Marcada por el salvaje (Lazos despiadados nº 1) Capítulo Trece – Lorcan
79%

Capítulo Trece – Lorcan

Me despierto con las sábanas frías. Extiendo el brazo hacia el otro lado de la cama, pero está vacío. Se me encoge el estómago.

Arielle.

Nada más incorporarme, lo sé. Algo va mal. La habitación está demasiado silenciosa. Y ella se ha ido. Maldita idiota. La mujer por la que quemaría el mundo acaba de salir de mi cama para meterse de lleno en el fuego. Sabía que quería ir, pero no sola. No sin mí.

Aparto las sábanas de un tirón, cojo la pistola de la mesilla sin detenerme. Ya estoy repasando las posibilidades: no es estúpida, así que no se ha ido sin un plan.

Pero es imprudente. Y los imprudentes acaban muertos. Abro la puerta del dormitorio de golpe. Bryce ya está en el pasillo, como si me hubiera estado esperando.

—Se ha ido —digo.

Bryce asiente con un gesto seco, robótico.

—Se fue hace una hora.

Se me crispan los dedos en la empuñadura de la pistola.

—¿Y me lo dices ahora?

Bryce exhala.

—Vino a verme. Dijo que tenía un plan. También dijo que tú lo sabías.

Sabía lo que quería, pero ni de coña iba a hacerlo sola. La rabia me enciende el pecho.

—¿Y la dejaste?

Bryce me sostiene la mirada, imperturbable.

—¿Tú la habrías dejado?

No respondo, porque ambos sabemos la verdad. No la habría dejado. Y ella lo sabía. Por eso no me despertó. Por eso actuó a mis espaldas.

Maldigo entre dientes.

—¿Dónde está?

Bryce duda. Doy un paso adelante y le clavo el cañón en las costillas.

—¿Dónde. Coño. Está?

Exhala, con los labios apretados en una mueca.

—Concertó una reunión con los hombres de Killian. Fue como cebo.

La habitación da vueltas. Oigo sus palabras. Las entiendo. Pero mi cerebro se niega a procesarlas. Fue sola a enfrentarse a mi enemigo, a su padre. A un hombre que la destrozará hasta dejarla en nada y lo llamará justicia.

Bajo la pistola.

Y se la estampo a Bryce en el estómago.

Se dobla tosiendo, pero ya lo he dejado atrás, ya estoy abriendo puertas de golpe, ya estoy ladrando órdenes por teléfono.

—Preparad los coches. Ya.

Bryce se endereza y se limpia la sangre de la boca.

—Tenemos su ubicación.

—Pues vamos.

No espero a que me siga.

No sé qué haré si llego demasiado tarde.

El trayecto hasta el punto de encuentro es borroso.

Bryce va en el asiento del copiloto. No lo miro.

Si lo hago, lo mato. La ciudad pasa en destellos de neón y sombras.

Agarro el volante con demasiada fuerza. El pulso me martillea en los oídos.

No dejo de imaginar los peores escenarios.

Arielle, rodeada. Una pistola apuntándole a la cabeza. Un cuchillo contra esa jodida garganta delicada. No sé qué quedará de mí si la pierdo.

Bryce exhala.

—Lorcan...

—Cállate.

Se calla. Cuando por fin llegamos al punto de encuentro, lo veo de inmediato. Un almacén abandonado junto al muelle con una entrada y una salida.

Perfecto para una trampa.

El pulso me martillea en la garganta. Entró en esto por voluntad propia. Jodidamente imprudente.

Cierro de un portazo y echo a andar. Bryce y los demás me siguen, pero no los espero. Avanzo hacia la entrada, pistola en mano, con cada músculo en tensión. Entonces lo oigo. Una voz. Su voz.

—Vete al infierno.

Una bofetada seca resuena en la noche. La rabia detona en mis venas. No pienso. Me muevo.

Abro la puerta de una patada, pistola en alto. La escena del interior me hiela la sangre.

Arielle está de rodillas, con la mejilla enrojecida.

Los hombres de Killian la rodean. Cinco. Armados. Y frente a ella, con una sonrisa burlona, observándola, está él. Killian Alaric. Su padre. El hombre al que debería haber matado hace mucho.

Se gira cuando entro, con un destello de diversión en el rostro.

—Vaya, vaya.

Levanto la pistola y le apunto a la cabeza.

—Apártate de ella.

Killian se ríe.

—Qué dramático.

Mira a Arielle.

—Ya veo por qué te gusta.

Arielle lo fulmina con la mirada.

—No le pertenezco.

Killian chasquea la lengua.

—No, me perteneces a mí, pequeña. Siempre ha sido así.

Arielle se abalanza, pero el hombre que tiene detrás le agarra los brazos y tira de ella hacia atrás. Se me tiñe la visión de rojo.

—Vuelve a tocarla —digo en voz baja— y te arrancaré cada hueso del cuerpo. Uno por uno.

Killian exhala.

—Siempre se te han dado bien las amenazas.

Doy un paso adelante. Él también.

—Debería darte las gracias, en realidad —reflexiona Killian—. Por mantenerla a salvo.

Se me tensa la mano en el gatillo.

—No la tocarás.

Killian suspira.

—¿Sigues haciéndote el héroe?

—Nunca he sido un héroe.

Entonces le disparo en la pierna.

Killian grita y se tambalea hacia atrás. Entonces todo explota. Las balas vuelan.

Arielle se agacha.

Yo me muevo.

Los hombres a su alrededor se dispersan y sacan las armas. Levanto la mía, barro el espacio con la mirada antes de que el instinto se imponga. Localizo a mi presa, apunto y derribo al primero con un disparo en la garganta.

Los disparos resuenan a mi alrededor, pero no los oigo.

Veo al siguiente hombre. Enfundo el arma y desenfundo el cuchillo mientras me abalanzo sobre él.

El segundo apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que le hunda el cuchillo en las tripas.

Lo clavo a fondo, giro y lo retiro. Cae con un golpe sordo y pesado.

La escena a mi alrededor vuelve a cobrar nitidez cuando Bryce y mis hombres irrumpen a tiros.

La habitación se sume en el caos. Arielle también lucha. Se mueve como si perteneciera a este mundo: patea, esquiva, araña. Está sangrando, pero sigue en pie.

Sigue siendo mía.

Killian gime. Se agarra la pierna y se arrastra hacia un arma. Avanzo hacia él. Quiero matarlo. Pero algo me detiene. Bajo el arma. Se aleja cojeando como un perro herido. No me corresponde a mí acabar con él, no ahora, todavía no. Esto terminará, pero no así.