No habríamos permitido que Krystal se quedara. No habríamos pasado las últimas semanas ayudándote a perseguir a un topo que quiere verte muerta.

Tiene razón. Su razonamiento es sólido. Pero la lógica no alivia el miedo que lleva creciendo dentro de mí desde la advertencia de Krystal anoche.

—Estoy aterrada —admito en voz baja—. Me aterra estar enamorándome de vosotros y que todo sea producto de mi imaginación. Ser solo una cautiva con síndrome de Estocolmo que se ha convencido de que esto es real.

Rurik me toma el rostro con una mano y me acaricia el pómulo con el pulgar.

—Es real, Emma. Lo que sentimos por ti es real.

—Pues decidlo —lo desafío con la voz ligeramente quebrada—. Decidme qué sentís.

Los tres intercambian miradas, recurriendo a esa comunicación silenciosa que he aprendido a reconocer. Entonces habla Eduard, con voz grave y ronca.

—Me importas más de lo que me ha importado nadie en años. Cuando te vi caer en aquella cafetería, cuando pensé que te habían matado, algo se rompió dentro de mí. Ya no puedo imaginar esta vida sin ti.

La mano de Artur encuentra mi cintura y me atrae hacia él.

—Me vuelves puto loco, cariño. Me haces cuestionar todo lo que creía saber sobre lo que quería. Y no cambiaría ni una maldita cosa.

Los ojos pálidos de Rurik retienen los míos con una intensidad que me roba el aliento.

—Eres nuestra, Emma. No porque te compráramos. No porque seas útil. Porque te elegimos. Todos los días, te elegimos a ti.

Sus palabras abren una brecha en mi pecho y, de pronto, lo estoy besando.

Agarro su camisa con ambas manos mientras lo atraigo hacia mí, vertiendo en el beso todo lo que no soy capaz de expresar con palabras.

Él responde de inmediato; su boca reclama la mía con una posesividad que hace que me flaqueen las rodillas.

Las manos de Eduard se deslizan alrededor de mi cintura desde atrás y su boca encuentra mi cuello. Los dedos de Artur se enredan en mi pelo e inclinan mi cabeza para que Rurik pueda besarme con mayor profundidad.

—Será mejor que llevemos esto a un sitio un poco más privado —dice Rurik contra mi boca.

A duras penas conseguimos llegar arriba. Hay manos por todas partes, despojándonos de la ropa con urgente eficacia. Para cuando alcanzamos la enorme cama, solo llevo puesta la ropa interior y ellos no tardan mucho más en quedarse desnudos.

Eduard me levanta y me deposita sobre la cama. Sus ojos grises están oscurecidos por el deseo cuando se acomoda entre mis muslos. Su boca encuentra mi pecho a través de la fina tela del sujetador y yo arqueo el cuerpo hacia su contacto con un jadeo.

Las manos de Rurik desabrochan mi sujetador y dejan libres mis pechos. Su boca se cierra sobre mi otro pezón mientras los dedos de Eduard se deslizan bajo la cinturilla de mis bragas y me encuentran ya húmeda y preparada.

Artur se quita las últimas prendas y se arrodilla junto a mi cabeza, con la gruesa polla dura y lista.

—Abre la boca para mí, cariño.

Obedezco y lo acojo en mi boca mientras los dedos de Eduard penetran en mi interior. La doble sensación me hace gemir alrededor de la polla de Artur, y él gruñe al sentir la vibración.

La boca de Rurik desciende y sustituye los dedos de Eduard por su lengua. La primera pasada sobre mi clítoris hace que mis caderas se alcen de la cama, y la mano de Artur se enreda en mi pelo para mantenerme firme.

—Eso es —murmura Rurik contra mi piel—. Deja que te enseñemos lo que sentimos.

Eduard va dejando un reguero de besos por mi cuello y mis pechos mientras Rurik me trabaja con la lengua y Artur me folla la boca con embestidas controladas. Me ahogo en un mar de sensaciones, abrumada por la impresión de estar completamente rodeada por ellos.

Cuando llega el orgasmo, el nombre de Rurik sale amortiguado mientras la polla de Artur se desliza más profundamente por mi garganta. El placer me atraviesa en oleadas y me deja temblando y jadeando.

Rurik se aparta y se coloca entre mis muslos, con su gruesa polla presionando contra mi entrada. Penetra en mí con una única embestida fluida y yo grito ante la plenitud.

La boca de Artur encuentra la mía y ahoga mis gritos mientras Rurik me empuja hacia otro orgasmo. Cuando llega, me hago añicos por completo; mi cuerpo se contrae a su alrededor mientras el placer vuelve blanca mi visión.

Rurik lo sigue unos instantes después, derramándose caliente en mi interior. Sale de mí con cuidado y Eduard ocupa su lugar de inmediato, me vuelve boca abajo y me penetra desde atrás.

El nuevo ángulo me hace gritar, y la mano de Artur se desliza bajo mi cuerpo hasta encontrar mi clítoris. La estimulación adicional vuelve a empujarme otra vez al límite, y Eduard gime cuando mis músculos internos se contraen a su alrededor.

Para cuando los tres han terminado conmigo, estoy desmadejada y satisfecha, tendida en la cama entre ellos. El brazo de Eduard descansa sobre mi cintura, la mano de Rurik reposa en mi cadera y los dedos de Artur trazan dibujos perezosos sobre mi hombro sano.

—Hablábamos en serio —murmura Eduard junto a mi oído—. Esto es real.

Lo creo. Por primera vez desde la advertencia de Krystal, los creo de verdad.

El teléfono de Rurik vibra sobre la mesilla de noche y rompe el apacible silencio. Él lo coge mientras profiere una maldición en voz baja, y su expresión pasa de relajada a reflejar una furia glacial en lo que dura un latido.

—¿Qué ocurre? —pregunto mientras me incorporo.

No responde. Se limita a girar el teléfono para que pueda ver la pantalla.

La imagen muestra a dos hombres juntos en lo que parece un despacho privado. Uno es alto y distinguido, con el pelo surcado de canas y una presencia autoritaria.

Langford.

El otro es igual de alto, con el pelo rubio oscuro y los ojos gris pálido.

Volkov.

El corazón se me desploma hasta el estómago mientras contemplo la fotografía. Los dos hombres que me quieren muerta o cautiva están trabajando juntos.