Marcada por la Mafia 16 Eduard
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16 Eduard

EDUARD

La sala de reuniones está cargada de humo de puro y tensión cuando entramos.

Seis de nuestros capitanes de mayor confianza están sentados alrededor de la larga mesa de caoba; sus conversaciones mueren en cuanto advierten que Emma entra detrás de nosotros.

Observo cómo sus expresiones pasan de la sorpresa a la cautela y a una curiosidad apenas disimulada mientras ella toma asiento en la silla del rincón hacia la que Rurik hace un gesto.

Ella no pinta nada aquí. Todos los hombres de esta sala lo saben. Que una agente del FBI esté presente en asuntos de la Bratva es el tipo de cosa que acaba con gente muerta. Pero Rurik ha tomado la decisión, y ninguno de ellos lo cuestionará. Al menos, no abiertamente.

Me acomodo en mi sitio habitual, a la derecha de la mesa, mientras Artur se deja caer en la silla frente a mí. Rurik ocupa la cabecera, y sus ojos pálidos recorren la sala con esa autoridad contenida que hace que incluso los criminales más curtidos enderecen la espalda.

—Continuad —dice Rurik sin más.

Uno de nuestros capitanes veteranos se aclara la garganta y vuelve a centrar su atención en los manifiestos de carga desplegados sobre la mesa.

Es un hombre de hombros anchos, de unos cincuenta años, con el pelo encanecido y las manos marcadas por cicatrices de décadas haciendo cumplir órdenes.

—Las rutas del Pacífico van limpias. No hay problemas con aduanas en los controles habituales.

—¿Y el envío de Seattle? —pregunta Artur, recostándose en la silla con una despreocupación engañosa.

—Retrasado. —La mandíbula del capitán se tensa—. La autoridad portuaria ha marcado uno de los contenedores para una inspección aleatoria. Hemos tenido que desviarlo por Vancouver, lo que ha añadido tres días y nos ha hecho perder la ventana de entrega.

Miro a Emma de reojo. Permanece perfectamente inmóvil, con sus ojos verde grisáceos siguiendo la conversación sin reaccionar de forma evidente.

Pero ya la conozco lo bastante para ver el modo en que sus dedos descansan sobre el muslo, la leve tensión de sus hombros.

Está catalogando cada detalle y guardándolo para usarlo más adelante.

La idea debería inquietarme más de lo que lo hace.

—La ruta de Vancouver está comprometida —dice otro capitán.

Este es más joven, quizá tenga cuarenta años, rasgos afilados y fama de mover mercancía más rápido que nadie de nuestra red—.

La patrulla fronteriza ha reforzado su presencia desde aquella incautación de armas del mes pasado. Necesitamos alternativas.

Extiende un mapa sobre la mesa y su grueso dedo recorre las rutas marítimas actuales. —Podríamos pasarlo todo por Portland, pero eso implica tratar con los italianos. Querrán su parte.

—Que le den por culo a los italianos —masculla Artur—. No vamos a pagar tributo por mover nuestra propia mierda por un territorio que controlamos desde hace veinte años.

La discusión continúa, las voces suben y bajan mientras los capitanes debaten rutas, costes y riesgos.

Observo a Emma por el rabillo del ojo. No se ha movido, no ha hablado, pero su atención no flaquea ni un instante.

Cuando alguien menciona un problema de transporte relacionado con las nuevas cámaras de tráfico de la autopista 101, veo algo centellear en su rostro.

Reconocimiento.

Conoce esa ruta. Claro que la conoce. Probablemente el FBI tenga vigilancia en la mitad de las carreteras que usamos.

La sala queda sumida en un silencio frustrado mientras los capitanes contemplan el mapa, buscando soluciones que no impliquen pagar a rivales ni arriesgarse a atraer más atención de las fuerzas del orden.

Entonces habla Emma. —La autopista 26, atravesando la cordillera Costera.

Todas las cabezas se vuelven hacia ella. En el espacio de un latido, el silencio deja de ser reflexivo para volverse peligroso. La mano del capitán mayor se mueve sutilmente hacia el arma que sé que lleva en la funda bajo la chaqueta. Los demás la miran con recelo.

Emma no se inmuta. Se pone en pie y se acerca a la mesa; su dedo cae sobre el mapa con una precisión segura.

—Intentáis evitar las nuevas cámaras de la 101, pero no estáis teniendo en cuenta las rutas madereras estacionales.

La autopista 26 cruza las montañas y conecta con carreteras rurales que esquivan por completo los controles principales.

Hay menos tráfico, la vigilancia es mínima y, si calculáis bien el momento, podéis pasar durante los cambios de turno, cuando disminuye la presencia de patrullas.

El capitán mayor la mira como si acabara de hablar en lenguas. —¿Cómo coño sabes tú de rutas madereras?

—Soy del FBI —dice Emma con tono plano—. Trazamos mapas de los patrones de transporte criminal. Eso incluye saber qué carreteras usáis y cuáles no.

Artur suelta una risa breve y sorprendida. —Tiene razón.

Rurik estudia el mapa, con expresión inescrutable. Después mira al capitán. —Compruébalo. Si la ruta es viable, la usaremos.

Él asiente despacio, sin apartar de Emma una mirada que mezcla respeto y desconfianza. —Sí, señor.

La reunión continúa, pero la energía ha cambiado. Los capitanes son más cautos ahora, más conscientes de la presencia de Emma. Hablan en términos más vagos, evitan las especificidades y la miran a menudo, como si esperaran que revelase ser la amenaza que todos saben que es.

Cuando Rurik por fin los despide, salen deprisa, hablando en voz baja sobre lo que acaba de ocurrir. Capto fragmentos de ruso, palabras como «riesgo», «lastre» y «peligrosa».

No se equivocan.

Cuando la sala se queda vacía, Rurik se vuelve hacia Emma. —Eso ha sido muy inteligente o muy estúpido.

—Probablemente ambas cosas —admite ella.

Me pongo de pie y hago un gesto hacia la puerta. —Vamos. Si vas a estar aquí, al menos deberías ver el resto.

Salimos de la sala de reuniones y nos adentramos más en la finca, mientras Artur se marcha para ocuparse de sus tareas.

Emma camina a mi lado, sus pasos silenciosos sobre los suelos de mármol.

Soy dolorosamente consciente de lo cerca que está, de cómo su hombro roza el mío de vez en cuando al doblar las esquinas.

Su olor limpio contrasta con el humo de puro del despacho.

—No tenías por qué ayudarlos —digo en voz baja.

—Lo sé. —No me mira—. Pero, si estoy atrapada aquí, al menos puedo hacerme útil.

—¿Eso es lo que haces? ¿Hacerte útil?

Su mandíbula se tensa. —¿Qué otra cosa iba a hacer?

—Recopilar información. Planear tu próxima fuga. Averiguar cómo acabar con nosotros desde dentro.

Se detiene y se vuelve hacia mí, con los ojos verde grisáceos afilados. —¿Esperarías menos de mí?

—No. —Sostengo su mirada—. Pero me decepcionaría que no fueras sincera al respecto.

Durante un instante, algo cambia en su expresión. No llega a ser confianza, pero quizá sea el principio de la comprensión. Después aparta la vista y sigue caminando.

Atravesamos un pasillo que sé que ella no ha visto antes, uno que conduce al centro neurálgico operativo de la finca. La sala de seguridad está tras una puerta reforzada con cerraduras biométricas. Apoyo la palma contra el escáner y el mecanismo se desbloquea con un suave clic.

Dentro, tres guardias vigilan una pared de pantallas que muestran las imágenes de las cámaras desde todos los ángulos de la propiedad. Las puertas principales, los jardines, la valla perimetral y el bosque más allá. Todo es visible, queda grabado y archivado.

La atención de Emma se fija de inmediato en las pantallas.

Observo cómo sus ojos recorren las imágenes, siguiendo patrones, detectando puntos ciegos y memorizando las rotaciones de los guardias.

Se le da bien ocultarlo, fingir que solo echa un vistazo casual, pero veo cómo su mirada se demora en la puerta de servicio oriental, por donde entran los suministros cada mañana.

Ya está planeando.

—Impresionante despliegue —dice, con un tono cuidadosamente neutro.

—Tiene que serlo. —Me acerco a las pantallas y señalo imágenes concretas—. Tenemos más de doscientas cámaras cubriendo la finca y los terrenos circundantes. Sensores de movimiento a lo largo de la valla. Cámaras térmicas en el bosque. Los guardias rotan cada seis horas con horarios escalonados.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque vas a averiguarlo de todos modos. —Me vuelvo hacia ella—. Y prefiero que entiendas lo exhaustivos que somos antes que pierdas el tiempo probando debilidades que no existen.

Sus labios se curvan ligeramente. —¿Crees que no hay debilidades?

—Creo que cualquier debilidad que encuentres te costará más de lo que vale.

No responde, pero veo el desafío en sus ojos. Ya está calculando, ya está buscando el fallo de nuestro sistema. Eso es lo que la hace peligrosa. También es lo que la hace fascinante.

Salimos de la sala de seguridad y nos dirigimos al exterior.

El sol de la tarde me calienta la piel mientras cruzamos el patio hacia el campo de tiro, en el extremo occidental de la finca.

El sonido de los disparos resuena por los terrenos, secos estallidos que puntúan una tarde por lo demás tranquila.

Artur ya está allí, apoyado contra un poste mientras varios guardias practican con pistolas y rifles. Sonríe al vernos acercarnos, con esa sonrisa chulesca que suele significar que está a punto de causar problemas.

—Llegáis en el momento perfecto —nos llama—. Justo estábamos discutiendo si los agentes del FBI saben disparar de verdad o si todo es propaganda de Quantico.

La expresión de Emma no cambia, pero veo el destello de irritación en sus ojos. —¿Quieres averiguarlo?

—Por supuesto. —Artur se separa del poste y hace un gesto hacia el campo de tiro—. Enséñanos lo que sabes hacer, cariño.

Esta vez no lo corrige por llamarla «cariño».

En lugar de eso, se acerca a la mesa de armas y elige una Glock 19; revisa el cargador y la recámara con una eficiencia adquirida con la práctica.

Los guardias observan con un escepticismo apenas disimulado.

Han visto a mucha gente que cree saber disparar. La mayoría no sabe.

Emma toma posición en la línea de tiro, con una postura perfecta. No se precipita. No presume. Simplemente respira, apunta y dispara.

El primer disparo alcanza el centro de la silueta. El segundo también. Y el tercero. Para cuando vacía el cargador, cada bala ha impactado en una agrupación cerrada que despertaría la envidia de la mayoría de nuestros hombres.

El campo de tiro queda en silencio.

Artur deja escapar un silbido. —Joder.

—Quizá más tarde —dice Emma sin mirarlo, y tengo que contener una risa.

Deja el arma sobre la mesa y se vuelve hacia los guardias, con expresión serena. —¿Alguien más quiere cuestionar mi formación?

Nadie habla.

Cuando nos alejamos del campo de tiro, uno de los capitanes que se ocupa de nuestras conexiones de transporte marítimo en el Báltico se acerca a Artur. Es mayor, quizá tenga sesenta años, con el rostro curtido y unas manos que han conocido décadas de duro trabajo.

—El envío de Klaipėda está confirmado para el jueves —dice en un inglés con fuerte acento—. Baltic Logistics se encarga del transporte.

Emma se queda paralizada.

El cambio es sutil, pero lo percibo. El modo en que se le tensan los hombros y cambia su respiración. El modo en que sus ojos se vuelven distantes durante una fracción de segundo antes de obligar a su expresión a recuperar la neutralidad.

Pero es demasiado tarde. Lo he visto.

—¿Baltic Logistics? —pregunto, observándola con atención.

Él asiente. —La misma empresa que hemos usado durante los últimos cinco años.

Las manos de Emma se cierran en puños a ambos lados del cuerpo, con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Luego se obliga a relajarlas, pero el daño ya está hecho. Sea lo que sea que ese nombre significa para ella, es importante.

Artur también se da cuenta. Sus ojos oscuros se entrecierran mientras estudia su rostro. —¿Pasa algo?

—Es la misma empresa de logística que se encargó de la seguridad en la fiesta donde desapareció Krystal —dice despacio.