Capítulo Dos – Arielle
El aire frío de la noche se me pega a la piel mientras Lorcan me arrastra de vuelta a la mansión.
El pulso aún me martillea por la persecución, las extremidades doloridas de forcejear con él.
Pero no es el agotamiento lo que me molesta, sino cómo mi cuerpo me traicionó allí fuera, cómo se me cortó la respiración cuando me inmovilizó contra el árbol, cómo su olor me llenó los pulmones como una toxina de la que no podía escapar.
Lo odio.
Es una fuerza de la naturaleza. Ni siquiera necesita hablar para hacerse notar.
Su mirada pesa. Cambia el aire cuando entra en una habitación, y yo lo noto siempre.
Soy terriblemente consciente de su presencia incluso cuando no me toca.
Y ahora me arrastra de vuelta a mi jaula como a una mascota fugada.
Odio que me haya atrapado, aunque una parte enferma de mí sabía que lo haría y aun así lo intenté.
No habla mientras entramos en la mansión; me agarra la muñeca con firmeza, pero sin dejar marca.
Está disfrutando de esto, de arrastrarme de vuelta adentro, de hacerme sentir el peso de mi propio fracaso.
Me desafió solo porque podía, sabiendo que nunca me dejaría libre.
Me puso la libertad tan cerca que casi podía olerla, pero demasiado lejos para tocarla.
Seguro que esto lo excita, el muy hijo de puta.
Lo fulmino con la mirada y tiro para soltarme.
Él ni se inmuta, no hace el menor esfuerzo mientras me arrastra escaleras arriba hacia el ala este.
—Deberías estar agradecida —dice con voz baja, mesurada—. Podría haber dejado que los guardias te encontraran primero. No habrían sido tan pacientes.
Se está burlando de mí. Era su plan desde el principio. Habría preferido encontrarme con sus guardias ahí fuera que con él. Me pone la piel de gallina. Desata un torbellino de emociones que no puedo controlar.
—Vete al infierno.
Su sonrisa burlona es exasperante.
—Ya estoy allí, pequeña llama. Y ahora tú también.
Abre la pesada puerta de madera y me empuja dentro.
En cuanto recupero el equilibrio, me giro para enfrentarlo, lista para arremeter, pero él avanza un paso y acorta la distancia.
Retrocedo por instinto. Hay algo denso entre nosotros, pero intento ignorarlo.
No quiero sentirlo. No quiero darle esa ventaja sobre mí.
Ya me tiene prisionera. Lo único que me queda es mi mente.
Es más grande, más fuerte, tiene a sus guardias.
Puede controlar mis movimientos, pero no lo que siento por él.
Mi odio quizá sea lo único que me mantiene en pie aquí.
El dolor de los músculos queda sepultado bajo la adrenalina.
—Te lo estás poniendo más difícil a ti misma —murmura, y me observa como un depredador que evalúa a su presa. Conozco a hombres como él. Uno me vendió a él. No puedo ceder. No puedo doblegarme. No puede ver las heridas que intenta infligirme.
Cierro los puños.
—No soy tuya. Nunca lo seré.
Algo destella en sus ojos: rabia apenas contenida.
Extiende la mano y me aparta un mechón suelto de la cara.
Me estremezco, pero no me aparto lo bastante rápido.
Su contacto es firme, ligero pero abrumador.
Siempre hace lo mismo. Una mano en la cara, luego en el brazo.
Como si me estuviera marcando. Como si quisiera demostrarme que ahora me posee.
Odio no querer apartarme cuando lo hace, aunque debería.
—Eso dices ahora —murmura con el aliento cálido contra mi piel—. Pero veamos cuánto te dura el desafío.
Se da la vuelta y se va. Oigo cómo echa la llave.
Aspiro hondo, lleno los pulmones porque ese es el efecto que tiene en mí.
En cuanto se va, el aire aún parece moldeado por él, pero la tensión se disipa poco a poco.
Me abrazo a mí misma por reflejo, vuelvo a habitar mi cuerpo.
Noto el dolor de la pelea y tiemblo por el frío de la noche.
Un sabor amargo me llena la boca. Nunca me habría dejado marchar. Habría sido mejor guardar mis fuerzas.
Me pongo otra camisa y pantalones de algodón.
Un uniforme, como ropa de prisión. Después de tumbarme en la cama —cómoda, hay que reconocerlo—, cubierta con sábanas de seda, vuelvo a sentirme estable.
La cautela aguda que siento cerca de él ha desaparecido, por ahora.
Parece absurdo. Es con diferencia el hombre más peligroso que conozco, pero estoy a salvo en este palacio.
A salvo en el sentido de que él es lo único aquí capaz de destrozarme, y sus métodos no incluyen la fuerza.
La física, al menos. Siento que por fin puedo dormir.
La habitación es cavernosa. Palaciega. Las sábanas parecen nubes bajo mis manos, envuelven mis músculos cansados.
Eso no la convierte en menos jaula. Lorcan Vesper no deja de ser mi captor.
Los párpados me pesan, el agotamiento del día se asienta mientras el cuerpo se rinde.
No quiero despertar. Solo será otro día igual.
Prisión. Cautiverio. Lorcan Vesper manejando los hilos.
No puedo dejar que gane. Encontraré la forma de salir. Tengo que hacerlo.
Pasan varios minutos hasta que mis pensamientos se calman. Dejo que la oscuridad me envuelva y acalle mis pensamientos acelerados, mis músculos tensos. Todo queda en silencio, hasta que despierto con el sonido de unos pasos.
El corazón me golpea contra las costillas mientras me incorporo de golpe; las sábanas de seda se amontonan en mi cintura. La habitación está bañada por el suave resplandor de la luna, que proyecta largas sombras sobre el suelo de mármol. El pulso me martillea en los oídos mientras aguzo el oído.
La cerradura hace clic.
Apenas tengo tiempo de reaccionar antes de que la puerta se abra de golpe y revele una figura en el umbral.
Se me corta la respiración, agarro las sábanas con fuerza mientras Lorcan entra.
Va vestido de otra manera: sin chaqueta, sin guantes.
Solo una camisa negra con el botón superior desabrochado, las mangas remangadas dejando ver los músculos fibrosos de los antebrazos.
Lo fulmino con la mirada, el cuerpo en tensión.
—¿Qué haces aquí?
Exhala despacio, como si sopesara qué responder.
Entonces, sin previo aviso, se sienta en el borde de la cama.
Todo el cuerpo se me pone rígido, la respiración superficial.
Estoy acorralada. No me ha hecho daño todavía, pero no lo descartaría jamás.
No hay nada blando ni tierno en él. Cualquier gesto de suavidad o ternura es sospechoso. Se mueve y se me corta la respiración.
—Me tienes terror —dice con voz más suave que antes—. Pero no del modo en que deberías.
Cierro los puños y me clavo las uñas en las palmas.
—No sabes nada de mí.
Ladea la cabeza, la mirada inquebrantable.
—¿Ah, no?
La tensión entre nosotros crepita, un cable pelado que chispea en la oscuridad. Aparta la mirada. Dile que se vaya. Ignóralo y no te involucres más de lo necesario. Quiero rechazarlo, echarlo de aquí. Pero no lo hago.
No puedo.
En cambio, levanto la barbilla y le sostengo la mirada con mi propio desafío.
—Vete.
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en sus labios.
—Todavía no.
Me muevo para alejarme, pero él ya está ahí, y sus dedos se cierran en torno a mi muñeca.
No es un agarre brusco, no pretende hacerme daño, pero basta para cortarme la respiración.
Otro contacto. Quiero que me suelte y que siga tocándome a la vez.
Tras el breve respiro sin su contacto, mi cuerpo vuelve a ser un torbellino.
—Odias sentir esto —murmura con voz baja, hipnótica.
Intento apartar la mano de un tirón, pero él la sostiene con firmeza mientras su pulgar me roza el pulso. Mi corazón me traiciona y se acelera bajo su contacto. Él lo nota. Por supuesto que lo nota.
—Suéltame —digo en apenas un susurro.
Se inclina y sus labios me rozan el borde de la oreja.
—No hasta que admitas la verdad.
Niego con la cabeza. Pero él es paciente, y afloja el agarre lo justo para hacerme creer que tengo elección.
—Puedes mentirte a ti misma, Arielle —murmura—. Pero a mí no.
La habitación parece demasiado pequeña y tengo que obligarme a respirar. No sé cuánto tiempo pasa antes de que por fin me suelte y se ponga de pie, irguiéndose en toda su estatura. Me observa un momento más y luego retrocede hacia la puerta.
—Duerme bien, pequeña llama.
La puerta se cierra tras él y me quedo sola con mi corazón acelerado y la verdad que me niego a reconocer. Puedo esconderme en la oscuridad. Puedo mentir. Pero no puedo ocultárselo a él.