CAPÍTULO 60
L a brisa marina que cruzaba la terraza del chalé de Cuca en la Colònia apenas aliviaba la cálida atmósfera de la tarde.
Frente al mar, las tumbonas y los sofás de exterior acogían a varios amigos mientras el horizonte empezaba a teñirse de un extraño matiz crepuscular.
Iris caminaba de un lado a otro con el teléfono móvil apretado contra la palma de la mano, marcando de nuevo el número de su marido solo para escuchar la misma locución fría: el terminal continuaba apagado.
—No lo entiendo, Cuca…. —murmuró Iris, con el rostro contraído por la preocupación—. Gonzalo me juró que saldría de la finca a primera hora de la tarde para estar aquí a las seis. Lleva más de dos horas ilocalizable.
Cuca, sirviendo un poco de cava helado en las copas, la miró con gesto esperanzador.
—Tranquilízate, Iris, no te martirices —la reconfortó su amiga—.
Ya sabes cómo están las carreteras hoy. Llevan días avisando en la televisión y en la radio de que la red secundaria estaría colapsada y con tramos cortados por el dispositivo de seguridad del eclipse.
Seguro que se ha entretenido arreglando el riego en Sencelles, ha salido tarde y le ha pillado el atasco del siglo en la carretera.
En el extremo de la terraza, Borja miraba sus gafas homologadas con un rictus apesadumbrado.
—Papá me prometió que veríamos el eclipse juntos... —suspiró el niño con desgana, bajando la mirada hacia el suelo.
—Tu padre llegará pronto, mi amor —le susurró Iris rodeándole los hombros, tratando de esconder su propio desasosiego—. Venga, póntelas ya.
A las 19:15 horas, la naturaleza entera pareció contener el aliento.
La luz del sol comenzó a extinguirse rápidamente, transformando el azul del Mediterráneo en un tono plomizo y violeta.
La temperatura descendió de golpe varios grados, los pájaros enmudecieron en los pinos cercanos y el disco de la Luna cubrió por completo al Sol.
Durante dos minutos mágicos y sobrecogedores, la totalidad del eclipse sumergió la costa en una noche artificial, coronada únicamente por el fulgor blanco y misterioso de la atmósfera solar.
Borja dejó escapar una exclamación de asombro mientras los adultos contemplaban el espectáculo en sobrecogido silencio. Poco después, el primer destello del "anillo de diamantes" anunció el regreso progresivo de la claridad.
Al recuperarse la luz, los congregados alzaron sus copas para brindar por la vivencia y la conversación fluyó de nuevo en la terraza. Sin embargo, la angustia de Iris no hacía más que crecer a cada minuto.
A las 20:30 horas, la pantalla del teléfono de Iris bailó sobre la mesa de cristal con una vibración estridente. Iris se abalanzó sobre el aparato y descolgó al instante sin reparar en el número entrante, convencida de que escucharía la voz de su marido.
—¿Gonzalo? ¡Por Dios, dónde estás! Nos tenías a todos aterrorizados... —soltó atropelladamente.
—¿Señora Iris Sastre? —resonó al otro lado una voz grave, sobria y marcadamente policial—. Le habla el inspector Arbona, de la de la policía nacional.
Un silencio helado se adueñó de la terraza mientras la sonrisa de Iris se congelaba.
—Le llamo para comunicarle que su marido, Gonzalo Miralles Bosch, se encuentra herido y custodiado en el Hospital Son Espases. Ha sido detenido en la finca de Sencelles como presunto autor del asesinato de Estefanía Moreno y de Susana Martínez.
El teléfono resbaló de los dedos de Iris, chocando con las losas de la terraza mientras el imperio de cristal de su vida se desmoronaba en mil pedazos bajo el crepúsculo de Mallorca.