Mar de fondo CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

T ras su traslado a las dependencias judiciales, Gonzalo Miralles se atrincheró en un silencio absoluto. Asesorado por Marcos Salom, se acogió a su derecho a no declarar, manteniendo un rictus de gélida impunidad.

La Boom-Boom , hundida a más de trescientos metros de profundidad y destruida por el fuego, resultó ser una masa irrecuperable de la que no se pudo extraer una sola prueba directa.

Sin embargo, la artimaña de Gonzalo no bastó para detener a los investigadores.

Guiados por los registros del control de accesos de Port Adriano, la declaración del vigilante Tomeu y las corrientes marinas del litoral de Calvià, el servicio marítimo de la guardia civil y los buzos del GEAS desplegaron un rastreo sistemático en la zona.

Tras cinco días de búsqueda incansable peinando el lecho marino con sonar de barrido, los especialistas localizaron los paquetes lastrados que la marea no había logrado desplazar.

Las analíticas urgentes del Instituto de Medicina Legal confirmaron la trágica certeza: los restos óseos y trazas de ADN recuperados pertenecían indiscutiblemente a Estefanía Moreno y Susana Martínez.

Fueron dos meses de angustiosa incertidumbre, pero cuando la verdad vio por fin la luz, ofreció la única certeza que les quedaba: la oportunidad de que su familia y amigos pudiera despedirse y empezar a reconstruir sus vidas.

Con las pruebas de ADN, la gargantilla recuperada y la declaración del testigo clave sobre la mesa, el juez de instrucción dictó el sobreseimiento libre de las actuaciones para Antonio Sureda García, declarando su absoluta inocencia y ordenando su excarcelación inmediata.

A las cuatro de la tarde, el pesado portón metálico de la cárcel de Palma se abrió de par en par.

Toni cruzó el umbral a paso lento, sosteniendo una bolsa de mano.

El resplandor del sol de agosto le hizo entornar los ojos, pero al alzar la vista, el sufrimiento acumulado en cincuenta y seis días de cautiverio se disolvió de golpe.

En la acera lo esperaban Júlia, Pau y Marc.

El pequeño Marc echó a correr sin dudarlo y se arrojó a su cuello con un sollozo ahogado.

Toni se hincó de rodillas sobre el asfalto para estrecharlo contra su pecho mientras Pau se unía al abrazo con lágrimas de puro alivio.

Júlia se acercó despacio y, al entrelazar sus miradas, se envolvió entre sus brazos para sellar con un beso el final definitivo de la pesadilla, mientras la luz limpia de Mallorca volvía a iluminar sus vidas.