Capítulo Seis – Arielle
Camino de un lado a otro por el suelo de mármol; mis pies descalzos no emiten sonido alguno mientras paso junto a los altos ventanales que dan a la ciudad.
La finca de Lorcan es tan vasta como asfixiante.
Fuera, Elaris brilla bajo el cielo de medianoche, una jungla de hormigón y crimen donde hombres como Lorcan gobiernan y mujeres como yo estamos destinadas a que nos devoren.
Solo que yo me niego a dejarme consumir.
Observo las luces parpadeantes a lo lejos, mi reflejo en el cristal casi fantasmal, los moratones sobre mi clavícula un recordatorio de anoche que se va desvaneciendo. Mi piel aún vibra donde me tocó, donde su boca recorrió mi carne, marcándome como ningún hombre lo ha hecho jamás.
Me prometí que no me rendiría, que no dejaría que me calara hondo.
Pero me desperté desnuda a su lado, y en lugar de asco, una certeza silenciosa y aterradora se enrosca en mi pecho.
Quiero más.
Es duro —acero y piedra— incluso cuando más se abre, con esa mirada intensa e inquebrantable.
Quería ganar. Enfrentar su fuego y devolverle las llamas.
Era solo otro hombre que quería poseerme y reclamarme.
Estaba dispuesto a comprarme como a una mercancía y a mantenerme enjaulada.
Y sin embargo, la atracción hacia él era implacable.
Cuando se enfrentó a esos hombres en la casa de seguridad, fue preciso y despiadado.
Era un asesino. Cuando apareció, pensé que solo había vuelto a por su posesión.
Entonces vi su rostro. Fue entonces cuando me di cuenta de que no era solo su cautiva, de que me mostraría cosas que jamás le mostraría a nadie más.
De que, contra toda lógica, yo era más que su pájaro enjaulado.
Oigo movimiento a mi espalda, el leve tintineo de un vaso contra la madera. No tengo que darme la vuelta para saber que es él. El aire cambia cuando entra en una habitación —como si la temperatura descendiera, como si el mundo se ralentizara para hacerle sitio.
—Deberías estar durmiendo —la voz de Lorcan es más profunda de lo habitual, áspera por el agotamiento—. Es tarde.
Se fue hace horas. Vi amanecer y anochecer de nuevo mientras él estaba fuera.
Desaparece sin decir adónde va, luego regresa como un fantasma.
Encajamos a la perfección cuando estamos desnudos entre las sábanas, pero así, sigue actuando como mi captor.
Él diría que es mi protector, pero no necesito tanta protección como él cree.
Me quedo donde estoy, deslizando un dedo por el cristal frío.
—Y sin embargo, tú estás despierto.
Hay una pausa antes de que oiga sus pasos, lentos y deliberados, acercándose hasta que siento su calor contra mi espalda.
—Tengo una ciudad que dirigir, fierecilla.
Su voz me roza el oído, y me pongo rígida cuando sus dedos rozan mi cadera a través de la seda de la bata que llevo puesta. La misma bata que ya me ha quitado dos veces.
—¿Cuál es tu excusa?
Me obligo a quedarme quieta, a respirar con calma, pero mi pulso me traiciona.
—Tú —digo en voz baja—. Tú eres mi excusa.
Lorcan se ríe entre dientes, y lo siento en la columna vertebral, en cómo se me tensa la piel en respuesta.
—¿En esto has estado pensando todo el día? —murmura, mientras sus dedos rozan la curva de mi cintura.
—Quizás estoy cansada de luchar —susurro; mi reflejo se encuentra con el suyo en el cristal. Sus ojos azul plateado se estrechan en busca de engaño.
—¿Tú? ¿Cansada de luchar? —sus dedos se deslizan bajo la seda y rozan la piel desnuda de mi muslo—. No te creo.
Me giro entre sus brazos, obligándome a mirarlo, a enfrentar al depredador de frente.
Lleva pantalones oscuros y camisa negra, los botones superiores desabrochados, que dejan ver los contornos de músculo y las tenues cicatrices de su pecho.
Tiene el cabello ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado los dedos por él todo el día.
—Vi a tus hombres preparándose para algo —digo en lugar de responderle—. Quiero saber qué está pasando.
La irritación cruza fugaz su rostro; su mano se aprieta en mi cadera.
—No es asunto tuyo.
Arqueo una ceja.
—Vivo aquí ahora, ¿no? Al menos debería saber en qué tipo de guerra me estás arrastrando.
Se le tensa la mandíbula y el desagrado le cruza el rostro.
—Mantente al margen, Arielle.
—No soy una cosa dócil que puedas mantener encerrada en esta finca mientras juegas a tus juegos en la ciudad —espeto.
La mirada de Lorcan se oscurece; una tormenta se congrega en sus ojos. Sus dedos se aprietan y me arrastran contra él.
—No hay un nosotros —murmura—. Y si eres lista, lo mantendrás así.
Las palabras duelen más de lo que deberían. Lo vi. Sé que lo vi. Lo sentí: el momento en que me convertí en algo más para él. El momento en que dejó de ser rey, líder, captor, y fue solo un hombre a mi merced. Igual que yo estaba a la suya.
Antes de que pueda responder, un golpe resuena contra la puerta.
—Bryce está aquí —dice Lorcan, soltándome—. Quédate.
No lo hago.
En cuanto se da la vuelta, lo sigo por los pasillos en penumbra, mis pies descalzos silenciosos sobre el suelo.
Abajo, Bryce está junto al bar, enrollándose la manga de la camisa blanca hasta el codo.
—Todo está en su sitio —dice Bryce, sirviéndose una copa—. Los hombres de Moreau esperarán negociaciones, pero caerán de lleno en la trampa.
Se me encoge el estómago. Lorcan se apoya en la barra y coge el vaso que Bryce desliza hacia él.
—¿Y el traidor?
—Resuelto —Bryce da un sorbo al whisky—. No volverá a hablar con nadie.
Un escalofrío me recorre la columna, pero me obligo a mantenerme concentrada.
—¿Moreau? —pregunto, saliendo de las sombras.
Bryce se sobresalta ligeramente y frunce el ceño.
—Dios, ¿alguna vez escucha?
—Te dije que te quedaras arriba —Lorcan inclina la cabeza; su mirada es grave.
—También me dijiste que no tengo elección —respondo sin alterarme—. Y sin embargo, aquí estoy.
Bryce suelta el aire con brusquedad, murmurando algo en ruso entre dientes.
—Estás creando un problema, jefe.
Lorcan no me quita los ojos de encima.
—Siempre iba a ser un problema.
Una sonrisa lenta y peligrosa se curva en mis labios.
—Bien. Entonces no te sorprenderá saber que voy contigo.
Bryce suelta una carcajada.
—Ni de coña, princesa.
Cruzo los brazos.
—Intenta detenerme.
Lorcan deja el vaso con un suave tintineo y se aparta de la barra. Acorta la distancia entre nosotros en dos pasos lentos y medidos.
—¿Quieres ver cómo es este mundo en realidad? —murmura mientras me alza la barbilla con dos dedos—. Bien. Te daré una lección. Una noche. Y cuando acabe, entenderás por qué te tengo encerrada en esta finca.
Le sostengo la mirada sin pestañear.
—¿Y si no?
Sus labios me rozan la oreja.
—Entonces no saldrás viva.
Y en el fondo, sé que no habla de la ciudad. Habla de mí. De la línea entre nosotros, ya demasiado difusa, demasiado deshilachada. Habla de que no sobreviviré a esta obsesión. De que ninguno de los dos lo hará.
El trayecto al club clandestino transcurre en silencio.
Ninguno de los dos habla, pero el silencio es ensordecedor.
Voy sentada junto a Lorcan en la parte trasera de su elegante coche negro, con las piernas cruzadas, clavándome los dedos en los muslos para no revolverme.
Bryce va delante, hablando en voz baja con el conductor, pero apenas proceso sus palabras.
Estoy demasiado pendiente del hombre que tengo al lado.
Lorcan se repantiga en el asiento como un rey en su trono, un brazo apoyado con indolencia en la consola central, el otro descansando sobre el muslo.
Su mirada azul plateada se desvía hacia mí de vez en cuando, evaluadora, calculadora.
Sé que piensa que no pinto nada aquí. También sé que si dejo que vuelva a encerrarme en esa finca, nunca aprenderé a sobrevivir en este mundo.
El recuerdo de sus manos, de cómo su boca me reclamó como si tuviera todo el tiempo del mundo, está grabado a fuego en mi piel. Odio lo implacablemente que mi cuerpo se siente atraído hacia él. Y aun así, me sorprendo preguntándome si volverá a pasar. Eso me aterroriza más que nada.
El coche se detiene frente a una puerta de acero sin ninguna marca, de esas que dicen «Entra y no saldrás siendo el mismo».
Bryce sale primero y barre el callejón con ojo experto.
Luego asiente hacia Lorcan, que no se mueve de inmediato.
En lugar de eso, gira ligeramente la cabeza y clava su mirada en la mía.
—Te quedas a mi lado —ordena—. No hablas a menos que te dirijan la palabra. Y no mires a nadie a los ojos.
Arqueo una ceja.
—Parece que no te fías de mí.
Sus labios se curvan, pero sin rastro de humor.
—No me fío de nadie.
Sale del coche y yo lo sigo.
Los olores a sudor, licor y peligro se entremezclan en un cóctel nauseabundo. Nada más entrar, noto el cambio: cómo la sala se queda inmóvil mientras las cabezas se vuelven hacia nosotros.
No, hacia nosotros no.
Hacia él.
Lorcan se mueve por el local como un lobo en una guarida de depredadores menores. No habla. No lo necesita. Su sola entrada basta para descomponer a todos: los hombres se yerguen, las mujeres lo observan con una mezcla de miedo y curiosidad.
Es un rey en una ciudad construida sobre sangre. Y esta noche, camino directamente hacia su reino.
Nos conducen a través del club, dejando atrás reservados en penumbra ocupados por hombres de billeteras abultadas y miradas peligrosas, una pista llena de mujeres recostadas sobre hombres poderosos y tratos susurrados entre las sombras.
El salón VIP está al fondo, tras puertas insonorizadas custodiadas por hombres con chaquetas que ocultan armas y miradas vacías. Bryce empuja las puertas y entramos.
Kael Moreau ya está esperando.
El líder del Cartel Moreau se repantiga en un sofá de terciopelo, un brazo apoyado sobre el respaldo, un vaso de licor oscuro que hace girar en la mano.
Es mayor que Lorcan, quizá ronde los cuarenta, con rasgos afilados que la cicatriz irregular de la mandíbula vuelve crueles.
Su nombre lo oí por primera vez después de llegar con Lorcan, pero ya he visto y oído demasiado.
Fueron sus hombres quienes me capturaron cuando escapé la segunda vez.
Controla partes de la ciudad que Lorcan no controla.
No es la primera vez que se ven, pero conozco bien a los de su calaña.
Es como Lorcan, como mi padre. El submundo de Elaris está plagado de hombres así.
Su mirada me recorre primero, con un destello de oscura diversión en los ojos, antes de desviar la atención hacia Lorcan.
—No te tenía por el tipo de hombre que trae mujeres a reuniones de negocios —comenta Kael mientras da un sorbo a su copa—. A menos que... ella sea el negocio.
Percibo un cambio en la energía de Lorcan: una corriente lenta y peligrosa, como el momento previo a que estalle una tormenta.
—Está exactamente donde tiene que estar —responde Lorcan con calma.
Kael esboza una sonrisa, pero su mirada tiene algo de calculador.
—¿Ah, sí?
Señala una silla frente a él, pero Lorcan no se sienta. Bryce tampoco. Yo también permanezco de pie, aunque noto la mirada de Kael recorriéndome como una caricia indeseada. Me obligo a no estremecerme.
—Me han dicho que andas moviéndote por mi ciudad —dice Lorcan en tono despreocupado, aunque sé que hay más—. Interceptando mis envíos. Poniendo a prueba mi paciencia.
Kael deja la copa.
—¿Te crees que esta ciudad es tuya, Vesper? —Se inclina hacia delante, los codos sobre las rodillas—. Yo ya mandaba en Elaris cuando tú aún no sabías ni empuñar un arma.
Lorcan ni pestañea.
—Y ahora estás sentado frente a mí, preguntándote si voy a matarte.
Kael suelta una risa lenta, divertida.
—Si me quisieras muerto, ya estaría bajo tierra.
—Puede ser —la mirada de Lorcan se desvía hacia un lado—. O puede que solo quisiera que vieras lo que les pasa a los hombres que olvidan cuál es su lugar.
A su señal, Bryce abre la puerta trasera y dos de los hombres de Lorcan arrastran a un tercero. Está atado y maltrecho, con el rostro apenas reconocible bajo la sangre.
La sonrisa de Kael se esfuma.
—¿Jason? —Su voz suena queda, su inquietud evidente.
El hombre en el suelo gime, apenas consciente.
—Pillé a tu hombre robándome —dice Lorcan con suavidad—. Te lo devuelvo.
La coraza de Kael se agrieta.
—¿En pedazos?
Lorcan ladea la cabeza.
—Depende. ¿Le dejo conservar la lengua o tiene más secretos que prefieres que no descubra?
Percibo el instante en que el poder cambia de manos, cómo la habitación parece encogerse alrededor de Kael. Sabe que ha perdido esta ronda. Lorcan ya tiene su respuesta.
Kael se recuesta y suelta el aire por la nariz.
—Considera el asunto zanjado.
Lorcan asiente una vez y da media vuelta.
—Bien. Hemos terminado.
Lo interpreto como la señal para seguirlo, pero al girarme, la voz de Kael me detiene.
—Tienes un gusto interesante para las mujeres, Vesper.
Me quedo helada, con los dedos clavándose en las palmas.
Kael sonríe.
—Tiene fuego. Te lo concedo.
Lorcan se mueve tan rápido que apenas lo veo. En un segundo está en la puerta; al siguiente, tiene a Kael inmovilizado contra el respaldo del sofá, con un cuchillo presionado contra la garganta.
La habitación queda en un silencio mortal.
—Repite su nombre —murmura Lorcan, con la voz convertida en hielo y muerte.
La sonrisa de Kael no flaquea, pero ahora hay algo cauteloso en sus ojos.
—Tócala y te arrancaré las manos —el agarre de Lorcan se tensa, la hoja presiona hasta hacer brotar una gota de sangre—. Mírala mal y te sacaré los ojos de las cuencas.
La sonrisa de Kael flaquea.
Lorcan retrocede y enfunda la hoja con un movimiento fluido.
—Hemos terminado.
Esta vez, Kael no nos detiene.
El trayecto de vuelta es aún más silencioso que antes.
Lorcan no ha abierto la boca desde que salimos.
Bryce también guarda silencio, aunque no deja de lanzarme miradas como si fuera a empezar una pelea en el asiento trasero.
Pero no lo hago, porque ahora entiendo algo.
Creía que Lorcan era un simple rey despiadado, que su poder provenía únicamente del miedo. Pero no.
Viene del control. No se limita a gobernar esta ciudad. La posee. Y me guste o no, esta noche ha demostrado que a mí también me posee.
Cuando llegamos a la finca, Lorcan baja primero, pero antes de que pueda seguirlo, su mano me agarra la muñeca. Me giro para enfrentarlo y se me corta la respiración. Tiene los ojos encendidos, los músculos del rostro en tensión. Intento retirar el brazo, pero su agarre es firme.
—Querías ver cómo es este mundo —dice en voz baja—. ¿Lo entiendes ahora?
Trago saliva. Sí. Pero jamás lo admitiré. Así que, en cambio, alzo la barbilla y le sostengo la mirada.
—¿Y si lo entiendo?
Lorcan me estudia durante un largo momento. Luego, con un movimiento lento y deliberado, me atrae hacia él.
—No perteneces a este mundo —murmura—. Pero eso no me impedirá retenerte aquí.
Me suelta antes de que pueda responder y se encamina hacia la casa sin decir nada más. ¿Y lo peor? No lo sigo de inmediato. Porque una parte de mí desea que me retengan, aunque eso me destruya.