25 Emma
EMMA
El nombre de Marcus Cole me devuelve la mirada desde la pantalla del teléfono de Rurik, letras negras sobre fondo blanco que bien podrían ser una confesión escrita con sangre.
El recuerdo aflora con una claridad incómoda.
Cole actuando nervioso durante la reunión informativa final, jugueteando con el bolígrafo mientras Hayes exponía el calendario de la operación.
La forma en que evitó mirarme a los ojos cuando le pedí que confirmara los protocolos de comunicación.
Cómo salió deprisa de la sala al terminar la reunión, mascullando algo sobre tener que comprobar los registros del servidor.
Pensé que solo estaba nervioso. Cole siempre se ponía inquieto antes de las operaciones importantes, y la presión acentuaba su torpeza social. Pero ahora aquellos pequeños detalles adquieren un nuevo peso y se transforman en algo más oscuro.
Recuerdo las veces que íbamos juntos a por café en las tardes tranquilas, con Cole quejándose de su carga de trabajo mientras yo lo escuchaba.
Siempre pedía lo mismo —café solo, sin azúcar— y nos sentábamos en la sala de descanso a hablar de cosas sin importancia.
Una vez me hizo reír con una imitación terrible de la voz severa de Langford durante una reunión.
Debió de ser hace tres meses, antes de que todo empezara a desmoronarse.
También estuvo la vez que comimos cerca de la oficina, en una mediocre bocadillería que Cole insistía en que tenía un pastrami decente.
Aquel día estaba más callado de lo habitual, dando vueltas a la comida en el plato.
Cuando le pregunté si se encontraba bien, vaciló antes de admitir que unas deudas de juego le estaban superando.
Nada grave, dijo, solo mala suerte en las mesas de póker.
Se lo tomó a broma, pero vi la tensión en su mandíbula, la forma en que sus dedos tamborileaban sobre la mesa con un ritmo nervioso.
—Lo arreglaré —me dijo, forzando una sonrisa—. Solo necesito una buena semana.
Le creí entonces. Pensé que solo atravesaba una mala racha, una de esas cosas que le pasan a la gente. Incluso le propuse que volviéramos a comer pronto, para ver cómo estaba. Pareció agradecérmelo, genuinamente aliviado de que a alguien le importara lo suficiente como para preguntarle.
Ahora me pregunto si aquel agradecimiento era real o si ya estaba planeando venderme por entonces.
—Me vendió —digo en voz baja, con las palabras dejándome un sabor amargo—. Cole necesitaba dinero para sus deudas de juego y alguien le ofreció lo suficiente a cambio de entregar mi identidad.
Rurik deja el teléfono con cuidado, sus ojos azul pálido estudiando mi rostro.
—Es posible.
—Es más que posible. —Me enderezo y cruzo los brazos sobre el pecho—. La cronología encaja. Los registros de acceso demuestran que estaba en el sistema cuando no debería haberlo estado. Y tenía un motivo. Las deudas de juego vuelven desesperada a la gente.
Eduard se coloca a mi lado, con los ojos grises pensativos mientras vuelve a revisar la información.
—El patrón es condenatorio.
—Exacto. —El alivio me inunda, frío y certero. Si Cole vendió la información, la traición era sencilla. Codicia, no algo más profundo. No alguien en quien confiara más que en un colega al que apenas conocía fuera del trabajo.
No Langford.
El pensamiento surge antes de que pueda detenerlo y lo rechazo de inmediato.
No quiero contemplar esa posibilidad. No puedo contemplarla.
Langford forma parte de mi vida desde que tenía dieciséis años.
Estuvo allí cuando asesinaron a mis padres.
Me animó a unirme a la Agencia. Aprobó esta operación.
Pero también tenía autoridad para cerrar la investigación sobre mi desaparición. Podría haberme declarado presuntamente muerta sin levantar sospechas.
Niego con la cabeza, obligando a los pensamientos a alejarse. Lo de Cole tiene sentido. Cole encaja con las pruebas.
Antes de que pueda decir nada más, estallan unos gritos en algún lugar del exterior. El sonido atraviesa el silencio del despacho, agudo y urgente.
Uno de los guardias irrumpe en el despacho con expresión apremiante. Eduard y Artur se acercan a él de inmediato, y yo los sigo automáticamente, con el pulso acelerándose.
El guardia informa de algo que no llego a oír bien, hablando bajo y deprisa. La mandíbula de Eduard se tensa y asiente una vez.
—Ocúpate. Quiero un informe completo cuando terminemos aquí.
El guardia se marcha tan rápido como ha llegado y los tres volvemos al escritorio. Fuera cual fuese el altercado, Eduard ya lo ha delegado. Sin vacilar, vuelve a centrar su atención en la investigación.
De vuelta en el escritorio, el contacto tecnológico de Rurik ha enviado información adicional sobre la actividad financiera de Cole.
Me inclino sobre el portátil y repaso los extractos bancarios, que muestran cómo sus deudas de juego han crecido rápidamente durante los últimos meses.
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Pérdidas que se acumulaban más deprisa de lo que su sueldo podía cubrir.
Y entonces, enterrados entre las transacciones, varios ingresos sin explicación. No lo bastante grandes como para llamar la atención de inmediato, pero sí considerables. Cinco mil aquí. Ocho mil allí. El momento coincide con las semanas previas a mi operación encubierta.
—Le estaban pagando —digo en voz baja—. Alguien le daba dinero a cambio de información.
Eduard se coloca a mi lado, su hombro rozando el mío mientras estudia la pantalla. Entonces señala otro detalle que se me había pasado por alto. Una entrada en el registro del sistema fechada el día después de mi desaparición.
—Mira esto.
Sigo su dedo hasta una línea de código que muestra a Cole intentando borrar un registro relacionado con mi identidad encubierta. La acción falló porque el sistema hacía automáticamente una copia de seguridad de los registros de acceso, pero el intento está ahí. Documentado y condenatorio.
—Entró en pánico —digo con voz tensa—. Se dio cuenta de lo que había hecho e intentó borrar sus huellas.
Artur se apoya en el escritorio, con los ojos oscuros y afilados.
—O alguien le dijo que limpiara las pruebas.
Antes de que pueda responder, el teléfono de Artur vibra. Lo saca, mira la pantalla y su expresión cambia.
—Actualización de mi contacto dentro de las fuerzas del orden federales.
—¿Qué ocurre? —pregunta Rurik.
Artur lee deprisa, con la mandíbula tensándose.
—Han detenido a Marcus Cole. Internamente, la Agencia.
Mi pulso se dispara.
—¿Cuándo?
—Hace dos días. —Artur levanta la vista y se encuentra con mi mirada—. La acusación es malversación y uso indebido menor de los sistemas internos.
Frunzo el ceño de inmediato.
—Eso no tiene sentido.
—No —dice Rurik en voz baja—. No lo tiene.
Eduard cruza los brazos, con expresión pensativa.
—Si Cole vendió a una agente federal a una red internacional de tráfico de personas, la Agencia no lo detendría discretamente por una infracción financiera.
La lógica me golpea como agua fría. Tiene razón. Alguien responsable de una traición de ese calibre no se enfrentaría a cargos menores. O desaparecería por completo o sería procesado por algo mucho más grave, como traición, conspiración o complicidad en secuestro.
No por malversación.
—Están protegiendo a alguien —digo despacio, mientras la revelación se me instala en el pecho como un peso—. Cole es un chivo expiatorio. Lo han detenido por algo menor para que parezca que están resolviendo el problema, pero el verdadero topo sigue protegido.
Rurik asiente una vez.
—Esa es mi valoración.
Me dejo caer en la silla detrás del escritorio, con las manos temblándome ligeramente. Si Cole no es el verdadero traidor, alguien de más arriba ha orquestado todo esto. Alguien con suficiente autoridad para manipular investigaciones, declarar muertos a agentes y enterrar pruebas.
Alguien como Langford.
El pensamiento me revuelve el estómago. No quiero que sea verdad. No puedo permitir que sea verdad. Pero las piezas empiezan a encajar de maneras que no puedo ignorar.
Pasan las horas mientras seguimos revisando la información.
Los contactos de Rurik investigan más a fondo la detención de Cole y confirman que los cargos son deliberadamente menores.
Eduard contrasta la cronología con operaciones de tráfico conocidas, buscando conexiones que podríamos haber pasado por alto.
Artur vigila las comunicaciones de su red báltica, buscando cualquier mención a filtraciones federales o agentes comprometidos.
Trabajo sentada en silencio, con la mente dando vueltas a distintos escenarios. Si Langford está implicado, ¿hasta dónde llega todo? ¿Trabajaba con la red de subastas desde el principio? ¿Sabía lo de la desaparición de Krystal? ¿Aprobó mi operación sabiendo que me capturarían?
Las preguntas se acumulan más deprisa de lo que puedo procesarlas.
Para cuando el anochecer cae sobre la finca, me martillea la cabeza y me escuecen los ojos de mirar las pantallas. Rurik ordena que traigan comida al despacho y comemos en relativo silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Entonces el teléfono de Artur vuelve a vibrar.
Lo recoge, mira la pantalla y se queda muy quieto. Sus ojos oscuros se entrecierran mientras lee, y su expresión pasa de la curiosidad a algo más duro.
—¿Qué ocurre? —pregunta Eduard.
Artur no responde de inmediato. Lee el mensaje dos veces, con la mandíbula tensándose. Entonces levanta la vista y clava los ojos en mí.
—Mensaje cifrado de uno de mis contactos bálticos —dice en voz baja—. Hay una nota y una fotografía.
Mi pulso se acelera.
—¿Qué dice?
La voz de Artur es plana mientras lee en voz alta.
—Dile a Emma Moore que me gustaría reunirme con ella.
Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros, pesadas y peligrosas.
—Enséñame la fotografía —exijo, avanzando ya hacia él.
Gira el teléfono para que pueda ver la pantalla.
Esta vez la imagen es nítida. No está borrosa como la anterior. Una mujer se encuentra en lo que parece el elegante vestíbulo de un hotel, con el cabello rubio miel cayéndole liso por la espalda. Lleva un vestido ceñido, mantiene una postura perfecta y tiene una expresión serena.
Es Krystal.
Y está mirando directamente a la cámara.