2 Rurik
RURIK
El almacén apesta a puros caros y desesperación. Estoy cerca del fondo de la sala, con Artur a mi izquierda y Eduard a mi derecha, observando el escenario con un asco cuidadosamente contenido.
La subasta lleva ya dos horas en marcha, y todas las mujeres que han sacado hasta ahora parecen aterrorizadas, con los ojos muy abiertos mientras miran a su alrededor.
Ninguna de ellas es lo que buscamos, aunque, pensándolo bien, tenemos que estar desesperados para haber venido a la subasta de novias a intentar encontrarla a ella. A la única mujer que encajaría a la perfección en nuestras familias.
—Esto es una pérdida de tiempo —murmura Artur a mi lado, recorriendo con sus ojos oscuros a la multitud de compradores con un desprecio apenas disimulado—. Deberíamos irnos.
Eduard cambia el peso de un pie a otro, con los brazos cruzados sobre el pecho. —Démosle otra hora. Nuestro contacto dijo que esta noche vendría alguien diferente.
No digo nada. Tengo la mandíbula tensa mientras observo cómo se llevan del escenario a otra mujer aterrorizada después de venderla a un traficante báltico al que reconozco. El hombre es conocido por su crueldad.
La mujer no sobrevivirá ni un año en su poder.
No deberíamos estar aquí. Ninguno de nosotros debería. Pero los tres llevamos años preparándonos para este momento, buscando a una mujer concreta. Tiene que ser fuerte.
Resistente.
Alguien capaz de sobrevivir no solo al mundo en el que vivimos, sino también a nosotros tres. Una mujer que pueda mantenerse a nuestro lado sin quebrarse.
Todas las mujeres que han desfilado esta noche por este escenario ya estaban rotas. Con la mirada vacía y dóciles. Nada que ver con lo que buscábamos.
Nuestro contacto juró que esta noche sería diferente. Que vendría alguien especial.
Eduard, Artur y yo prácticamente crecimos juntos. Los tres éramos inseparables. Hasta que nuestros padres se pelearon y nos prohibieron vernos.
Pero eso no nos detuvo.
Seguimos encontrando formas de pasar el rato juntos, lo cual no era fácil teniendo en cuenta que los padres de los tres eran pakhans de nuestras familias.
Tenía veintidós años cuando mi padre murió en el tiroteo que también mató a los padres de Artur y Eduard. La noche que nos quedamos ante sus tumbas, hicimos una promesa.
Reconstruiríamos lo que nuestros padres habían destruido. Uniríamos de nuevo a las tres familias, más fuertes que antes.
Y lo haríamos de la manera correcta. A través de una esposa compartida que nos ayudaría a unir a nuestras tres familias.
Llevamos años buscando, sin suerte. Así que decidimos probar con esta subasta de novias.
Nunca nos ha gustado la subasta y esta es la primera vez que alguno de nosotros asiste a una.
Es un intento desesperado de encontrar a esa mujer especial, y tampoco parece que esta descabellada idea vaya a funcionar.
—Siguiente mercancía —anuncia el subastador, con la voz retumbando por los altavoces—. Esta es especial, caballeros. Muy especial.
Me enderezo un poco, y mi atención se agudiza cuando percibo movimiento cerca de la entrada del escenario.
Dos guardias arrastran a una mujer hacia delante. Incluso desde esta distancia, veo que es diferente. No llora. No suplica.
Está luchando.
Los guardias se esfuerzan por controlarla mientras la obligan a subir al escenario. Grilletes pesados le ciñen las muñecas y los tobillos, unidos por cadenas cortas que tintinean con cada movimiento.
Su larga melena oscura cae en ondas alrededor de su rostro, ocultando parcialmente sus facciones, pero alcanzo a vislumbrar unos afilados ojos verde grisáceos que arden de furia.
El subastador continúa. —Veintiséis años. Americana...
Toda mi atención se concentra en la mujer arrodillada en el escenario. Hay algo en su manera de moverse, en la fuerza bruta de cada gesto, incluso estando inmovilizada.
No está solo enfadada.
No está rota. Mientras que otras mujeres se han rendido a sus circunstancias, ella arde con una furia que se niega a extinguirse. Me remuevo, excitado.
A mi lado, Artur se inclina ligeramente hacia delante. —Mírala.
—La veo —dice Eduard en voz baja.
El guardia que sujeta su cadena tira de ella con fuerza, intentando obligarla a agachar la cabeza en una demostración de sumisión para los compradores.
La respuesta de la mujer es inmediata y brutal. Se pone en pie de un salto pese a las cortas cadenas y le estampa el puño directamente en la cara.
El hueso cruje.
La sangre salpica el escenario. El guardia cae como una piedra.
Todo el almacén estalla. Algunos hombres se ríen. Otros gritan para animarla. Unos cuantos se inclinan hacia delante con renovado interés, claramente intrigados por aquella exhibición de violencia.
Observo con respeto y cierta diversión cómo la mujer permanece en el centro del escenario, respirando con dificultad, con las manos aún encadenadas pero la cabeza bien alta. Escruta a la multitud con aquellos ojos afilados, y sé exactamente lo que está haciendo. Planeando su próximo movimiento.
Es magnífica.
Miro a Artur. Su expresión refleja lo que estoy pensando. La sonrisa torcida que se dibuja en su rostro me dice que él también lo ve. Fuerza y fuego, todo lo que dijimos que necesitaría nuestra esposa para sobrevivir en nuestro mundo.
Eduard se encuentra con mi mirada desde el otro lado y asiente una vez. Los tres estamos de acuerdo en silencio. Esta es la mujer que hemos estado buscando.
El subastador se recupera rápido de la interrupción y hace un gesto para que otro guardia sujete a la mujer mientras se llevan al hombre herido fuera del escenario. —Como pueden ver, caballeros, esta tiene carácter. Requerirá una mano firme. Pero, para el comprador adecuado, valdrá cada dólar.
Hace una pausa, dejando que la tensión crezca.
—La puja empieza en quinientos mil dólares.
La sala estalla en actividad. Se alzan manos. Se oyen pujas en varios idiomas.
En cuestión de segundos, el precio asciende a setecientos mil. Luego a ochocientos.
La mujer permanece en el escenario, con una expresión fría y calculadora mientras observa el caos que se despliega a su alrededor.
Una voz de la primera fila grita una puja de un millón de dólares. Reconozco al comprador. El lugarteniente de Aleksander Volkov. Si Volkov la quiere, son malas noticias para la mujer. Volkov es una clase de peligro distinta.
Levanto la mano con calma. —Dos millones.
La sala enmudece durante un latido. Después, las pujas se reanudan con una agresividad renovada.
El hombre de Volkov contraataca de inmediato. Se suma otro comprador de un sindicato rival. El precio sube con rapidez.
Artur se mueve a mi lado, con una mano descansando despreocupadamente cerca del arma oculta bajo la chaqueta. —¿Hasta cuánto vamos a llegar?
—Tan alto como sea necesario —respondo sin mirarlo.
Eduard saca el teléfono y empieza a transferir fondos a la cuenta que abrimos para esta noche. —Tenemos los recursos. La cuestión es si queremos hacernos tantos enemigos en una sola noche.
—Ya tenemos enemigos —digo con frialdad—. Lo que importa es salir de aquí con ella.
La puja alcanza los tres millones. Luego cuatro. Varios compradores se retiran, incapaces o poco dispuestos a igualar el precio creciente. El lugarteniente de Volkov sigue siendo agresivo, claramente siguiendo órdenes de conseguir a la mujer cueste lo que cueste.
Espero hasta que hace su siguiente puja. Cinco millones de dólares.
Entonces la duplico.
—Diez millones —anuncio con claridad, y mi voz atraviesa el ruido.
El almacén queda en silencio. Todas las cabezas se vuelven hacia el fondo de la sala, donde estamos nosotros.
Sostengo las miradas sin inmutarme, con una expresión tranquila y controlada.
A mi lado, Artur sonríe como un lobo, mientras Eduard permanece completamente inmóvil, con sus ojos grises fríos y evaluadores.
El subastador es el primero en recuperarse. —Diez millones de dólares. ¿Oigo once?
Silencio.
El lugarteniente de Volkov mira hacia la salida, comunicándose claramente con alguien que está fuera. Tras un largo momento, niega con la cabeza y da un paso atrás.
Nadie más se mueve.
—Diez millones a la una —canta el subastador—. A las dos. —Hace una pausa dramática—. ¡Adjudicada!
La sala estalla de nuevo, pero esta vez la energía es diferente: cautelosa y calculadora.
Acabamos de hacer una declaración muy pública sobre cuánto valoramos a esta mujer, y todos los criminales de este almacén lo recordarán.
Avanzamos entre la multitud mientras los guardias se preparan para transferirnos la custodia. Los hombres se apartan a nuestro paso, con expresiones que van de la curiosidad a la hostilidad. Los ignoro a todos. Mi atención sigue fija en la mujer arrodillada en el escenario.
De cerca, es aún más impresionante de lo que imaginaba. Tiene el rostro magullado por la pelea que precediera a su llegada aquí, y la sangre seca le mancha la comisura de los labios.
Pero sus ojos son claros y afilados, y siguen nuestra aproximación con la intensidad concentrada de un depredador que evalúa amenazas.
El guardia que sujeta su cadena intenta entregármela. La tomo, pero enseguida dejo caer el tramo de metal al suelo. Los ojos de la mujer se entrecierran ligeramente ante el gesto, aunque su expresión no cambia.
—¿Puedes caminar? —pregunto en inglés.
No responde. En lugar de eso, se pone en pie con una gracia sorprendente pese a los grilletes, con movimientos controlados y deliberados.
Eduard da un paso adelante y saca una llave. Primero abre las cadenas de sus tobillos y luego alarga la mano hacia sus muñecas.
En cuanto tiene las manos libres, se mueve. Lanza el codo hacia las costillas de Eduard, pero él lo bloquea con fluidez y retrocede, dándole espacio. Artur se mueve para interceptarla, pero levanto la mano y lo detengo.
—Dejad que respire —digo en voz baja.
La mujer permanece entre nosotros, flexionando las manos mientras la circulación regresa a sus muñecas.
Nos mira a cada uno por turnos, y su mirada se detiene por último en mi rostro.
Cuando habla, su voz es baja y fría, cargada con el peso de una convicción absoluta.
—Os destruiré a todos y cada uno de vosotros.
La promesa queda suspendida en el aire entre nosotros, afilada y peligrosa.
Sostengo su mirada, viendo la furia y la determinación que arden en ella. La mayoría de los hombres se sentirían intimidados. La mayoría respondería con amenazas o violencia para reafirmar el control.
Yo simplemente asiento una vez, reconociendo sus palabras.
Después señalo la salida. —Deberíamos irnos. Este lugar no es seguro para ninguno de nosotros.
No se mueve de inmediato. Su mirada barre el almacén una última vez, memorizando rostros y detalles, tal como sabía que haría.
Cuando por fin se vuelve hacia la salida, camina delante de nosotros en vez de a nuestro lado, con la espalda recta y la cabeza alta pese a todo lo que ha soportado esta noche.
Artur se coloca a su izquierda. Eduard se mueve a su derecha. Yo los sigo un poco por detrás, vigilando la sala en busca de amenazas mientras nos dirigimos hacia la puerta.
Mientras la observo atravesar la multitud de criminales con una desafiante falta de miedo, me doy cuenta de algo importante.
Puede que la hayamos comprado esta noche, pero reclamarla será una batalla completamente distinta.