3 Emma
EMMA
No hablo durante el trayecto.
Los tres hombres que me compraron también permanecen en silencio, lo cual me viene de maravilla.
El todoterreno es caro, está blindado y se mueve por la ciudad con la clase de seguridad que da saber que nadie va a detenerte. Catalogo cada detalle. La postura del conductor. La ruta que seguimos. Los nombres de las calles cuando consigo verlos a través de las ventanillas tintadas.
El rubio está sentado frente a mí, observándome con sus ojos azul pálido con una intensidad que me eriza la piel.
Es el que habló primero en la subasta, el que soltó mi cadena como si le quemara.
El moreno de sonrisa torcida está repantigado a su lado, relajado de una forma que parece deliberadamente despreocupada.
El tercer hombre, de pelo castaño claro y ojos grises, está sentado a mi izquierda, lo bastante cerca como para que pueda sentir el calor que irradia su cuerpo.
Ninguno se ha presentado. Yo no he preguntado.
Me duelen las muñecas donde antes las bridas se me clavaron. Me palpita la cara donde me golpearon. Pero el dolor me resulta familiar. Es un dolor con el que puedo lidiar. Lo que no puedo permitirme es entrar en pánico.
Estudio el reloj del rubio. Caro. Suizo, seguramente. Lleva un traje perfectamente confeccionado, oscuro y discreto. Todo en él grita control y disciplina.
El moreno me pilla mirándolo y sonríe. —Estás muy callada.
No respondo.
—Está planeando algo —dice el rubio sin apartar la mirada de mí. Su voz es profunda, con acento e irritantemente serena.
Aprieto la mandíbula. Tiene razón, y odio que pueda leerme con tanta facilidad.
El hombre que está a mi lado se mueve ligeramente. —¿Puedes culparla?
—No —responde el rubio—. Yo haría lo mismo.
Conducimos durante lo que parece una hora, aunque probablemente sea menos. La ciudad da paso a los suburbios y luego a carreteras más oscuras bordeadas de árboles. La riqueza se aísla del mundo, y estos hombres claramente tienen de sobra. Sé que son de la Bratva, pero no los reconozco.
Cuando por fin atravesamos un enorme portón de hierro, me inclino un poco hacia delante para verlo mejor. La finca que se extiende al otro lado es enorme, con muros de piedra rodeando la propiedad.
Hay cámaras de seguridad colocadas a intervalos regulares, mientras los focos iluminan unos jardines cuidados que se pierden en la oscuridad.
Esto no es solo una casa. Es una maldita fortaleza. Genial, simplemente genial.
El todoterreno se detiene frente a la entrada principal y los hombres salen primero. El de ojos grises me ofrece la mano. La ignoro y bajo por mi cuenta; mis botas crujen sobre la grava mientras observo cuanto me rodea.
La mansión se alza sobre nosotros, toda ángulos afilados y piedra fría. Las ventanas brillan con una luz cálida, pero este lugar no tiene nada de acogedor.
Cuento al personal de seguridad visible. Hay al menos seis a la vista. Probablemente haya más que no alcanzo a ver.
—Por aquí —dice el rubio, señalando la entrada.
Lo sigo porque todavía no tengo elección. Pero ya estoy trazando el plano mentalmente.
La distancia entre la casa principal y el muro exterior. La ubicación de las cámaras. Los puntos ciegos que quizá pueda aprovechar.
Por dentro, la mansión es tan fría y cara como esperaba. Suelos de mármol. Techos altos. Obras de arte que probablemente cuesten más que la casa donde pasé toda mi infancia. Una mujer de unos cincuenta años aparece por un pasillo lateral, con expresión neutra mientras se acerca.
—Llévala al ala este —le ordena el rubio.
La mujer asiente y me hace un gesto para que la siga. Echo un vistazo atrás, hacia los tres hombres, pero ya se han dado la vuelta y hablan en voz baja entre ellos mientras los guardias nos siguen a la mujer y a mí escaleras arriba.
El ala este es tan opulenta como el resto de la casa. La mujer me conduce a un dormitorio grande, con baño incorporado y lo que parece una salita.
Todo está impoluto. Intacto. Como una habitación de hotel diseñada para alguien que nunca llegará a vivir allí de verdad.
—Hay ropa en el armario —dice la mujer en un inglés con acento.
Se marcha antes de que pueda responder, y la puerta se cierra con un clic a su espalda. Espero treinta segundos, luego pruebo el picaporte y me sorprende descubrir que no está cerrado.
Una clase de trampa, estoy segura.
Recorro la habitación deprisa, comprobando las ventanas, probando las cerraduras, buscando cualquier cosa que pueda usar.
Las ventanas están reforzadas, probablemente sean antibalas. A través de la puerta entreabierta, distingo un pasillo con cámaras colocadas en ambos extremos.
Cerca de la escalera se ve un pasillo de servicio, una posible salida si consigo llegar hasta él. Y esquivar a los guardias apostados junto a la puerta abierta de este dormitorio.
Me guardo toda la información y me obligo a esperar.
Pasan las horas. Me ducho, restregándome para quitarme la sangre seca y el hedor del almacén. Encuentro ropa en el armario que me queda bastante bien.
Vaqueros.
Un jersey negro ajustado.
Botas resistentes y ya domadas, como si alguien hubiera planeado esto. Lo cual, por supuesto, han hecho. ¿Por qué si no iban a acudir a una subasta de novias si no esperaban volver con una mujer?
Para cuando la casa queda en silencio, ya ha pasado bastante de medianoche. Me acerco a la puerta y escucho.
Nada. Ni pasos. Ni voces.
Solo el zumbido bajo de un costoso sistema de climatización y de los sistemas de seguridad a lo lejos.
Me deslizo al pasillo y me dirijo al corredor de servicio que había visto antes.
El primer control es fácil. Hay un solo guardia apostado cerca de la entrada de la cocina, distraído con el móvil.
Espero a que se dé la vuelta y paso a su lado como una sombra. Años de entrenamiento hacen que mis pasos sean silenciosos y mi respiración, controlada.
El segundo control es más difícil. Dos guardias, ambos alerta, están apostados cerca de una salida lateral que conduce a los jardines. Los observo durante un minuto entero, estudiando sus pautas, esperando el momento en que ambos miren hacia otro lado al mismo tiempo.
Llega el momento que esperaba, y atravieso la puerta y salgo a la noche antes de que ninguno de los dos se dé cuenta de que estaba allí.
Los jardines son enormes, pero ya me he memorizado la distribución durante el trayecto de entrada.
Me mantengo entre las sombras, evitando los focos y los ángulos de las cámaras. El corazón me martillea, pero tengo las manos firmes. Me he entrenado para situaciones como esta.
Estoy a medio camino del muro exterior cuando una figura sale de la oscuridad delante de mí.
El rubio.
Está de pie con las manos en los bolsillos, completamente relajado, como si hubiera estado esperándome. Bajo la luz de la luna, sus ojos pálidos parecen casi luminosos.
—Impresionante —dice en voz baja—. Has llegado más lejos de lo que esperaba.
No vacilo y lo ataco. Mi puño va directo a su cara, pero lo bloquea sin esfuerzo y se aparta a un lado.
Giro sobre mí misma y lanzo una patada a sus costillas, pero me atrapa la pierna y me obliga a retroceder.
Me recupero deprisa y avanzo con una combinación de golpes diseñada para abrumarlo y desorientarlo.
Contrarresta hasta el último. El muy cabrón.
Nos movemos por la oscuridad como bailarines, brutales y precisos. Es más rápido de lo que parece, más fuerte de lo que anticipaba.
Pero estoy desesperada, y la desesperación me vuelve feroz. Consigo asestarle un golpe sólido en la mandíbula que le hace volver la cabeza hacia un lado.
Ni siquiera se inmuta.
En vez de eso, se acerca, me atrapa ambas muñecas y me hace girar. Mi espalda choca contra el frío muro de piedra de un edificio cercano y, de repente, está pegado a mí, su cuerpo inmovilizando el mío. Me debato, pero su agarre es de hierro. Su aliento es cálido contra mi oreja.
—Nunca ibas a escapar —dice en voz baja—. Esta noche no.
—Suéltame —gruño, retorciéndome contra él.
—No.
Esa única palabra es absoluta. Definitiva. Hay algo en la forma en que la pronuncia, en la certeza de su voz, que hace que un calor sin nada que ver con la rabia prenda en mi interior.
Lo odio. Lo odio a él. Odio que mi cuerpo responda a la presión del suyo contra el mío, a la forma en que sus manos sujetan mis muñecas con la fuerza justa para controlarme sin dejarme moratones.
—No me posees —digo entre dientes.
—¿No? —Su voz es baja, áspera—. He pagado mucho dinero por ti.
Intento zafarme otra vez, pero cambia el peso de su cuerpo y se aprieta más contra mí. El movimiento me recorre con una descarga de conciencia que me niego en redondo a reconocer.
—Eso te convierte en comprador, no en dueño —replico—. Hay una diferencia.
—¿La hay? —Tiene la boca tan cerca de mi oreja que siento las palabras más de lo que las oigo—. Estás aquí. En mi casa. Bajo mi protección.
—¿Protección? —Me río, amarga y cortante—. ¿Así llamas a darme caza?
—Tú me atacaste primero. —Ahora hay diversión en su voz, oscura e irritante.
—Me estabas esperando.
—Sí. —No lo niega—. ¿De verdad creías que no me daría cuenta de que estudiabas los turnos de los guardias? —Su agarre sobre mis muñecas se tensa apenas un poco—. Te he estado observando.
La confesión hace que el calor me ascienda por la espalda.
Me ha estado observando. Ese pensamiento debería aterrorizarme. En cambio, provoca algo completamente distinto.
—¿Quién eres? —exijo, con la voz afilada por la rabia y algo que no voy a nombrar.
Guarda silencio un momento. —Rurik.
El nombre es extranjero, áspero e imperioso. Le pega.
—Bueno, Rurik —escupo su nombre como si fuera un insulto—, ya puedes soltarme.
—No lo creo. —Su mano baja de mi muñeca a mi cadera—. ¿Y tú eres?
—No es asunto tuyo.
—Todo lo relacionado contigo es asunto mío ahora. —Su voz es suave, pero absoluta—. Tu nombre.
Quiero negarme.
Quiero negarle siquiera esa pequeña cosa. Pero está pegado a mí, su cuerpo es una jaula de la que no puedo escapar. Además, tarde o temprano averiguará mi nombre. Si no lo ha hecho ya. Esto podría ser una prueba.
—Emma —digo entre dientes.
—Emma. —Lo pronuncia como si lo estuviera saboreando, como si significara algo.
Debería apartarlo. Debería luchar con más fuerza.
Pero su mano está cálida sobre mi cadera y, cuando me muevo contra él, noto exactamente cuánto me desea. Saberlo me provoca un estremecimiento peligroso.
Quizá así sea como sobreviva.
Quizá, si dejo que crea que ha ganado, si le doy esto, baje la guardia. Que confíe en mí lo bastante como para cometer un error. Es estratégico y táctico.
Bueno, eso es lo que me digo cuando dejo de forcejear. Me niego a admitir que me atrae.
—Emma —dice de nuevo, y esta vez suena como una pregunta.
Respondo echando la cabeza hacia atrás y besándolo.
El beso es furioso, todo dientes, rabia y algo más oscuro. Su mano se cierra sobre mi cadera y me atrae más hacia él, y le rodeo el cuello con los brazos porque necesito el apoyo, necesito sentir que tengo algún control incluso mientras lo cedo.
Su otra mano se desliza por mi muslo y me engancha la pierna alrededor de su cintura. La posición me abre para él y, cuando se frota contra mí, jadeo en su boca.
Se deshace de mi ropa enseguida, con movimientos eficientes y seguros. Cuando se introduce en mí, le muerdo el hombro para no gritar. El estiramiento casi es demasiado, placer teñido de dolor, y odio que se sienta bien. Odio querer más.
Esto va de planear, me recuerdo. Esto es solo para que baje la guardia y así poder encontrar una forma de escapar.
Marca un ritmo brutal, clavándome contra el muro con cada embestida, y mis pensamientos se dispersan. Le respondo golpe por golpe, con las uñas hundidas en sus hombros. Esto no es dulce. No es tierno. Es una lucha que ambos estamos perdiendo. O ganando. Aún no lo he decidido.
Cuando me deshago, su nombre está en mis labios, y me odio por ello. El placer me atraviesa en oleadas, dejándome temblorosa y sin aliento. Él le sigue unos instantes después, estrechando su agarre sobre mí mientras hunde la cara en mi cuello.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve. Entonces la realidad vuelve a estrellarse contra nosotros.
Le empujo el pecho y esta vez me deja ir. Las piernas me flaquean mientras recupero el equilibrio y tengo que apoyarme en el muro. Me observa mientras me arreglo la ropa con manos temblorosas.
—Emma —empieza.
—No. —Lo corto, con la voz áspera. No puedo mirarlo, no puedo enfrentarme a lo que acabo de hacer.
Resuenan pasos en la distancia. Guardias, probablemente alertados por el alboroto. Sigo atrapada aquí, sigo siendo su cautiva, y ahora le he dado algo que jamás podré recuperar.
Me obligo a sostenerle la mirada. —La próxima vez que corra —digo entre dientes—, no dejaré que me atrapes.
Los guardias doblan la esquina, sus linternas cortando la oscuridad. Uno de ellos grita algo en ruso. Rurik responde sin apartar la mirada de mí.
—Llevadla de vuelta a su habitación —dice en inglés, con voz neutra—. Apostad a dos guardias en la puerta.
Mientras se acercan a mí, sostengo su mirada. No apartaré la vista primero. No voy a concederle eso.
Pero por dentro ya estoy planeando. Ya estoy calculando. Porque la próxima vez escaparé.
Tengo que hacerlo.