Marcada por el salvaje (Lazos despiadados nº 1) Capítulo siete – Lorcan
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Capítulo siete – Lorcan

Me sigue al interior de la finca, con pasos más ligeros de lo que cabría esperar de alguien que acaba de mirar al poder a la cara sin pestañear.

Sigo caminando, abriendo y cerrando los puños, sin poder quitarme de la cabeza cómo se quedó sentada en aquel club, impasible ante la violencia, sin amedrentarse ante el peso de mi reputación.

Debería tener miedo.

No lo tiene. Y eso la hace peligrosa. Camino hacia el vestíbulo principal con Bryce pisándome los talones, su habitual aire de reproche silencioso clavado en mi espalda.

—Deberías mantenerla a raya —murmura.

No le hago caso, porque la verdad es que no quiero mantenerla a raya. Quiero saber hasta dónde es capaz de llegar.

—Vete, Bryce —ordeno sin volverme.

Duda, pero oigo sus pasos alejarse. En cuanto las puertas se cierran tras de mí, la siento a mi espalda: observando, esperando. Poniéndome a prueba igual que yo la he puesto a prueba desde que cayó en mi mundo.

Me vuelvo.

Está plantada en medio del inmenso suelo de mármol, con los brazos cruzados, erguida y firme como si no estuviera en la guarida del león. Doy un paso lento hacia ella.

—No deberías haber estado allí —digo.

Aprieta los labios en algo que casi parece una sonrisa.

—Puedes encerrarme en tu casa, pero no puedes controlar adónde voy.

Me acerco más.

—¿Ah, no?

No retrocede, no cede un palmo, y solo eso basta para que algo oscuro me arda lentamente en la sangre. Me está provocando y lo sabe.

—Te gustó —murmura.

Arqueo una ceja.

—¿El qué?

Su mirada baja a mi boca y luego vuelve a mis ojos.

—Que no apartara la mirada.

No respondo porque tiene razón. ¿Por qué no me teme? ¿Por qué no baja la mirada y se somete a mí sin más?

Quiero hacerla pedazos y ver si conserva ese desafío cuando esté gritando mi nombre. Da un paso hacia mí, acortando la distancia. La dejo. Dejo que se acerque, que crea que tiene el control. Aunque ambos sabemos que ya ha perdido.

—Esta noche me dejaste entrar en tu mundo —dice en voz baja—. Ahora enséñame el resto.

El pulso se me acelera. No sabe lo que está pidiendo. O tal vez sí. Tal vez está tan retorcida como yo. Alargo la mano y le rodeo la nuca, enredando los dedos en su pelo mientras le echo la cabeza hacia atrás. Entreabre los labios, pero no la beso.

En lugar de eso, me inclino y le rozo la oreja con los labios.

—¿Quieres jugar con fuego, fierecilla? —murmuro—. Veamos cuánto aguantas.

Y entonces le devoro la boca.

Me agarra de la camisa con los puños cerrados, atrayéndome hacia ella, y noto el temblor de sus dedos, un temblor que nace de algo más profundo que el miedo.

Lujuria.

Necesidad.

Cruda y sin filtros, y me deshace por completo. La agarro de la cintura y la levanto del suelo. Ella me rodea con las piernas y su espalda choca contra la fría pared de mármol. Jadea, pero no de sorpresa. De deseo.

Y ese sonido, joder, ese sonido... Quiero arrancárselo una y otra vez hasta dejarla sin aliento debajo de mí.

Mi boca baja de sus labios a la mandíbula, luego más abajo, y mis dientes rozan la piel suave de su cuello mientras saboreo el calor que late justo bajo la superficie.

Se estremece, echa la cabeza hacia atrás y me ofrece más. Me desafía.

Muerdo.

No tan fuerte como para romperle la piel, pero sí lo bastante para que su cuerpo se sacuda entre mis brazos y me arañe la espalda.

—¿Te gusta? —gruño contra su garganta.

No responde, así que lo hago otra vez, y esta vez paso la lengua por la marca para aliviarla.

Gime. Jodidamente perfecto. La llevo hasta la superficie más cercana: la gran mesa de caoba en el centro del vestíbulo.

De un manotazo barro todo lo que hay encima —papeles y vasos que se hacen añicos— mientras la tumbo sobre ella.

Respira con dificultad, las pupilas dilatadas, el pecho subiendo y bajando con cada aliento entrecortado.

Le meto una rodilla entre las piernas y se las abro.

El vestido ya se le ha subido hasta los muslos, y no pierdo el tiempo.

Deslizo los dedos bajo la seda, recorriendo el interior del muslo, despacio, con deliberación.

Se le corta la respiración. Sonrío con suficiencia.

—Ya estás empapada —murmuro mientras subo los dedos, provocándola.

Se muerde el labio, intentando contener un gemido. Le agarro la barbilla y le levanto la cara.

—Ni se te ocurra quedarte callada ahora, fierecilla.

Entonces le meto los dedos. Se arquea sobre la mesa y un jadeo agudo escapa de sus labios mientras la penetro despacio, provocándola, observando cómo reacciona su cuerpo.

Cómo se deshace para mí. El pulgar le roza el clítoris y suelta un gemido desesperado; las caderas se le sacuden contra mi mano, buscando más fricción.

—Buena chica —murmuro mientras acelero el ritmo, bebiendo cada sonido que hace, cada escalofrío que le recorre el cuerpo.

Está cerca. Lo noto en cómo se aprieta alrededor de mis dedos, en cómo se le entrecorta la respiración.

Y no paro. No hasta que jadea mi nombre, hasta que su cuerpo se deshace debajo de mí y le tiemblan las piernas mientras el placer la arrasa.

Dejo que baje de la cima, observándola con los ojos entornados. Entonces me desabrocho el cinturón.

Su mirada se clava en la mía, el calor aún ardiendo en sus ojos. Sabe lo que viene.

Lo quiere.

Le doy la vuelta y le presiono el pecho contra la madera mientras le sujeto las muñecas a la espalda. Me inclino y le rozo la oreja con los labios.

—Agárrate fuerte, Arielle.

Y entonces la tomo. Duro. Profundo.

Cada embestida es un castigo. Cada movimiento es una marca, porque ahora es mía. Y voy a asegurarme de que nunca lo olvide. Jadea cuando me hundo en ella, con los dedos crispados contra la madera, la espalda arqueada mientras se ajusta a mí.

No le doy tiempo para recuperarse. Le agarro las caderas y empujo más profundo; mi control se quiebra cuando su calor estrecho me envuelve, un torno perfecto que amenaza con deshacerme demasiado pronto.

—Joder, Arielle —gruño, clavándole los dedos en la piel con fuerza suficiente para dejarle moretones.

Gime en respuesta, empuja hacia atrás contra mí, me toma más profundo; su cuerpo se abre a mí de una manera que me ciega de deseo.

Es fuego, puro e implacable, y quiero ahogarme en esa llama.

Me retiro lentamente antes de embestirla de nuevo, y la mesa cruje bajo la fuerza.

Suelta un grito agudo, pero lo reconozco por lo que es: placer mezclado con dolor, necesidad enredada con algo más oscuro.

Le agarro un puñado de pelo y le echo la cabeza hacia atrás para verle la cara, ver cómo se le entreabren los labios, cómo le aletean los párpados antes de cerrarse, perdida en la intensidad abrumadora.

—Mírame —ordeno.

Parpadea y me mira, aturdida y sin aliento, y joder, verla así, deshecha y desesperada, hace que algo primitivo ruja dentro de mí.

—¿Sientes eso? —murmuro mientras muevo las caderas, presiono más profundo, hasta que tiembla contra mí.

—Sí —gime, y araña la superficie de la mesa con las uñas.

Le suelto el pelo y deslizo la mano por su espalda, deleitándome con cómo se estremece bajo mis dedos. Entonces le agarro el trasero, aprieto y le doy una palmada fuerte.

Jadea, su cuerpo se sacude, y sonrío.

—Te gusta, ¿verdad? —murmuro mientras me inclino, con el pecho pegado a su espalda, los labios rozándole el lóbulo de la oreja.

No responde, así que lo hago de nuevo, esta vez más fuerte. Se le entrecorta la respiración, un gemido se le escapa de los labios, y suelto una risa sombría.

—Esa es mi buena chica —murmuro, y arrastro los dientes por la curva de su hombro antes de morder, marcándola.

Se aprieta alrededor de mí en respuesta, y mi control se hace añicos.

Le agarro las caderas y la embisto, cada embestida más dura, más profunda, hasta que los únicos sonidos en la vasta habitación son el golpe seco de piel contra piel y sus gemidos entrecortados mientras toma todo lo que le doy.

Intenta igualar mi ritmo, su cuerpo frotándose contra el mío, pero le agarro las caderas con más fuerza y la obligo a quedarse quieta.

—Esta vez no —gruño—. Esta vez tomas lo que te doy.

Se estremece, con los dedos aferrados al borde de la mesa, y siento los temblores que le recorren el cuerpo, lo cerca que está, tan jodidamente cerca.

Deslizo la mano hacia delante, encuentro su clítoris con los dedos y presiono en círculos lentos y deliberados.

Gime, su cuerpo se sacude, y sonrío contra su piel.

—Córrete para mí —exijo.

Grita, su cuerpo se aprieta alrededor de mí mientras se hace añicos, el orgasmo la golpea tan fuerte que le tiemblan las piernas.

Su placer me arrastra al abismo, la visión se me vuelve blanca mientras me pierdo en ella, mis caderas embisten una última vez antes de derramarme dentro de ella, marcándola de la única manera que sé.

Me quedo ahí un momento, enterrado en lo más profundo, jadeando contra su espalda, la mente todavía nublada por el éxtasis.

Siento cómo su cuerpo se relaja bajo el mío, el lento subir y bajar de su respiración mientras intenta recuperarse.

Le doy un beso en el cuello, luego otro.

No sé por qué. Y no me permito pensar en ello.

En cambio, me retiro, aflojo el agarre de sus caderas y la suelto.

Exhala con un temblor, se incorpora lentamente de la mesa, las piernas todavía inestables.

La observo, noto cómo hace una mueca, cómo su cuerpo tiembla por las réplicas de lo que acabamos de hacer.

Me invade una urgencia feroz de poseerla, de aferrarme más fuerte a ella y no soltarla nunca.

Posesión. Obsesión. Una necesidad que va más allá de tomar o poseer.

Lo ignoro.

Se gira hacia mí, los labios hinchados, los ojos clavados en los míos, intensos e inquisitivos. Espero que diga algo, que me aparte, que me suelte alguna brusquedad, que rompa el momento antes de que pueda solidificarse en algo que ninguno de los dos pueda deshacer. Pero no lo hace.

En cambio, se acerca más y hace lo único que nunca esperé. Me da un beso en la mandíbula, suave, demorado. Luego se aleja, dejándome de pie entre los escombros de lo que acabamos de hacer, todavía duro, todavía jodidamente arruinado por ella.

La observo alejarse, y no sé quién acaba de ganar.